Por
Anónimo
Una noche en el bar
Soy hombre con novia; yo trabajaba en un bar y ese día las ventas no eran las mejores, ya era muy tarde así que estaba apunto de cerrar cuando llego un muchacho más joven; se notaba que venía de otro bar porque ya estaba algo tomado. No me importo atenderlo porque al final era una venta para un mal día, entonces comenzó a pedir tragos mientras hablaba conmigo.
Por un momento pensé que como cualquier persona pasada de trago él era torpe al hablarme porque con su mano rosaba mi entrepierna, pero note que poco a poco era más consciente.
Lo que estaba sucediendo me estaba gustando, pero por lo tarde que era en ese momento igual ya era hora de cerrar, él se quedó hasta que cerré por completo y me tocaba decirle que ya era hora de irse. mirándome me dijo «quieres que me vayas?» mientras su mano acariciaba mi entrepierna notando que se me había puesto dura mi verga.
Yo no sabía que hacer, no respondí y eso lo tomó el como una invitación a quedarse, entonces aprovechó mi duda para su placer…
Se me acercó más, apoyó sus brazos en la barra, justo al lado mío. No dijo nada. Solo me miró. Tenía los ojos claros, medio perdidos por el alcohol, pero enfocados en mí. Bajó la mano otra vez, esta vez sin disimular. Me agarró la verga por encima del pantalón, apretó suave. Yo cerré los ojos. La sentía tan dura que me dolía.
«Estás re duro», dijo, con la voz ronca. «¿Hace cuánto no te la pones?»
No le contesté. No podía.
Entonces, él se bajó el cierre del pantalón. Sacó su verga. Era grande. Gruesa, con la piel morena, la cabeza bien definida. Y se la empezó a jalar ahí mismo, en el banco, mirándome fijo. El sonido de su mano moviéndose en la penumbra del bar, el olor a alcohol y a él.
Yo me saqué la mía también. Las dos vergas duras, a medio metro una de la otra. Él se movía lento, yo también. No hablábamos. Solo nos mirábamos, jalándonos.
Él se inclinó hacia mí. Me agarró la nuca y me besó. Fue un beso rápido, de lengua, con sabor a whisky. Después, sin separarse, metió su mano libre por detrás de mi cintura, bajó por el pantalón y me metió un dedo en el culo. Sentí que me abría entero. Un dolor agudo que se transformó en otra cosa. En algo caliente, profundo. Gemí contra su boca. Él movía el dedo dentro de mí, despacio, y yo seguía jalándome la verga, cada vez más rápido.
Me vine como nunca. Sentí que la leche me salía a chorros, manchándome la mano, el pantalón. Él se vino también, con un gemido corto, mojándome el brazo. Nos quedamos ahí, jadeando, con las vergas todavía fuera.
Pero después, cuando el placer pasó, me dio miedo. Un miedo frío que me recorrió la espalda. ¿Qué carajo estaba haciendo? Tengo novia. Tengo una vida. Esto no soy yo. Me limpié rápido con un trapo de barra, me subí el pantalón.
«Tenés que irte», le dije, y mi voz sonó cortante.
Él me miró, con los ojos aún vidriosos, y se rió. «¿Tan rápido te asustaste?»
«Vos andate», repetí, ya más firme.
Se subió el pantalón, se acomodó la ropa, y se fue. Caminó hacia la puerta, y antes de salir se dio vuelta. «La próxima no te vas a asustar», dijo, y desapareció en la noche.
Me quedé solo en el bar. Las luces apagadas, las sillas sobre las mesas, el olor a whisky y a sexo todavía en el aire. Me fui a mi casa en el auto, con las manos sudando en el volante. Cuando llegué, mi novia estaba en la cama, casi dormida.
«Llegaste tarde», dijo.
«Mucho laburo», mentí.
Me metí a la cama, me acosté a su lado. No pude dormir. Estaba duro otra vez. La miré de reojo, su cuerpo quieto, su respiración tranquila. Me acerqué, le bajé los pantalones del pijama, la puse boca abajo sin que despertara del todo. Entré en ella despacio. Estaba seca, pero a mí no me importó. Empecé a moverme, cerré los ojos, y en mi cabeza estaba él. Su verga, su dedo en mi culo, su boca. Me vine rápido, apretándole las caderas, gimiendo contra su cuello.
«¿Qué te pasó hoy?», preguntó ella, adormilada.
«Nada», dije. «Estaba caliente nomás».
Desde esa noche, no puedo dejar de pensar. En el trabajo, cuando estoy solo en casa, cuando ella se duerme. Me acuerdo de sus manos, de su dedo, de cómo me vine. Y me pajeo. Una y otra vez. Me pajeo pensando en él, mientras ella duerme a mi lado. Y sé que si vuelve a aparecer por el bar, esta vez no voy a decirle que se vaya.


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