Yoga con mi hijastra
Cuando me casé con Clara, no imaginé que su hija sería el epicentro de todos mis pensamientos más complicados. El matrimonio era reciente, apenas seis meses, y la convivencia en casa aún olía a pintura fresca, a muebles nuevos y a etapa recién estrenada.
Ella se llama Iris. Tiene 19. Pelirroja, de esas cuyo pelo parece de cobre reluciente. Su cabello largo, ondulado, de un rojo natural que parece prender fuego cuando el sol le da de lado, era una maravilla estética. Estaba muy delgadita, con una línea muy slim, pero también tenía curvas allí donde más importa. Era pequeña y, por qué no reconocerlo, muy manejable. Su piel era blanca, casi traslúcida, con pecas que la salpicaban como si alguien las hubiera dibujado puntillosamente. También tenía muchas pecas en su cara, tenues, bonitas, que le daban un aire colegial. Las tenía en las mejillas, en esa preciosa y pequeña nariz, sobre la frente. Un mapa natural que convertía su rostro en algo que no podías dejar de mirar. Especialmente cuando sonreía con esa mezcla de burla y dulzura que no terminabas de entender. Y unos ojos azules que no miran: atraviesan.
Desde el principio dejó claro que no le gustaba llamarme “padrastro”. Ni “papá”, por supuesto. Prefería mi nombre. Duro, directo. A veces con cierta ironía en los labios, otras con un descaro que no sabía si venía de la adolescencia tardía o de algo que aún no me atrevía a imaginar ni siquiera.
La dinámica en casa era… particular.
Clara trabajaba muchas horas. Demasiadas. Enfermera de urgencias, turnos nocturnos, jornadas que se deshacían en cansancio y pocas palabras. Iris, en cambio, pasaba más tiempo en casa que en la universidad. Casi siempre vestía pantalones de yoga, apretados, cómodos, elásticos. Nunca llevaba sujetador bajo sus camisetas ajustadas. Y siempre tenía esa actitud de “me da igual todo” que solo le queda bien a alguien que sabe perfectamente el efecto que provoca.
Yo intentaba no mirarla. Lo juro.
Pero a veces, cuando pasaba por delante del sofá con los auriculares puestos, moviendo las caderas al ritmo de la música, o cuando salía de la ducha con el pelo mojado y una camiseta pegada al pecho, me descubría observándola un segundo más de la cuenta, recorriéndola con la mirada de una forma que no debería.
Solo era un segundo, pero era suficiente para saber que algo, en mi interior, ya no podía retroceder. Había algo en cómo caminaba Iris por la casa, como si el pasillo fuera suyo desde antes de llegar, que la hacía irresistible de observar. Un ritmo despreocupado, casi musical, como si cada paso fuera parte de una coreografía que nadie más veía. Y yo lo notaba. Todo el tiempo.
Una tarde Clara estaba en el hospital, de turno doble. La casa estaba en silencio salvo por el sonido suave del ventilador de techo. Yo leía en el sofá del salón. O intentaba leer. Había pasado la misma página tres veces sin recordar una sola frase.
Iris apareció sin hacer ruido. Pantalones de yoga azul marino. Camiseta blanca. Descalza. Pelo recogido con una pinza que dejaba mechones sueltos cayéndole sobre las mejillas. Llevaba sus abalorios habituales; varias pulseras metálicas en cada muñeca, algún que otro anillo, un collar…
—¿Estás ocupado? —preguntó desde la puerta.
Levanté la vista del libro. Mentiría si dijera que estaba leyendo desde que había descubierto su presencia.
—No. Solo… pasando páginas.
—¿Te importa si me pongo a hacer algo de yoga aquí?
—Claro que no. Adelante.
Sonrió apenas. Desenrolló la esterilla en el centro del salón, no muy lejos de donde yo estaba sentado. Se arrodilló y empezó a estirar con movimientos lentos, suaves, sin decir más. La tela del pantalón marcaba cada músculo cuando se inclinaba. El contorno de su trasero era magnífico, un melocotón pequeño y difícil de superar. Podía atisbar su cuerpo joven, trabajado, natural extendiéndose sober la esterilla.
Comenzó con movimientos básicos, pero aún así, su flexibilidad ya resultaba hipnótica. Cada vez que bajaba el pecho al suelo o alargaba las piernas, su silueta se volvía más explícita. Y sin embargo, nada parecía fuera de lugar.
—¿Siempre haces yoga por la tarde? —pregunté, sólo por decir algo.
—Cuando puedo, sí. Me relaja. Y así me siento menos culpable si ceno mucho —sonrió sin girarse.
Me reí levemente.
—Buena filosofía.
Se giró un poco sobre la esterilla. Ahora estaba de lado respecto a mí. Se sentó sobre los talones y estiró los brazos por encima de la cabeza, arqueando la espalda. La camiseta se tensó por la presión de sus pechos. Se transparentó fugazmente. No llevaba sujetador.
Lo noté. Lo vio. Pero ninguno dijo nada.
Ella bajó los brazos lentamente, como si todo en su cuerpo tuviera el ritmo calculado. Entonces se giró un poco sobre la esterilla. Se arrodilló, echó un vistazo hacia donde yo estaba y dijo, sin cambiar el tono:
—Oye… ¿te importaría ayudarme con una postura?
—¿Ayudarte? —dije, parpadeando.
—Sí. Es una tontería. Solo tengo que mantener el equilibrio, pero me vendría bien que alguien me sujetara por si me caigo. Es un apoyo, no hace falta que hagas nada raro.
Apoyo. No hacía falta que dijera más. Esa tonta petición ya me aceleraba ligeramente el pulso y hacía que en mi estómago volaran mariposas. Me levanté, cerré el libro y caminé hasta donde estaba. Me arrodillé cerca, sin saber aún qué se suponía que iba a hacer.
—Vale —dije—. ¿Qué necesitas?
Se colocó de rodillas, luego apoyó las manos al frente. Levantó lentamente una pierna, estirada hacia atrás, y luego el brazo contrario. Una postura simple, sí… pero el ángulo era todo menos inocente.
El trasero quedó de frente. Elevado. Justo a la altura de mis ojos. El pantalón de yoga lo envolvía como si hubiera sido cosido sobre la piel. Podía ver su forma exacta. El contorno. La presión de la tela contra la carne. El pliegue que se hundía en su centro, perfilando sus zonas más íntimas.
—Solo… colócate aquí —dijo, sin girarse—. Cerca. Si me caigo, me agarras. Pero no debería. Solo por si acaso.
Me coloqué. De rodillas, a menos de un palmo de su cuerpo. El calor de su piel traspasaba la tela. El olor leve a crema alcanzó mi olfato. Ella mantenía el equilibrio, pero la postura la hacía respirar más fuerte. El movimiento sutil de su cuerpo marcaba cada músculo. Cada respiración era un vaivén entre glúteos, brazos, culo y espalda.
—¿Así está bien? —pregunté.
—Sí —respondió con voz suave—. Así estás justo donde necesito.
Luego silencio. Solo nuestras respiraciones. La mía, inquieta. La de ella, cada vez más profunda. Y entonces, sin cambiar la postura, dijo:
—¿Te pone nervioso estar tan cerca?
Me quedé en blanco.
—¿Por qué lo dices?
Ella sonrió. No la veía, pero lo sentí en su voz.
—No sé. Me lo preguntaba.
Y ahí nos quedamos. Yo, de rodillas, mirando ese cuerpo tenso y perfecto. Ella, estirada, abierta, relajada pero consciente. El aire pesaba. El ambiente ya no era el mismo. Y los dos sabíamos que ese momento, por más sutil que pareciera, ya había cambiado algo.


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