mayo 30, 2026

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EL DUEÑO DE TODO

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Se llamaban Pablo y Helena. Se conocían desde adolescentes, siempre como amigos que terminaban follando después de cada salida. Vivieron mil aventuras sexuales juntos, pero nunca como pareja formal. Un día Helena se miró al espejo y sintió que “se le pasaba el tren”. Yo, Pablo, también quería algo más estable. Nos dimos cuenta de que nadie nos entendía mejor que el otro y nos casamos. Decidimos no tener hijos para seguir siendo “eternos novios”, sin responsabilidades de mierda. Seguimos con nuestra complicidad: yo salía con alguna amiga ocasional, ella traía amantes a casa y yo dormía en otra habitación. A veces hacíamos tríos bien ricos.
Lo que más nos ponía era compartirlo todo. Inventamos el juego del “cónyuge celoso”. Ella llevaba a un tipo, y a una señal que ella me daba, yo entraba de sorpresa cuando estaban a punto de penetrarla y armábamos el escándalo. Unos salían corriendo en pelotas, otros lloraban, uno se desmayó, otro se tiró por el balcón y se rompió la pierna, escapando calato por la calle. Nos matábamos de risa.

Una vez convenimos en seducir a una amiga de Helena y la traje a casa. Helena estaba escondida en el clóset. Yo le estaba comiendo el culo y el coño a la amiga, que estaba boca abajo con la cara enterrada en la almohada. En un momento cambiamos sin que se diera cuenta. Cuando la amiga estaba a punto de correrse, abrió los ojos y vio que era Helena la que le estaba comiendo el coño. No supo reaccionar, en medio de los espasmos tomo el rostro de Helena con ambas manos y le dijo “¡mi amor!” y le dio un profundo beso mientras se corría. Agarró solo su calzón y quiso salir así a la calle. Se lo impedimos y tratamos de calmarla.
Totalmente fuera de sí andaba de un lado para el otro murmurando algo que no lograbamos entender, solo se le ocurrió coger su celular y marcó. Llamó a su marido y le dijo entre sollozos: “¡¡ME COMIERON EL COÑOOOOOO!!”. Me imagino al pobre tipo contestando preocupado y escuchando solo eso. Después vino el drama: se separaron un tiempo y la amiga terminó viviendo donde su mamá.

Helena habló con el marido de la amiga. Se citaron en casa de ellos. Le contó que habían estado en una reunión de mujeres, tomaron demasiado, se desinhibieron y entre todas terminaron comiéndose el coño. Al tipo se le puso dura al instante. Helena, con sus tremendas tetotas, se le acercó, le acarició la verga por encima del pantalón, le bajó el cierre y se la empezó a chupar. Se desnudó completa, y en el momento en que el tipo le estaba lamiendo la vagina, ella le dijo: “así le comieron el coño a tu esposa”. Cuando estaba a punto de metérsela por detrás, aparecí yo.
El tipo se asustó como loco, salió corriendo calato por toda la sala gritando “¡No me pegues! ¡Tu mujer le comió el culo a mi esposa!”. Se tropezó, se arrodilló llorando y empezó a suplicar: “Si quieres te chupo la verga… ¡dame por el culo! ¡dame por el culo! Pero perdóname”. Se abrió las nalgas con las dos manos ofreciéndome el ano. En ese momento entró su esposa y se puso a llorar de nuevo: “Me comen el coño y ahora le dan por el culo a mi marido”.
Al final se reconciliaron. Ella sigue viniendo de vez en cuando para que Helena le coma el coño, y el marido descubrió que es bisexual y tiene un amante.
Pero todo cambió el día que llegó él.

Ese día Helena trajo a un tipo nuevo: se llamaba Manuel, alto, fuerte, con una presencia que llenaba toda la habitación. En el momento en que ella me dio la señal para ingresar, yo me retrasé porque tuve que ir al baño. Cuando entré, toda la habitación olía a culo, él ya la tenía. Estaba dentro de ella, empujando con fuerza, levantándola en peso. Helena gemía como nunca la había escuchado. La tenía en cuatro, la verga en el ano, una mano frotándole el clítoris. Cuando me vio en la puerta, no se detuvo. Al contrario, la penetró más duro, me miró a los ojos y gritó:
—¡MIRA, CABRÓN! ¡MIRA CÓMO ENCULO A TU ESPOSA… EN TUS NARICES!
Sua, sua, sua… el sonido de sus huevos chocando contra la concha de Helena llenaba todo. La levantó en el aire, sujetándola por debajo de las piernas, y siguió culeándola de pie mientras me decía:
—¡Mira qué rico le doy por el culo a tu mujer!
Y cuando se estaba viniendo gritó:
—¡YA TE LA PREÑÉ! ¡POR EL CULO! ¡EN TUS NARICES MARICÓN DE MIERDA!
Se corrió todo adentro, la besó en la boca con lengua, la tiró en la cama, se vistió y se fue como si nada, dejó todo la habitación oliendo a mierda.
Desde ese día él venía cuando quería. Llegaba, tomábamos cervezas, hablábamos de fútbol y política como si fuéramos amigos. De repente, con toda la autoridad del mundo, le decía a Helena:
—Quítate la ropa.
Ella obedecía feliz. Él le chupaba las tetas mientras seguíamos conversando. Luego se desnudaba, sacaba esa verga enorme y me ordenaba:
—Ven, tú mastúrbame.
Yo se la jalaba mientras él besaba y chupaba todo el cuerpo de mi esposa.
Un domingo memorable, se desnudó, le quitó la última prenda a Helena, la besó con pasión, sacó un billete y me lo dio:
—Ve y compra cervezas. Yo me quedo aquí con la puta de tu esposa… para hacerla mi mujer. Y no te demores, para que veas cómo me la follo en tus narices.
Cuando volví, había dos tipos más. Entre los tres se la estaban cogiendo: una verga en la boca, otra en el coño y la tercera en el culo. Él se rio y les dijo:
—Jajaja, este es el esposo. Le gusta ver a su mujer cachando con otros.
Me ordenó quedarme mirando. Les dijo a los otros que se vinieran en el ano y que le dejaran la vagina a él para preñarla. Los dos se corrieron en su culo y él se la metió profundo y se vino bien adentro, marcándola.
Después de esa primera follada brutal en la sala, él empezó a adueñarse de todo. Venía cuando quería, sin avisar. Una noche llegó tarde, entró como si fuera su casa y después de tomarse unas cervezas le dijo a Helena:
—Quítate todo y sube a la cama. Hoy te voy a coger bien rico.
Luego me miró a mí:
—Y tú ven acá primero.
Me arrodilló frente a él. Su verga ya estaba medio dura, gruesa y pesada. Olía fuerte: ese olor característico a verga sudada de todo el día, un poco salado. Me agarró la cabeza y me la metió en la boca sin piedad.
—Chúpala bien, cornudo. Quiero que entre bien lubricada en la concha y el culo de tu esposa.
Tuve su verga llenándome la boca durante varios minutos. El sabor era intenso, salado, con ese toque amargo del precum que me chorreaba en la lengua. Cuando por fin me apartó, me quedó el sabor y el olor pegado en la boca y en la nariz.
—Ahora lárgate a la sala y quédate ahí calladito.
Cerraron la puerta. Me senté en el sofá y durante más de una hora escuché todo: los gemidos desesperados de Helena, el slap slap slap de sus cuerpos chocando, y el cabezal de la cama golpeando la pared sin parar.
Cuando él se fue a la mañana siguiente, entré a la habitación. El olor era abrumador: una mezcla pesada de sexo, verga, culo y semen. La cama estaba destrozada. Helena seguía acostada, desnuda, con el pelo revuelto y varios hilos de semen seco en su cabello y en una mejilla. El coño y el ano se le veían rojos e hinchados, con semen espeso chorreando lentamente.
Yo me quedé ahí parado, respirando ese olor a derrota.
Otra de esas noches llegó con dos amigos más, los mismos de la otra vez. Después de tomarse unas cervezas y reírse un rato, Manuel les ordenó a Helena y a mí que nos preparáramos. Primero me hizo arrodillar frente a los tres.
—Chúpaselas bien a todos, carajo. Que les queden bien lubricadas para tu esposa.
Me pasaron de verga en verga. El olor era intenso: vergas sudadas de todo el día, con ese aroma fuerte a macho, un toque de orina y culo. El sabor era salado, amargo, espeso. Mientras chupaba una, las otras me rozaban la cara, dejándome babas por toda la mejilla.
Cuando terminé, me miró con una sonrisa cruel y dijo:
—Ahora quítate toda la ropa, maricón.
Obedecí temblando. Apenas me quedé desnudo, me empujó con fuerza sobre la cama, dejándome boca abajo. Mi cara quedó enterrada casi en las sábanas que ya olían a sexo.
—Cómele el culo —le ordenó a uno de sus amigos.
El tipo se arrodilló detrás de mí, me abrió las nalgas con las dos manos y hundió la lengua directamente en mi ano. Sentí su lengua caliente, húmeda y gruesa lamiendo mi agujero con ganas. Luego metió un dedo, después dos, y finalmente tres, abriéndome mientras yo gemía contra la almohada.
No pude evitarlo: mi verga estaba completamente dura, tiesa contra el colchón.
Manuel se rio fuerte al verlo:
—Jajajajaja… ¿ves cómo te gusta, maricón de mierda? Mírenlo, está empalmadísimo.
Helena, que estaba al lado mirando, preguntó con un tono entre preocupada y excitada:
—¿También se lo van a culear a él?
Uno de los amigos, meneándose la verga gruesa y dura, asintió sonriendo:
—Claro que sí.
Se colocó detrás de mí. Helena se acercó, me miró un segundo y escupió un buen gargajo directamente sobre mi ano, frotándolo con los dedos.
—Así entra más fácil, sin dolor… —dijo con voz baja, casi maternal.
El tipo no esperó más. Apoyó la cabeza de su verga en mi culo y empujó. Apreté los labios y los ojos con fuerza cuando sentí cómo me abría. Era gruesa y ardía. Se quedó quieto un momento dentro de mí, dejándome acostumbrarme, y luego empezó a bombear poco a poco, cada vez más profundo.
—Jajajajaja… ya tenemos dos culos para disfrutar —dijo Manuel riéndose.
Me pusieron en cuatro, justo al lado de Helena, que también estaba en la misma posición. Los tres hombres empezaron a turnarse entre nosotros. Uno follaba el culo de Helena, otro el mío, mientras Manuel iba y venía entre los dos. El sonido de sus caderas chocando contra nuestros culos llenaba la habitación, junto con los gemidos de Helena y mis propios quejidos ahogados.
Cada vez que uno se salía de mí para meterse en Helena, sentía mi ano abierto, palpitando, chorreando saliva. El olor a culo, verga y sexo era denso en el aire.
En un momento, mientras uno me estaba cogiendo con fuerza, Manuel le dijo a Helena:
—Míralo… tu marido ya es otra puta más de la casa.
Helena solo gimió más fuerte, claramente excitada por la escena.
Poco después Helena hizo las maletas y se fue con él por más de un año. La prostituyó, ganaba fortunas con su cuerpo, la prestaba y la compartía con quien quisiera. Ella vivía para servirle.
Un domingo tocaron a la puerta. Era él.
—Vengo a dejar a tu esposa.
Helena estaba en el auto. Yo ya tenía una nueva mujer, Vania: más joven, exuberante, con tetas aún más grandes que las de Helena. Vania salió y dijo con desprecio:
—Así que este es el pendejo que se llevó a la puta de tu mujer.
Él la miró fijamente y le preguntó:
—¿Y tú eres su nueva mujer?
—Sí, soy su nueva esposa —contestó altiva.
—¿Y a ti también te deja culear con otros hombres?
Ella me miró. Yo bajé la mirada. Eso fue suficiente. Él le gritó a Helena:
—¡Espérame, voy a tardar unos minutos!
La tomó del brazo y le dijo:
—Vamos a la habitación.
—¡Suéltame, mierda! —gritó Vania.
Pero él la arrastró. Ella forcejeó un momento, me miró suplicante… y luego entendió. Dejó de resistirse, empezó a caminar sola hacia la habitación mientras se iba quitando la ropa pieza por pieza. A mitad del pasillo se volteó, le guiñó el ojo y le hizo un gesto con la mano. Llegó a la cama, se echó boca arriba, se quitó las bragas, se humedeció los dedos con saliva y se los metió en el coño, preparándose para él.
Él me miró:
—¿Vas a venir a ver?
Pero ella gritó con desprecio:
—¡NO! No quiero que vea ni mierda.
Y cerró la puerta de una patada.
Yo salí de la casa completamente abrumado, con la verga medio dura a pesar de todo el dolor. Me senté en el asiento de atrás del auto donde estaba Helena esperando. Cuando la vi me pareció que había subido de peso, ella me miró con una calma que me heló la sangre.
—¿Se la está cachando, verdad? —preguntó sin rodeos.
Yo solo bajé la mirada y asentí en silencio.
—¿Es la primera vez? —insistió.
Volví a asentir, sin poder hablar. El silencio se hizo pesado dentro del auto. Sentía que me ardía la cara de vergüenza.
Helena soltó una risita baja, casi tierna, abrió la puerta y cuando se bajó del auto me dijo con voz tranquila:
—Pobre. Mejor no vengas. Quédate aquí.
Cerró la puerta del auto y se fue sin decir más. La vi caminar hacia la casa contoneando las caderas, como si supiera exactamente lo que estaba pasando adentro. Me dejó solo, sentado en el auto como un idiota, imaginando cada gemido, cada embestida, cada vez que él la estaba marcando.
Pasaron tres horas eternas.
Cuando por fin él salió de la casa, traía una botella de cerveza en la mano. Se acercó al auto con esa puta calma de rey, se tomó el último trago frente a mí, me puso la botella vacía en la mano como si yo fuera su sirviente y solo dijo:
—Sal.
Se subió a su carro y se marchó.
Entré a la casa con el corazón latiéndome en la garganta. Las dos, Helena y Vania, estaban en la cocina, tomando café y conversando como si fueran viejas amigas. Se reían bajito. En el piso, junto a la puerta, estaban las dos maletas de Vania.
Ella se levantó, se acercó a mí y me dio dos palmadas suaves en el hombro, casi como quien consuela a un perro.
—Adiós, Pablo.
Luego se volteó hacia Helena, la agarró de la cara con ambas manos y le dio un beso largo, profundo y húmedo en la boca. Un beso de amantes. Lengua y todo. Cuando separaron sus labios, un hilo de saliva las conectó un segundo. Agarró las maletas y, antes de salir por la puerta, le dijo a Helena con una sonrisa:
—Cuando él venga otra vez… avísame.
Helena le devolvió la sonrisa con complicidad total:
—Claro que sí, amiga.
Cerró la puerta y se fue. No con él en ese momento, pero claramente ya era suya. Igual que Helena.
Esa noche, ya en la cama con mi esposa, todavía incrédulo y con un nudo en la garganta, le pregunté:
—¿Se las cachó a las dos juntas?
Helena soltó una risa suave, de quien sabe la verdad absoluta:
—No. Solo se la culeo a ella. Yo me quedé mirando todo… como una buena puta obediente.
—¿Por qué solo miraste y no participaste?
Ella se acomodó mejor en la cama, tomó mi mano y la puso sobre su vientre hinchado. Me miró a los ojos con una mezcla de amor, orgullo y crueldad:
—Porque ya no puedo tener relaciones… tengo cinco meses de embarazo.
El silencio fue brutal. Sentí que el mundo se me caía encima. Cinco meses.
Y entonces agregó, acariciándose la panza con mi mano:
—…Gemelos.

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