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mayo 18, 2026

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EL BACANAL DE TRAQUETOS

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Estaba almorzando después de mi jornada en los cultivos cuando llegó mi padre, quien era el capataz de la casa grande, como le decíamos a la hacienda “La Chorrera”.
—Hijo, el patrón lo busca —dijo mi padre.
Al patrón no se le hacía esperar, así que dejé el plato a medio comer y fui deprisa hacia la casa principal. No era nada grave. Don Eusebio “El Pulpo” Cárdenas me estaba esperando en la terraza. Era un hombre corpulento, de piel mulata curtida por el sol del Pacífico, con una cadena de oro gruesa como un dedo pulgar que le brillaba sobre el pecho peludo. Llevaba el pelo rapado a los lados y una barba cuidada salpicada de canas. Vestía una guayabera blanca impecable y unos jeans oscuros, pero nadie se confundía: los tres anillos de diamantes y el reloj Audemars que pesaba en su muñeca gritaban exactamente quién era. Un traqueto de los de antes, de los que todavía mandaban en la zona y sabían que el respeto se compra con miedo y se mantiene con billete.
—Mijo, necesito un favor —me dijo con esa voz gruesa que imponía respeto—. Quiero sorprender a mi hijo con el regalo de grado. Necesito que me digas o averigües qué podemos hacer para regalarle en su fiesta de graduación. Porque ya era hora, ¿no?
—Sí, patrón, cuente con ello. Y sí… ya era hora —respondí riéndome—. Jajajaja.
Después de las risas, porque Julián Andrés, a sus 20 años, apenas se graduaba de bachiller, y no por bruto, sino por rebelde e inquieto. De esos muchachos contestones, altaneros, malcriados, que siempre hacían su voluntad. Tanto era así que le habían puesto el apodo de “El Preñador”, una mofa de la película El Depredador. No porque fuera un animal de caza, sino porque era un animal para preñar mujeres y luego, por irresponsable, las dejaba botadas sin responder por los posibles hijos.
Pero para mí era como mi hermano. Y yo, al igual que su padre, le alcahueteábamos todo.
Al caer la noche entonces fui hacer mi tarea y al entrar a la habitación de Julian encontre a mi hermano jalandosela o pajeandose, viendo un video de una famosa presentadora a lo cual repliqué:
• Marica! cierre la puerta cuando le saque punta al lápiz “se estaba Mastuabrdo” que cochinada es eso… – Dije yo
Pero Julián solo se rio y, luego de charlar un poco, pude indagar que él estaba esperando una fiesta con varias putas, pero que fueran blanquitas y rubias. En su amplio currículum de mujerzuelas que se había follado, Julián no había tenido ninguna de ese tipo. Y como decían que las blancas gritaban sabroso al medirse con vergas de negro, quería comprobar la teoría.
Entonces le comenté a Don Eusebio sobre el requerimiento de su hijo Julián, pero este no solo se rió, sino que se enorgulleció de su hijo y rió aún más cuando le conté las andanzas de Julián en sus tiempos libres, sobre todo que estaba pajeándose cuando fui a preguntarle. Eso le generó no solo satisfacción, sino también curiosidad por los gustos de su hijo. Por eso me pidió que le mostrara en su teléfono móvil a la hembrita por la que se estaba masturbando su hijo. Y añadió cuando se la mostré:
— Ese hijo mío sí que tiene apetito, ¿verdad, Richard? — dijo Don Eusebio
Días después cuando llegó el día de la fiesta Don Eusebio había tenido todo listo, había contratado un piso entero en un monumental hotel a las afueras de la ciudad en tierra caliente con un buen número de piscinas, jardines y zonas de juegos. Tomando alquilado 60 habitaciones para todos los invitados en los que la mayoría eran primos, tíos, amigos de Julian y uno que otro socio de Don Eusebio. Oficialmente la fiesta comenzó el viernes 29 de octubre alrededor del mediodía cuando empezó a llegar los vehículos con los invitados, los cuales llamaban la atención también a los residentes del municipio, extraños y los huéspedes que se encontraban en el Hotel por el bochinche que se hacía a la llegada de todos los traquetos con sus escoltas. Además más de uno llegaba con trago de aguardiente o whisky y mujerzuela de turno. Porque en realidad estas fiestas eran famosas generalmente eran de 2 o 3 días con música que ofrecían orquestas o cantantes reconocidos que los mismos traquetos contrataban sin dificultad. Y como Don Eusebio tenía el poder, la gente de la zona y los huéspedes no sólo guardaban silencio, sino que, como se dice, comían callados, porque ellos también podían disfrutar de la música, el trago y la comida, que era ilimitada.
Entonces la apertura de la fiesta fue con la entrega de regalos para Julian los cuales todos eran cual más ostentoso, todos con el fin de presumir no quien daba el mejor regalo sino quien tenia mas plata para dar el.mejor regalo, que era diferente un tema de orgullo traqueto,había carros, motos, accesorios con diamantes y esmeraldas etc…
Pero al final vino el turno de Don Eusebio sorprendió a todos con un Show particular que armó en el salón (Las Estrellas), sitio principal del hotel para el desarrollo de los eventos como este, ubicado en el 4 piso. El patrón montó una Manga ganadera un pasillo estrecho y cercado por el que caminan los animales en fila india para vacunarlos, pesarlos o revisarlos pero en este caso los animales que caminaría no eran precisamente reses o ganado sería el regalo de que le había traído especial a Julian y luego de un discurso de Don Eusebio como maestro de ceremonias y como preámbulo llama; su primer regalo que fue una mujer que en principio pensé que era una prepago o puta mas. Pero No! Al anuncio del patrón decía;
• Damas y caballeros les presento a Laura una flaca rubia como le gustan a mi hijo Julian de un 176cm un poco alta para mi hijo que aun no llega al 1, 70cm ja,ja,ja,ja. Laura sino la.conocen es presentadora de la capital de 36 años, casada pero no capada jajajaja. Pero ya tiene un retoño que toca criar si se le miden jajajajaja. Sus medidas 85-68-93 con 65,kilos medidas chichis pero su cara de muñeca y cuerpo de modelo aguanta. Fuera de eso es rubia natural con esos ojos azules y pinta de gata fina toda estilizada.
Aunque es flaca, el vestido que tenia puesto con minifalda escocesa de compañera a su chaqueta de color azul y blanco predominantemente tenia el cabello recogido y algo seria pero luego la animamos.se le ven las piernas largas, delgadas pero bien formadas, cubiertas con esas medias brillantes que le marcan los muslos y le dan un toque sexy. Pero te la traje hijo por su cara angelical de niña bien. Que tal?
Y mientras Don Eusebio terminaba su descripción Laura comenzaba su pasarela caminando por el medio de la manga ganadera unos 100 mt de corredor donde los hombres se habían aglomeración para verlas cerca y admirarlas, lo que intimidaba a Laura en este caso pero ningún hombre se sobrepasada aun, por ahora solo piropean obscenamente y vulgar.
• Mami, con esa cara de muñeca Barbie y esas piernas flacas envueltas en medias transparentes, me tienes con la verga más dura que el piso de madera.
• Con esa boquita de muñeca haciendo puchero y esas medias puestas, solo pienso en metértela hasta el fondo
• Flaca de lujo… esa cara de Barbie puta me tiene loco, quiero agarrarte esos pelos rubios mientras te doy por atrás como se merece una princesita.
• Mamacita, con esas piernas larguitas y flacas brillando en esas medias, me dan ganas de abrirte como un compás y comerte entera.
Luego Don Eusebio anunció a Sara “la zorrita”:
• Sara otra presentadora rubia pero paisa mas bien bajita pero menudita bien proporcionado con 1,65cm y 35 años con un cuerpo que vale, aunque ya tiene retoño de 10 años Está delgada pero con carne donde debe tenerla: buenas tetas que pueden ver con su vestido rosa escotado, observen ese culo redondo, firme y jugoso que se marca delicioso en ese vestido ajustado, y unas piernas gruesas en los lugares correctos, con esos muslos suaves y provocadores.

Y mientras describe el culo de Sara el patrón, la nalguea para que andará y darse el gusto. Mientras los hombres la ocasionan con mas animo que con Laura por lo que los piropos no faltaron:
• Eres una Barbie bien puta… ese escote dejando ver las tetas y esa pierna fuera me tienen la verga hinchada. Te cogería duro, te llenaría el coño de leche y te dejaría el vestido todo manchado.
• Mami, ese vestido rosa con raja te hace ver como una puta cara. Quiero ponerte en cuatro, levantarte el vestido y darte nalgadas hasta que ese culito se ponga rojo y te corras gritando.
• Rubia asquerosa de lujo… con ese cuerpo flaco y tetas asomando, solo pienso en correrme dentro de ti, sacarte el vestido y dejarte tirada llena de semen como la
Luego anuncia a la tercera hembra llamada Nanis de otro fenotipo Pero también paisa como Sara:
• Nanis, una cuarta rubia de 37 años y 1,72 m de pura hembra sabrosa. Tiene un cuerpo espectacular, curvilíneo y con carne donde quiera agarrar: tetas jugosas y bien paradas que se le marcan brutales en ese top negro ajustado, casi a punto de reventar.Esta res es de raza pardo suizo, hablando en términos ganaderos. Con ese vestido plateado cortico se puede observar un culo grande, redondo y potente. Tiene caderas anchas y cintura marcada. A sus 37 años está en su punto más rico: carne madura pero firme, casada pero disponible, eso sí, con dos crías encima.
Luego, en su recorrido, quedó evidente que los invitados ya estaban más alborotados y calientes, con ganas de comprar ese ganado. Entonces empezaron a llover los piropos. Algunos más lanzados le buscaban cariño, y al parecer Nanis no era indiferente, porque comenzó a regalar besitos y abrazos a diestra y siniestra. Se notaba que era la que mejor tenía claro el papel que venía a desempeñar: “Divertir a los hombres”.

• Mamita, con ese vestido plateado pegadito al culo se te ve tan rico que dan ganas de arrancártelo a mordiscos. Esas piernas larguísimas y bronceadas, abiertas o cruzadas, da igual, yo te las abro completicas y te como entero ese coñito hasta que tiembles.
• Estás demasiado buena, hijueputa. Cara de ángel y cuerpo de puta cara, con esas tetotas que se te marcan y esa cintura que pide que la agarre fuerte mientras te meto. Ese pelo rubio te queda hermoso pa’ agarrártelo y darte por detrás como Dios manda.
• Nanis, vos sos de esas que uno se lleva pa’ la finca, te pone en cuatro sobre la cama, te da duro y te hace gritar “¡papá!” hasta que se te quiebre la voz.
• Vení, mamacita… que este traqueto te quiere poner a perrear bien rico y llenarte toda. ¿Qué más, linda? ¿Te animás o te hago rogar?
Y el patrón anuncia la cuarta hembrita también rubia llamada Alejandra
• Esa malparida se llama Alejandra, tiene 38 años y está más buena que muchas de 20, hijueputa. Mide 1,68 y tiene unas medidas de infarto: 90-58-92, o sea, tetotas grandes, cintura de avispa y un culo gordo, redondo y parado que no se le baja ni con tres crias osea que es bien fértil como una coneja. Porque sí, la muy perra ya tiene tres hijos de tres papás distintos y aún así mantiene ese cuerpazo que vuelve loco a cualquiera.
Está vestida Mirala con el top de encaje y esos pantalones de cuero pegados al culo, luciendo como toda una puta de lujo.
A sus 38 años y con tres críos encima, está Alejandra sigue siendo una hembra peligrosa y caliente

.
• Alejandra fue recibida con una tremenda ovación por todos, como el rugir de una manada de machos en época de apareamiento. Aleja sonrió al ver su aceptación, sintiéndose halagada. Por lo que, con un gesto voluntario y en agradecimiento, se quitó el pantalón de cuero quedando solo con un bodysuit negro bien arrecho.El body tenía mangas largas de tul transparente que dejaba ver toda la piel, y en las tetas un brasier integrado de encaje negro grueso con flores, bien ajustadito, que le levantaba y le marcaba las tetotas jugosas. Abajo, el body se abría con tiras y transparencias en la barriga y se cerraba en unos cucos opacos bien apretados, tipo culotte alto o cacheteros que se le pegaban brutalmente al culo, marcándole las nalgas gordas y redondas sin dejar nada a la imaginación, mientras unas medias panty transparentes le cubrían las piernas completas. Pura lencería diseñada pa’ que a uno se le pare al instante, hermano.Los aplausos no se hicieron esperar. Cuando comenzó el recorrido se armó el desorden, porque los hombres querían tocarla y manosearla. Ella, bien coqueta, lejos de angustiarse o alterarse, intentaba esquivarlos con una sonrisa, pero uno que otro lograba su objetivo, y los hijueputas gritaban eufóricos.

• ¡Yo quiera esta!
• ¡Me pido esta ramera!
• Dan ganas de arrancarte esa mierda y cogerte
• Dame una noche y te dejo sin poder caminar, hijueputa.»
• «Qué cuerpo tan hijueputa, Alejandra. Ese body negro le está haciendo pecado a tus curvas. Tetas grandes, culo brutal y esas medias transparentes… Te juro que te cojo hasta que te tiemblen las piernas y me pidas piedad, mamacita.»
Hasta aquí habían desfilado 4 hembras, todas rubias y todas presentadoras, tal como a Don Eusebio les contó en voz alta a todos los invitados que le gustaban las hembras a su hijo Julián. Por eso todos aplaudieron. Luego el patrón le preguntó a su hijo:
• — Julián, ¿cuál te gustaba más?
• Después de pensar un buen rato, Julián respondió:
• — Aleja.
• —¿Estás seguro, hijo? —dijo Don Eusebio—. Porque aún falta tu regalo grandote.
Y de pronto salen un grupo de mariachis tocando la canción “POR ESA YEGUA” en dedicación a su hijo y en honor al lanzamiento al ruedo de Melina, para sorpresa de Julián. Era su amor platónico, su crush, la mujer con la que se hacía pajas y la protagonista de todas sus fantasías sexuales.
• Como tenía a Julián a mi lado, le dije:
• — Cierre la boca, Julián, que no se note la gana.
• Pero el hijueputa se había quedado tieso.
• — ¡Mierda! ¡Qué regalazo le mandó el viejo!
Melina estaba algo asustada o temerosa con el alboroto era casi evidente que no estaba cómoda en la situación de ser centro de atención.
Melina es una yegua impresionante de 36 años y 1,78 m de estatura. Con esos tacones se convertía en una hembra de casi dos metros, toda una percherona de lujo. Lucía una melena larga rubia que le caía con volumen por los hombros y espalda.
Está bien anchada en ancas, con unas caderas anchas y potentes, buenas tetas grandes y generosas que se le marcaban en ese vestido negro corto, un culo parado, voluminoso y redondo que invitaba a agarrarlo fuerte, y unos mulos carnosos, gruesos, el comienzo de sus piernotas largas que seguro podrian enredar a cualquier hombre. A sus 36 años y con solo dos dueños en su vida y una cría encima, esta hembra mantenía un cuerpo espectacular, firme y jugoso, pura carne madura de primera calidad.
Y entonces, mientras sonaba la música, el patrón, al ver la resistencia de Melina para desfilar en medio de todos los hombres, utilizó como todo un buen ganadero un táser eléctrico para moverla a la brava. Eso la obligó a caminar, por supuesto, y generó risas e interés por mortificarla aún más.
Por lo que, mientras Melina pasaba por el corredor, todos los hombres intentaban levantarle la falda negra de pliegues, lo cual era fácil entre tanto manos haciendo el intento ella no alcanzaba a detenerlos, y al final podiamos observar sus prominentes nalgonas. A su vez, pudieron comprobar que usaba un cachetero negro de encaje ajustado, el cual animaba aún más a los machos, al igual que la propia resistencia de Melina al ser acosada. Y es que Melina estaba bien arisca y no era para menos porque los hombres buscaban fastidiarla aún más al buscar tomar imágenes de ella no solo de su culo sino de intimidad de su pelvis que se veía enorme a pesar de sus cacheteros que lo cubrían, tan grande que se empezó a vociferar:
• Esa hembra tiene una cuca de cancha de fútbol.
Al final, Melina llegó a campo seguro donde las otras chicas, que tal vez tenían más cancha, trataron de calmarla. Pero eso no duraría mucho, porque lo que venía era el verdadero entretenimiento. Les esperaba una noche de trabajo duro.
Entonces Don Eusebio puso las reglas claras: las hembras solo podrían ser tocadas con pase o salvoconducto, los cuales deberían comprar con el tesorero del cartel o con el permiso y la tarifa que estableciera Julián, dueño de las hembritas.
— Tranquilos —dijo—, pueden estar con ellas, invitarlas a un traguito, coquetearlas y bailar, pero si quieren follarlas… ya saben: pagando por anticipado.
Julián, que de por sí estaba contento, casi de inmediato respondió:
— Qué buena idea, viejo. Pero yo delego eso de los salvoconductos y las tarifas a mi hermano Ricardo, porque yo tengo que hacer…
Y claro, no había posibilidad de negarme. Casi de inmediato, más de uno se alborotó para solicitar un servicio.
Pero antes vino el espectáculo de llevar a Melina a una suite del hotel para que Julián hiciera uso de su regalo. Melina, al darse cuenta, trató de escapar corriendo, pero era absurdo con tanta seguridad y tantos hombres alrededor. Le cerraron el paso fácilmente. Julián, queriendo más diversión, ordenó que la corretearan entre todos. Al final, la dejaron avanzar por varios corredores del hotel hasta que Julián la enlazó por la cintura. Entre varios, incluido yo, comenzamos a tirar de ella y arrastrarla por el suelo. Pero ella, negándose a su destino, se agarraba de cuantas sillas y barandas encontraba, retrasando su llegada a la suite. Al final, eso fue peor para ella.
Porque Julian sin pudor no aguanto mas y llegaron arrastrándola hasta uno de los amplios corredores del primer piso del hotel, justo frente a una sala abierta que daba al pasillo principal. Allí no había puertas, cualquiera que pasara podía ver todo. Julián, ya descontrolado, no quiso esperar a llegar a la suite.
— ¡Aquí mismo, hijueputa! tengamenla mientras se la meto —gritó.

Entre varios la sujetaron contra un sofa grande de la sala. Melina forcejeaba desesperada y llorando. Julián la agarró fuerte por el pelo rubio, le levantó la falda de un tirón y le bajó el cachetero negro hasta las rodillas.
— ¡Nooo! ¡Por favor, Julián! ¡No me viole! —suplicaba Melina entre sollozos—. ¡Estoy casada! ¡Tengo un hijo! ¡Por favor, no me haga esto!
Pero Julián estaba completamente agresivo y loco de deseo. Sin escucharla, se sacó la verga dura como piedra y se la metió de un solo empujón brutal hasta el fondo en su cuca.
— ¡Cállate, yegua! —rugió mientras empezaba a cogérsela con fuerza salvaje—. ¡Hoy te hago mía, malparida! ¡Casada o no, esta cuca ya es mía!
Melina gemía y lloraba con cada embestida violenta, pero Julián parecía poseído. La agarraba fuerte de las caderas y la penetraba como un animal, dándole duras nalgadas en su culo voluminoso mientras repetía:
— ¡Esta yegua es mía! ¡Mía, hijueputa! ¡Voy a llenarte toda!
Varios hombres observaban el espectáculo desde el corredor, algunos grabando con sus celulares, mientras Julián la follaba sin piedad en pleno público, completamente descontrolado por hacerla suya.
Los hombres que rodeaban la sala empezaron a gritar y a impulsarlo:
— ¡Dóminala, Julián!
— ¡Dale duro a esa yegua!
— ¡ rómpela, que es tuya!
— ¡Métele verga hasta que aprenda!
— ¡Duro! ¡Dóminala!
— ¡Rómpela, parcero!
Julián, completamente descontrolado y excitado por los gritos, agarró el vestido negro de Melina y lo rasgó violentamente de arriba abajo, dejándola prácticamente empelota delante de todos. Con rabia y lujuria, le arrancó el brasier de un tirón, liberando sus tetas generosas y pesadas, y luego le bajó y arrancó los cacheteros negros de encaje, dejándola completamente expuesta.
Julián, completamente enloquecido, seguía taladrando a Melina con fuerza salvaje, moviendo las caderas como un motor percutor, metiéndole toda la verga negra hasta el fondo con embestidas brutales y rápidas.
Melina lloraba desconsolada, con el rostro bañado en lágrimas y el maquillaje corrido, mientras forcejeaba inútilmente:
— ¡Basta! ¡Por favor, basta! —suplicaba entre sollozos entrecortados—. ¡No más! ¡Para, Julián! ¡Me estás haciendo daño! ¡Por favor… paraaa!
Pero sus ruegos solo parecían excitar más a Julián, quien la agarraba con más fuerza de las caderas y le seguía dando verga sin piedad, golpeando su pelvis contra ese culo voluminoso con un sonido seco y constante.
— ¡Cállate y disfruta, yegua! —le gruñía él mientras le chupaba y mordía las tetas—. ¡Esta cuca ya es mía! ¡Llora todo lo que quieras, que te voy a llenar!
Melina pataleaba y movía la cabeza de un lado a otro, llorando amargamente:
— ¡Nooo! ¡Basta… te lo suplico! ¡Tengo un hijo… para por favor!
Sin embargo, Julián no se detenía. Seguía taladrándola como un animal, cada vez más rápido y más profundo, mientras los hombres alrededor celebraban y grababan el brutal espectáculo.
Y pronto vino lo que todos estaban esperando. El cuerpo de Melina la traicionó sin piedad.
Empezó a sufrir violentos espasmos, sus ojos se volteaban y su mirada se perdía. De su garganta salían gemidos roncos y entrecortados, mezclados con un largo y quebrado “¡Yaaaaaaa…! ¡Aaahhh…!” que no terminaba de salir.
Sus piernas, temblando sin control, se enredaron alrededor de la cintura de Julian y lo apretaron con fuerza, jalándolo más profundo contra su voluntad. Sus talones se clavaban en la espalda de él como si su propio cuerpo la estuviera entregando.
— ¡Basta…! ¡Basta por favor… ya… ya…! — logró decir con voz rota.
Pero su coño se contraía con fuerza alrededor de la verga de Julian, ordeñándolo, succionándolo más adentro. ¡Plap! ¡Plap! ¡Plap!
Julian gruñó de placer y aceleró sus embestidas, follándola con más fuerza. Mientras comenzaba a correrse, descargando gruesos chorros calientes de semen bien adentro de ella, se inclinó y chupó con brutal intensidad sus tetas, mordiendo los pezones hinchados.
Melina sacudía la cabeza de lado a lado, lágrimas de placer y vergüenza mezcladas en sus ojos.
— ¡Basta… basta… ya… por favor… basta…! — repetía, pero su voz ya no era un grito, sino un susurro entrecortado, cada vez más débil, casi ahogado por sus propios gemidos. ¡Mmmph…! ¡Ahh… ya… basta…!
Pensaba en su esposo. En su cara. En la traición que estaba cometiendo. Y eso la hacía sentir asco de sí misma… pero su cuerpo no obedecía. Su pelvis se movía sola, sus paredes internas apretaban y palpitaban, exprimiendo hasta la última gota de la verga de Julian mientras él seguía empujando profundo, llenándola como un tanque.
— ¡No… no… basta… ya… basta…! — susurraba ahora casi sin fuerza, con la voz quebrada, mientras su cuerpo convulsionaba en un orgasmo devastador que la hacía arquearse contra Julian. ¡Aaaahhh…!
Julian mantenía su polla enterrada hasta el fondo, pulsando, inundándola de semen espeso y caliente, sin sacar ni un centímetro.
— Shhh… calla — le murmuró al oído, todavía moviéndose lento dentro de ella —. Tu boca dice basta… pero tu coño me está pidiendo más.
Melina solo pudo sollozar bajito, mordiéndose el labio, odiando lo mucho que su cuerpo estaba disfrutando ser violada.
Entonces Julian, con una sonrisa arrogante y todavía bien enterrado dentro de ella, le susurró cerca del oído mientras le daba una embestida lenta y profunda:
— Dime, Melina… ¿qué se siente ser follada por un hombre negro de verdad? Apuesto que tu esposo no tiene ni de cerca esta potencia… ¿verdad? Apuesto que nunca te ha llenado así… tan profundo… tan lleno…
Entonces, cuando el clímax estaba terminando, Julian, como asegurándose de no dejar ni una sola gota de semen fuera de ella, puso ambas manos en la cabeza de Melina. Entrecruzó los dedos con fuerza, sujetándola firmemente contra la cama, usándola como punto de apoyo. Con un gruñido animal, tomó impulso y dio las últimas embestidas profundas y pesadas.
— ¡Hnnnghh…! ¡Fuuuck…! — suspiraba él con respiraciones roncas y profundas, casi gruñidos, mientras su verga palpitaba fuertemente dentro de ella, expulsando las últimas y espesas cargas de semen. Cada impulso hacía que su pelvis chocara con fuerza contra la de Melina: ¡Plap…! ¡Plap…! ¡Plap…!
Su cuerpo grande y negro se tensaba por completo sobre ella, los músculos de sus brazos marcados mientras la mantenía inmovilizada por la cabeza, vaciándose hasta el fondo, inundando su útero por completo.
— Eso es… toda para ti… — murmuró con voz ronca, todavía dando pequeños empujones cortos para que ni una gota se desperdiciara.
Melina solo podía temblar debajo de él, sintiendo cómo su interior se llenaba hasta rebosar, con el calor espeso del semen de Julian invadiéndola por completo.
Al ver que Julian gritaba “¡Listo!”, se dejó desplomar completamente encima de los pechos de Melina, cansado y agotado. Su cuerpo flaco y sudoroso cayó pesado sobre ella, respirando como un toro después de embestir con toda su fuerza. Su verga todavía palpitaba dentro de ella, soltando las últimas gotas mientras su pecho subía y bajaba contra las tetas de Melina.

Melina también se relajó, aunque su cuerpo temblaba. Era evidente que ella no tenía la sonrisa de satisfacción de Julian. Por el contrario, lagrimaba en silencio, mientras no sabía dónde mirar. Los teléfonos móviles la grababan desde todos los ángulos: luces de cámaras encendidas, pantallas apuntándola, capturando cada detalle de su cara sonrojada, sus tetas marcadas por chupones y su coño aún lleno y desbordando semen.
Las risas de los hombres que presenciaron todo resonaban en la sala, seguidas de aplausos fuertes y burlones, como si acabara de terminar una película porno.
— ¡Jajajaja! ¡Qué buena toma!
— ¡Creo que esta rellena!
— ¡Miren la cara de la puta… está llorando pero le encantó!
Los aplausos y silbidos la hacían sentir profundamente humillada. Melina cerró los ojos con fuerza, mordiéndose el labio inferior para no sollozar en voz alta. Su mente daba vueltas: pensaba en su esposo, en cómo lo había traicionado y en cómo su propio cuerpo la había delatado frente a todos. Julian permanecía encima de ella, recuperando el aliento, con el rostro enterrado entre sus pechos sudados.
—Mmm… qué rico coño tienes —murmuró Julian contra su piel, todavía enterrado dentro de ella, moviendo las caderas perezosamente, como si quisiera reactivarse.
Melina solo pudo sollozar bajito, con la voz rota y casi inaudible:
—…basta… ya… por favor…
Pero nadie le hacía caso. Las risas y los aplausos continuaban, y los teléfonos seguían grabando su humillación completa.
Los minutos seguían pasando y Melina y Julian permanecían allí, como pegados. Ella, resignada y exhausta; él, disfrutando el momento de haberse follado a su presentadora favorita. De repente, Julian comenzó a retirarse lentamente. Mientras lo hacía, quedó a la vista cómo su miembro grueso salía del interior de la poderosa cuca de Melina: una vulva carnosa, hinchada y reluciente, con labios mayores gruesos y suaves que se abrían como una invitación obscena. Era una verdadera entrada de cueva, profunda, jugosa y perfectamente depilada, con los labios internos rosados y brillantes por la mezcla de sus fluidos. Aquella coñaza atractiva y generosa parecía hecha para recibir vergas de cualquier tamaño y darles un placer intenso.
Melina reaccionó también y, con asco, empujó a Julian para apartarlo. Él no le prestó atención. Solo pidió una jarra de agua porque estaba seco; Melina lo había dejado completamente deshidratado. Luego, riendo con cinismo, le dijo:
—Vamos, Melina, acéptalo. La pasaste bien… pero aún lo podemos pasar mucho mejor.
Entonces Julian se dirigió a mí:
—Richard, hazme el favor de llevarla al cuarto para que se reponga lo antes posible, porque su trabajo apenas comienza.
Melina no quería dejarse ayudar —estaba completamente desnuda—, y su ropa interior como vestido habia desaparecido, nadie sabía quién lo había tomando como recuerdo seguro. pero aun así la llevamos a la suite rodeados de curiosos que ni siquiera eran invitados: huéspedes y empleados que se habían acercado atraídos por el escándalo. No dejaban de grabarla con sus móviles y tomarle fotos mientras murmuraban y comentaban entre risas:
—Mira esa coñota… está toda hinchada y chorreando —dijo uno en voz baja, pero lo suficientemente alto para que se escuchara.
—Joder, qué puta más buena —murmuró otro, enfocando con el teléfono entre sus piernas—. Se nota que le gustó, mirá cómo le palpita todavía.
—Pobre, o no tan pobre… esa presentadora tan elegante y ahora posando empelota para nosotros —se rió un hombre entre los curiosos.
—Graba bien cuando camine, que se le ve todo —añadió otro.
Al llegar a la habitación, ella se encerró inmediatamente en el baño. Mientras tanto, aproveché para revisar su maleta y dejarle solo lo estrictamente necesario: trajes de baño y ropa interior sexy. Creo que no iba a necesitar mucho más para la ocasión.
Al salir de la suite de Julian, me estaban esperando más de una docena de hombres ansiosos por negociar el servicio de las demás hembras. Aunque más de uno quiso indagar la posibilidad de “comerse” a Melina, a quien ya habían apodado entre risas como “La Grandota”, “La Yegua”, “La Potra” o “La Monota”. Sin embargo, la mujer de Julian estaba bloqueada para todos; nadie más podía tocarla.
Entonces repartí los salvoconductos para las demás, pero me reservé el mío con Alejita.
Y ahora sí… comenzó el bacanal.
Al salir de la suite de Julian, todavía con la imagen de Melina siendo follada sin piedad fresca en mi mente, tenía la verga tan dura que me palpitaba dentro del pantalón. A pesar de mis solo 20 años, mi cuerpo era imponente: alto, musculoso y fuerte por el duro trabajo de campo, con la complexión poderosa propia de mi raza negra africana. Mis brazos y pecho marcados, y entre mis piernas, una verga gruesa, larga y venosa que parecía no caber en los pantalones.
Apenas abrí la puerta de la suite, Alejita estaba allí, recostada en el sofá de cuero exactamente como en la foto, con ese body negro transparente que marcaba sus curvas. Al verme, su rostro se iluminó con una sonrisa coqueta y seductora. Se mordió el labio inferior y arqueó ligeramente la espalda, ofreciéndome sus tetas y abriendo un poco las piernas enfundadas en medias negras.
—Richard… por fin vienes —ronroneó con voz dulce y juguetona, pasando una mano por su muslo lentamente—. Ven, acércate despacito que quiero consentirte…
Pero yo no estaba para coqueteos ni caricias suaves. Venía encendido, con la sangre hirviendo después de lo que había visto. Sin decir una palabra, cerré la puerta de un golpe y me acerqué a ella con pasos firmes.
—Ahora no, Aleja… —gruñí con voz ronca.
La tomé del brazo con firmeza y la levanté del sofá en un segundo. Alejita soltó un gemido de sorpresa.
—¡Espera, Richard! ¡Ah! —exclamó, pero ya era tarde.
La giré bruscamente y la empujé sobre el ancho brazo del sofá de cuero, dejándola boca abajo, con el culo bien alto y la cara aplastada contra los cojines. Le bajé el body de un tirón violento, exponiendo su coño y su culo.
¡Plaf! Le solté una fuerte nalgada que resonó en toda la habitación.
—¡Aaaayyy! ¡Richard! —chilló Alejita.
No esperé ni un segundo. Saqué mi gruesa verga negra, poderosa y completamente erecta, y la coloqué en su entrada. De un solo empujón brutal la penetré hasta el fondo, abriéndola por completo.
¡Plap! ¡Plap! ¡Plap! ¡Plap! ¡Plap!
—¡Aaaahhh! ¡Dios mío! ¡Qué grande! ¡Me estás partiendo! ¡Aaaayyy! —gritaba Alejita descontrolada, agarrándose con fuerza del sofá mientras yo la embestía como un animal.
Mis caderas chocaban con fuerza contra su culo, follándola con rabia y urgencia. El sonido húmedo de su coño llenaba la habitación: ¡Chup! ¡Chup! ¡Chup!
—¡Mmmhh! ¡Ahh! ¡Ahh! ¡Sííí! ¡Más fuerte! ¡Aaaahhh! ¡Richard! ¡Por favor! —gemía ella sin parar, con la voz entrecortada y temblorosa.
La agarré del pelo rubio con una mano y tiré hacia atrás mientras seguía metiéndosela profundo y rápido. Después de varios minutos en esa posición, la levanté, la giré y la tiré de espaldas sobre el sofá. Le abrí las piernas al máximo y volví a montarla en una salvaje posición de misionero, penetrándola con toda la potencia de mi verga gruesa.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
—¡Aaaayyy! ¡Me vas a romper! ¡Ohhh Dios! ¡Sííí! ¡Así! ¡Más duro! ¡Mmmhh! ¡Ahh! ¡Ahh! ¡Aaaahhh! —gritaba Alejita, clavándome las uñas en la espalda y temblando debajo de mí.
Sus gemidos agudos y desesperados llenaban toda la suite mientras yo desquitaba toda mi excitación con su cuerpo.

Estaba bastante enérgico, por lo que Aleja no podía decir nada ni hacer nada. De verdad, para mí en ese momento era una muñeca sexual de plástico que podía hacer con ella lo que quisiera, sin oír su voz, solo sus medias palabras y vocales. Aleja solo fue un instrumento sexual de desahogo. Cuando terminé de eyacular dentro de Aleja, ni me despedí, solo salí y dejé que otro entrara para que hiciera lo que quisiera con ella.
Para entonces, ya todas las presentadoras estaban atendiendo hombres uno tras otro. Había filas en las puertas de los cuartos y, muy seguramente, varias personas con la idea de repetir.
Yo fui a comer algo y tomar unos whiskys. En el camino solo escuchaba euforia: hombres presumiendo de cuál presentadora se habían follado y cómo lo habían hecho. Al fondo, entre el bullicio, se escuchaban gritos de mujeres y música alta. Era evidente que las presentadoras habían terminado de animar por completo la fiesta.
Cada nada vendía salvoconductos a un promedio de $500.000, con una inflación clara impulsada por el dinero de los traquetos y la alta calidad de la “mercancía”.
Después quise algo especial, un polichado de verga como decíamos en la calle a la mamada “Felación” y para ello decidi ir a la habitacion de Laura pense que ver esos ojos azules de cerca chupando debería ser una bacaneria, sin pedir permiso entre a la habitación que estaba Laura y estaba ocupada con gordo encima de ella cascandole “Fornicandola”sabroso encima de la cama donde estaba Laura mientras ella gritaba por el peso del tipo. Y como no me gusta esperar aproveche la posición de Laura que estaba boca arriba con su cabeza en el borde de la cama solo fue cuestión de acercarme con mi verga ya afuera y apoyándome de su cabeza al principio meterla a la fuerza por que no queria la mujer está, seguro que por ser de clase alta nunca había tenido el placer pero ahora si sabría lo que es bueno ya adentro le agarre los brazos para jalarle introducir más mi verga recta atravesando su boca paladar y llegando recto a lo profundo de su garganta eso hizo que laura abriera sus ojos azules como lámparas.
Y con una sonrisa burlona me di cuenta de que cada vez que sacaba la verga hasta la mitad y luego se la metía toda de golpe hasta el fondo, los ojos azules de Laura se abrían y cerraban como focos de carro que se prenden y se apagan. Jajajaja.
Luego empecé a mover la verga de lado a lado dentro de su boca, follándole la cara con ganas, haciendo que la punta gruesa chocará contra el interior de su mejilla y la inflara de manera ridícula, como si tuviera una colombina de bombón enorme dentro. Bum… bum… bum… Jajajajaja.
Y al final Laura término premiada porque justo como si estuviéramos coordinado el gordo y yo terminamos eyaculando al tiempo, que linda Laura se porto bien no mordio y se trago todo el semen.
Al salir de la habitación de Laura, pasé por el cuarto de Sara para ver cómo iba el tema. Oh sorpresa… me encontré a Julian divirtiéndose a lo grande con ella. Tenía a Sara completamente en cuatro sobre la cama, con el culo bien levantado y la cara hundida en las sábanas. Julian la sujetaba fuerte de las caderas con sus manos grandes y la follaba con embestidas profundas y brutales, haciendo que el cuerpo de Sara se sacudiera violentamente con cada golpe.
¡PLAP! ¡PLAP! ¡PLAP! ¡PLAP!
—¡Aaaahhh! ¡Julian! ¡Dios mío! ¡Así no! ¡Aaaayyy! —gemía Sara con la voz rota, mientras sus tetas se balanceaban salvajemente debajo de ella.
Julian sonreía con arrogancia, sudado y concentrado, sin disminuir el ritmo ni un segundo. Le daba nalgadas fuertes que dejaban marcas rojas en su culo mientras la penetraba sin piedad, hundiendo toda su verga hasta el fondo con cada embestida.
—Así te quería ver, puta… bien perra en cuatro —gruñó Julian entre dientes, acelerando el ritmo.
¡PLAP! ¡PLAP! ¡CHUP! ¡PLAP!
Sara solo podía gemir y temblar, completamente entregada al intenso polvo.
Al salir del cuarto de Sara, seguí caminando por el pasillo y decidí pasar por la habitación de Nanis. Y como vi que la cosa estaba bien, abrí la puerta sin tocar.
Oh, la escena que me encontré fue otra cosa. La muy malparida de Nanis estaba completamente en control, montada encima del mismísimo Patrón. La puta se veía radiante y feliz, con una sonrisa viciosa en la cara mientras cabalgaba con ganas sobre él.
Estaba completamente desnuda, con las manos apoyadas en el pecho ancho del Patrón, moviendo las caderas de forma experta y agresiva. Subía y bajaba con fuerza, haciendo que su culo carnoso rebotara sonoramente contra los muslos de él.
¡PLAP! ¡PLAP! ¡PLAP! ¡PLAP!
—¡Mmmhh! ¡Sí, papi! ¡Así! ¡Qué verga tan rica tienes! —gemía Nanis con voz entrecortada y llena de placer, visiblemente encantada.
Se veía toda una puta en su elemento: el pelo revuelto, los pechos saltando con cada movimiento, la cara de puro goce y la boca entreabierta soltando gemidos y puterías sin parar. Ella llevaba el ritmo, girando las caderas en círculos y luego bajando con fuerza para clavarse toda la verga del Patrón hasta el fondo.
¡CHUP! ¡PLAP! ¡CHUP! ¡PLAP!
— ¡Joder, qué rico! ¡Me encanta tenerte así! —decía entre risas y gemidos, acelerando el movimiento como si no quisiera parar nunca. El Patrón solo gruñía debajo de ella, agarrándole las nalgas con fuerza mientras Nanis lo montaba como una verdadera ramera en celo, completamente feliz y dueña de la situación.
Se inclinaba hacia adelante, apoyando sus tetas en el pecho de él, y seguía moviéndose con velocidad y profundidad, follándolo con lujuria y sin ninguna vergüenza.
• Luego decidí tomarme unos tragos más cerca de la piscina y escuchar a la orquesta, que tenía órdenes de no parar. No habíamos llegado a las dos horas de la fiesta y ya todo estaba descontrolado. De hecho, ya había borrachos caídos en el suelo.
• Fue entonces cuando se me acercó el mesero, un hombre humilde y educado de unos 56 años, quien me preguntó por Melina y entabló la siguiente conversación:
• Mesero:
• — Señor, ¿le puedo preguntar algo?
• Richard:
• — Sí, claro.
• Mesero:
• — ¿Qué pasó con Melina? ¿Está bien?
• Richard:
• — ¿Por qué lo pregunta?
• Mesero:
• — Porque es evidente que ella no esperaba lo que le pasó.
• Richard:
• — ¿Pero qué pasó?
• Mesero:
• — Pues…
• Richard:
• — Tranquilo, sé lo que quiere decir. Pero ella se lo buscó por buena.
• Mesero:
• — Sí, se notaba lo dama y fina que era.
• Richard:
• — Bien dicho: era. Gallina fina… pero ahora ya fue marcada como ganado del patrón.
• Mesero:
• — Con todo respeto, pobrecita. Pobrecita de lo que le tocó vivir.
• Richard:
• — Sí, pero fue pura lujuria.

Mientras estábamos conversando, de pronto empezó a escucharse un escándalo en uno de los balcones. Al acercarnos, vimos que se trataba de mi hermano Julian, que nuevamente estaba destapando y disfrutando de su regalo. El muy cabrón la tenía completamente empelota en el balcón a Melina y, de pie contra la barandilla, se la estaba follando sin piedad.
Desde la distancia se observaba el cuerpazo de Melina; como Julian era mucho más bajo, casi ni se le veía. Parecía un pigmeo montado en una yegua enorme. Eso provocó risas entre la gente. Lo que sí era evidente es que Julian estaba fuertemente agarrado de sus enormes tetas, aplastándolas contra la barandilla del balcón. Melina era la que se sostenía como podía, resistiendo las brutales embestidas de mi hermano, quien estaba visiblemente borracho.
Decidí irme para evitar una tragedia, pero la gente empezó a amontonarse frente al balcón, animando a Julian con comentarios vulgares:
— ¡Eso, Julian! ¡Dale duro a esa puta! ¡Rómpele ese coñote! —gritaba uno.
— ¡Mírenla cómo tiembla! ¡La Grandota está recibiendo verga de verdad! —se reía otro.
— ¡Más fuerte, enano! ¡Que se oigan esos huevos chocando! ¡PLAP PLAP PLAP! —coreaban entre risas.
— ¡Pobrecita la presentadora! Ahora es la puta oficial del patrón —comentó un invitado entre carcajadas.
— ¡Agárrale más las tetas, Julian! ¡Que se le salgan por el balcón!
Melina solo se rehusaba y gritaba histérica:
— ¡Nooo! ¡Julian, por favor! ¡Basta ya! ¡Aaaahhh!

Pero sus gritos solo parecían excitar más a Julian y divertir a la multitud que no dejaba de grabar y animar el espectáculo.
Al llegar yo a la habitación, mi hermano Julian ya estaba terminando. Se encontraba agarrado fuertemente de la barandilla, haciendo la mayor fuerza y presión para hundirse lo más profundo posible en Melina. Ella, más resignada, lo dejaba acabar sin oponer resistencia.
Julian:
— ¡Quieta, puta! ¡Quieta que te estoy llenando! ¡No te muevas, carajo!
Hundía toda su verga con presión brutal, haciendo la mayor fuerza para clavarse lo más profundo posible dentro de ella. Melina, resignada y exhausta, solo gemía bajito y lo dejaba acabar sin oponer más resistencia.
Esperé solo unos segundos. En cuanto Julian terminó, Melina se soltó y salió corriendo hacia el baño. Verla correr completamente empelota me llamó mucho la atención: todos sus atributos se movían de forma hipnótica. Sus tetas grandes rebotaban, sus nalgas y muslos temblaban, toda esa carne sabrosa… y ni hablar de su cuca enorme, que no pasaba desapercibida mientras corría.
Ella se percató de mi mirada morbosa y trató de cubrirse con las manos mientras llegaba al baño, pero igual se vio todo.
Desde los jardines y la piscina del primer piso llegaron aplausos y silbidos. Mi hermano Julian realmente parecía otro hombre; se notaba que Melina le estaba subiendo muchísimo el autoestima. Se sentía empoderado, como si fuera un emperador romano, como Calígula.
• Al verme, Julian me dijo:
• Julian:
• — Hermano, ¡ESA HEMBRA ME TIENE LOCO! No se imagina lo que siento en mis huevas.
• Richard:
• — ¿Qué sientes?
• Julian:
• — Es como si mis huevas empezaran a toda máquina a producir más y más espermatozoides… y luego es una sensación apoteósica cuando suelto todo el chorro.
• Richard:
• — Y hermano, esa cuca está enorme. ¿No le queda nada chica a tu verga ahí? Jajajaja.
• Julian:
• — Jajajaja, se la perdono porque sí es verdad. Melina tiene una cuca superamplia, siento que me permite moverme a mis anchas.
• Richard:
• — Uy, qué rico, hermano. Y van dos, ¿cierto?
• Julian:
• — Sí, y las que faltan.
• Richard:
• — Hay que conseguir viagra para ver qué tal.
• Julian:
• — Jajajaja, sí, sí, sí.
Luego Julian me comentó que Melina aún estaba muy resistente lo cual le gustaba porque lo retaba, pero había la posibilidad que me hiciera daño o escapara por lo que me pidió que, para estar más tranquilos, le pusiéramos unas riendas para tenerla bien amarrada, entonces;
—Richard, consígueme esas riendas. Al final ella es una yegua, y si quiere ser tratada como yegua salvaje… pues mejor, jajajaja.
Rápidamente mandé a conseguir unas riendas. Cuando las obtuve, volví al cuarto y me encontré con que Melina ya se había recuperado. Estaba visiblemente bañada y vestida con un bikini negro de dos piezas:
Parte de arriba: Un top estilo balconet o push-up bien apretadito que sostenia las tetotas llenas de Melina,. Tenía esos tetones bien jugosos embutidos ahí, con tirantes anchos y ajustables sobre los hombros. con cierre era en la espalda.
Parte de abajo: Una pantaleta o cachetero de tiro alto (high-waisted) negra, con unos recortes a los lados bien hijueputa que dejaban ver la carne de la cadera y le marcaban bien el culo y el totazo.
Era un conjunto elegante y clásico, pero con detalles atrevidos en los costados. El color negro le daba un look sofisticado y favorecedor. A pesar de que la habían cogido como puta, Melina no perdía ni la clase, ni el porte, ni la elegancia.
Entonces Melina estaba tranquila. No sé qué le habrá dicho Julián en mi ausencia, pero su cara de resignada era más que evidente. No pronunciaba una sola palabra, se veía sumamente sosegada y sumisa.
Solo cuando me acerqué con la rienda y se la iba a colocar, Melina se tensó y empezó a negarse:
—No… por favor, no me pongas eso —dijo con voz baja y suplicante—. No quiero, por favor…
Julián la miró fijamente, sin inmutarse, y con tono firme y autoritario le respondió:
—Sí te la van a poner. Toca hacer la obligación, Melina. No hay negociación. Eres la yegua ahora, así que calladita y quieta.
Melina apretó los labios, con los ojos brillosos, pero ya no se atrevió a decir nada más. Bajó la mirada y me permitió colocarle la rienda alrededor del cuello sin oponer más resistencia.
Siendo las 6:30 de la tarde, más que Melina saliendo de la habitación, era Julián sacando a su yegua del establo para compartirla con todos. Aunque el verdadero mensaje era claro: demostrar que él era el macho alfa y que tenía total autoridad.

Transitábamos por los corredores y las personas, sorprendidas, veían a Melina amarrada o enlazada como un animal. Aquello generaba sobresalto, especialmente entre los huéspedes que, aunque estaban acostumbrados a las extravagancias de los traquetos, esto no era algo que se viera todos los días: una presentadora rebajada a esclava sexual. Era de locos.
Para entonces ya nos encontrábamos en los pasillos con más de un borracho, pero aun así Melina seguía llamando la atención tanto de ebrios como de sobrios. Julian se dio cuenta y parecía disfrutar sentirse dueño de ella. Tal vez por eso terminó quitándole el pareo que Melina llevaba puesto como único medio para tapar algo. Julian quería deleitarse y compartir con todos ese trasero de yegua y aquellas ancas de potra, que se antojaron pero todos éramos conscientes que con la comida del patrón nadie se podía meter sin pagar consecuencias.
Al llegar a cenar, el mesero, en un gesto de cortesía, ofreció una silla a la dama, pero Julian se adelantó y la hizo sentar en sus piernas, en una clara provocación para demostrar su dominio. Ella accedió con tranquilidad y se sentó encima de él. Al ser tan alta y grandota, prácticamente lo cubría; sus muslos, en particular, se veían suculentos y carnosos.
En el ambiente, aunque había risas, también se respiraba cierta tensión, porque Melina provocaba ese efecto. Cuando Julian comenzó a manosearla y besarla delante de todos, el calor en el lugar aumentó notablemente. Melina se sentía incómoda, pero le seguía la corriente, previendo que Julian, en uno de sus actos disparatados —seguramente por la combinación de droga y licor—, pudiera hacer algo aún peor.
Y no se equivocó. Mientras cenábamos, Julian comenzó a meterle la mano en las tetas a Melina, mortificándola y llamando la atención de todos. Tal vez esperabamos que Julian nos compartiera el placer de ver esos teterones, pero no: Julian estaba jugando con todos.
— Julian: ¿Alguno quiere teta? ¡Alcanza para todos!
Melina respondía molesta:
— Por favor, ¡no más! Quieto con las manos.
Pero Julian se divertía y no le hacía caso. Luego fue más allá y metió la mano entre las piernas de Melina, que las tenía cruzadas. Aunque ella las apretó, Julian insistía con más fuerza para tocar su intimidad, su cuca, su vaginota.
— Melina: ¡Por favor, quieto!
— Julian: ¿Quieren que la haga brincar a Meli?
Un “¡Siiiiii!” al unísono se escuchó y Julian de inmediato metió la mano dentro de su cachetero, alcanzando sus labios vaginales. Esto provocó un fuerte sobresalto en Melina.
— Melina: ¡Basta!
Pero me di cuenta de que eso era exactamente lo que Julian quería: ponerla bravita. De inmediato reaccionó y la empujó sobre la mesa. Su torso quedó servido sobre la superficie, con su enorme culote justo al borde, completamente doblada sobre la mesa donde unos primos y amigos estaban sentados comiendo.
Con agilidad, Julian le bajó los cacheteros. Aunque Melina intentó reaccionar, fue demasiado tarde. Julian ya estaba listo para clavarla en esa pose. Sin perder ni un segundo, entró por el culazo de Melina, quien lanzó un alarido que retumbó con fuerza en los micrófonos de los músicos e hizo eco por gran parte del restaurante y la piscina cercana.
• — Melina: ¡Auch! ¡Ah! ¡Aua! ¡Auch! ¡Noooooooo!
• — Julian: Así se grita, blanquita.
Melina no tuvo tiempo de reaccionar, ni nadie lo esperaba. Hasta se oyó decir que faltó haber grabado ese grito, pero Julian respondió tranquilo:
— Julian: Tranquilos, apenas entré. Ahora la van a escuchar.
Aquello sobresaltó aún más a Melina, que intentó zafarse, pero Julian ya tenía la verga bien adentro. Entonces solo fue cuestión de que comenzara a chuzarla una y otra vez para que Melina manifestara su dolor intenso:
— ¡Nooooooooo!
— ¡Sácalooooooo!
— ¡Aaaaaaaaaaaah!
— Julian: Tranquila, es mi verga. Estamos abriendo la carretera por tu ano.
— Julian: Debe ser su primera vez, muchachos. Estas riquillas no saben muchas cosas buenas, hay que graduarlas en putas.
Melina gritaba y se retorcía sobre la mesa, con el torso aplastado contra el mantel y su enorme culote completamente expuesto. Cada embestida de Julian era profunda y brutal, abriéndola sin piedad. Era evidente que era su primera vez por el culo: su esfínter apretaba con fuerza, resistiéndose, y cada vez que Julian entraba hasta el fondo, Melina soltaba un alarido agudo y lastimero.
— ¡Me duele! ¡Me estás partiendo! ¡Por favor, sácala! — suplicaba entre sollozos, con la voz quebrada.
Los invitados observaban fascinados. La escena era tan cercana y explícita que varios se levantaron de sus sillas para ver mejor. El dolor y la humillación de Melina parecían excitarlos aún más. Algunos primos y amigos se acercaron, aprovechando la posición vulnerable de la presentadora. Uno le acarició la espalda sudorosa, otro le agarró uno de sus grandes senos que colgaban sobre la mesa y lo apretó con ganas.
— Tranquila, ya va a pasar… — le dijo uno con tono sádico y burlón, casi susurrándole al oído.
— Eso, blanquita, aguántale un poquito más al patrón — añadió otro, acariciándole el cabello mientras Julian seguía follándola sin parar.
Melina solo podía gemir y llorar. Su cuerpo grande y voluptuoso se sacudía violentamente con cada embestida. Julian la tenía bien sujeta por las caderas, clavándola con ritmo salvaje, disfrutando cómo su culo virgen se apretaba alrededor de su verga.
— ¡Qué culo tan rico tienes, puta! — gruñó Julian, acelerando el ritmo.
Los gemidos de dolor de Melina se volvieron más agudos y seguidos. Los invitados sonreían y comentaban entre risas, claramente excitados por el espectáculo en vivo. Algunos seguían tocándola: manos recorriendo sus muslos carnosos, pellizcando sus pezones y acariciando su espalda mientras Julian la reventaba.
Finalmente, después de varios minutos de follada intensa, Julian soltó un gruñido ronco, empujó hasta el fondo y se quedó clavado dentro de ella.
— ¡Ahhhh, carajo! — rugió.
Su cuerpo se tensó y eyaculó con fuerza, descargando chorros calientes y abundantes directamente en las entrañas de Melina. Ella soltó un largo gemido de derrota y vergüenza al sentir cómo la llenaba por completo.
Julian permaneció unos segundos más dentro de ella, respirando agitado, antes de sacarla lentamente. Un hilo de semen blanco comenzó a escurrir del ano abierto y enrojecido de Melina.
En ese momento fue como un timbrazo para mí. Sentí que Julian estaba pasando la raya y actuaba como un demente. Aquello fue la aprobación definitiva para que el ambiente del hotel se convirtiera en una auténtica “Sodoma y Gomorra”: un caos total, corrupción moral, inmoralidad extrema y desorden absoluto.
Melina entonces se incorporó, se subió los cacheteros y se acomodó el vestido de baño. Quería irse, porque la mayoría de los hombres aún la miraban con deseo y el ambiente seguía pesado. Sin embargo, Julian la obligó a quedarse allí hasta altas horas de la noche, en medio de borrachos.
Mientras caminaba hacia mi habitación, aún escuchaba los gritos de Alejandra, Laura, Sara y Nanis, que no estaban corriendo mejor suerte. Había vendido tantos salvoconductos que prácticamente tenían turnos toda la noche para ser folladas.
Por mi parte, decidí cerrar el negocio y retirarme a descansar.
Luego, como a las 3 de la mañana, me despertaron unos gritos que venían de la suite de Julian, que era contigua a la mía. No era difícil suponer que se la estaba culiando otra vez a Melina. Eso no me dejó conciliar el sueño. Oír e imaginar lo que estaba pasando en la habitación de al lado me puso inquieto.
No sé por qué me acordé de que tenía decomisada gran parte de la maleta de Melina. Entonces, para mitigar un poco mi morbo, decidí esculcarla. Encontré un par de prendas de su lencería, típicas de Melina: un brasier grande negro y un cachetero negro con encaje. Lo mejor era que olía a ella y a su perfume, una mezcla muy dulce, afrutada, cálida y extremadamente femenina. También estaba allí el frasco: se llamaba La Bomba de C.H. Por supuesto, embadurné su ropa interior con el perfume y me almohada con él. Eso me ayudó a disipar la mente y pude dormir otro rato. Sin embargo medio dormido pesaba en la pobrecita de Melina en no usar pantys chiquiticos brasileros me confirmaba que Melina era una hembra bien, decente recatada y fina por lo cual debería estar pasando por una verdadera pesadilla con todos nosotros acostumbrados a comer putas baratas sin clase y lobas.
Al poco tiempo los vecinos volvieron a armar escándalo. A las 4, a las 5 y a las 6 de la mañana todavía se escuchaban gritos. Fue entonces cuando recordé las palabras de Julian: que las blanquitas eran gritonas en la cama. Creo que eso estaba más que comprobado con todo lo que había escuchado hasta entonces.
A la mañana siguiente, las cosas comenzaron igual de alborotadas como habían terminado la noche anterior. Lo primero fue que se habían robado a Sara, Alejandra y Nanis un grupo de socios de mi patrón. Don Eusebio había aprovechado la noche. Eso me inquietó por Laura. Al buscarla, la encontré en una habitación en muy mal estado, por lo que tuve que dar la orden de que la llevaran a un hospital cercano y la dejaran allí.
Eso significaba que me había quedado sin hembras finas para vender; solo quedaban las putas corrientes. Fui entonces a informarle a mi hermano Julian lo que había pasado con las presentadoras. Al entrar a su habitación, el lugar olía a sexo, sudor y marihuana. Había latas de cerveza por doquier. Encontré a Julian tirado en el suelo, en un charco de su propio vómito.
«Qué asco», pensé. Pero lo que me dejó perplejo fue ver a mi patrón, Don Eusebio —el papá de Julian—, ahí, empiernado con Melina en la cama. Ella estaba debajo, totalmente desnuda, y mi patrón encima.
Ahora entendía los gritos de anoche: padre e hijo se habían estado turnando para culiar a Melina. Ella yacía bastante usada, sudorosa, con el cabello grasiento y fluidos por todo su cuerpo. Don Eusebio, viejo zorro, me sintió y se levantó apuntándome con un arma. Al reconocerme se tranquilizó y se fue retirando de encima de Melina. Pude ver cómo salía el miembro del viejo de adentro de ella. Melina ni se inmutaba; estaba totalmente privada.
Don Eusebio me dijo:
— Don Eusebio: ¿Qué tal, mijo? ¿Todo bien?
— Yo: Sí, patrón. Solo que se llevaron a las hembritas, la familia Salazar.
— Don Eusebio: Solucione, mijo. Déjelas así. No vale la pena pelear por estas vagabundas. Son para eso, para culiarlas y nada más. Claro, que mi hijo sí tiene buen gusto, ¿no cree?
— Yo: Sí, Julian tiene buen ojo.
— Don Eusebio: Deberías probarla, chino.
— Yo: ¿A quién? ¿A Melina?
— Don Eusebio: Sí, vale la pena. Es un hembrón, lo deja a uno más que satisfecho. Anoche la regué tres veces. Si no la preñé es porque mi hijo la preñó primero, jajajajaja.
— Yo: Uhy, Melinaaaa… Hasta sucia y acabada se ve que es monumental.
— Don Eusebio: Hágale, Richard, pruébela. Yo le doy permiso.
— Yo: No, Don Eusebio. Prefiero respetar a la hembra de mi hermano.
— Don Eusebio: Perfecto, pero hable con él.
Entonces mi patrón salió de la habitación y yo me quedé a solas con Julian. Primero lo desperté y lo puse en condiciones. A Melina sí la dejé descansar, aunque para mí fue un agrado limpiarla con una toalla mientras estaba privada. Pude admirar todos sus atributos: sus tetas grandes, subidas y muy llenas, hasta juguetonas se veían. Sus piernotas eran macizas y pesadas, seguro apretaban sabroso… mmmmmm.
Dejémoslo ahí, porque no respondo.
Estábamos en el segundo día de la fiesta, y aquello ya era un bacanal total. Se desayunaba trago y drogas, se almorzaba drogas y trago, y se cenaba hembras. Era la locura absoluta, todo estaba fuera de control.
Volví a ver a Melina más tarde en la piscina. Lucía un traje de baño rojo putísimo: un bikini super revelador. La parte de arriba era un top que le apretaba brutalmente las tetas, haciendo que se desbordaran por todos lados. La parte de abajo consistía en unos cacheteros tipo culotte rojo que se le clavaban entre las nalgas, marcándole ese culo enorme, redondo y jugoso de yegua, con unas ancas anchas y unos muslos gruesos y carnosos que invitaban al pecado.
Estando varios con Julian y Melina en la piscina, en un momento Julian, astuto como siempre, le pidió a Melina que fuera por unas gafas de sol que estaban en una de las mesas alrededor de la piscina. Claramente, la idea era hacerla desfilar para disfrutar de la reacción de todos los hombres. Él se divertía con eso.
Melina, por su parte, ya parecía no importarle sentir las miradas lascivas sobre su cuerpo. Pero no contaba con lo que Julian tenía planeado. De repente, este gritó en voz alta:
— Julian: ¡El que agarre primero a Melina puede joderla aquí delante de todos!
¡Imagínense el alboroto que se armó!
Todos se pusieron en modo caza salvaje. Julian se acercó y me susurró al oído:
— Julian: Vaya, hermano… Quiero que ganes tú.
Y sin pensarlo dos veces, ¡también salí corriendo detrás de Melina!
Al darse cuenta, ella reaccionó como una potra salvaje:
—¡¡Nooo!! —gritó.
Pateó, evadió, empujó y esquivó a varios, pero eran demasiados. Desesperada, se tiró a la piscina y empezó a nadar de un lado a otro como loca, intentando escapar.
¡Plash! ¡Plash! ¡Plash!
Sin embargo, no contaba con que yo era un excelente nadador. La alcancé rápidamente. A pesar de que dio pelea y se retorcía como una fiera…
—¡Suéltame! ¡No! ¡Déjame! —gritaba desesperada.
Yo la superaba en tamaño, fuerza y ganas de violarla. La agarré con firmeza por la cintura, la atraje hacia mí y la inmovilicé contra mi cuerpo mientras ella forcejeaba salvajemente.
¡La tenía!
Empecé a escuchar que mi hermano gritaba:
— Julian: ¡Entiérreselo! ¡Entiérreselo! Verás cómo se te calma más fácil. Ya está enseñada.
Le hice caso. De un tirón le arranqué el cachetero rojo, la levanté agarrándola por las axilas, la saqué de la piscina y, con toda mi fuerza, la dejé caer brutalmente sobre mi verga.
¡PUM!
Como un arpón de ballena, se la clavé hasta el fondo de un solo golpe. Melina soltó un grito desgarrador, un alarido que retumbó por toda la piscina:
— ¡¡AAAAAHHHHH!!
Acababa de obtener mi primer grito de ella. Sin darle tiempo a nada, empecé a hundírsela una y otra vez: fuerte, profundo y sin piedad.
A pesar de que Melina seguía forcejeando como una fiera e intentaba zafarse, estaba completamente clavada. Su cuerpo grande y pesado colgaba de mi verga como un pollo en el asador; ni siquiera tocaba el suelo con los pies. Estaba totalmente a mi merced.
¡Era mía!
En cuanto la ensarté como un pincho de carne y Melina soltó ese primer grito desgarrador, toda la puta piscina estalló en un rugido salvaje.
— ¡¡SÍÍÍÍÍ, MIERDA!!
— ¡¡Clávasela!! ¡¡Rómpeselo!!
— ¡¡Así, duro!! ¡¡DestruYe a esa puta!! — gritaban como locos.
Los hombres se volvieron locos de la emoción. Varios se subieron a las mesas y al borde de la piscina para ver mejor el espectáculo. Otros se bajaron el pantalón ahí mismo y empezaron a pajearse descaradamente mientras miraban cómo Melina se retorcía empalada en mi verga.
— ¡Mírenle esa cara de zorra! ¡Ya está sufriendo rico!
— ¡Dale más duro, Richard! ¡Revienta ese culote!
— ¡Qué tetotas se le mueven, carajo! ¡Métele más profundo pa’ que le tiemblen los melones!
— ¡Esa blanquita tetona ya está pagando por puta! ¡Métele hasta el útero!
Julian era el que más gritaba y se reía, aplaudiendo como loco:
— ¡¡Eso, hermano!! ¡¡Destrózala!! ¡¡Que sienta esa verga gorda!! ¡Ya verás cómo se moja la muy puta!
Otros se acercaban más, animándome:
— ¡Sácala y vuélvesela a clavar! ¡Quiero oírla gritar otra vez!
— ¡Ábrele bien las piernas pa’ que todos veamos cómo se la comes!
— ¡Métele los dedos en el culo mientras se la das! ¡Que aprenda a ser puta completa!
La multitud estaba completamente desatada. Silbidos, aplausos, insultos y frases asquerosas llovían de todos lados. Algunos hasta empezaron a grabar con sus celulares mientras yo seguía follándomela suspendida en el aire, sin que sus pies tocaran el suelo.
Melina solo podía gemir, llorar y gritar, completamente humillada delante de más de cincuenta hombres que celebraban como animales cada vez que mi verga entraba hasta el fondo en su coño
El ambiente era pura depravación. Todos querían ver cómo la destrozábamos.
Por mi parte, estaba concentrado en disfrutar el cuerpo de Melina. Le apretaba con fuerza sus caderotas, sus muslotes y sus tetas, follándola duro para que supiera que era mía. Mientras tanto, Melina, al verse completamente incrustada en mi verga, renunció a pelear. Me abrazó fuerte, envolviendo sus piernotas alrededor de mi cintura y dejándome poseerla a placer.
Eso me permitió gozar aún más de ella. Convertí sus gritos en gemidos, lo que me indicó que se estaba entregando completamente. Animado, le susurré al oído:
— Meli, aquí tienes a tu negro. Soy tu negro… y puedo darte mucho más.
Seguí empujando con más ímpetu, pujando, pujando y pujando mi verga dentro de ella. Sentía que lo estaba padeciendo: en cada embestida fuerte, ella me arañaba la espalda, apretaba sus muslos contra mí y soltaba un gemido más agudo. Hasta que finalmente llegó a su orgasmo. Eso solo me motivó a aumentar el ritmo para sacar su lado más animal.
Fue entonces cuando noté que Melina había hecho click conmigo: empezó a mover sus caderas como pidiendo más porción de mi verga. Para confirmarlo, caminé con ella cargada y empalada en mi polla hasta la parte más pandita de la piscina. Ahí confirmé que no me equivocaba: las caderas de Melina se movían como una licuadora, exprimiendo mi verga sin piedad.
Eso emocionó al público masculino. Ver a Melina trabajando esa verga como toda una prostituta hizo que empezaran a animarla con insultos y gritos:
• ¡Se despertó la puta!
• ¡Eso, Melina! ¡Mueve ese culote que te va mejor!
• ¡Esa malparida está trabajando la verga!
• ¡A Melina le encantó esa verga de negro!
• ¡Vamos, vamos, Melina! ¡Moviendo ese CULOTE!
Ahora estábamos sincronizándonos para llegar juntos al clímax, pero ella tomó la delantera. Llegó primero a la cumbre: empezó a tener contracciones rítmicas en los músculos, la respiración muy agitada, el cuerpo en tensión y una liberación de gemidos a pleno pulmón que ya no eran gemidos… sino relinchos.
• ¡Melina está relinchando, oiganla!
• ¡Relincha, relincha! como toda una yegua
• La domo Richard
Eso me llenó de brío para rematarla. La llevé contra el suelo de la piscina, en la parte pandita que era como una playita, y le solté la primera dosis de semen caliente bien adentro. Supe que lo recibió con agrado porque me dijo tímidamente:
— Mi negro…
Eso me hizo mirarla directo a los ojos. Ella también me miró por unos intensos segundos antes de poner los ojos en blanco, mientras yo seguía sin piedad, entrando en ella con todas mis ganas y llevándola a ese estado de pérdida total.
Todos pensaban que el espectáculo había terminado, incluso yo. Pero seguí taladrando su cuerpo y chupando sus tetas, esos pezones maravillosos, y sus tetas llenas, colosales que casi no me cabían en la boca por lo grandes y jugosos que eran.
Los muchachos empezaron a decir que la soltara, que ya no daba más, pero justo cuando iba a soltar mis últimos restos de esperma, ella se reactivó. Me miró al rostro, desafiante y empoderada, pidiéndome más con la mirada. Afortunadamente mi verga respondió a la altura. Con un tirón hacia adentro le indiqué que estaba listo para recargarla.
Ella abrió la boca buscando aire. Eso me animó a besarla con fuerza, metiéndole la lengua como si fuera mi mujer, y le susurré al oído:
— ¿Quieres más? Solo pídemelo y te doy más. Pídemelo.
Ella no dijo nada, pero su rostro descompuesto de placer lo decía todo. Sin sacar mi verga de ella, la maniobré y la puse en cuatro. Melina no opuso ninguna resistencia; al contrario, gateó por sí misma saliendo un poco más del agua. Colocó las rodillas bien separadas, bajó el torso hasta casi tocar el suelo con los pezones y sus enormes tetas suspendidas, colgando como campanas listas para tocar. Ella con toda la intención, arqueó la espalda como una perra en celo, sacando su culote lo más alto posible. Sus codos apoyados en el suelo y las manos estiradas hacia adelante, lista para que la cogieran fuerte por detrás.
Al ver sus inmensas caderas empinadas y ese culote redondo y jugoso, era como si me lo estuviera ofreciendo como toda una puta. Estaba más que lista para que la recargara y la tanqueara de nuevo.
La tomé del cabello como si fueran riendas y, como todo un jinete, comencé a montarla a máxima velocidad e intensidad. Melina, como toda una yegua, se portó a la altura, moviendo su protuberante culote a mi ritmo. Sabía que tenía que hacerlo para sacarme el máximo rendimiento y lo gritó públicamente:
— ¡Mi negro! ¡Mi negro! ¡Mi negro!
Eso fue como ganar otra medalla más de las que ya había ganado por mérito por hacerla gritar, por hacerla gemir y por último porque moviera ese culo para todos.Todo un general me hizo Melina.
. Llegó la hora de consumar nuestra follada. Empecé el último azote, tan duro que sus inmensas tetas se movían como campanas al vaivén de cada penetración violenta.
En el momento cumbre, todos se acercaron para soltar vulgaridades de apoyo tanto a ella como a mí. Grababan el rebote de sus tetas y se las tocaban al paso, fascinados.
• ¡Melina es multiorgásmica, uff qué chimba!
• ¡Mírenla cómo tiembla! ¡Se está corriendo como loca!
• ¡Así, destroza a esa puta!
• ¡Mírenle esa cara de zorra! ¡Está en el cielo, hijueputa!
• ¡Qué envidia, hermano! ¡Esa verga negra la está partiendo en dos!
• ¡Cómo relincha la perra! ¡Nunca la había visto así!
• ¡Ese culote rebotando… yo también quiero partirla!
• ¡Melina, eres una puta de lujo! ¡Tómala toda!
• ¡Maldita sea, mírenle las tetas cómo bailan! ¡Quiero chupárselas yo!
• ¡Ese negro la está marcando, weón! ¡La está dejando inservible para cualquiera!
• ¡Dale más duro! ¡Que sienta que es tuya!
• ¡Qué rico la estás cogiendo, cabrón! ¡La tienes relinchando como yegua en celo!
• ¡Yo pagaría por estar en tu lugar, hijueputa envidioso!

Se había ganado su eyaculada a chorros. Melina la recibía relinchando de placer, hasta que dejó de mover el culote, esperando que yo acabara de vaciarme por completo dentro de ella.
Quedamos conectados unos segundos más, pegados entre nuestros fluidos, agotados y pasmados, sin que yo me retirara de adentro de su coño y sin que ella pudiera desplomarse porque su culo seguía levantado, atascado en mi verga.
Hasta que llegó Julián con una indicación lapidaria:
— Bueno, que la fiesta no acabe… ¡y todos coman de Melina!
Julian apenas terminó de hablar cuando estalló el caos. Varios hombres se abalanzaron como fieras. Me agarraron entre cuatro y me arrancaron de encima de Melina, sacando mi verga de su coño todavía palpitante.
En cuanto me quitaron, la actitud de Melina cambió por completo.
— ¡No! ¡Suéltenme! ¡Ya no! —gritó con asco, intentando cerrar las piernas y cubrirse las tetas.
Pero ya era tarde. Primo Andrés la agarró con fuerza por las caderas y la puso en cuatro a la fuerza.
— ¡Quédate quieta, puta! —le soltó mientras le metía la verga de golpe en el coño aún lleno de mi semen.
Melina soltó un grito de dolor y repulsión.
— ¡Nooo! ¡Quítate! ¡Me da asco! ¡Sáquenmelo!
Se retorcía, intentaba escapar, pero entre varios la sujetaban. Andrés la follaba con rabia, ignorando sus protestas, mientras le daba nalgadas fuertes le reclamaba;
— Con Richard si te portaste bien y gemías como perra y ahora te da asco, ¿eh? —se burlaba.
Melina solo lloraba y gemía de asco, con la cara contra el suelo. Después de Andrés vino otro primo, luego un amigo borracho. La arrastraron fuera de la piscina y la llevaron por todo el hotel de Peñalisa como si fuera carne fresca.
Ella ya no era la misma que se movía conmigo. Ahora luchaba, maldecía y suplicaba:
— ¡Por favor… basta! ¡No quiero más! ¡Me están violando!
Pero nadie le hacía caso. La follaban por turnos y de formas distintas:
• Uno la cogió contra la pared del pasillo, levantándole una pierna mientras ella golpeaba su pecho débilmente.
• Dos huéspedes extraños la tiraron sobre un sofá del lobby y la penetraron uno en el coño y otro en la boca, ignorando sus arcadas.
• En una habitación la pusieron en sándwich: uno por delante y otro por detrás, mientras Melina sollozaba y repetía “no… no… no…” con la voz rota.
• Otro la folló de lado, sujetándola fuerte y mordiéndole las tetas mientras ella solo miraba al techo con cara de asco y resignación.
Casi al final de la madrugada, cuando ya casi nadie quedaba, llegó el mesero Charly, un tipo flaco, feo y de dientes amarillos que trabajaba en el hotel. Fue el último.
Me quedé observando desde un rincón, sin intervenir. Charly la agarró sin delicadeza, la tiró sobre un banco del pasillo y la penetró con fuerza por el culo. Melina ya casi no tenía fuerzas para resistir, solo lloraba bajito y temblaba con cada embestida.
— Por favor… ya no… —suplicaba con voz quebrada.
Charly la reventó sin piedad durante varios minutos, hasta que se corrió dentro de su culo con un gruñido animal. Cuando terminó, la dejó caer como un trapo sucio.
Yo observé en silencio cómo los últimos muchachos se alejaban riendo y comentando. Melina quedó tirada, completamente destrozada: el pelo pegado a la cara, semen corriendo por sus muslos, chupones y moretones por todo el cuerpo, el coño y el culo rojos e hinchados.
Entre varios la levantaron y la arrojaron sin cuidado sobre un contenedor de basura privado que estaba detrás del hotel, como si fuera desperdicio. Ahí quedó postrada, boca abajo, con el culo aún levantado, respirando débilmente, degastada, violada y completamente rota.
El sol empezaba a salir cuando me acerqué. Melina, con los ojos entreabiertos y la voz casi inaudible, solo alcanzó a mirarme y susurrar con odio y cansancio:
— Solo tú… solo contigo se sintió diferente…AYUDAME.
Pero yo decidí dejarla allí pues to pense – De pronto los recolectores de basura sabrían reciclarla.

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