marzo 17, 2026

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Mi confesor, mi pecado

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Me llamo Valeria, tengo 29 años y llevo siete casada con un hombre que ya no me mira como antes. Andrés es bueno, trabajador, paga las cuentas, pero en la cama se volvió rutina: luces apagadas, cinco minutos de misionero y a dormir. Hace meses que no me corro de verdad con él. Mi cuerpo lo sabe. Mis tetas (38D naturales, pesadas, con pezones grandes y oscuros que se ponen duros con solo un roce) están siempre sensibles, como si pidieran atención. Mi coño se moja solo con pensar en algo fuerte, sucio, prohibido.

Y entonces apareció el padre Mateo.

Es el párroco nuevo de la iglesia del barrio, 48 años, alto, pelo negro con algunas canas en las sienes, ojos verdes que parecen ver dentro del alma, y una voz grave que cuando predica te hace temblar. Siempre va de sotana negra, pero se le nota el cuerpo fuerte debajo: hombros anchos, brazos marcados de cuando jugaba rugby en el seminario. Todo el mundo lo llama “el cura guapo”, pero nadie se atreve a decirlo en voz alta. Yo menos. Soy de misa los domingos, me confieso cada quince días, y siempre salgo de su confesionario con las bragas empapadas porque su voz diciendo “tus pecados son perdonados, hija” me pone como loca.

Todo empezó una tarde de confesión. Estaba arrodillada en el confesionario, sudando bajo la blusa ajustada . Le conté mis pecados: pensamientos impuros, tocarme sola, fantasear con hombres que no eran mi marido. El inmenso deseo de ser poseida, de ser usada, lo mucho que me mojaba, el tiempo que tenia sin follar… Él escuchaba en silencio, respirando pesado.

—Valeria… esos deseos son naturales que tu marido deberia satisfacer, estas en pecado y en peligro por su cula —dijo al fin—.pero no puedo permitir que te apartes de la proteccion de Dios y de su rebaño, como pastor debo protegerte, asi que no te absuelvo sino vas a mi despacho ahora mismo.

Me quedé helada. Su voz sonaba diferente, más ronca.

—Padre… no entiendo.

—Hablaremos en privado. Es parte de tu guía espiritual.

Fui. El despacho olía a incienso y madera vieja. Él cerró la puerta con llave. Se quitó la sotana despacio, quedando en camisa negra y pantalón. Se veía fuerte, viril, prohibido.

—Arrodíllate, hija —dijo—. Como en la confesión.

Estaba confudida pero cbedecí. Él se acercó, se desabrochó el pantalón y sacó su polla: gruesa, venosa, ya medio dura, con un olor fuerte a hombre que me mareó.

—Has dicho que tienes sed de algo… ¿es de esto? ¿De la leche de un hombre de Dios? te daré la misma como tu pastor para evitar que caigas en manos de algun impío que pueda apartarte del camino de Dios.

Me temblaron los labios. Intenté resistirme: “Padre… pero esta seguro que esto esta bien a los ojos de Dios”. Pero él me agarró del pelo y me acercó la verga a la boca.

—Dios no quiere que reprimamos el deseo, creo el matrimonio para que lo disfrutemos, pero si engañas a tu esposo con otro hombre sería adulterio, en cambio yo no soy un hombre del mundo, soy un siervo de Dios y mi leche te va a purificar, asi que tomala hija. Te la ofrezco para absolverte de tus pecados.

La forma como me miraba con la polla afuera, mientras un crucifijo enorme parecia alentarme desde la pare, hicieron que fuese imposible resistir a la tentacion. Su polla era mucho mas grande que la de mi marido, mas bonita y el era tan guapo, que sentí que Dios habia mandado para mi, para que yo mantuviera la santidad de mi matrimonio pero sin negar el fuego que devoraba mis entrañas.

Abrí. La cabeza gruesa me llenó la boca. Sabía salado, fuerte, con un toque de jabón y sudor. Me folló la garganta despacio, enseñándome el ritmo. “Traga, hija… siente cómo te purifico”… mi coño se mojaba mas y mas mientras se lo mamaba.

Me ahogaba, baba chorreando por mi barbilla y cayendo sobre mis tetas. Él me sacó la blusa y el sostén de un tirón. Mis tetas saltaron libres, pesadas, rebotando con cada embestida. “Mira estas ubres… Dios te las dio para ser adoradas”.

Me levantó, me sentó en su escritorio y me abrió las piernas. Mi coño estaba depilado, rosado, empapado. Él se arrodilló y me comió como si fuera el último sacramento: lengua plana lamiendo mi raja, succionando el clítoris, metiendo dos dedos gruesos y curvándolos dentro. Me corrí gritando, squirteando en su boca santa.

Luego me puso a cuatro patas sobre el escritorio, sotana tirada en el suelo. Me escupió en el culo y me la metió despacio en el coño. “Esto es comunión, Valeria. Recibe mi leche”.

Me folló duro, sus bolas peludas golpeando mi clítoris, una mano agarrándome las tetas desde atrás, ordeñándolas como si quisiera sacar leche (aunque no tenía). “Dime que quieres mi leche santa”.

—Si padre… lléname…

Me corrí otra vez, coño apretándole la verga. Él aceleró, gruñendo:

—Toma la leche del Señor, hija mia.

Se corrió dentro con un rugido, chorros calientes y espesos llenándome hasta desbordar, goteando por mis muslos y manchando su escritorio.

Me dejó allí temblando, coño lleno, tetas marcadas por sus dedos.

—Cada domingo después de misa vendrás aquí —dijo mientras se limpiaba—. Confesión privada. Y te llenaré hasta que dejes de tener deseo de otros hombres, solo tu marido. Yo no soy un hombre, yo soy un siervo de Dios

Desde entonces voy todos los domingos. Me confieso arrodillada con su polla en la boca, me folla sobre el altar cuando la iglesia está vacía, me llena la cuca de leche mientras me susurra “tus pecados están perdonados… pero tu coño debe ser follado solo por mi”.

Mi marido cree que soy más devota que nunca y esta contento desde que no lo busco mas en la intimidad, en el fondo creo que no le gustó como mujer, pero a mi no me importa, ahora somos felices, yo tengo a Mateo y siempre estoy sedienta de su leche y cada gota me vuelve mas adicta.

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