Por
Anónimo
Mi suegro y yo
Me casé muy joven, a los 23 años. Mi esposo tiene la misma edad que yo. Sus padres lo tuvieron igualmente muy jóvenes, a los 18 años. Ambos tenían 41 años cuando me casé. A pesar de ser padres jóvenes, terminaron sus estudios. Mi suegro es ingeniero (como mi esposo) y mi suegra administradora (como yo).
Cuando decidimos casarnos, mi esposo y yo compramos un departamento muy cerca de donde viven mis suegros. Amplio y lindo, en preventa, a un excelente precio, pero que nos lo entregarían al menos 6 meses después del matrimonio. Mi esposo fue un chico genio en la universidad y tenía ya un muy buen sueldo. Yo tenía un empleo por las tardes, de 6 horas, empezábamos muy bien nuestra vida conyugal.
Decidimos vivir esos primeros meses donde mis suegros. A pesar de haber tenido a Diego muy jóvenes, no tuvieron más hijos. Mi suegra y mi esposo salían temprano a sus trabajos. Mi suegro ya era un consultor independiente y sólo salía a reuniones. Yo por las mañanas me quedaba en casa.
Los dos primeros meses, todo normal. A partir del segundo mi suegro, cuando nos quedábamos solos, empezó a pasearse en bóxer por el departamento. Debo reconocer que eso me calentaba, se le veía un enorme paquete que no tenía mi esposo. Mi morbo se me iba al cielo al verlo. Algunas veces salí de mi habitación en pijamita ligera y se que lo provocaba. Pero jamás pasó nada. Finalmente nos mudamos con Diego y listo. Esos recuerdos quedaron.
Por varios años, eventualmente, venía la imagen de mi suegro a mi mente. Cuando empecé a ponerle cuernos a Diego, esa imagen se hizo más recurrente.
Hace cuatro años, cuando ya tenía 33 años, Diego viajó a Argentina un par de semanas, a una especialización. Decidimos que fuera donde mis suegros a pasar esos días, para estar acompañada y, además, para que los niños pasen días con ellos.
Por esas cosas del destino, luego de la Pandemia, yo aún estaba en régimen híbrido, tres días a la semana en oficina y dos trabajando desde casa. Cuando los niños se iban al colegio y mi suegra a su trabajo, volvíamos mi suegro y yo a quedarnos solos.
La primera mañana que tuve home office, volvió a exhibirse en bóxer. Ya algo más grueso de cuerpo, pero con el enorme paquete allí, tentador, haciéndome morir de deseo. La siguiente mañana que me tocó home office, me quedé en pijamita. Ligera, semi transparente, turquesa claro. Debajo una tanguita negra que sabía contrastaba.
Mi suegro pasó un par de veces a mi lado en bóxer. La tensión era brutal. La sentía cortante en el ambiente. Finalmente, mientras lavaba los servicios del desayuno, sentí que se pegó a mi cuerpo, como para sacar un vaso de la alacena. Su enorme verga estaba erecta y la sentí entre mis nalgas. Suspiré.
No fueron necesarias palabras. Me bajó el short de pijama y la tanga. Me empujó con sus manos hacia adelante. Me ensalivó la concha. En ese punto, no era necesario. Me penetró. Sentir esa verga tan grande, con la que había fantaseado tanto, me hizo gemir en segundos. Me llevó a un orgasmo en pocos minutos. El siguió y siguió. Sin palabras. Sólo detrás de mí. Llenándome la concha y regalándome un segundo orgasmo.
Me quebró más hacia adelante. Sentí que ensalivaba mi culito. Le dije “no don Alberto, por allí no”. No me hizo caso, la puso y la empujó rápidamente. Sentí algo de dolor. Estaba muy excitada pero su verga era muy grande. Cuando el dolor paso, sentí un placer inmenso y un primer orgasmo por mi cola. Siguió unos minutos más así, sin decir nada, y en mi segundo orgasmo me llenó de leche.
Me besó la nuca. Me abrazó fuerte. Me subió la tanga y el short y fue a su cuarto.


Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.