La noche que mi amigo gay me la chupó
No sé ni por dónde empezar. Esto pasó hace tres semanas y todavía le estoy dando vueltas. Me llamo Javier, tengo 42, laburo en una fábrica, soy hétero de toda la vida. Novia fija, dos hijos, la casa con hipoteca. Nada raro. Bueno, hasta esa noche.
El protagonista acá es Matías, un amigo de hace años. Siempre fue abiertamente gay, cero problema con eso. El tema es que conmigo se pasaba. En todas las juntadas me manoseaba el bulto como «en joda», pero re seguido. «Qué lindo paquete», me decía riéndose. Yo le corría la mano, le decía «dejate de joder, loco», y seguía la noche. También tiraba comentarios tipo «con un cuerpo así, lástima que seas tan ortiva». Lo tomaba a chiste, pero en el fondo me daba cosa.
La noche del quilombo fue el cumpleaños de un amigo en común. Casa llena, música al palo, escabio hasta por los codos. Yo ya iba medio prendido de una previa y allá le seguí. Para la 1 de la mañana estaba recontra pedo. Me acuerdo que Matías se me acercó a la barra mientras me servía otro fernet.
—¿Estás bien, gordo? —me dijo con esa sonrisa zorra que tiene.
—Bien, re bien —tartamudeé.
Me agarró del brazo y me llevó hasta el fondo del jardín, atrás de unos arbustos. Yo medio que me dejé porque el alcohol me tenía blando. Ahí se puso a manosearme otra vez, pero esta vez más fuerte. Me desabrochó el pantalón. Le dije «no, loco, pará». Pero mis manos no reaccionaron. O no quisieron, no sé.
Cuestión que en menos de lo que canta un gallo, me la sacó y se la metió a la boca.
Me quedé tieso. No te voy a mentir: físicamente se sentía bien. Sabía hacerlo. Pero en la cabeza era un quilombo. «Esto no está bien, soy hétero, esto no me gusta», pensaba. Pero tampoco lo paraba. Duró unos segundos eternos. De golpe él se separó, me miró con los labios brillosos y dijo:
—Ahora cogeme, dale.
Sentí un rechazo de todo el cuerpo. Como que desperté.
—No, flaco, no —le dije, y me subí los pantalos a las apuradas.
Él se rió, se limpió la boca con la manga y se fue como si nada. Yo me quedé ahí, apoyado contra la pared de ladrillos, temblando. No se la terminé de chupar, o sea, no acabé. Pero me la chupó. Un amigo. Mientras yo estaba borracho.
Ahora cada vez que lo cruzo me saludo de lejos. No sé si estoy enojado, si me gustó a escondidas o si simplemente me da vergüenza. Lo único que sé es que no me siento el mismo tipo hétero seguro de antes. Y eso me tiene loco.


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