Me masturbo todos los días no puedo parar
Me masturbo todos los días. No sé qué hacer para parar, ya de verdad se me está yendo de las manos. O de la mano, jaja. Pero es que no aguanto. Amanezco y ya traigo la verga tiesa, apuntando al techo como si tuviera su propia voluntad. Me acuerdo de cualquier cosa: una compañera del trabajo inclinándose, una escena de una película, la vecina cuando cuelga la ropa en chones… y zas, ya me estoy tocando.
Lo peor es que ya no es solo una vez al día. Hay veces que son tres, cuatro, hasta cinco. Me duelen hasta los huevos de tanto eyacular. Pero aún así, cuando la necesidad me agarra, no pienso. Abro el celular, veo cualquier puta marranada, y empiezo.
Me encanta agarrar mi verga con la mano bien apretada, sentir cómo se hincha más cuando ya estoy caliente. Empiezo lento, recorriendo el tronco de arriba abajo, pasando el dedo por la cabeza, que ya la tenga sensible. Y cuando siento que el placer sube, acelero. La mano me vuela, la piel resbala con el mismo moco que va saliendo. Me encanta oír ese sonido mojado, squish-squish, mientras respiro más fuerte y aprieto los dientes.
A veces me corro viendo cómo chorrea la leche espesa, blanca, cayendo en mi panza. Otras veces me aguanto, dejo a medias y sigo más tarde. Pero siempre termino igual: con la verga palpitando y una culerota porque no puedo parar.
Ya intenté de todo. Poner límites, no tocar el teléfono en la noche, hasta borré cuentas de páginas. Pero en dos días ando otra vez como animal. En la oficina me meto al baño, me enchivo la verga en el lavamanos y le doy rápido, nomás pa calmarme. Una vez me cayeron y me preguntaron que por qué tardaba tanto. Les dije que tenía chorrillo.
Pero lo más culero es cuando me vengo y quedo todo sensible, y aún así sigo tocándome. Paso los dedos por el glande y me retuerzo de rico y de dolor al mismo tiempo. Me gusta ver cómo tiembla mi pierna izquierda cuando ya voy a acabar. A veces hasta gimo, bien gacho, aunque vivo solo.
La neta ya no sé si esto es vicio o si soy hipersexual o qué pedo. Pero cada noche me acuesto, me bajo los boxers, y aunque me prometí que hoy no, la mano solita se va pa’ abajo. Y ahí voy otra vez, dándole duro, pensando que será la última del día… sabiendo que mañana amaneceré con las mismas ganas.


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