marzo 17, 2026

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Noche de iglesia y leche

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Bueno, era muy noche ya, cómo a eso de las 2 am. Estábamos en un bar, ebrios en el centro histórico de la ciudad. Salimos y caminamos un rato platicando, nos dábamos pequeños toques y besos. Estábamos muy calientes. Está chica, 1.60 delgada con buena nalga, llevaba falda y una chaqueta de mezclilla y tacones. Yo de 1.75m le llegaba a meter la mano debajo de la falda en cada oportunidad que tenía, llegué a tocar su vagina y estaba completamente mojada. El caso es que llegamos a una iglesia, no había nadie cerca. Estaba en completo silencio, el único ruido era el de las hojas llevadas por el viento frío.

La empujé suave contra una de las columnas de piedra de la entrada. Ella se dejó, con los ojos medio cerrados por la borrachera y las ganas. Le levanté la falda con las dos manos, despacio, disfrutando el momento. Llevaba una tanga verde, de esas bien chiquitas que no cubren nada, apenas un hilo metido entre sus nalgas. Se la corrí a un lado con un dedo. Ya estaba toda mojada, chorreando de verdad. Me asomé a verle el coño a la luz de la luna: depilado, rosadito, brilloso, abriéndose como esperándome.

Me saqué la verga rápido. La tenía tan dura que me dolía. Es negra, grande, gruesa, con las venas bien marcadas. Ella la vio y se mordió el labio. «Métemela», dijo con la voz ronca. No usamos condón. En ese momento no pensé en nada más que en sentirla.

La puse de espaldas a mí, la incliné sobre una de las bancas de piedra que están en el atrio. Ella se agarró del respaldo con las dos manos, ofreciéndome ese culo redondo y parado. Le corrí la tanga otra vez y le puse la cabeza de mi verga en la entrada. Estaba tan mojada que se hundió sola. Entró todo de una, hasta el fondo. Los dos gemimos al mismo tiempo. Ella apretó las nalgas y sentí cómo me succionaba el glande.

Empecé a moverme lento al principio, sintiendo cada centímetro de su coño caliente apretándome. Luego aceleré. Le daba duro, con ganas, agarrándola de las caderas para enterrarme más profundo. Mis bolas le golpeaban el clítoris en cada embestida. El sonido de nuestros cuerpos chocando se escuchaba en todo el parque vacío. Ella gemía fuerte, sin importarle nada, la cara contra la piedra fría.

«Quiero que te vengas dentro», dijo entre gemidos. «Llename esa pucha, quiero sentir tu leche».

Eso me terminó de calentar. Le di todavía más fuerte, viendo cómo su culo rebotaba contra mí, cómo mi verga negra entraba y salía de ese coño rosado. Me corrí con un gruñido, apretándola contra mí, bombeando toda mi leche dentro de ella. Fue un montón, caliente, espeso, llenándola. Ella se vino también en el mismo momento, apretándome la verga con las paredes de su coño, temblando toda.

Nos quedamos así un rato, pegados, jadeando. Cuando me saqué, su leche y la mía mezcladas empezaron a escurrirle por los muslos. Ella se bajó la falda, se acomodó la tanga mojada y me sonrió. «Qué rico», dijo.

Seguimos caminando como si nada. Pero a los pocos pasos me miró y dijo: «Uy, siento cómo me chorrea tu semen por las piernas, se está saliendo todo, empapándome la tanga». Se reía, pasándose la mano por el muslo, sintiendo cómo mi leche le bajaba caliente hasta los tobillos.

Llegamos a su casa y me pidió que subiera. No hizo falta ni hablar. Esa noche repetimos dos veces más. Hasta el amanecer.

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