Cogida 8 veces por mi ex del instituto
Me encontrĂ© a mi ex del instituto despuĂ©s de casi 15 años. En aquel entonces Ă©ramos unos adolescentes de quince y diecisĂ©is, llenos de hormonas pero sin pasar del primer base. Puras manoseadas por encima del pantalĂ³n, besos con lengua y calentones que nunca terminaban en nada. Él se quedaba con la verga tiesa y yo con el coño mojado, pero nunca nos atrevimos a follar. Éramos unos pendejos asustados.
El destino quiso que nos topĂ¡ramos en un bar un viernes cualquiera. Yo pedĂa una copa sola, y de repente siento una mano en mi hombro. Lo reconocĂ al instante: mĂ¡s maduro, mĂ¡s ancho de hombros, con barba de unos dĂas. Me sonriĂ³ y algo en mi bajo vientre se encendiĂ³ como una puta fogata.
Tomamos unas copas, empezamos a recordar viejas Ă©pocas. Me contĂ³ que llevaba 6 años casado. Pero la forma en que me miraba los pechos y se mordĂa el labio me dijo todo lo que necesitaba saber: en su casa no lo atienden bien. O Ă©l ya no aguanta mĂ¡s. Da igual el motivo.
Cuando su mano rozĂ³ mi muslo debajo de la mesa, supe que esa noche Ăbamos a follar como animales.
No quisimos esperar. Salimos del bar, pedimos un taxi y nos fuimos al primer hotelucho que vimos abierto. Una porquerĂa de lugar: paredes manchadas, colchas feas, olor a cigarro y mecos secos. Me importĂ³ una mierda.
Apenas cerramos la puerta, me arrinconĂ³ contra la pared y me besĂ³ como si llevara quince años guardĂ¡ndose las ganas. Me levantĂ³ la falda, me bajĂ³ los calzones a la fuerza y metiĂ³ dos dedos en mi coño. Ya estaba chorreando. GemĂ contra su boca.
—EstĂ¡s bien mojada —gruĂ±Ă³.
—Por tu culpa —le dije.
Se sacĂ³ la verga de los pantalones. Dios mĂo, no la recordaba asĂ de gruesa. Con la cabeza colorada y prestando. Me dio la vuelta, me puso de espaldas, me agarrĂ³ de las caderas y me la metiĂ³ entera sin condĂ³n. Me doliĂ³ delicio, ese dolor rico de cuando te abren bien. SoltĂ© un grito que se oyĂ³ en todo el pinche hotel.
EmpezĂ³ a cogerme a toda velocidad, duro y sin piedad. Mis tetas rebotaban, yo apoyaba las manos en la pared y empujaba hacia atrĂ¡s para que entrara mĂ¡s hondo. Me gemĂa al oĂdo: «puta, cĂ³mo te he deseado». Me agarrĂ³ del pelo y tirĂ³. Me volvĂ loca.
Esa primera vez no durĂ³ ni cinco minutos. Se vino dentro de mĂ, a chorros calientes. SentĂ su leche escurrir por mis muslos. Pero no paramos ahĂ.
Nos tiramos a la cama y le hice una mamada bien sucia para que se volviera a poner duro. Le lamĂ los huevos, le chupĂ© el glande, me metĂ su verga hasta el fondo de la garganta hasta que casi se ahogaba de gusto. Cuando ya estaba como una roca, me montĂ© encima y empecĂ© a cabalgar. Él me agarraba las nalgas y me ayudaba a subir y bajar. Mis tetas bailoteaban frente a su cara. Me las chupĂ³ con hambre, dejĂ¡ndome moretones.
DespuĂ©s me puso en cuatro, me abriĂ³ las nalgas con las manos y volviĂ³ a metĂ©rmela. Esa vez fue mĂ¡s despacio, para saborearlo. Yo metĂa la cara contra la almohada y gemĂa como una perra. Él me daba palmadas en el culo, dejĂ¡ndome las nalgas rojas.
AsĂ estuvimos toda la noche. Cada vez que terminĂ¡bamos, descansĂ¡bamos diez minutos y otra vez. Cogimos en la cama, contra la ventana, en el baño apoyados en el lavabo, hasta en el pinche suelo. Él se corrĂa dentro, yo me corrĂa en su verga, nos embarrĂ¡bamos los dos de sudor y leche.
A la mañana siguiente contamos: **ocho polvos**. Ocho veces que follamos como conejos en celo. Salà del hotel caminando raro, con las piernas temblando, el coño inflamado y una sonrisa de oreja a oreja.
¿Su mujer? Ni me acordaba de ella. Él me dijo que querĂa repetir. Y yo, claro que sĂ. Las viejas deudas de instituto se cobran con intereses bien cochinos.


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