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El amigo de mi novio me llenó de leche
Me llamo María, tengo 19 años y llevo casi un año con Alejandro, mi novio de 20. Es un chico dulce, atento, de esos que te mandan buenos días todas las mañanas y te abrazan fuerte cuando duermen. El sexo con él es… bueno. Tierno. Rápido. A veces me corro, a veces finjo. Pero nunca me ha hecho sentir como una puta de verdad.
Todo cambió hace tres semanas.
Se llama Diego. 28 años. Amigo de un primo de Alejandro. Alto, barba de tres días, voz grave y manos grandes. La primera vez que lo vi fue en una fiesta en la casa de ese primo. Alejandro estaba a mi lado, tomándome de la cintura como siempre, pero Diego me miró de una forma que me humedeció las bragas en segundos. No sonrió. Solo me observó como si ya supiera que iba a follarme.
Esa noche intercambiamos números “por si acaso”. Dos días después me escribió.
Y ayer… ayer pasó.
Alejandro tenía examen final y se quedó estudiando hasta tarde en la biblioteca de la universidad. Me dijo que llegaría cerca de la una. Eran las ocho de la noche cuando le contesté a Diego: “Ven”.
Llegó en menos de veinte minutos. Apenas cerré la puerta de mi departamento, me empujó contra la pared del pasillo y me besó con hambre. No como Alejandro, que siempre pide permiso con la mirada. Diego tomó lo que quería. Sus manos bajaron directo a mi culo, apretándolo fuerte mientras su lengua invadía mi boca.
—Tu noviecito sabe que estás a punto de que te folle otro? —me preguntó al oído, mordiéndome el lóbulo.
—No… —gemí, y esa respuesta me mojó aún más.
Me llevó al sofá donde tantas veces me había besado con Alejandro. Me quitó el short de pijama y las bragas de un tirón. Se arrodilló, me abrió las piernas y hundió la cara entre ellas. Su lengua era experta, brutal. Me comía el coño como si tuviera sed, chupando mi clítoris y metiendo dos dedos gruesos al mismo tiempo. Me corrí en menos de dos minutos, temblando y gritando su nombre.
Cuando me recuperé, lo vi sacándose la polla. Era más grande. Más gruesa. Venosa. Perfecta. Alejandro está bien, pero esto… esto era otra cosa.
—Quiero que me mires mientras te meto todo —dijo.
Se sentó en el sofá y me hizo subir encima. Bajé despacio, sintiendo cómo me abría. Gemí fuerte, casi dolorosamente. Estaba tan mojada que entró de una sola vez hasta el fondo. Empecé a cabalgarlo, mis tetas saltando delante de su cara. Diego las agarró, las chupó, las mordió.
—Dime qué eres —gruñó.
—Soy una puta… —jadeé—. La novia infiel de Alejandro.
—Más fuerte.
—¡Soy una puta que le está poniendo los cuernos a su novio con una verga más grande!
Eso lo encendió. Me levantó como si no pesara nada, me puso en cuatro sobre el sofá y me folló por detrás como un animal. El sonido de su pelvis chocando contra mi culo llenaba toda la sala. Me dio nalgadas fuertes, me jaló del pelo, me llamó de todo: zorra, calentona, cornuda. Y yo me corría una y otra vez, pensando en la cara de Alejandro si supiera que en ese momento otro hombre me estaba usando como su juguete sexual.
Cuando estaba a punto de correrse, me puso de rodillas frente a él.
—Boca abierta.
Obedecí. Me corrí en la cara y en la lengua, grueso y abundante. Tragué parte, el resto me chorreó por la barbilla y cayó sobre mis tetas. Me sentí sucia. Me sentí viva.
Después me limpié un poco, pero dejé suficiente evidencia. Un chupón en el cuello. El olor a sexo en el sofá. Mi coño aún hinchado y rojo.
Alejandro llegó a la una y media. Me encontró en la cama, fingiendo dormir. Me dio un beso en la frente y se acostó a mi lado, abrazándome.
Yo sonreí en la oscuridad, sintiendo todavía el semen de Diego secándose entre mis piernas.
Mañana quizás le cuente. O quizás lo deje descubrirlo solo.
Por ahora… solo quiero que Diego me escriba de nuevo.


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