La distancia que rompimos
No fue la primera vez que lo noté, pero sí la primera vez que estuve lo suficientemente cerca como para sentirlo de verdad. Siempre me había dicho que no era mi tipo, demasiado mayor, demasiado complicado, claramente fuera de lugar en mi vida, pero cuando estaba cerca de él todo eso dejaba de importar más rápido de lo que me gustaba admitir. Tenía esa forma de moverse controlada, casi rígida, como si todo en su vida estuviera bajo control excepto lo que el necesitaba, lo que el tanto esperaba, y esa contradicción fue lo que me atrapó desde el inicio.
Ese día no pasó nada especial, solo coincidimos más cerca de lo normal y por alguna razón ninguno hizo el esfuerzo de mantener distancia, como si los dos estuviéramos esperando ver quién era el primero en romper el momento. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza, quedándome ahí, sosteniendo la mirada, notando detalles que antes ignoraba: la forma en que respiraba, cómo su mandíbula se tensaba apenas, cómo resaltaba su figura debajo de la ropa, cómo sus ojos no se apartaban de los míos aunque sabía que debía hacerlo. Yo también lo sabía, y aun así no hice nada.
Sabía perfectamente que tenía que dar un paso atrás, decir algo, reírme, romper esa tensión incómoda antes de que se volviera otra cosa, pero no lo hice. Me quedé ahí, dejando que el silencio se alargara, sintiendo cómo cada segundo hacía más difícil fingir que esto seguía siendo casual. Cuando su mano me tocó, fue lento, medido, como si estuviera probando hasta dónde podía llegar sin que yo reaccionara. Sentí el contacto y también la pausa, ese pequeño espacio donde claramente me estaba dando la opción de apartarme. No lo hice. En lugar de eso, respondí acercándome un poco más, lo suficiente para que ya no hubiera duda de que estaba participando en lo que fuera que estaba pasando entre los dos.
Su forma de tocar no tenía prisa, y eso fue lo que más me desarmó, la manera en que parecía concentrado en el momento, en la sensación, como si no quisiera arruinarlo adelantándose. Podía sentir cómo su control seguía ahí… pero ya no era perfecto. Cuando nuestras caras quedaron cerca, demasiado cerca, hubo un segundo donde todo pudo detenerse, donde cualquiera de los dos pudo romperlo y volver a la normalidad. Ninguno lo hizo.
Cuando nos besamos, no fue impulsivo ni desordenado, fue contenido al inicio, casi como una prueba, y luego cambió, lo suficiente para dejar claro que esto ya no era algo que pudiera ignorarse. Mi reacción fue inmediata, no porque lo hubiera decidido, sino porque mi cuerpo ya estaba ahí desde antes. Todo lo demás dejó de importar por unos segundos, el contexto, la lógica, incluso esa voz interna que seguía diciendo que esto no estaba bien. Y lo peor fue darme cuenta de que no quería que se detuviera.
Cuando finalmente nos separamos, no fue por decisión clara, sino porque sostener ese momento más tiempo habría significado cruzar algo todavía más grande. El silencio que quedó después fue distinto, pesado, pero también claro. Ninguno dijo nada, pero los dos sabíamos exactamente lo que había pasado y lo que eso implicaba. Esa noche no pensé en las consecuencias como debería haberlo hecho, pensé en la sensación, en lo fácil que había sido dejarme llevar, en lo natural que se sintió no detenerme… y en lo difícil que iba a ser fingir que no quería repetirlo.


Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.