junio 12, 2026

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Cogida 8 veces por mi ex del instituto

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Me encontrĂ© a mi ex del instituto despuĂ©s de casi 15 años. En aquel entonces Ă©ramos unos adolescentes de quince y diecisĂ©is, llenos de hormonas pero sin pasar del primer base. Puras manoseadas por encima del pantalĂ³n, besos con lengua y calentones que nunca terminaban en nada. Él se quedaba con la verga tiesa y yo con el coño mojado, pero nunca nos atrevimos a follar. Éramos unos pendejos asustados.

El destino quiso que nos topĂ¡ramos en un bar un viernes cualquiera. Yo pedĂ­a una copa sola, y de repente siento una mano en mi hombro. Lo reconocĂ­ al instante: mĂ¡s maduro, mĂ¡s ancho de hombros, con barba de unos dĂ­as. Me sonriĂ³ y algo en mi bajo vientre se encendiĂ³ como una puta fogata.

Tomamos unas copas, empezamos a recordar viejas Ă©pocas. Me contĂ³ que llevaba 6 años casado. Pero la forma en que me miraba los pechos y se mordĂ­a el labio me dijo todo lo que necesitaba saber: en su casa no lo atienden bien. O Ă©l ya no aguanta mĂ¡s. Da igual el motivo.

Cuando su mano rozĂ³ mi muslo debajo de la mesa, supe que esa noche Ă­bamos a follar como animales.

No quisimos esperar. Salimos del bar, pedimos un taxi y nos fuimos al primer hotelucho que vimos abierto. Una porquerĂ­a de lugar: paredes manchadas, colchas feas, olor a cigarro y mecos secos. Me importĂ³ una mierda.

Apenas cerramos la puerta, me arrinconĂ³ contra la pared y me besĂ³ como si llevara quince años guardĂ¡ndose las ganas. Me levantĂ³ la falda, me bajĂ³ los calzones a la fuerza y metiĂ³ dos dedos en mi coño. Ya estaba chorreando. GemĂ­ contra su boca.

—EstĂ¡s bien mojada —gruĂ±Ă³.

—Por tu culpa —le dije.

Se sacĂ³ la verga de los pantalones. Dios mĂ­o, no la recordaba asĂ­ de gruesa. Con la cabeza colorada y prestando. Me dio la vuelta, me puso de espaldas, me agarrĂ³ de las caderas y me la metiĂ³ entera sin condĂ³n. Me doliĂ³ delicio, ese dolor rico de cuando te abren bien. SoltĂ© un grito que se oyĂ³ en todo el pinche hotel.

EmpezĂ³ a cogerme a toda velocidad, duro y sin piedad. Mis tetas rebotaban, yo apoyaba las manos en la pared y empujaba hacia atrĂ¡s para que entrara mĂ¡s hondo. Me gemĂ­a al oĂ­do: «puta, cĂ³mo te he deseado». Me agarrĂ³ del pelo y tirĂ³. Me volvĂ­ loca.

Esa primera vez no durĂ³ ni cinco minutos. Se vino dentro de mĂ­, a chorros calientes. SentĂ­ su leche escurrir por mis muslos. Pero no paramos ahĂ­.

Nos tiramos a la cama y le hice una mamada bien sucia para que se volviera a poner duro. Le lamĂ­ los huevos, le chupĂ© el glande, me metĂ­ su verga hasta el fondo de la garganta hasta que casi se ahogaba de gusto. Cuando ya estaba como una roca, me montĂ© encima y empecĂ© a cabalgar. Él me agarraba las nalgas y me ayudaba a subir y bajar. Mis tetas bailoteaban frente a su cara. Me las chupĂ³ con hambre, dejĂ¡ndome moretones.

DespuĂ©s me puso en cuatro, me abriĂ³ las nalgas con las manos y volviĂ³ a metĂ©rmela. Esa vez fue mĂ¡s despacio, para saborearlo. Yo metĂ­a la cara contra la almohada y gemĂ­a como una perra. Él me daba palmadas en el culo, dejĂ¡ndome las nalgas rojas.

AsĂ­ estuvimos toda la noche. Cada vez que terminĂ¡bamos, descansĂ¡bamos diez minutos y otra vez. Cogimos en la cama, contra la ventana, en el baño apoyados en el lavabo, hasta en el pinche suelo. Él se corrĂ­a dentro, yo me corrĂ­a en su verga, nos embarrĂ¡bamos los dos de sudor y leche.

A la mañana siguiente contamos: **ocho polvos**. Ocho veces que follamos como conejos en celo. Salí del hotel caminando raro, con las piernas temblando, el coño inflamado y una sonrisa de oreja a oreja.

¿Su mujer? Ni me acordaba de ella. Él me dijo que querĂ­a repetir. Y yo, claro que sĂ­. Las viejas deudas de instituto se cobran con intereses bien cochinos.

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