Las dos son mías
Mario se paró en el borde de la cama y miró a las dos mujeres desnudas frente a él. Belén, su mujer, la puta que lo había acompañado en cada fantasía. Vikki, su hija, la que había empezado siendo una duda detrás de una puerta y ahora era una realidad de carne y hueso, con la concha todavía chorreando y los pezones duros.
Una fantasía que había empezado por una duda, por un ruido en el pasillo, se había hecho realidad. Y no podía esperar más.
—Vení —le ordenó a Belén, haciéndole señas con el dedo—. Arrodillate acá.
Belén se levantó de la cama y caminó hacia él, moviendo las caderas, mostrándole la cola, la concha, todo. Se arrodilló frente a él, justo en el borde de la cama, y abrió la boca.
Mario agarró su verga con una mano y se la metió en la boca a Belén. Pero no empezó a mover las caderas todavía. Quería que Vikki viera bien.
Vikki estaba recostada sobre el respaldo de la cama, con las piernas abiertas, mirándolos. Lo que estaba viendo era lo que muchas noches había escuchado atrás de la puerta. Pero ahora lo veía en directo. La verga de su papá entrando y saliendo de la boca de su madrastra. Los gemidos ahogados de Belén. La saliva escurriendo.
Estaba tan caliente que no podía dejar de mirar. La concha le latía, mojada, pidiendo atención.
Mario la miró. Sus ojos se encontraron. Y él pudo ver en la mirada de ella la misma calentura que él tenía. Las mismas ganas de tenerla entremedio.
Vikki se acercó. Se puso al lado de Belén, arrodillada también, para observar mucho más cerca. Para ver cada detalle de cómo Belén le chupaba la verga a su papá.
Mario no perdió tiempo. Sacó la verga de la boca de Belén, toda baboseada, chorreando saliva. Con una mano, la sostuvo frente a Vikki.
—Abrí —ordenó.
Vikki miró la verga. Estaba cubierta de la saliva de Belén. Mojada, brillante, caliente.
Miró a Belén. Belén asintió, con una sonrisa de puta.
Vikki abrió la boca. Mario metió la verga. Ella sintió el sabor de Belén mezclado con el de su papá. Y empezó a chupar.
Belén no se quedó atrás. Se acercó y empezó a lamer los huevos de Mario, a chuparlos, mientras Vikki le trabajaba la verga.
Las dos bocas, las dos lenguas, trabajando juntas. Una sinfonía de gargantas profundas.
—Así —gruñó Mario, agarrándoles la cabeza a las dos—. Así, putas. Las dos. Chupenmé la verga.
Vikki se la metía hasta el fondo, atragantándose, haciendo glock. Belén le lamía la verga por el costado, después se la metía en la boca también, turnándose, compartiendo.
Ninguna de las dos atinó a moverse de ahí. Mario abusaba de esas bocas, metiéndoles la verga a una y después a la otra, haciéndolas babear, atragantar, gemir.
Pero quería más.
—Belén —ordenó—. Levantate.
Belén obedeció. Se puso de pie, arrodillada en la cama, esperando.
Mario tomó a Vikki de la mano y la colocó en el borde de la cama. La puso en cuatro, con el culito bien parado, mostrándole esa cola perfecta que tantas veces había imaginado.
—Así —dijo, acariciándole las nalgas—. Quedate así.
Vikki temblaba de ganas.
—Belén —dijo Mario—. Vení. Pone tu boca acá.
Belén se acercó. Entendió la orden. Se recostó sobre el cuello de Vikki, poniendo su boca justo al lado de la oreja de la nena, lista para atrapar cada gemido.
Mario miró la escena. Vikki en cuatro, con ese culo perfecto, esa concha chorreando, mostrándose. Belén recostada sobre ella, lista para besarla. Las dos mujeres, sus mujeres, esperándolo.
Agarró su verga con la mano. Mojada, dura, lista. La apoyó en la concha de Vikki. Sintió el calor. La humedad.
Y empujó.
Entró despacio. Sintió cómo los labios de ella se abrían, cómo la concha lo recibía, caliente, apretada. Vikki gimió.
—Sí —susurró—. Sí, papá.
El gemido de Vikki fue atrapado por la boca de Belén. Las dos mujeres se besaron apasionadamente mientras Mario seguía empujando, metiendo toda la verga hasta el fondo.
Empezó a moverse. Lento al principio, después más rápido. Le cogía la concha a su hija mientras su mujer la besaba, la tocaba, le agarraba las tetas.
—Así —gruñía Mario—. Así, Vikki. Sentí cómo te cojo. Sentí esta verga toda para vos.
Vikki gemía en la boca de Belén. Los besos se volvían más húmedos, más desesperados.
Mario aumentó el ritmo. Le daba más fuerte, más hondo, agarrando esas caderas, viendo cómo su verga entraba y salía de esa concha mojada.
—Me vengo —gruñó—. Me vengo, Vikki.
—No —ordenó Belén, separándose del beso—. Todavía no.
Mario se contuvo. Apretó los dientes y siguió cogiendo, aguantando.
—Ponela boca arriba —ordenó Belén.
Mario sacó la verga. Vikki gimió por la pérdida. Pero se dio vuelta rápido, boca arriba, con las piernas abiertas, mostrando esa concha chorreando, esperando.
—Vos —le dijo Belén a Vikki—. Quedate así.
Después miró a Mario. Se subió a la cama y se arrodilló sobre la cara de Vikki. Quedó montada arriba de ella, con la concha justo en su boca, lista para que le chupara.
—Ahora —dijo Belén—. Cogeme la boca.
Mario se acercó. Agarró a Belén del cabello, le tiró la cabeza hacia atrás y le metió la verga en la boca. Empezó a mover las caderas, cogiendo esa boca, mientras Vikki desde abajo le chupaba la concha a Belén.
Las tres posiciones. Los tres cuerpos. Una puta sinfonía de gemidos y chupeteos.
—Me vengo —gruñó Mario—. Me vengo, Belén. Abrí bien.
Belén abrió la boca. Mario se vino. Un chorro de leche caliente le llenó la boca. Después otro. Y otro.
Pero era demasiado. Tanta leche, tan espesa, que Belén no pudo tragar todo. La leche empezó a escurrirse por la comisura de sus labios, cayendo hacia abajo.
Directo a la cara de Vikki.
La leche caliente de su papá cayó sobre la mejilla de Vikki, sobre su boca, sobre su lengua. Vikki abrió los labios y empezó a lamer, a tragar, a chupar cada gota que caía de la boca de Belén.
Las dos mujeres, compartiendo la leche de Mario. Lamiéndose mutuamente. Tragando. Chupando.
Mario las miró. Las dos cubiertas de leche, las lenguas trabajando, los ojos brillantes.
—Son mías —dijo—. Las dos son mías.
Belén y Vikki se besaron. Un beso con sabor a leche, a sexo, a todo.
Después, cayeron agotadas en la cama. Los tres cuerpos sudados, mezclados, satisfechos.
—
Pasaron unos minutos. O quizás una hora. El tiempo no existía en esa habitación.
Belén estiró el brazo y agarró su teléfono. Abrió la cámara. Enfocó los tres cuerpos: las piernas enredadas, las manos, las sábanas revueltas. Pero ningún rostro. Solo la evidencia de lo que había pasado.
Sacó la foto. Abrió el chat de Micaela.
Belén: Amiga… nos tenemos que juntar para hablar.
Adjuntó la foto. La miró un segundo. Y agregó:
Belén: La próxima vas a ser vos.
Apretó enviar. Dejó el teléfono en la mesa de luz.
Mario, medio dormido, le preguntó:
—¿Qué hiciste?
Belén sonrió. Esa sonrisa de puta que tanto le gustaba.
—Abrí la puerta —dijo—. Para alguien más.
Vikki, acurrucada entre los dos, se rió bajito.
—Me gusta esa idea —susurró.
La noche se cerró sobre ellos. Pero la historia, recién empezaba.
FIN (por ahora)


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