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mayo 7, 2026

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Yoga con mi hijastra - Parte 2

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Llevaba casi media hora en la bañera. Agua tibia, apenas burbujeante ya, el cuerpo relajado, los ojos cerrados. Me encantaba disfrutar de un baño así de grande, privado, silencioso.

Tengo que reconocer que mi mente regresaba una y otra vez a esa escueta sesión de yoga. Rememoraba esos pantalones tan prietos, esa fragancia que Iris desprendía, esa gracilidad con la que se movía. Mi polla también parecía tener los mismos buenos recuerdos.

Estaba completamente relajado hasta que Iris entró sin avisar.

—¿Estás ocupado? —preguntó con una sonrisa en la voz.

Abrí los ojos de inmediato y llevé instintivamente mis manos a mi aparato, que no estaba duro pero sí a media hasta.

—¿Tú qué crees? —dije con cierto enfado, mezclado con esa vergüenza mal disimulada.

Ella no pidió perdón. Ni siquiera apartó la mirada.

— Pareces muy cómodo —dijo con una sonrisa sospechosa en la cara—. No pensaba que fueras de los que se dan baños largos…

—No lo soy. Hoy necesitaba desconectar.

Iris apoyó una mano en el marco de la puerta, con su cuerpo medio girado. La camiseta que llevaba era aún más corta que la del día anterior. Volvía a vestir pantalones de yoga, negros esta vez, que brillaban levemente con la humedad del vapor del aire.

—¿Y te molesta que entre?

—Estoy desnudo en una bañera. ¿Tú qué crees?

Ella ladeó la cabeza. Esa maldita media sonrisa suya apareció otra vez.

—Te he visto en bañador. No creo que haya tanta diferencia. A menos que estés… más contento de lo normal.

La miré, serio. Pero ella no se achantó.

—Iris…

Intenté sonar tajante para que se fuera, pero no lo hizo.

—La verdad es que me estás dando un poco de envidia. Me gustan los baños largos.

—¿Y?

—Y pensé que… a lo mejor podía unirme.

Se hizo un silencio. Solo el leve chapoteo del agua contra la cerámica.

—¿No te parece un poco… inapropiado? —dije sin demasiada convicción. Mi razón y mi pasión luchaban y mi parte más cerebral no estaba ganando.

Ella se encogió de hombros, como quien pregunta si puede usar el microondas.

—Solo si piensas que lo es. Yo creo que no pasa nada…

Sin esperar más, se descalzó y se quitó sus pulseras, dejándolas en un mueble de baño. Luego se subió a la taza del váter, y empezó a recogerse el pelo en un moño descuidado. Los mechones pelirrojos se le deslizaron por la espalda mientras hablaba:

—Además, ¿qué hay más relajante que compartir un baño caliente con alguien que… te cae bien?

Y entonces, sin mirarme ni darme opción a réplica, se bajó los pantalones de yoga. Llevaba ropa interior, pero era tan mínima que haría volar la imaginación hasta del más prosaico de los hombres. Era lencería, negra. De encaje. Puede que demasiado elegante en un sentido sexual para alguien que pensaba hacer yoga o estar por casa sin más. Se volvió hacia mí.

—¿Me haces sitio?

Las palabras se atascaban en mi paladar. Ella, sin más preámbulo, se metió en la bañera. Lenta y de forma calculada. El agua se agitó cuando introdujo sus pies. Se colocó frente a mi, su culo esplendoroso y blanco a escasos palmos de mi cara. Aparté ligeramente la vista mientras ella se daba la vuelta y sentaba frente a mí, con las piernas dobladas, sus pechos desnudos apuntándome. Eran dos tetas pequeñas pero tersas y redondas. Un manjar que me hizo salivar. Las burbujas apenas tapaban nuestras partes nobles y mi verga se empeñaba en hacerse ver. Estiró las piernas, colocándolas por dentro de las mías, tocándome con sus muslos y dejando sus pies a escasos centímetros de mis huevos.

—No muerdo —dijo en voz baja, mirándome a los ojos.

Alargó el brazo, tomó el gel de la repisa del baño, y lo sostuvo frente a mí.

—¿Me ayudas? —preguntó, girándose apenas—. Es la espalda. Me cuesta llegar bien.

—¿Eso querías desde el principio?

Ella no respondió. Solo deslizó una mirada cómplice. Me eché un poco de gel en las manos y lo froté entre mis manos. Cuando las tuve bien jabonosas, me acerqué. Y la toqué.

La espuma bajó por sus omóplatos. Su piel era suave, cálida, real. Le enjaboné los hombros con movimientos lentos, intentando que mi respiración no me delatara. La miríada de pequitas de su cuerpo parecían asistir a un balneario de alta intensidad.

—Estás temblando —dijo de pronto.

—No. —me defendí, sintiendo que podía leerme los pensamientos.

—Estás nervioso. —insistió.

—No.

—Te pone nervioso tocarme.

Me mantuve en silencio. Mis manos se movían lentas, bajando ligeramente, siguiendo la curva de su espalda enjabonada. Ella tampoco decía nada, pero su respiración era cada vez más profunda, más marcada. Como si cada caricia no solo se sintiera, sino que le doliera de placer.

—¿Y ahora? —dijo tras unos segundos, sin mirarme—. ¿Sigues nervioso?

—No lo sé.

—¿Quieres parar?

—¿Tú quieres que pare?

Giró apenas el rostro. El vaho relucía en sus mejillas. Su mirada eran dos diamantes de deseo azulados, fijos, brillantes. Provocadores.

—Si quisiera que pararas —susurró—, no me habría sentado aquí… contigo… así.

Seguí acariciándola, dejando que el jabón resbalara entre mis dedos. Bajé un poco más. Hasta la cintura. Ella no se apartó. Solo murmuró:

—Más.

Entonces se recostó hacia mi, como si yo fuera una tumbona. El agua se agitó con su cuerpo, y su culo se encajó directamente contra mi polla. El contacto fue inmediato, eléctrico, descarado e inesperado. Su cabeza se apoyó en mi pecho. Su pelo cayó desordenado hasta mi abdomen. Podía olerla. Podía sentir su respiración. Yo ya estaba descaradamente empalmado. Ella lo notó y no se movió. Al contrario: se quedó justo ahí, apretujada contra mí, respirando hondo mientras sostenía el roce jugando a fingir que no lo hacía.

—Vaya… ¿me estás apuntando con una pistola?—dijo, como quien comenta que el agua está caliente. Un escalofrío helado me recorrió todo el cuerpo pese al calor que nos envolvía.

—¿Qué esperabas?

—Eso —susurró, cerrando los ojos—. Exactamente eso.

Mi mano estaba apoyada en su cintura, sin saber muy bien dónde colocarse. Y entonces, sin más, la tomó con la suya. No con timidez. Me agarró de la muñeca y bajó. Firme. Lenta. Decidida.

Deslizó mis dedos por su vientre mojado, por debajo de la espuma, hasta que llegaron justo entre sus piernas. Descendió lentamente hasta su coño.

Su voz era un susurro pegado a mi oído.

—Ahí también me cuesta llegar… y no quería que se me quedara sin jabón.

Se apretó un poco más contra mí. Mi polla enhiesta como una roca latía como un corazón mientras rozaba su culo mojado bajo el agua. Mis testículos se aplastaban contra sus nalgas. Su respiración temblaba.

—¿Vas a limpiarme o tengo que hacerlo yo sola?

— Iris… esto no puede ser —conseguí balbucear sin demasiada convicción. —Tu madre…

— Ella no está ni se la espera. —dijo con indiferencia. —Pero yo sí que estoy. Y no me tienes que esperar. —añadió con una picardía que me descolocaba.

Mi mano temblaba entre sus piernas, los dedos resbalando bajo la espuma, explorando la suavidad cálida y húmeda de su coño. Iris dejó escapar un gemido bajo cuando empecé a masajearla. Fue apenas audible, pero suficiente para que mi polla diera un latigazo contra su culo. La sentía apretada contra mí, su piel resbaladiza por el jabón y el agua, cada movimiento suyo era un roce que me hacía arder. Mis dedos se movían lentos, trazando círculos suaves sobre su clítoris y sobre sus labios, sintiendo cómo se hinchaba bajo mi tacto, cómo su cuerpo respondía con pequeños espasmos que agitaban el agua a nuestro alrededor.

—Más fuerte —susurró, su voz ronca, pegada a mi oído—. No te cortes.

Aumenté la presión, deslizando un dedo dentro de ella, luego dos, sintiendo la estrechez que se abría para mí. Su respiración se volvió jadeante, entrecortada, y su culo se apretó aún más contra mi verga, frotándose con una lentitud torturante. Mis dedos bombeaban en su interior. El pulgar pulsaba su clítoris, y sus gemidos se volvieron más altos, más desvergonzados, reverberando en el baño como una melodía prohibida.

—No grites —dije excitado y asustado a partes iguales. No podía creer lo que estaba pasando. ¿Cómo habíamos llegado a esa situacion? Ya no me acordaba.

—Tu sigue. No hay nadie en casa, ¿recuerdas?

De pronto, ella se incorporó ligeramente y su mano se deslizó hacia atrás, buscando bajo el agua. La sentí cerrarse alrededor de mi polla, firme, sin titubeos. Un respingo se me escapó de la garganta. Sus dedos, pequeños pero seguros, comenzaron a moverse, apretando la base y subiendo hasta la punta con parsimonia y fuerza. Mi mandíbula se apretaba. El agua chapoteaba suavemente con cada movimiento de su mano, y el contraste entre su tacto y el de su culo pegado a mis huevos me extasiaba.

—Joder, Iris… —mascullé, con mi voz ronca de excitación.

—¿Qué? —dijo, con esa maldita media sonrisa que podía sentir sin verla—. ¿No te gusta?

Aceleró el ritmo, su mano apretando más, deslizándose arriba y abajo. Su pulgar rozaba la cabeza de mi polla cada vez que llegaba arriba, haciéndome estremecer por lo delicado de la zona. Mi cadera se movía sola, empujando contra su mano, buscando más de ese roce que me estaba desarmando. Mis dedos no paraban. Seguía penetrándola, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de ellos, cómo sus jugos se mezclaban con el agua. Sus gemidos eran ahora un canto continuo. Su cuerpo comenzaba a temblar contra el mío y su culo se apretaba más y más contra mis huevos con cada espasmo.

—Sigue… no pares… —jadeó con voz suplicante.

No paré. Mis dedos se hundían más profundo, más rápido, mientras su mano me masturbaba con una habilidad que me tenía viendo estrellas. ¿Cómo podía hacerlo tan bien estando de espaldas? El agua se agitaba violentamente ahora, salpicando el borde de la bañera. Su respiración era un caos, sus gemidos se mezclaban con los míos, y sentía su coño apretándose cada vez más.

—Voy a… —empezó a decir, pero no terminó. Su cuerpo se tensó como un arco, su mano aferró mi polla con fuerza, y un grito ahogado escapó de su garganta. Su coño se convulsionó alrededor de mis dedos, palpitando, chorreando, mientras el orgasmo la atravesaba como un relámpago. Verla así, deshecha, temblando contra mí, fue suficiente para empujarme al límite.

—Iris… —gruñí, y mi polla estalló en su mano. El semen se mezcló con el agua mientras me sacudían oleadas de placer. Algunos chorros chocaron contra su baja espalda. Su mano no se detuvo, exprimiéndome hasta la última gota, prolongando el éxtasis hasta que mis piernas temblaron y mi respiración se volvió un jadeo roto. Finalmente ella se apoyó de nuevo sobre mi pecho, pringándose más aún su espalda y mi abdomen con mi leche.

Nos quedamos ahí, inmóviles, el agua calmándose poco a poco, nuestras respiraciones pesadas llenando el silencio. Ninguno dijo nada. No hacía falta. El aire estaba cargado, denso, como si el mundo entero supiera lo que acabábamos de hacer.

Lentamente, ella se giró un poco, lo justo para mirarme con esos ojos azules que cortaban como cuchillos. Esa media sonrisa volvió, más peligrosa que nunca.

—Esto… —susurró, su voz baja, satisfecha— no se lo contamos a nadie, ¿verdad?

Tragué saliva, mi corazón aún latiendo como un tambor.

—Verdad.

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