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abril 25, 2026

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El regalo de Jazmín

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Jazmín fue una amiga de la juventud que me enseñó muchas cosas. No necesariamente porque fuera mayorcita que yo, quizá más bien porque era tan caliente como yo. Y yo apenas estaba descubriendo el placer que proporcionan los cuerpos femeninos. Con el tiempo fuimos desarrollando un juego de coqueteo que servía al ego de ella y yo descubría un poco más de la vida (y de su cuerpo).

El coqueteo pocas veces había sobrepasado la línea de lo físico, y regularmente era ella quien la trasgredía. Yo apenas podía reaccionar ante el roce de sus uñas sobre mi cuello, los leves gemidos que dejaba escapar en mi oído o los besos de película porno con los que me despedía. Vaya, que me quedé petrificado la vez que, en una fiesta de sus amigas, me hizo descubrir el perreo, restregando su culo en mi pubis. Muero de risa cada vez que recuerdo la impresión que me causó encontrar mi boxer húmedo del líquido preeyaculatorio que solté durante esa pieza de baile.

Aquel día habíamos paseado por un parque cercano a casa. Le invité un helado y hablamos toda la tarde de males de amores y demás cosas que suelen ser del interés de la gente de nuestra edad. Al caer la noche, nos pusimos un poco románticos y recorrimos de nuevo todo el parque, tomados de la mano como novios. Encontramos un árbol enorme, que brindaba una sombra generosa que permitía fácilmente esconderse de la luz de las farolas citadinas, y entonces ella me jaló del brazo para dirigirnos con prisa a aquel árbol.

Me recargó de espaldas al tronco, y ella se acurrucó sobre mi pecho. Ambos de pie, podía sentir sus pechos apretujándose contra mi. Apenas pude contener mi erección y ella la notó en su pierna. Apenas cambiando su expresión serena me dijo “¿te puedo dar un regalito?”

Asentí con la cabeza, y en mi inocencia preparé mentalmente mis labios para recibir los suyos, pero vi desaparecer su rostro, mientras sus manos hacían aparecer de entre mis pantalones mi pene caliente. Siguió bajando y cuando su cara estuvo a la altura de mis genitales, empezó a lamerme como si fuera la paleta más deliciosa del mundo. El frío de la noche me hizo notar la saliva en mi carne. Mi mente se iba grabando los sonidos de sus húmedas fauces jugando conmigo, mientras, el cuerpo de mi verga empezaba a palpitar de esa manera tan familiar para mi, como cuando en mis sueños, mi actriz favorita está por sacarse el sostén frente a mi.

Creo que ella notó las palpitaciones de la carne, pues alcancé a verle esbozar una sonrisa. Atónito, observé cómo engulló mi dureza con un solo movimiento. Yo me sentí en la gloria, y ver su labial pintando la base de mi pene me hizo desconcentrarme lo suficiente para que ella lo sacara y metiera en su boca un par de veces más. Preguntó “¿te gusta mi regalo?”, y mientras balbuceaba mi respuesta empezó a succionar la cabeza y el glande. Alternó entre devorarme y succionarme por unos minutos, hasta que puse mis manos sobre su cabeza. Ella entendió la señal y dejó que mi verga entrara hasta el fondo, mientras su garganta empezó a exprimirme. No aguanté más y después de un gemido seco empecé a eyacular.

Una, dos, tres, cuatro palpitaciones que se sintieron como si mi verga hubiera tomado el control para demostrar mi hombría. Ella detuvo sus movimientos y empezó a tragar, gimiendo y aún con mi pene en su boca. Una vez con la boca seca, empezó a succionar de nuevo, asegurándose de ordeñar perfectamente mi verga que empezaba a evidenciar cierta flacidez. Cuando finalmente me liberó, siguió lamiendo la punta, en búsqueda de las últimas gotas. Yo, entre resoplidos, apenas pude mantenerme de pie.

Jazmín se aseguró de dejarme seco y me tomó de las manos para hacer fuerza e incorporarse. Ahí me besó con la misma intensidad de siempre. Fue un beso extraño, pues sentía el sabor frutal de su labial, pero también el sabor de mis genitales. Me ayudó a acomodarme la ropa y, como si nada hubiera pasado, me ordenó…

“Llévame a mi casa”.

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