Por
Anónimo
La Tía Carmen pierde la vergüenza
La sala de espera olía a desinfectante y a café viejo. Carmen, de 48 años, cruzaba y descruzaba las piernas enfundadas en medias color carne de 20 deniers, con costura trasera perfectamente centrada. Llevaba una falda lápiz negra de lana fina, ceñida hasta justo por encima de la rodilla, y una blusa blanca de popelín con botones nacarados que luchaban visiblemente contra el volumen descomunal de sus pechos: copa 105J, pesados, redondos, con una ligera caída natural que la hacía caminar siempre un poco inclinada hacia delante para compensar el peso. Debajo, un sujetador de armazón negro satinado, de esos con cuatro filas de corchetes atrás y copas de tela gruesa que apenas conseguían contener la carne desbordante; los bordes se marcaban bajo la blusa cada vez que respiraba hondo. Se había recogido el cabello moreno oscuro —con algunas hebras plateadas que no se molestaba en teñir— en un moño bajo y profesional.
Los tacones negros de charol, de aguja fina y 9 cm, resonaban nerviosos contra el suelo de gres. Llevaba ya quince minutos esperando, apretando el bolso contra el regazo, sintiendo cómo la humedad extraña que había notado desde hacía tres días se extendía lentamente por la braguita de algodón blanco de cintura alta que usaba siempre: unas braguitas de señora, amplias, cómodas, sin encaje, de las que compraba en paquetes de cinco en el mercadillo. Cuando la enfermera pronunció su nombre completo —Carmen Rodríguez García— se levantó con torpeza, alisándose la falda con las manos húmedas. Entró en la consulta con la cabeza gacha.
Y entonces lo vio. Sentado tras el escritorio, con bata blanca impecable y estetoscopio colgando del cuello, estaba Álvaro. Su sobrino. El hijo de su hermana pequeña. Veinticinco años recién cumplidos, pelo castaño cortado muy corto, barba de tres días bien recortada, ojos claros que la miraron primero con sorpresa y después con una calma profesional que a Carmen le resultó casi ofensiva. —Hola, tía Carmen —dijo él con voz tranquila, levantándose—. Pasa, por favor. Cierra la puerta. Ella se quedó paralizada en el umbral. El bolso se le escurrió un poco del antebrazo. —No… no puede ser. Álvaro, ¿tú…? —La voz le salió aguda, temblorosa—. Me voy. Esto no está bien. No puedo… Dio un paso atrás, pero él ya había rodeado el escritorio y cerrado la puerta con suavidad detrás de ella. No la tocó, solo puso una mano en el aire, como pidiéndole calma. —Tía, escúchame un segundo. Aquí dentro soy el doctor Álvaro Martínez. Nada más. No soy tu sobrino, soy el ginecólogo que te ha tocado hoy. Llevas esperando semanas para esta cita de urgencia, ¿verdad? Dijiste que te dolía, que notabas algo raro, flujo diferente… No puedes irte así sin que te revisen. Y la lista de espera para otro especialista es de más de un mes. Carmen negó con la cabeza, las mejillas ardiéndole. Se llevó una mano al pecho como si quisiera sujetar los latidos. —Es que… es que eres mi sobrino. Te he cambiado pañales, Álvaro. Te he dado el biberón. No puedo… no puedo quitarme la ropa delante de ti. Es pecado. Es… indecente. Él suspiró, pero no con fastidio, sino con paciencia entrenada. —Lo entiendo.
De verdad. Pero te prometo que esto es confidencial, profesional y aséptico. No va a pasar nada raro. Si te sientes más cómoda, puedo ponerte una bata y que la enfermera entre como chaperona. O puedo derivarte, pero hoy no hay nadie más disponible y sé que estás preocupada. ¿Me dejas al menos escucharte antes de que decidas marcharte? Carmen miró la camilla con estribos, la sábana verde desechable, el foco potente apagado. Luego miró a Álvaro. Llevaba el mismo after-shave que usaba desde los dieciocho años, ese olor a madera y cítricos que ella reconocía perfectamente. Eso la desarmó más que cualquier argumento. Se sentó en la silla de los pacientes con las rodillas muy juntas. —Desde hace unos días… noto como un picor. Y… humedad. Mucha. No es como siempre. Y ayer noté un bultito pequeño, como una bolita, al tocarme. Me da miedo que sea algo malo. Pero no quiero que me vea nadie… y menos tú.
Álvaro asintió, serio. —Entiendo. Vamos a hacer esto paso a paso. Primero, necesito que me cuentes exactamente dónde lo notas, cómo es el flujo, si hay olor, si duele al orinar o al sentarte. Y después, si decides seguir, te haré una exploración externa y, si es necesario, una interna. Todo con guantes, lubricante, y te explicaré cada paso antes de hacer nada. ¿De acuerdo? Carmen tardó casi dos minutos en contestar. Al final solo asintió, con los ojos bajos. —Vale… pero despacio. Y por favor… no me mires como mujer. Mírame como… como paciente. —Te lo prometo. Media hora después, Carmen estaba detrás del biombo quitándose la falda y la blusa. Se quedó en sujetador negro, braguitas blancas de algodón y medias. Dudó antes de quitarse también las braguitas. Las dobló con cuidado y las dejó sobre la silla junto a los tacones de charol. Cuando salió, con la bata verde abierta por delante y sujetándola con ambas manos sobre el pecho, Álvaro ya estaba con guantes puestos y la camilla preparada. La sábana de papel crujió cuando ella se sentó. —Voy a tumbarme despacio —dijo él—. Primero solo miro por fuera. Si en algún momento quieres parar, solo dilo. Paramos. Carmen se recostó. Las piernas le temblaban.
Cuando puso los talones en los estribos, la bata se abrió del todo y sus pechos se desparramaron hacia los lados, pesados, con los pezones grandes y oscuros endurecidos por el frío y los nervios. Intentó cubrirse con los brazos, pero era inútil. Álvaro se sentó en el taburete con ruedas y acercó la lámpara. Su voz salió neutra, profesional. —Voy a separar un poco los labios mayores con los dedos. Solo voy a mirar. Ella cerró los ojos con fuerza cuando sintió los guantes fríos rozarle la piel. Él separó con delicadeza los labios externos, gruesos y cubiertos de vello negro recortado en una línea fina —Carmen siempre se depilaba lo justo para no tener problemas con las braguitas—. El olor que llegó hasta él fue cálido, ligeramente ácido, con un toque dulzón que no era patológico, pero sí diferente al habitual. —Hay un poco de enrojecimiento en los labios menores y en el vestíbulo —dijo en voz baja—. Y sí veo la pequeña tumoración que dices. Parece un pequeño quiste de Bartholino o una glándula obstruida. No tiene mal aspecto, pero hay que drenarlo y mandar cultivo. Carmen abrió los ojos, todavía roja. —¿Duele? —Un poco al principio. Te pondré anestesia local. Pero antes necesito hacer una exploración interna para ver si hay más inflamación. Ella tragó saliva. —¿Con… con los dedos? —Sí. Dos dedos, con mucho lubricante. Te avisaré antes de cada movimiento. Carmen asintió casi imperceptiblemente. Cuando el dedo índice y medio de Álvaro, cubiertos de gel frío, se deslizaron despacio entre los labios y entraron en ella, Carmen soltó un gemido corto, involuntario. No de placer, sino de pura vergüenza mezclada con la sensación extraña de ser abierta por alguien a quien había criado. La vagina de Carmen era cálida, húmeda por la inflamación y por su propia respuesta nerviosa; las paredes internas se contrajeron instintivamente alrededor de los dedos enguantados. —Respira hondo —murmuró él—. Relaja el suelo pélvico. Bien… así. Noto la glándula hinchada a la derecha. Voy a presionar un poco para ver si drena sola. Ella apretó los puños a los lados de la camilla. Un hilillo de sudor le corría por la sien. Los pechos subían y bajaban con respiraciones rápidas. Álvaro mantuvo la otra mano quieta sobre el pubis de ella, solo como punto de apoyo, sin acariciar. —Voy a retirar los dedos ahora —anunció—.
Todo está dentro de lo esperable. No hay nada maligno a simple vista. Vamos a drenar el quiste y te receto antibiótico y antiinflamatorio. En una semana estarás bien. Carmen no contestó. Solo asintió, con los ojos todavía cerrados, mientras él retiraba los dedos despacio y le cubría de nuevo el sexo con la sábana de papel. Cuando por fin se sentó en la camilla, con la bata cerrada y los pies colgando, lo miró por primera vez directamente. —Gracias… doctor —dijo con voz ronca—. Pero no vuelvas a llamarme tía aquí dentro. Nunca más. Álvaro sonrió apenas, quitándose los guantes. —Entendido, señora Rodríguez. La espero en una semana para revisión. Carmen bajó de la camilla con las piernas temblorosas, se vistió despacio detrás del biombo y salió de la consulta sin mirar atrás. Pero durante todo el camino a casa, sentada en el autobús con las piernas muy juntas, seguía sintiendo el roce fantasma de aquellos guantes fríos y la vergüenza ardiente que, para su horror, se mezclaba con algo que no se atrevía a nombrar. Tres semanas después, el 15 de marzo de 2026, Carmen volvió a la consulta. Había pedido cita a última hora de la tarde, cuando ya no quedaba casi nadie en la planta.
Llevaba el mismo bolso de piel gastada, pero todo lo demás era diferente. El pelo, antes siempre recogido en moño severo, caía ahora suelto por la espalda: ondas morenas espesas, con mechones que se adherían a la nuca por el sudor nervioso. Se había puesto un poco de rímel —solo en las pestañas superiores— y un gloss discreto en los labios carnosos. La blusa blanca era la misma de siempre, pero desabotonada un botón más de lo habitual; los pechos, todavía 105J, empujaban la tela con más descaro, y el sujetador negro de aquella primera vez había sido sustituido por uno nuevo: copa completa de encaje francés negro con transparencias sutiles en los laterales, armazón ultrafino que elevaba y separaba los senos hasta crear un escote profundo y tembloroso. Debajo de la falda lápiz gris perla —más ajustada que la anterior, con abertura lateral hasta medio muslo— llevaba medias de rejilla fina negra, de las que subían hasta medio muslo y se sujetaban con liguero discreto. Los tacones eran nuevos: stilettos de ante negro mate, 12 centímetros de aguja fina, punta muy cerrada y plataforma diminuta delante. Cada paso hacía clic-clac-clic-clac en el pasillo vacío, un sonido que a ella misma le parecía demasiado alto, demasiado provocador para una mujer de su edad y su educación.
Cuando entró, Álvaro ya estaba de pie junto a la camilla, revisando el historial en la tablet. Levantó la vista y, por un segundo, algo cruzó su mirada —no lujuria, sino una apreciación profesional que se tiñó de sorpresa familiar—. Pero enseguida volvió a su tono neutro. —Buenas tardes, señora Rodríguez. Pase y siéntese. ¿Cómo se ha encontrado estas semanas? Carmen se sentó en la silla de los pacientes con las rodillas muy juntas, aunque la abertura de la falda le obligó a cruzar los tobillos. Los tacones quedaron colgando un poco del suelo. —Mejor… mucho mejor. El antibiótico funcionó. Ya no hay picor ni… humedad rara. Pero sigo notando como una sensibilidad. Y… a veces, cuando me siento o camino mucho, me roza algo ahí abajo. No sé si es normal después del drenaje. Álvaro asintió, anotando. —Vamos a hacer la revisión. Quiero comprobar que la glándula se ha desinflamado del todo y que no hay cicatrización anómala. ¿Le parece bien el mismo procedimiento que la otra vez? Carmen tragó saliva. Las manos le temblaban ligeramente sobre el regazo. —No… no sé si podré. Sigo pensando que esto no está bien. Eres mi sobrino.
Aunque lleves bata… sigues siendo Álvaro. Me da mucha vergüenza quitarme la ropa delante de ti otra vez. Él dejó la tablet sobre el escritorio y se acercó un paso, pero sin invadir su espacio. —Entiendo perfectamente. Por eso hoy vamos a hacerlo lo más cómodo posible para usted. No hace falta que se quite todo. Puede dejar las medias puestas, y también los tacones si le resulta más fácil mantener el equilibrio en los estribos. Solo necesito acceso libre a la zona vulvar y, si es necesario, a los pechos para comprobar ganglios o sensibilidad mamaria. Puede quitarse solo la falda y bajarse un poco la braguita. La bata se la pondremos abierta por delante, pero tapándose lo que quiera con las manos o con la sábana. ¿Le parece más llevadero así? Carmen lo miró fijamente. Los ojos se le humedecieron un instante, pero parpadeó rápido. —Vale… pero despacio. Y por favor… no comentes nada de cómo voy vestida hoy. No lo he hecho por… por nada. Solo quería sentirme un poco más… segura. —No diré nada —prometió él con voz baja—. Solo soy el médico. Detrás del biombo, Carmen se quitó la falda con movimientos lentos. La tela gris perla cayó al suelo con un susurro. Se quedó en blusa, sujetador de encaje negro, liguero, medias de rejilla y tacones altísimos. Dudó antes de bajarse las braguitas: eran de algodón blanco otra vez, pero con un pequeño lazo de raso en la cintura alta, modelo abuela-sexy que compraba en la tienda de lencería del barrio. Las deslizó despacio por los muslos, notando cómo la rejilla de las medias rozaba la piel sensible. Las dobló con cuidado y las dejó junto a los zapatos que no se quitó. Salió con la bata verde puesta solo sobre los hombros, abierta por delante. Se tapaba los pechos con un brazo cruzado y la otra mano sujetaba la bata a la altura del pubis. Los tacones la obligaban a caminar con las caderas ligeramente adelantadas, lo que hacía que los pechos se moviesen más con cada paso. Se subió a la camilla. Cuando puso los talones en los estribos, los stilettos quedaron apuntando al techo; las medias de rejilla se tensaron sobre los muslos gruesos y pálidos, y el liguero negro dibujó cuatro líneas perfectas contra la piel. La bata se abrió del todo; los pechos se desbordaron hacia los lados, los pezones grandes y oscuros ya endurecidos por el aire frío y la tensión.
Álvaro se puso guantes nuevos, se sentó en el taburete y encendió la lámpara. —Voy a empezar con la inspección externa. Respire hondo. Separó con delicadeza los labios mayores. El vello negro estaba un poco más crecido que la última vez; los labios menores seguían ligeramente hinchados, pero el enrojecimiento había desaparecido casi por completo. La pequeña cicatriz del drenaje era una línea rosada fina, apenas perceptible. —Todo tiene muy buen aspecto por fuera —dijo con voz calmada—. La glándula está desinflamada. Ahora voy a palpar los ganglios inguinales y después, si le parece bien, exploración interna para comprobar la pared vaginal y el cérvix. Carmen asintió, con los ojos cerrados. Mientras palpaba los ganglios con dedos enguantados —presionando suavemente en la ingle, subiendo por la cara interna del muslo—, Álvaro habló con tono profesional pero suave. —Para completar el historial… necesito preguntarle por su actividad sexual reciente. ¿Ha tenido relaciones vaginales o cualquier otro tipo de contacto genital desde la última visita? ¿Uso de preservativo? ¿Pareja estable o múltiples? Es importante para descartar infecciones de transmisión o irritaciones por fricción. Carmen abrió los ojos de golpe. Las mejillas le ardieron hasta las orejas. —No… no he tenido nada. Nada de nada —dijo casi en un susurro—. Llevo… seis años sin… sin hombre. Desde que murió mi marido. Y antes… solo con él. Siempre. No sé ni cómo… cómo se hace ahora. Álvaro no cambió la expresión. Siguió palpando con cuidado. —Entendido. ¿Masturbación? ¿Uso de juguetes, lubricantes, duchas vaginales? Ella negó con la cabeza rápidamente, mortificada. —No… Dios mío, no. Nada de eso. Solo… a veces, cuando me ducho, me rozo sin querer y… noto que estoy más sensible. Pero no hago nada. Soy una mujer decente, Álvaro… doctor. Él retiró la mano de la ingle y aplicó lubricante en los dedos. —Gracias por contestar con sinceridad. Voy a entrar ahora con dos dedos. Avisaré antes de cada movimiento. Cuando los dedos enguantados se deslizaron dentro, Carmen soltó un gemido corto, ahogado. La vagina estaba cálida, húmeda por la respuesta nerviosa del cuerpo —no por deseo consciente, sino por el roce directo y la tensión acumulada—. Las paredes internas se contrajeron alrededor de los dedos; Álvaro sintió la textura rugosa del punto G ligeramente hinchado, y más arriba el cérvix firme y cerrado. —Todo normal. No hay dolor a la movilización cervical. La sensibilidad que nota probablemente sea por la cicatrización reciente y por la abstinencia prolongada. El tejido se ha vuelto más reactivo. Es frecuente. Retiró los dedos despacio. Carmen seguía con los ojos cerrados, respirando entrecortada. Los pechos subían y bajaban con fuerza; un pezón rozaba el borde de la bata abierta. —¿Puedo… puedo vestirme ya? —preguntó con voz temblorosa. —Claro. Todo está perfecto. Le receto una crema emoliente suave para usar externamente si sigue con sensibilidad. Y… si en algún momento quiere hablar de opciones para recuperar la vida sexual con seguridad, aquí estoy. Sin juicios. Carmen se incorporó despacio. Los tacones resonaron cuando bajó de la camilla. Se cerró la bata con manos torpes y se vistió detrás del biombo sin decir nada más. Al salir, ya con la falda puesta y el pelo suelto cayéndole sobre los hombros, se detuvo en la puerta. —Gracias… doctor —dijo sin mirarlo—. Pero no me hagas más preguntas así. Me muero de vergüenza. Álvaro solo asintió. —Entendido. Cuídese, señora Rodríguez. Ella salió con pasos rápidos, el clic-clac de los tacones de 12 cm resonando por el pasillo. Pero esta vez, al sentarse en el autobús, no apretó tanto las piernas. Y durante todo el trayecto, con el roce sutil de las medias de rejilla contra los muslos y el recuerdo de aquellos dedos enguantados todavía latiendo dentro de ella, sintió algo nuevo: no solo vergüenza, sino una curiosidad pequeña, prohibida, que empezaba a abrirse paso entre las costuras de su moral tradicional. Carmen ya había llegado al umbral de la puerta, con el pomo girado a medio camino, cuando algo la detuvo. El clic-clac de los tacones de 12 cm se paró en seco. Respiró hondo, cerró los ojos un segundo y, con la mano todavía en el pomo, dio media vuelta. Entró de nuevo en la consulta y cerró la puerta detrás de ella con un golpe suave pero definitivo. El sonido resonó en el silencio de la habitación. Álvaro levantó la vista de la tablet, sorprendido. No dijo nada; solo esperó, con las manos quietas sobre el escritorio. Ella se quedó de pie, a dos metros de la camilla, con los brazos cruzados bajo los pechos como si quisiera sujetarlos para que no se notara cómo temblaban. El pelo suelto le caía en mechones desordenados sobre los hombros; un mechón se le pegaba a la mejilla húmeda por el sudor nervioso. La blusa blanca estaba ligeramente arrugada en la cintura, y el sujetador de encaje negro se transparentaba un poco más en los laterales por la tensión del abrazo que se daba a sí misma. —No… no puedo irme así —dijo con voz ronca, casi un susurro—. Tengo que decirte algo. Y me muero de vergüenza, Álvaro. De verdad. Pero si no lo digo ahora, no voy a poder dormir nunca más. Él se levantó despacio, rodeó el escritorio y se apoyó en el borde, manteniendo distancia. No la interrumpió. Carmen tragó saliva varias veces antes de continuar. Miraba al suelo, a los tacones negros que le dolían ya en los dedos por lo apretados que eran. —Cuando… cuando me has metido los dedos hace un rato… —La voz se le quebró—. No sé cómo explicarlo. Al principio solo era vergüenza. Mucha. Sentía tus dedos fríos, el lubricante, la presión… y yo intentaba no moverme, no respirar fuerte. Pero luego… cuando has presionado ahí, un poco más arriba… ha sido como si algo se rompiera dentro. No dolor. Algo… eléctrico. Me he puesto tensa toda, los muslos me han temblado, y he sentido como un calor que subía desde abajo hasta el estómago. Y luego… un latido fuerte, muy fuerte, y me he mojado más. Mucho más. Creo… creo que he tenido un orgasmo. Con tus dedos dentro. Sin querer. Sin tocarme yo. Y me da pánico pensarlo. Hizo una pausa. Las lágrimas le brillaban en los ojos, pero no caían. —¿Lo has… anotado en el historial? ¿Que la paciente ha tenido una respuesta orgásmica durante la exploración? Porque si lo has escrito, no podré volver a mirarte nunca. Y si no lo has escrito… tampoco sé qué hacer. Álvaro negó con la cabeza lentamente. —No lo he anotado como tal. Solo he puesto “respuesta fisiológica normal al estímulo, sin dolor”. Nada más. Es confidencial, Carmen. Nadie más lo verá. Y aunque lo hubiera escrito con todas las letras, seguiría siendo solo medicina. El cuerpo reacciona. Sobre todo después de años sin estimulación. Ella levantó la vista por fin. Los ojos rojos, las pestañas pegadas por el rímel corrido. —No es solo eso —siguió, casi sin aliento—. Llevo semanas pensando en lo que me dijiste la última vez. Lo de la sensibilidad por la abstinencia. Y… desde que salí de aquí la primera vez, cada vez que me ducho, o cuando me siento en el sofá con las piernas abiertas sin darme cuenta… noto que estoy húmeda. Que me palpita. Y me toco un poco, solo un poco, por fuera. Pero nunca termino. Me da miedo. Me siento sucia. Y hoy… hoy ha pasado sin que yo lo buscara. Y ahora no paro de pensar… en si mi vagina sigue funcionando de verdad. No solo para revisiones. Para… para un hombre. Para que me penetre. Para saber si todavía puedo… sentirlo dentro. Como antes. Como con mi marido. Se tapó la boca con una mano, horrorizada por sus propias palabras. Las lágrimas cayeron por fin, dos surcos lentos por las mejillas. —Dios mío, qué vergüenza. Decirte esto a ti. Eres mi sobrino. Te he visto crecer. Y yo aquí, pidiéndote… no sé ni qué te estoy pidiendo. Pero necesito saberlo. Necesito que alguien me penetre. No un juguete. Un hombre de verdad. Y no tengo a nadie. Nadie en quien confiar. Y tú… tú ya me has tocado. Ya sabes cómo estoy por dentro. Y me da terror pedírtelo, pero… ¿podrías…? ¿Podrías hacerlo tú? Solo para comprobar. Solo una vez. Sin que signifique nada. Solo… medicina. O lo que sea. Pero por favor, no me mires como si estuviera loca. Porque ya me siento loca yo sola. Álvaro se quedó inmóvil. No había sorpresa en su cara, solo una calma tensa, profesional y a la vez profundamente humana. Respiró hondo antes de hablar. —Carmen… señora Rodríguez… escúchame con atención. Lo que me estás contando es muy valiente. Y muy real. El cuerpo tiene necesidades. Después de tantos años, es normal que la abstinencia haya hecho que cualquier estímulo sea intenso. Lo que has sentido hoy no es raro. Es biológico. Y lo que me pides ahora… —Hizo una pausa larga—. No puedo hacerlo. No como médico. Y no como tu sobrino. Sería un abuso de poder, una violación de la ética, y algo que nos haría daño a los dos para siempre. No voy a tocarte de esa manera. Nunca. Carmen bajó la cabeza. Los hombros le temblaban. —Lo sé —susurró—. Lo sé. Perdóname. No debería haberlo dicho. —No hay nada que perdonar —dijo él con voz baja—. Estás confundida. Estás sola. Y el cuerpo te está gritando cosas que tu cabeza no quiere oír. Pero hay otras formas. Puedo recomendarte un terapeuta sexual. Una sexóloga. Alguien que te ayude a explorar esto sin riesgos, sin vergüenza. O… si algún día decides buscar a un hombre fuera de aquí, puedo darte consejos reales: preservativos, pruebas, cómo hablar de lo que necesitas sin sentirte sucia. Pero no yo. Nunca yo. Ella asintió despacio, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. El rímel se corrió más, dejando manchas negras bajo los ojos. —Gracias… por no enfadarte. Por no echarme. —Se alisó la falda con manos temblorosas—. Me voy a ir ahora. De verdad esta vez. Pero… ¿puedo volver si necesito hablar? Solo hablar. Sin camilla. Sin guantes. —Cuando quieras —respondió él—. La puerta siempre estará abierta. Como médico. Y… como familia, si algún día quieres que vuelva a ser solo tu sobrino. Carmen soltó un sollozo corto, ahogado. Dio un paso atrás, abrió la puerta y salió. Los tacones resonaron por el pasillo vacío, más lentos esta vez, más pesados. En el autobús de vuelta a casa, sentada junto a la ventana con las piernas cruzadas y la falda subida un poco por encima de las rodillas, sintió todavía el eco de aquella contracción involuntaria dentro de ella. No se tocó. Solo cerró los ojos y dejó que las lágrimas cayeran en silencio, mientras el roce sutil de las medias de rejilla contra los muslos le recordaba que su cuerpo, después de todo, seguía vivo. Y que eso, por primera vez en años, ya no le parecía solo un pecado. Días después, el 10 de abril de 2026, el teléfono fijo de Carmen sonó en la cocina mientras ella planchaba una blusa de algodón blanco. Llevaba un vestido camisero azul marino de manga corta, abotonado hasta el cuello, con cinturón fino que marcaba su cintura ancha y acentuaba la curva descomunal de sus caderas. Debajo, sujetador de satén beige de copa entera —de los que sujetan sin apretar demasiado los 105J—, y braguitas a juego de cintura alta con bordes de encaje suave que se clavaban ligeramente en la carne blanda del vientre. En los pies, unas zapatillas de casa de felpa rosa palo, planas, porque estaba sola y no había motivo para sufrir. Miró la pantalla: número desconocido, pero el prefijo era el de la clínica. Dudó tres tonos antes de descolgar. —¿Diga? —Tía Carmen… soy Álvaro. La voz le salió baja, casi un susurro, como si estuviera hablando desde un sitio donde nadie pudiera oírle. Ella se quedó quieta, con la plancha suspendida en el aire. El vapor subió en silencio. —Álvaro? ¿Pasa algo? ¿La revisión…? —No, no. Todo bien con eso. Solo… quería saber cómo estás. Después de la última vez. Te fuiste muy… alterada. Preocupado por ti. Carmen apagó la plancha y se sentó en la silla de la cocina. Cruzó las piernas; el vestido se subió un poco por los muslos pálidos. —Estoy… bien. Mejor. Gracias por llamar. No hacía falta. Hubo un silencio largo. Se oía el tráfico lejano al otro lado de la línea. —Te vi muy guapa aquel día —dijo él de repente, sin preámbulos—. Muy atractiva. Sexy. De verdad. El pelo suelto, los tacones tan altos, las medias de rejilla… No pude evitar notarlo. Aunque intentara ser solo el médico. Carmen sintió que el calor le subía desde el pecho hasta las orejas. Se llevó una mano al cuello, como si quisiera tapar el rubor. —Álvaro… no digas eso. Por favor. —Es la verdad. Llevo semanas pensando en ello. En ti. En cómo te veías en la camilla, con la bata abierta, los pechos desbordándose, las medias tensas en los muslos, los stilettos apuntando al techo… Me encantó verte así. Desnuda, vulnerable, pero tan… mujer. Siempre te he deseado en secreto, tía. Desde hace años. No como sobrino. Como hombre. Y cuando me confesaste aquello… que querías saber si tu vagina seguía funcionando… no pude dejar de imaginarlo. De imaginarme dentro de ti. Ella soltó un jadeo corto, ahogado. Cerró los ojos. —No… no puedes decirme esto. Eres mi sobrino. Esto está mal. Muy mal. —Lo sé. Pero también sé que tú lo sentiste. Que mi mano dentro de ti te hizo corrernos sin querer. Y que desde entonces piensas en ello. En un pene de verdad. En el mío. Dime que no. Dime que me equivoco y cuelgo ahora mismo. Carmen no colgó. Solo respiró fuerte por la nariz. Las piernas le temblaban bajo la mesa. —No… no me equivoco —susurró él—. Si sigues deseándolo… estoy dispuesto. Quiero hacerlo. Quiero penetrarte. Sentir cómo me aprietas por dentro. Ver cómo te corres de verdad, no solo por dedos enguantados. Pero solo si tú quieres. Sin presiones. Sin que sea por lástima o por necesidad médica. Porque los dos lo deseamos. Silencio otra vez. Carmen se mordió el labio inferior hasta que dolió. —¿Y si digo que sí? —preguntó al fin, con voz tan baja que casi no se oía—. ¿Qué pasaría? —Vendría a tu casa. O irías tú a un sitio discreto. Lo que prefieras. Pero querría que vinieras vestida como aquel día. Con lencería bonita. Negro, rojo, lo que te haga sentir deseada. Con medias. Y tacones. Siempre tacones muy altos. Cuanto más altos mejor. Me excita verte caminar con ellos, tambaleante, con las caderas moviéndose, los pechos balanceándose. Quiero verte quitártelo todo despacio, menos los tacones. Quiero follarte con ellos puestos, clavándose en la alfombra o en las sábanas mientras te abro las piernas. Carmen soltó un gemido involuntario, corto y reprimido. Se llevó la mano libre entre los muslos, por encima del vestido, solo presionando. —Dios mío… Álvaro… esto es pecado. Es incesto. Si alguien se entera… —Nadie se va a enterar. Somos adultos. Tú viuda, yo soltero. Nadie tiene por qué saberlo. Y si te da vergüenza… podemos ir despacio. Empezar hablando. Tocándonos poco a poco. Besándonos. Que veas que no soy solo tu sobrino pequeño. Que soy un hombre que te desea desde hace mucho tiempo. Ella se levantó despacio. Caminó hasta el espejo del pasillo. Se miró: el vestido camisero arrugado en la cintura, el pelo suelto cayéndole sobre los hombros, los pezones endurecidos marcándose bajo la tela fina del sujetador y la tela del vestido. —¿Cuándo? —preguntó, casi sin voz. —Cuando tú digas. Mañana. Pasado. El fin de semana. Pero avísame con tiempo para que pueda comprarte algo si quieres.
Unos tacones nuevos. De 13, 14 cm. De charol negro, o de piel roja. Lo que te ponga más cachonda. Carmen se apoyó en la pared. Sintió cómo la braguita se humedecía entre las piernas, el algodón absorbiendo el flujo repentino. —No sé… no sé si podré mirarte a la cara después. Me da tanto miedo. Tanta vergüenza. —Lo entiendo. Por eso no te presiono. Piensa en ello. Si quieres, mándame un mensaje mañana. Solo un “sí” o un “no”. O nada. Y si es no, nunca más hablamos de esto. Seguiremos siendo tía y sobrino. Punto. Ella asintió aunque él no pudiera verla. —Vale… lo pensaré. —Cuídate, Carmen. Y… gracias por no colgarme. Colgaron.
Carmen se quedó mirando el teléfono en la mano durante minutos. Luego fue al dormitorio. Abrió el armario y sacó la caja de zapatos del fondo: los stilettos de ante negro de 12 cm que había llevado a la revisión. Se los puso, descalza sobre la moqueta. Caminó hasta el espejo de cuerpo entero. Se desabotonó dos botones del vestido, dejó que se abriera hasta mostrar el encaje beige del sujetador. Se miró los pechos pesados, los muslos marcados por la presión de las braguitas, los tacones elevándola, obligándola a arquear la espalda. Se tocó un pezón por encima de la tela. Luego bajó la mano, se levantó el vestido y metió los dedos bajo la braguita. Estaba empapada. Los labios mayores hinchados, el clítoris duro y sensible. Se frotó despacio, pensando en la voz de Álvaro, en sus palabras, en la idea de esos tacones nuevos, más altos, clavándose mientras él la penetraba. No llegó al orgasmo. Se detuvo antes. Se quitó los zapatos con manos temblorosas y se sentó en la cama. El móvil vibró en la mesilla. Un mensaje de número desconocido. “Si dices sí, el viernes por la tarde estoy libre. Puedo llevar condones, lubricante, todo lo que necesites. Y… he visto unos tacones de plataforma y aguja de 14 cm en charol negro. Te quedarían perfectos con medias de costura trasera. Piensa en ello.” Carmen no contestó. Pero no borró el mensaje. Se tumbó en la cama, con el vestido todavía puesto, los pechos subiendo y bajando con respiraciones rápidas, y por primera vez en años dejó que la mano volviera entre las piernas sin detenerse. Cerró los ojos y se imaginó los tacones de 14 cm, el charol brillando, las medias tensas, y a Álvaro —su sobrino, su médico, su deseo prohibido— empujando dentro de ella mientras los tacones se clavaban en su espalda. Días después, el 28 de abril de 2026, Carmen entró en la zapatería de siempre, esa pequeña boutique de barrio con escaparate antiguo y olor a cuero nuevo mezclado con perfume barato de clientas mayores. Llevaba un trench beige ligero por encima de un vestido negro ajustado de punto fino, de manga tres cuartos y escote en V moderado que dejaba ver el inicio del sujetador push-up de encaje burdeos que se había comprado online la semana pasada. El vestido le llegaba justo por encima de la rodilla, ceñido en la cintura y con una abertura discreta atrás que permitía caminar sin problemas. Debajo, braguitas de encaje burdeos a juego, de cintura alta pero con transparencias en los laterales que dejaban ver la piel pálida y suave de las caderas. Medias de nylon color carne, 15 deniers, sin costura visible. En los pies, unos salones negros de charol de 8 cm que ya le dolían un poco en los dedos por la caminata desde el autobús. El móvil vibró en su bolso cuando ya estaba dentro, entre estanterías repletas de tacones y sandalias. Era un mensaje de Álvaro: “¿Ya estás en la zapatería? Avísame cuando quieras que te vea.” Carmen se metió en el probador más grande del fondo —el que tenía espejo de cuerpo entero y cortina gruesa— y cerró la cortina con manos temblorosas. Se sentó en el banquito acolchado, respiró hondo y marcó videollamada. Álvaro contestó al segundo tono. Apareció en pantalla con la bata blanca todavía puesta, sentado en su despacho de la clínica, la luz fría del fluorescente cayéndole sobre la cara. —Hola, tía… —dijo con voz baja, casi ronca—. ¿Ya estás ahí? Carmen giró la cámara para mostrarle el probador vacío y luego se enfocó a sí misma. Se había soltado el pelo; ondas morenas caían sobre los hombros y el pecho, rozando el encaje burdeos que se transparentaba bajo el vestido. —Hola… Sí. Estoy nerviosa. Mucho. —Bajó la voz hasta que fue casi un susurro—. He venido porque… porque no paro de pensar en lo que me dijiste. En los tacones. En que te gustaría verme con ellos puestos. Y… he decidido probar. Pero me siento muy rara, Álvaro. Excitada todo el día. Me mojo solo de pensarlo. Y al mismo tiempo tengo miedo. Miedo de que esto sea un error, de que me arrepienta, de que me veas como… como una cualquiera. Nunca me he comportado así. En toda mi vida. Con mi marido era siempre lo mismo: luces apagadas, camisón largo, nada de hablar. Y ahora… ahora quiero que me veas elegir zapatos para ti. Para que me folles con ellos puestos. Y me da pánico. Pero también ganas. Muchas ganas. Álvaro se inclinó hacia la cámara. Sus ojos se oscurecieron un poco. —No eres una cualquiera, Carmen. Eres una mujer preciosa que lleva años reprimiéndose. Y yo… yo solo quiero verte disfrutar. Sin prisas. Sin hacerte daño. Dime qué tienes ahí. Ella se levantó despacio. El vestido se arrugó en las caderas. Apoyó el móvil en el espejo, inclinado para que él viera todo su cuerpo desde los hombros hasta los pies. —Voy a probar varios. Tú me dices cuáles te gustan más. Los que quieras que me ponga… cuando vengas. Primero sacó unas sandalias de tacón alto: tiras finas de cuero negro, plataforma de 3 cm delante y aguja de 13 cm. Se las puso despacio, quitándose los salones de charol con un suspiro de alivio. Los dedos gordos quedaron liberados; las uñas pintadas de rojo oscuro brillaron bajo la luz tenue. Se puso de pie, dio dos pasos cortos dentro del probador. Las tiras se clavaron un poco en el empeine, pero el arco del pie se elevó de forma espectacular, obligándola a arquear la espalda y empujar los pechos hacia delante. —¿Qué te parecen estas? —preguntó, girando un poco para mostrar el perfil. Álvaro tragó saliva audiblemente. —Joder… perfectas. El tobillo se ve tan fino… y cómo te estira la pantorrilla. Me encantan. Pero quiero ver más. Carmen se sonrojó hasta el cuello. Se quitó las sandalias y probó las siguientes: unos stilettos de charol rojo intenso, punta muy afilada, 14 cm sin plataforma. Se los puso con cuidado; el zapato le apretaba los dedos, pero el brillo del charol reflejaba la luz y hacía que sus piernas parecieran interminables. Caminó hacia el espejo, taconeando fuerte. El sonido resonó en el probador pequeño. Los pechos se balancearon con cada paso, el encaje burdeos moviéndose bajo la tela fina del vestido. —Estas… estas duelen un poco —confesó, mordiéndose el labio—. Pero me hacen sentir… alta. Deseada. Como si fuera otra. —Son brutales —dijo él—. El rojo contra tu piel pálida… y cómo te obligan a mover las caderas. Quiero verte con esas puestas. Nada más. Solo las sandalias rojas y las medias. Carmen se sentó de nuevo, jadeando un poco por el esfuerzo de caminar con 14 cm. Se levantó el vestido hasta medio muslo para mostrarle la costura trasera de las medias, recta y perfecta. —Álvaro… —susurró, mirando directamente a la cámara—. Quiero que vengas. Quiero que me hagas lo que quieras. Pero… trátame bien. Por favor. Aunque parezca una puta con estos tacones y esta lencería… no lo soy. Soy solo una mujer asustada que lleva demasiado tiempo sola. No me hagas daño. No me humilles. Solo… fóllame despacio al principio. Bésame. Tócame como si me quisieras. Y después… después haz lo que te apetezca. Pero con cuidado. Él respiró hondo, visiblemente excitado. —No te voy a hacer daño, Carmen. Te lo juro. Voy a besarte todo el cuerpo. Voy a lamerte los pezones hasta que supliques. Voy a abrirte las piernas con cuidado, voy a entrar despacio para que sientas cada centímetro. Y cuando estés lista, te follaré fuerte, con esos tacones clavándose en mi espalda. Pero siempre pararé si me lo pides. Siempre. Carmen cerró los ojos un segundo. Sintió cómo la braguita se empapaba más; el encaje burdeos se pegó a los labios mayores hinchados. —Entonces… estas —dijo, señalando los stilettos rojos de 14 cm—. Y también las sandalias negras de tiras. Quiero tener opciones. Para ti. Álvaro sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. —Perfecto. Cómpralas. Y el viernes por la tarde… voy a tu casa. Llevaré condones, lubricante, y algo para atarte las muñecas si algún día quieres probarlo. Pero hoy solo quiero verte llegar a casa con esos tacones nuevos, quitarte el vestido despacio delante del espejo y tocarte pensando en mí. ¿Lo harás? Ella asintió, con la voz temblorosa. —Sí… lo haré. Pagó en caja con las manos temblando, metió las dos cajas en una bolsa grande y salió de la zapatería con los stilettos rojos puestos. Cada paso era un recordatorio: el dolor dulce en los dedos, el balanceo de las caderas, el roce del encaje húmedo contra el clítoris hinchado. En el autobús se sentó con las piernas muy juntas, la bolsa en el regazo, y durante todo el trayecto no dejó de imaginar los dedos de Álvaro reemplazando los suyos, su boca en sus pechos pesados, su pene grueso abriéndola despacio mientras los tacones rojos de 14 cm se clavaban en las sábanas. Por primera vez, el miedo se mezclaba con algo más fuerte: anticipación. Y ganas reales de dejarse llevar. El viernes 1 de mayo de 2026 por la tarde, el móvil de Carmen vibró sobre la mesita del salón mientras ella terminaba de planchar la funda del sofá. Llevaba un albornoz blanco de algodón grueso, atado flojo a la cintura, porque acababa de ducharse. Debajo, nada: la piel todavía húmeda y caliente, los pechos pesados colgando libres con los pezones grandes y oscuros endurecidos por el roce de la toalla, el vello púbico negro y espeso —sin depilar desde hacía semanas— rozando el interior de los muslos cada vez que se movía. El pelo moreno, húmedo, le caía en mechones pesados sobre los hombros y la espalda. Miró la pantalla: Álvaro. Respiró hondo tres veces antes de contestar, con voz baja y temblorosa. —¿Diga? —Carmen… soy yo. —Su voz salió calmada, pero con un matiz ronco que ella ya reconocía—. ¿Estás sola? —Sí… sí, estoy sola. —Se sentó en el sofá, cruzando las piernas con cuidado para que el albornoz no se abriera del todo—. ¿Qué pasa? —He estado pensando en lo del viernes. En venir a tu casa. Y… quiero pedirte algo concreto para cuando llegue. —Hizo una pausa corta—. Quiero que me recibas en ropa interior. Solo lencería, medias con liguero y los tacones rojos de charol que compraste el otro día. Los de 14 cm. Nada más. Quiero verte así cuando abra la puerta: pechos en el sujetador, braguitas, liguero tensando las medias, y esos tacones clavándose en el suelo de parqué mientras caminas hacia mí. Carmen soltó un jadeo corto, casi inaudible. Se llevó la mano libre al pecho, presionando el albornoz contra los pezones que se endurecían más solo de oírlo. —Álvaro… eso es… mucho. Para la primera vez. —Lo sé. Por eso te pregunto. —Su tono se suavizó—. Después de tomar una copa juntos en el salón. Sentados en el sofá, yo con camisa y pantalón, tú así vestida. Quiero verte moverte por la casa con esos tacones altos, oír el clic-clac, ver cómo los pechos se balancean con cada paso, cómo el liguero tira de las medias cada vez que cruzas las piernas. Quiero charlar un rato, tomar un vino o un whisky, mirarte sin prisa. Solo verte. Tocarte quizás después, si los dos queremos. Pero si te parece excesivo, si te da demasiado miedo o vergüenza estar casi desnuda desde el minuto uno… dímelo. Puedo llegar y que estés vestida normal. Empezamos despacio. Besos. Caricias con ropa. Lo que necesites. Ella se mordió el labio inferior hasta que sintió el sabor metálico. Cerró los ojos. Imaginó la escena: abrir la puerta con el sujetador burdeos push-up que elevaba los pechos hasta casi desbordar las copas, las braguitas a juego empapadas ya antes de que él entrara, las medias negras de costura trasera —las había comprado esa misma semana en la tienda de lencería fina—, el liguero negro de cuatro tirantes por pierna tensando la carne suave de los muslos, y los stilettos rojos de charol brillante, punta afilada, obligándola a caminar con las caderas adelantadas, los tobillos tensos, el culo ligeramente elevado. El clítoris le palpitó bajo el vello espeso; sintió un hilillo caliente deslizarse entre los labios mayores. —No sé… —susurró—. Me da mucha vergüenza. Muchísima. Imaginarme abriendo la puerta así… casi desnuda, con tacones, para mi sobrino… es como si estuviera interpretando un papel de… de puta cara. Y yo no soy eso. Nunca lo he sido. —No eres una puta, Carmen. Eres una mujer que quiere sentirse deseada. Y yo te deseo así. Vestida para mí. Vulnerable, pero poderosa con esos tacones. —Bajó la voz aún más—. Pero si prefieres que entre y te quite la ropa poco a poco, en el salón, con la luz baja… también me excita. Mucho. Puedo desabotonarte la blusa despacio, bajarte la falda, desabrochar el sujetador mientras te beso el cuello. Quitarte las braguitas ya mojadas y verte solo con medias y tacones. Lo que tú necesites para no sentirte mal. Carmen se levantó. Caminó hasta el espejo del pasillo, dejando que el albornoz se abriera un poco. Los pechos se balancearon libres; los pezones grandes, casi del tamaño de una moneda de dos euros, apuntaban hacia delante. Bajó la mirada a sus pies descalzos. —Quiero… quiero intentarlo —dijo al fin, con voz ronca—. Recibirte así. En lencería, medias con liguero y los tacones rojos. Pero… prométeme que no te reirás si tiemblo. Si me pongo roja. Si me tapo los pechos con los brazos al principio. Prométeme que iremos despacio. Que la copa será larga. Que me mirarás a los ojos cuando hables conmigo, no solo al cuerpo. Y que si en algún momento digo “para”, paras. —Te lo prometo todo —respondió él sin dudar—. Nada de risas. Nada de prisas. Solo yo mirándote como la mujer preciosa que eres. Tomaremos la copa sentados cerca, pero sin tocarnos hasta que tú des el primer paso. O hasta que yo te pregunte si puedo besarte el cuello, o acariciar un muslo por encima de la media. Lo que tú quieras. Ella asintió aunque él no pudiera verla. Sintió cómo la humedad se extendía por la cara interna de los muslos. —Entonces… sí. Ven a las ocho. Trae el vino que quieras. Yo… yo me prepararé. Me pondré el sujetador burdeos que te enseñé en la videollamada, las braguitas a juego, las medias negras con costura y liguero, y los tacones rojos. Nada más. —Hizo una pausa, tragando saliva—. Y cuando abras la puerta… me verás así. Caminando hacia ti. Con los pechos temblando. Con miedo. Pero también con ganas. Álvaro soltó un suspiro largo, cargado. —Joder, Carmen… no sabes lo que me estás haciendo. Estaré ahí a las ocho en punto. Y gracias por confiar en mí. Colgaron. Carmen se quedó mirando su reflejo un rato largo. Luego fue al dormitorio. Abrió el cajón de la lencería y sacó el conjunto burdeos: sujetador de media copa con transparencias en los laterales, que dejaba ver el borde oscuro de las areolas; braguitas altas de encaje con un pequeño lazo de satén en el centro, pero con la entrepierna fina y ya húmeda solo de pensarlo. Se puso las medias negras de 20 deniers con costura trasera perfecta, el liguero negro satinado que se abrochaba con clips metálicos fríos contra la piel. Finalmente, los stilettos rojos de charol: se los calzó despacio, sintiendo cómo los dedos se comprimían, el arco del pie se arqueaba dolorosamente, y la postura la obligaba a empujar el culo hacia atrás y los pechos hacia delante. Caminó por el salón con ellos puestos. Clic-clac. Clic-clac. Los pechos se balanceaban pesados con cada paso; el encaje del sujetador rozaba los pezones sensibles. Se detuvo frente al espejo grande del salón, se miró de perfil: las caderas anchas, el vientre suave con una ligera curva maternal, los muslos gruesos tensados por las medias, el liguero dibujando líneas perfectas, los tacones elevándola casi 14 cm por encima de su estatura habitual. Se tocó un pezón por encima del encaje. Luego bajó la mano y presionó la palma contra el monte de Venus, sintiendo el calor y la humedad a través del encaje fino. Se sentó en el sofá con las piernas cruzadas —el tacón colgando, balanceándose—, y esperó las ocho. El corazón le latía tan fuerte que lo sentía en la garganta, en los pechos, entre las piernas. Cuando sonó el timbre a las ocho en punto, se levantó despacio. Los tacones resonaron por el pasillo. Abrió la puerta solo una rendija al principio, tapándose los pechos con un brazo cruzado. Álvaro estaba allí, con una botella de Rioja en una mano y una bolsa pequeña en la otra. La miró de arriba abajo sin disimulo, pero con una sonrisa suave, no depredadora. —Estás… impresionante —dijo en voz baja—. ¿Puedo pasar? Carmen abrió la puerta del todo. Dio un paso atrás, tambaleante sobre los 14 cm, los pechos temblando bajo el sujetador burdeos. —Pasa… y cierra. —Su voz salió entrecortada—. Vamos al salón. Te… te sirvo la copa. Caminó delante de él, sintiendo sus ojos clavados en la costura trasera de las medias, en el movimiento de sus caderas forzadas por los tacones, en el balanceo de los glúteos apenas cubiertos por el encaje. Se sentía expuesta, vulnerable, pero también poderosa. Por primera vez en años, su cuerpo no era solo un instrumento de vergüenza: era algo que alguien deseaba con hambre. Y eso, más que nada, la aterrorizaba… y la excitaba hasta el punto de que tuvo que apretar los muslos para no gemir. Álvaro cerró la puerta tras de sí con un clic suave y dejó la botella de Rioja sobre la mesita baja del salón. La luz de la lámpara de pie era tenue, amarillenta, proyectando sombras largas sobre el sofá de tres plazas donde Carmen ya se había sentado. Cruzó las piernas con cuidado, la derecha sobre la izquierda, de modo que el tacón rojo de charol de 14 cm colgaba en el aire, balanceándose ligeramente con el movimiento nervioso de su pie. El sonido del metal del tacón rozando el tacón del otro zapato era casi inaudible, pero en el silencio del salón parecía amplificarse. Él se acercó despacio, se sentó a su lado —no pegado, dejando un palmo de distancia— y sirvió dos copas de vino tinto con manos firmes. Le tendió una a ella; Carmen la tomó con dedos temblorosos, el cristal frío contra la palma caliente. —Tita, estás preciosa —dijo él en voz baja, mirándola directamente a los ojos antes de bajar la vista a sus piernas. Extendió la mano derecha y la posó con suavidad sobre la rodilla de la pierna cruzada, justo donde la media negra de costura trasera se tensaba contra la piel pálida. Deslizó los dedos despacio hacia abajo, siguiendo la línea recta de la costura hasta el tobillo, donde el liguero tiraba con cuatro clips metálicos que se clavaban ligeramente en la carne blanda. Luego subió de nuevo, deteniéndose en la pantorrilla tensa por la postura elevada del tacón. Con el pulgar rozó el borde del zapato rojo, el charol brillante reflejando la luz de la lámpara, y después acarició el tacón mismo: largo, fino, afilado como una daga, aún caliente por el roce con la moqueta. Carmen soltó un suspiro corto, entrecortado. El vino tembló en la copa. —¿Alguna vez te habían besado los pies? —preguntó él, sin dejar de acariciar el arco del pie elevado, sintiendo cómo los dedos se encogían dentro del zapato apretado. Ella negó con la cabeza despacio, los mechones morenos cayéndole sobre el pecho. Los pechos, elevados por el sujetador burdeos de media copa, subían y bajaban con respiraciones rápidas; las areolas grandes, de un marrón oscuro casi negro, se transparentaban apenas por los bordes de encaje. —No… nunca. Mi marido… no era de esas cosas. Siempre fue muy… directo. Luces apagadas, camisón puesto. Nada de… juegos. Álvaro asintió, comprensivo. Bajó la mano hasta el tacón colgante y lo sostuvo con delicadeza, como si fuera una pieza frágil. —¿Y le gustaba hacerte el amor con los tacones puestos? Carmen se sonrojó hasta las orejas. Bebió un sorbo largo de vino antes de contestar. —Una vez… solo una. Fue nuestro aniversario, hace… quince años. Me pidió que me dejara los zapatos de tacón que llevaba en la cena. Zapatos de salón negros, de 9 cm. No me los quité. Me penetró así, de pie contra la pared del dormitorio. Fue… raro. Me dolían los pies, pero él decía que le excitaba verme tan alta, tan… elegante. Después nunca más lo mencionó. Yo tampoco. Él sonrió apenas, una sonrisa lenta y cálida. Siguió acariciando el tacón, subiendo ahora por la suela hasta rozar la planta del pie a través del charol. —¿Y tú? ¿Te gustó? Ella dudó. Bajó la mirada a su propia pierna, viendo cómo los dedos de Álvaro trazaban círculos pequeños sobre el empeine. —Me… me sentí deseada. Pero también incómoda. No sabía si era decente. Me daba vergüenza que él me viera así, con los tacones clavándose en la alfombra mientras me embestía. Pero… sí. Me gustó un poco. El dolor en los pies se mezclaba con… con lo otro. Álvaro dejó la copa en la mesita y se inclinó un poco más cerca, sin invadirla del todo. —Cuéntame más de tu experiencia sexual, Carmen. ¿Cuántas veces al año lo hacíais? ¿Te corriste siempre con penetración? ¿O alguna vez con la boca? ¿Te masturbabas cuando estabas sola? Ella cerró los ojos un instante, como si le costara recordar o como si le doliera admitirlo. —Con mi marido… dos, tres veces al mes. Siempre vaginal. Él encima, o yo a cuatro patas. Nunca oral. Decía que era… sucio. Yo tampoco lo pedí. Y sola… muy poco. Alguna vez en la ducha, frotándome con la mano por encima del jabón. Pero nunca llegaba al final. Me sentía culpable. Paraba antes. —¿Fantasías? —preguntó él, bajando la voz—. ¿Alguna vez imaginaste algo diferente? ¿Que te ataran? ¿Que te miraran mientras te tocabas? ¿Que alguien te follara con tacones altos puestos? Carmen abrió los ojos. Las pupilas dilatadas por el vino y los nervios. —Alguna vez… sí. Imaginé que un hombre me besaba los pies. Que me lamía los tobillos mientras yo llevaba tacones. Que me abría las piernas con cuidado y entraba despacio, mirándome a los ojos. Pero nunca lo dije en voz alta. Me daba miedo que mi marido pensara que era… pervertida. Álvaro respiró hondo. Su mano subió ahora por el muslo, deteniéndose justo en el borde del liguero, donde la piel se arrugaba ligeramente por la presión de los clips. —¿Y qué te parece que yo te desee tanto? Siendo tu sobrino. Que lleve años fantaseando contigo. Que me excitara verte desnuda en la consulta, con los pechos desbordándose, las medias tensas, los tacones apuntando al techo. Que me haya corrido después pensando en cómo te contrajiste alrededor de mis dedos enguantados. En cómo tuviste ese primer orgasmo involuntario durante la exploración. No eres la única, ¿sabes? A muchas mujeres les pasa. El cuerpo reacciona al tacto directo después de años sin estimulación. Es fisiológico. Pero en ti… en ti fue precioso. Ver cómo te temblaban los muslos, cómo se te mojaba más de golpe, cómo soltaste ese gemido corto que intentaste ahogar. Carmen soltó un sollozo ahogado, mitad vergüenza, mitad excitación. Bajó la pierna cruzada y las abrió un poco, solo lo suficiente para que él viera el encaje burdeos empapado entre los muslos gruesos. —Me… me da terror —susurró—. Que seas tú. Que me mires así. Que me toques así. Pero… también me excita. Mucho. Nadie me había mirado nunca como tú me miras ahora. Nadie me había dicho que soy preciosa con tacones puestos, con lencería, con los pechos temblando. Y… quiero saber cómo se siente que me desees de verdad. Que me penetres sabiendo quién soy. Que me hagas correrme de nuevo, pero esta vez no por accidente. Esta vez porque tú lo quieres. Álvaro se inclinó más. Su mano subió hasta el interior del muslo, rozando la piel caliente justo por encima de la media. No llegó al encaje húmedo, pero el calor de su palma la hizo jadear. —Entonces déjame besarte los pies ahora —dijo él, con voz ronca—. Déjame quitarte uno de estos tacones rojos y lamerte el empeine. Despacio. Sin prisa. Y después… si quieres, te quito el otro. Y seguimos. Paso a paso. Tú mandas. Carmen asintió despacio, con lágrimas brillando en los ojos. Extendió la pierna derecha hacia él, el tacón rojo colgando como una ofrenda. —Hazlo… por favor. Pero despacio. Y no dejes de mirarme a los ojos.
Álvaro tomó el zapato con ambas manos. Lo sostuvo un segundo, admirando el brillo del charol, la forma afilada de la punta, el arco forzado del pie dentro. Luego, con delicadeza infinita, lo deslizó hacia fuera. Los dedos de Carmen, pintados de rojo oscuro, quedaron liberados; el pie pálido, con venitas azules sutiles, se arqueó instintivamente. Él se inclinó y posó los labios en el empeine, besándolo primero con suavidad, luego lamiendo la piel salada por el sudor nervioso del día. Subió hasta el tobillo, rozando con la lengua el borde de la media negra. Carmen cerró los ojos y soltó un gemido largo, bajo. La copa de vino tembló en su mano izquierda hasta que la dejó en la mesita. Con la mano libre se agarró al respaldo del sofá. —Dios… Álvaro… —susurró—. Nadie… nunca…
Él levantó la vista, sin dejar de besar. —Eres preciosa, tita. Y esto solo es el principio. Le quitó el otro tacón con la misma lentitud. Ahora los dos pies descalzos descansaban en su regazo, las medias negras tensas, los dedos curvados por la tensión. Los besó uno por uno, lamiendo entre ellos, succionando suavemente el dedo gordo mientras su mano subía de nuevo por el muslo, deteniéndose esta vez en el borde empapado de las braguitas burdeos. Carmen abrió los ojos. Lágrimas corrían por sus mejillas, pero su mirada era clara, hambrienta. —Sigue… por favor. Tócame. Quítame esto. Quiero sentirte dentro. Pero bésame primero. Bésame la boca. Como si fuera una mujer cualquiera. Como si no fueras mi sobrino. Álvaro se incorporó despacio. Se acercó hasta que sus narices casi se tocaron. Le tomó la cara con ambas manos, los pulgares rozando las lágrimas. —Eres mi mujer esta noche —murmuró—. Y voy a besarte hasta que te olvides de todo lo demás. La besó. Primero suave, labios contra labios. Luego más profundo, lengua buscando la suya con hambre contenida.
Carmen respondió al principio con timidez, luego con urgencia, agarrándole la nuca, apretando los pechos contra su pecho mientras gemía dentro de su boca. Cuando se separaron, ambos jadeaban. —Quítame el sujetador —susurró ella—. Quiero que me veas los pechos. Que los toques. Que los chupes. Y después… después fóllame. Con cuidado al principio. Pero no pares hasta que me corra gritando tu nombre.
Álvaro sonrió contra su cuello, besándolo mientras sus manos subían a la espalda y desabrochaban los corchetes del sujetador burdeos con dedos expertos. —Como tú quieras, Carmen. Todo como tú quieras. Álvaro se separó apenas unos centímetros de su boca después del beso profundo, dejando un hilo de saliva brillando entre sus labios. Sus manos seguían en la espalda de Carmen, acabando de desabrochar los últimos corchetes del sujetador burdeos. La prenda se abrió por completo y él la deslizó despacio por los hombros, dejando que cayera al suelo con un susurro de encaje contra la moqueta. Los pechos de Carmen quedaron libres: pesados, redondos, con una ligera caída natural que los hacía balancearse suavemente con cada respiración agitada. Las areolas grandes, de un marrón oscuro casi negro, ocupaban casi la mitad del volumen; los pezones, gruesos y erectos como dedales, apuntaban hacia delante, temblando por el aire fresco y la excitación acumulada.
Él los miró con hambre contenida, pero no los tocó aún. En cambio, se inclinó hacia su oído, rozándole el lóbulo con los labios mientras hablaba en voz baja, ronca. —Tita… tengo que confesarte algo. Soy un gran fetichista. Siempre lo he sido. Y tú… tú eres una fantasía hecha realidad para mí. Siempre me han gustado las maduras. Mujeres como tú: curvas generosas, piel suave pero con marcas de vida, pechos grandes que pesan de verdad, caderas anchas, muslos gruesos que se abren con timidez pero con ganas. No las chicas jóvenes de veinte. No. Las mujeres de verdad, las que saben lo que es esperar, reprimir, y luego explotar. Tú llevas años guardándote todo eso. Y yo… llevo años imaginándote así, casi desnuda, con tacones altos y medias, temblando porque sabes que está mal pero no puedes parar. Carmen soltó un gemido corto, ahogado.
Bajó la mirada a sus propios pechos expuestos, viéndolos subir y bajar con fuerza. Intentó cruzarse de brazos por instinto, pero Álvaro le tomó las muñecas con suavidad y las bajó a los lados. —No te tapes. Déjame verte. Por favor. Ella asintió despacio, con lágrimas frescas brillando en las pestañas. El rubor le cubría el cuello, el pecho, hasta los pezones. —¿Qué… qué vas a hacerme? —preguntó con voz temblorosa, casi infantil. —Primero voy a hacer que te corras. Antes de penetrarte. Quiero que te relajes, que tu cuerpo se abra del todo. Voy a acariciarte el coño despacio. Primero por fuera, sobre las braguitas empapadas, sintiendo cómo se hinchan los labios mayores bajo el encaje. Luego te las bajaré, te abriré las piernas y meteré los dedos dentro. Estimularé tu vagina: las paredes internas, ese punto rugoso que tienes justo arriba, el que te hizo temblar en la consulta. Presionaré tu clítoris con el pulgar, círculos lentos al principio, luego más rápidos. Llegaré hasta el fondo, hasta tocar el cuello del útero con las yemas, ese puntito duro y sensible que casi nadie toca.
Quiero que sientas cómo te lleno con los dedos, cómo te preparo para mi polla. Y mientras, con la otra mano… voy a acrecentar tus pechos. Los masajearé fuerte, los apretaré, pellizcaré los pezones hasta que duela un poco y luego los consolaré con la boca. Chuparé uno mientras froto el otro, alternando. Quiero que te corras así, tita. Gritando. Mojándome la mano entera. Carmen respiró entrecortada, abriendo un poco más las piernas sin darse cuenta. El encaje burdeos de las braguitas estaba oscuro en la entrepierna, pegado a los labios mayores hinchados y al clítoris que asomaba como un botón rojo e inflamado bajo la tela fina. —Y después… —siguió él, bajando la voz aún más—, te tocará a ti hacerme una felación. Quiero sentir tu boca alrededor de mi polla. Despacio al principio. Que me la lamas desde la base hasta la punta, que me chupes los huevos si te atreves, que me mires a los ojos mientras la tienes dentro.
Quiero que me la saques entera de la boca cuando esté a punto de correrme, que la apuntes a tu lengua o a tus pechos… o a tu cara, si te atreves. Y quiero saber qué opinas del semen. ¿Te da asco? ¿Te excita? ¿Lo has probado alguna vez? Dime la verdad. Carmen cerró los ojos un segundo, como si las palabras le quemaran. Cuando los abrió, había una mezcla de vergüenza y curiosidad cruda en su mirada. —Nunca… nunca lo he probado —confesó en un susurro—. Mi marido se corría dentro, o en una toalla. Decía que era… antihigiénico. Yo tampoco lo pedí. Pero… a veces, cuando me masturbaba sola en la ducha, imaginaba que un hombre se corría en mi boca. Que era caliente, espeso, salado. Y me excitaba pensarlo. Pero me daba miedo. Vergüenza. Pensaba que era sucia por imaginarlo. Álvaro sonrió contra su cuello, besándolo despacio mientras su mano bajaba por fin al monte de Venus. Presionó la palma abierta contra el encaje empapado, sintiendo el calor y la humedad que traspasaba la tela. —No eres sucia, tita. Eres una mujer con deseos. Y esta noche vamos a probar todo lo que has reprimido. —Sus dedos se colaron por debajo del borde de las braguitas, rozando el vello negro y espeso que cubría los labios mayores—.
Primero te quito esto. Deslizó las braguitas burdeos despacio por los muslos, ayudándola a levantar las caderas. El encaje quedó enganchado un segundo en los clips del liguero, pero él lo liberó con cuidado. Cuando las braguitas cayeron al suelo, el olor cálido y ácido de su excitación llenó el aire entre ellos: almizclado, femenino, con un toque dulce por la humedad acumulada. Carmen abrió las piernas del todo, apoyando los talones descalzos en el borde del sofá. Los pies, todavía marcados por la presión de los tacones rojos, se arquearon instintivamente. Su coño quedó expuesto: labios mayores gruesos y oscuros, cubiertos de vello negro recortado en una línea fina; labios menores más claros, hinchados y brillantes de fluidos; el clítoris asomando, rojo e inflamado, latiendo visiblemente; la entrada vaginal entreabierta, rosada y húmeda, contrayéndose sola por la anticipación.
Álvaro se arrodilló entre sus piernas, sin quitarse la camisa. Primero besó el interior de los muslos, justo por encima de las medias negras, lamiendo la piel salada. Luego subió hasta el monte de Venus y posó la boca abierta sobre el clítoris, sin succionar aún: solo calor, aliento caliente. Carmen soltó un gemido largo, agarrándole el pelo con ambas manos. —Álvaro… por Dios… despacio… Él obedeció. Metió un dedo despacio en su vagina, sintiendo cómo las paredes calientes y rugosas lo envolvían al instante. Añadió un segundo dedo, curvándolos hacia arriba para rozar el punto G. Con el pulgar dibujó círculos lentos sobre el clítoris, presionando justo lo suficiente para hacerla arquear la espalda. Mientras, con la otra mano subió a un pecho. Lo tomó entero, apretándolo con fuerza para sentir el peso real, luego pellizcó el pezón entre índice y pulgar, tirando suavemente. Carmen jadeó, empujando las caderas contra su mano. —Así… justo así… —susurró ella, con voz rota—. Nadie… nadie me había tocado el útero nunca…
Álvaro empujó más profundo con los dedos, hasta que las yemas rozaron el cérvix: una protuberancia firme y sensible al fondo. Presionó allí con delicadeza, en círculos pequeños, mientras aceleraba el pulgar en el clítoris. Carmen empezó a temblar. Los muslos se tensaron alrededor de su cabeza; los pechos se balancearon con violencia cuando echó la cabeza hacia atrás. —Voy a… voy a correrme… Álvaro… no pares… Él no paró. Chupó el clítoris con fuerza al mismo tiempo que presionaba el cérvix y pellizcaba un pezón. Carmen se contrajo entera: un grito ahogado, las paredes vaginales apretando los dedos con espasmos rítmicos, un chorro caliente de fluidos mojándole la mano y la barbilla. Se corrió fuerte, temblando durante casi veinte segundos, hasta que cayó hacia atrás en el sofá, jadeando, con lágrimas corriendo por las sienes. Álvaro retiró los dedos despacio, brillantes de sus jugos. Se los llevó a la boca y los lamió sin prisa, mirándola a los ojos.
—Preciosa… ahora te toca a ti. ¿Quieres probar mi polla? ¿Quieres saber a qué sabe mi semen? Carmen, todavía temblorosa, se incorporó despacio. Los pechos le colgaban pesados, los pezones rojos e hinchados por los pellizcos. Miró la erección marcada bajo los pantalones de él y asintió, con una mezcla de miedo y deseo crudo. —Quiero… quiero probarlo todo. Pero… bésame primero. Bésame con mi sabor en tu boca. Él se levantó, se acercó y la besó profundamente, dejando que ella probara su propia excitación en su lengua. Carmen gimió dentro del beso, agarrándole la camisa con manos torpes. Cuando se separaron, ella bajó la mirada a su entrepierna. —Quítatelo… quiero verte. Quiero tocarte. Y… sí. Quiero que te corras en mi boca. Quiero tragarlo. Aunque me dé vergüenza. Quiero saber cómo se siente. Álvaro se desabrochó el cinturón despacio, mirándola sin pestañear. —Entonces ven aquí, tita. De rodillas. Con las medias y el liguero puestos. Y los tacones rojos al lado, para que los veas mientras me la chupas.
Vamos a hacer que esta noche sea inolvidable para los dos. Carmen se arrodilló despacio sobre la moqueta del salón, con las rodillas separadas y los talones elevados porque aún llevaba puestas las medias negras de costura trasera y el liguero tenso. Los tacones rojos de charol de 14 cm estaban tirados a un lado, uno volcado con la suela hacia arriba mostrando la marca de uso reciente en la planta, el otro derecho con el interior todavía cálido por el pie sudoroso de ella. Sus pechos pesados colgaban libres, balanceándose con cada movimiento torpe; los pezones grandes y oscuros, todavía hinchados y sensibles por los pellizcos anteriores, rozaban el aire fresco y se endurecían más.
El vello púbico negro y espeso brillaba húmedo entre los muslos abiertos; los labios mayores gruesos y oscuros seguían abiertos por el orgasmo reciente, dejando ver el interior rosado y brillante de fluidos. Álvaro se había quitado los pantalones y los bóxers; su polla estaba completamente erecta, gruesa, venosa, con el glande hinchado y brillante de precum. Medía unos 18 cm, circuncidado, con una curva ligera hacia arriba y una base ancha que hacía que las venas se marcaran como cuerdas bajo la piel. Se sentó en el borde del sofá, con las piernas abiertas, y la miró desde arriba con una mezcla de ternura y hambre cruda. —Ven, tita… despacio —murmuró, agarrándose la base con una mano para guiarla—.
Solo la punta primero. No tienes que hacer nada que no quieras. Carmen se acercó gateando un poco, las medias rozando la moqueta con un susurro áspero. Tomó la polla con la mano derecha, temblorosa; la piel estaba caliente, suave pero firme, y el olor masculino fuerte —sudor limpio, jabón y excitación— le llegó de golpe. Cerró los ojos un segundo, respiró hondo y abrió la boca. Primero solo lamió la punta: lengua plana sobre el frenillo, saboreando el precum salado y ligeramente amargo. Álvaro soltó un gemido bajo. —Así… joder, qué bien… Ella ganó confianza. Abrió más la boca y metió la punta entera, succionando suavemente. La cabeza le llenaba la boca; notó cómo el glande rozaba el paladar. Bajó un poco más, hasta la mitad, sintiendo cómo la polla le presionaba la lengua y los carrillos. Intentó bajar más profundo, pero al llegar a los 10 cm sintió la garganta cerrarse. Un espasmo involuntario le subió desde el estómago; arcadas fuertes, secas, que le hicieron lagrimear al instante. Sacó la polla con un jadeo húmedo, saliva colgando en hilos gruesos desde sus labios a la punta. —Lo… lo siento… —susurró, con la voz ronca y los ojos rojos—. No estoy acostumbrada… nunca lo hice así… profundo.
Álvaro le acarició la mejilla con el pulgar, limpiándole una lágrima. —Eres preciosa, tita. Mírate: de rodillas, con las tetas colgando, la boca brillante de saliva… Eres una zorra maravillosa. Mi zorra maravillosa. La palabra “zorra” cayó como un latigazo. Carmen se quedó quieta, con la polla todavía cerca de los labios. Los ojos se le abrieron más; un destello de miedo cruzó su mirada, mezclado con algo más oscuro, más caliente. Se mordió el labio inferior, temblando. —No… no me digas eso… —susurró, pero su voz salió débil, entrecortada—. Me asusta. Me hace sentir… sucia. Pero… al mismo tiempo… me gusta. Dios, Álvaro, ¿qué me estás haciendo? Él sonrió suave, sin burla. Le tomó la nuca con una mano y la guio de nuevo hacia su polla, pero sin forzar. —No eres sucia. Eres mía esta noche. Y me encanta verte así: luchando por metérmela entera, con arcadas, con lágrimas… porque lo estás haciendo por mí. Por deseo. Sigue. Respira por la nariz. Relaja la garganta.
Carmen asintió despacio. Volvió a abrir la boca, esta vez más decidida. Metió la polla hasta donde pudo: 12 cm, luego 13. Las arcadas volvieron, más fuertes; el estómago se le contrajo, los ojos se le llenaron de lágrimas que rodaron por las mejillas. Pero no se retiró. Bajó más, hasta que la nariz rozó el vello púbico de él y la garganta se cerró alrededor del glande. Tosió, escupió saliva que le chorreó por la barbilla y cayó en gotas gruesas sobre sus pechos. Sacó la polla con un gemido ahogado, jadeando. —Joder… duele… pero… quiero seguir…
Álvaro respiraba pesado. Miró los tacones rojos tirados a un lado y extendió la mano hacia uno: el derecho, con la suela ligeramente desgastada y el interior marcado por la forma del pie de Carmen. Lo levantó, acercó la nariz al interior y aspiró profundo. El olor era intenso: cuero nuevo mezclado con sudor femenino, piel caliente, un toque ácido de excitación que se había filtrado por las medias y el pie durante la espera. Cerró los ojos un segundo, inhalando como si fuera un perfume caro. —Huele a ti… a tu pie sudado dentro del charol… me vuelve loco —murmuró, con la voz ronca—. Sigue chupándomela, tita. Mientras yo huelo tu zapato.
Quiero olerlo todo el rato que me la estés comiendo. Carmen lo miró, con la boca abierta y brillante, saliva goteando por la barbilla. El miedo seguía allí, pero ahora estaba envuelto en una excitación salvaje que le hacía temblar los muslos. Se inclinó de nuevo, tomó la polla con ambas manos —una en la base, la otra en los huevos pesados y calientes— y se la metió hasta el fondo. Arcadas otra vez, más violentas; el cuerpo se le sacudió, pero mantuvo la posición. La garganta se contrajo alrededor de él en espasmos involuntarios que lo masajeaban sin querer. Álvaro gruñó, apretando el zapato contra su nariz, inhalando fuerte mientras la otra mano le agarraba el pelo y la mantenía ahí unos segundos más. —Así… joder, qué zorra tan buena… mi tía preciosa… con la garganta llena de mi polla…
Carmen gimió alrededor de la carne, un sonido ahogado y húmedo. Las lágrimas le corrían por las mejillas, mezclándose con la saliva que le chorreaba por el cuello y caía en gotas sobre los pechos. Sacó la polla un momento para respirar, tosiendo, pero volvió a meterla inmediatamente, más profunda, más desesperada. El sonido era obsceno: glup-glup-glup cada vez que bajaba, arcadas secas que le hacían temblar los hombros. Álvaro soltó el zapato un segundo, lo dejó caer al suelo y le acarició la mejilla con el dorso de la mano. —Estás haciéndolo perfecto… no pares… cuando esté a punto, te aviso. Quiero correrme en tu boca. Quiero que lo pruebes todo. Que lo tragues si puedes. ¿Quieres? Carmen levantó la vista, con los ojos rojos, la boca hinchada y brillante, saliva colgando en hilos. Asintió despacio, sin sacar la polla. —S-sí… quiero… quiero tragarlo… aunque me dé asco… quiero saber a qué sabe… tu semen… dentro de mí…
Él volvió a tomar el zapato, lo acercó a su nariz otra vez y aspiró profundo mientras empujaba las caderas ligeramente hacia delante, follándole la boca con movimientos cortos y controlados. Carmen se dejó llevar: arcadas, lágrimas, saliva, pero también un gemido ronco de placer cada vez que sentía la polla palpitar en su garganta. El salón olía a sexo: sudor, saliva, cuero caliente, excitación femenina y el perfume sutil del charol rojo que Álvaro seguía oliendo como un adicto mientras su tía —su madura, tradicional, reprimida tía— se esforzaba por tragarse su polla hasta el fondo, temblando de vergüenza, miedo y un deseo que ya no podía negar.
Álvaro sintió el orgasmo subirle por la base de la columna como una corriente eléctrica imparable. Su polla palpitaba dentro de la boca de Carmen, hinchada hasta el límite, las venas gruesas marcadas bajo la piel tensa. La garganta de ella se contraía en arcadas rítmicas alrededor del glande cada vez que bajaba profundo, y eso —las lágrimas rodando por sus mejillas, la saliva espesa chorreando por la barbilla y cayendo en gotas pesadas sobre sus pechos desnudos— lo llevó al borde. —Tita… me corro… me corro ya —gruñó, con la voz ronca y entrecortada—. Pero no quiero solo en tu boca… quiero llenarte toda la cara… y dentro también.
Abre mucho la boca. Saca la lengua. Por favor… hazlo por mí. Carmen levantó la vista, con los ojos rojos e hinchados por las arcadas continuas. La boca le dolía, los labios estaban hinchados y brillantes de saliva, la mandíbula le temblaba por el esfuerzo. Sintió un nudo de pánico y vergüenza en el estómago al oírlo, pero también una excitación oscura que le hacía apretar los muslos. Nunca nadie le había hablado así. Nunca nadie le había pedido algo tan… degradante. Y sin embargo, su cuerpo respondía: el clítoris le latía todavía sensible del orgasmo anterior, y un hilillo fresco de humedad le resbalaba por la cara interna del muslo, empapando la costura trasera de las medias negras. Se sacó la polla de la boca con un sonido húmedo y obsceno —glup— y jadeó, tosiendo saliva que le colgaba en hilos gruesos desde la comisura de los labios.
Miró a Álvaro fijamente, con una mezcla de miedo, vergüenza y una sumisión que la horrorizaba reconocer. —¿En… en la cara? —susurró, con voz rota—. ¿De verdad quieres… eso? —Sí. Quiero verte cubierta de mí. Como la zorra preciosa que eres esta noche. Abre la boca. Saca la lengua. Mírame. Carmen dudó solo un segundo. Luego, con las manos temblando apoyadas en los muslos de él, abrió la boca todo lo que pudo: labios estirados, mandíbula hacia abajo, lengua plana y extendida hacia fuera como una ofrenda. La punta de la lengua le temblaba; la saliva le goteaba desde los bordes y caía en gotas calientes sobre sus pechos pesados. Los pezones grandes y oscuros estaban duros como piedras, rodeados de areolas arrugadas por el frío y la excitación. Sus pechos subían y bajaban con respiraciones rápidas, el sudor brillando en el canalillo profundo entre ellos. Álvaro se agarró la polla con fuerza, masturbándola rápido con la mano derecha mientras con la izquierda le sujetaba la nuca para mantenerla en posición. El glande apuntaba directamente a su cara abierta. —Así… justo así… no cierres los ojos… mírame…
El primer chorro salió con fuerza: espeso, blanco lechoso, caliente como cera derretida. Le golpeó la lengua de lleno, cubriéndola con una capa densa y pegajosa. El sabor fue inmediato: salado intenso, ligeramente amargo, con un regusto metálico que le llenó la boca al instante. Carmen abrió más los ojos por la sorpresa; nunca había probado nada igual. Era mucho más abundante de lo que imaginaba, mucho más viscoso. El segundo chorro salió casi al mismo tiempo, más potente aún, y le cruzó la cara desde la comisura izquierda de la boca hasta la mejilla derecha, dejando un reguero grueso que se deslizó despacio por la piel, pegándose al maquillaje corrido y a las lágrimas. Tercer chorro: directo al interior de la boca abierta. Le llenó la lengua, se acumuló en la parte trasera y empezó a gotear por los lados porque no cabía todo. Cuarto chorro: le salpicó la nariz y el puente, bajando hacia los ojos. Quinto: un chorro largo y potente que le cruzó la frente y le cayó en mechones sobre el pelo moreno. Sexto: más débil pero aún espeso, aterrizó en la barbilla y goteó hacia abajo, resbalando por el cuello hasta el canalillo entre los pechos. Carmen se quedó inmóvil, con la boca abierta y la lengua todavía fuera, cubierta de semen blanco y espeso que se acumulaba en la punta y caía en gotas pesadas sobre sus muslos.
El olor era fuerte, almizclado, masculino, invadiéndole la nariz. El sabor le inundaba la boca: caliente, pegajoso, abundante. Tragó instintivamente una parte —un movimiento reflejo que le hizo toser y que más semen le chorreara por la comisura— y el resto se le escapó por los labios, goteando en hilos largos sobre sus pechos. Se sintió… sucia. Verdaderamente sucia. Como una prostituta barata en un motel cutre. La cara le ardía de vergüenza; las lágrimas se mezclaban con el semen, haciendo que corrieran más rápido por las mejillas. Los pechos le pesaban más, cubiertos de gotas blancas que se deslizaban despacio por la curva inferior y caían al suelo. Las medias negras estaban salpicadas en los muslos, el liguero tenso brillaba con gotitas pegajosas. Y sin embargo, entre las piernas, su coño palpitaba con fuerza, los labios mayores hinchados y abiertos, el clítoris latiendo como si estuviera a punto de correrse otra vez solo por la humillación.
Álvaro soltó un gemido largo y profundo mientras los últimos chorros débiles le salían en la mano. Bajó la mirada a ella: su tía, de rodillas, con la cara y los pechos cubiertos de su semen abundante, los ojos rojos, la boca abierta todavía temblando, el pelo pegado a la frente por el sudor y el semen. —Joder, tita… estás… estás preciosa así —susurró, con voz ronca de placer—. Mira cómo te he llenado. Todo mío. Carmen cerró la boca despacio. Tragó lo que quedaba en la lengua —un trago grueso, viscoso, que le bajó por la garganta como miel caliente y espesa— y tosió de nuevo. El sabor se le quedó pegado al paladar, salado y persistente. Se limpió la boca con el dorso de la mano, esparciendo más semen por la mejilla. —No… no estoy acostumbrada… —susurró, con voz quebrada—. Es… mucho. Muy espeso. Muy caliente. Me siento… como una puta de verdad.
Como si hubiera cobrado por esto. Me da vergüenza… me da tanto asco y al mismo tiempo… no puedo parar de mojarme. Se llevó una mano entre las piernas, rozando el clítoris hinchado con los dedos temblorosos. Estaba empapada; los fluidos le chorreaban por los muslos, mezclándose con las gotas de semen que habían caído allí. Álvaro se arrodilló frente a ella. Le tomó la cara con ambas manos, sin importarle mancharse, y la besó profundamente. Metió la lengua en su boca, saboreando su propio semen mezclado con la saliva de ella. Carmen gimió dentro del beso, agarrándole los hombros con fuerza.
Cuando se separaron, él le limpió una gota de semen de la mejilla con el pulgar y se lo llevó a su propia boca. —No eres una puta, Carmen. Eres mi mujer esta noche. Y has sido perfecta. Absolutamente perfecta. Ella bajó la mirada, todavía temblando, con la cara y los pechos cubiertos de semen espeso que empezaba a secarse en costras pegajosas. Pero entre las piernas, su cuerpo no mentía: estaba más excitada que nunca, abierta, lista para lo que viniera después. —Entonces… no pares —susurró—. Haz lo que quieras conmigo. Pero… bésame otra vez. Y tócame. Quiero correrme otra vez… con tu semen todavía en mi cara.
Álvaro se inclinó hacia delante, todavía arrodillado frente a ella, y le tomó la barbilla con delicadeza entre el pulgar y el índice. El semen seguía goteando despacio por su mejilla izquierda, un reguero espeso que se enfriaba ya contra la piel caliente. Los ojos de Carmen estaban vidriosos, rojos por las lágrimas y las arcadas, pero lo miraban con una mezcla cruda de vergüenza, agotamiento y un deseo que no se apagaba. —Tita… mírame —dijo él con voz baja, casi tierna—. Vas a limpiarte un poco. No quiero que te sientas incómoda. Coge un pañuelo de la mesita… o usa la lengua si quieres, pero despacio. Luego, si te apetece, quítate las medias. El liguero también, o déjalo puesto, como prefieras. Quiero verte cómoda. Después nos tomamos otra copa. Nos besamos. Nos acariciamos. Tengo que esperar unos minutos… no soy un crío de dieciocho, necesito recuperarme para follarte como mereces. Pero mientras, voy a tocarte. Voy a hacer que te corras otra vez. Despacio esta vez. Carmen asintió despacio, con la respiración entrecortada. Se llevó el dorso de la mano a la boca primero, limpiando el semen que le colgaba de los labios en hilos pegajosos.
El sabor salado y amargo persistía en su lengua; tragó lo que quedaba con un gesto de asco mezclado con curiosidad morbosa. Luego tomó un pañuelo de papel de la caja que había en la mesita baja —el que usaba para secarse las lágrimas cuando veía novelas— y se limpió la cara con movimientos torpes, extendiendo el semen en manchas blancas antes de conseguir quitar la mayor parte. Quedaron restos pegajosos en la barbilla, en el cuello y en los pechos: gotas que se secaban formando costras finas sobre la piel pálida y sudorosa. Los pechos pesados colgaban libres, con las areolas grandes y arrugadas, los pezones todavía erectos y enrojecidos por los pellizcos y succiones anteriores. Se sentó de nuevo en el sofá, con las piernas abiertas y los muslos temblando.
Miró a Álvaro con ojos húmedos. —Las medias… me las quito —susurró—. Me aprietan demasiado ahora. Y… el liguero también. Quiero sentirme… más yo. Se inclinó hacia delante —los pechos se balancearon pesados, rozando los muslos— y empezó a desabrochar los clips del liguero negro satinado. Uno a uno, con dedos temblorosos, liberó las medias de las cuatro tiras por pierna. El elástico dejó marcas rojas finas en la carne blanda de los muslos gruesos. Luego enrolló las medias despacio, bajándolas por las pantorrillas, por los tobillos, hasta sacarlas por los pies. Los pies quedaron desnudos: plantas pálidas con venitas azules visibles, dedos gordos ligeramente hinchados por los tacones altos que habían llevado puestos tanto rato, uñas pintadas de rojo oscuro descascarilladas en las puntas. El olor a pie sudado y cuero caliente se liberó cuando las medias cayeron al suelo junto a los stilettos.
Se quedó sentada, completamente desnuda salvo por el liguero suelto colgando de la cintura como un adorno olvidado. El vello púbico negro y espeso cubría el monte de Venus; los labios mayores gruesos y oscuros seguían abiertos por la excitación, brillando de fluidos propios. El clítoris asomaba hinchado, rojo, sensible al mínimo roce del aire.
Álvaro se levantó, fue a la cocina y volvió con la botella de Rioja y dos copas nuevas. Sirvió despacio, le tendió una a ella. Carmen la tomó con ambas manos, bebió un sorbo largo. El vino tinto le bajó por la garganta, limpiando un poco el sabor persistente del semen. —Ven aquí —dijo él, sentándose a su lado en el sofá. La atrajo hacia sí con un brazo alrededor de los hombros. Se besaron despacio esta vez. Labios suaves, lenguas que se rozaban sin prisa.
Carmen gimió bajito contra su boca; sabía a vino y a restos de semen, pero ya no le importaba tanto. Él le acarició la espalda con la mano libre: desde la nuca, bajando por la columna, hasta la curva de los glúteos. Luego subió al pecho izquierdo. Tomó el seno entero en la palma —pesado, cálido, la carne se desbordaba entre los dedos— y empezó a masajearlo con movimientos lentos y firmes. Pellizcó el pezón entre índice y pulgar, tirando suavemente, luego lo frotó en círculos. Carmen arqueó la espalda, empujando el pecho contra su mano. —Así… despacio… —susurró ella—. Me duelen un poco… pero me gusta…
La otra mano de Álvaro bajó por su vientre suave, con esa curva maternal que a él tanto le excitaba. Rozó el vello púbico, enredó los dedos en él, tiró suavemente. Luego descendió hasta el clítoris. Lo rozó con la yema del dedo medio, círculos lentos, apenas presión. Carmen abrió las piernas más, apoyando un pie descalzo en el borde del sofá, el otro en el suelo. Los dedos de los pies se curvaron por la tensión. Él bajó más: metió dos dedos en su vagina sin dificultad —estaba empapada, caliente, las paredes internas rugosas y contrayéndose al instante—.
Los curvó hacia arriba, rozando el punto G con movimientos lentos de “ven aquí”. Con el pulgar siguió estimulando el clítoris, alternando presión y roces suaves. Mientras, su boca bajó al cuello de ella. Besó la piel salada por el sudor y los restos de semen. Bajó al hombro, luego al pecho derecho. Tomó el pezón en la boca, succionó fuerte, lo mordió con cuidado, lo lamió en círculos. Carmen soltó un gemido largo, agarrándole el pelo. —No pares… por favor… estoy cerca otra vez…
Álvaro aceleró un poco los dedos dentro de ella, presionando más profundo, rozando el cérvix con las yemas. Con la otra mano pellizcó el pezón izquierdo, tirando con fuerza mientras los dedos dentro de ella presionaban el punto G y el pulgar frotaba el clítoris en círculos rápidos. Carmen se tensó entera: los muslos temblaron, los pies se arquearon, los dedos se curvaron. Un grito ahogado salió de su garganta. Se corrió temblando, con lágrimas frescas rodando por las mejillas, el cuerpo arqueado como un arco. Cuando terminó, cayó hacia atrás, jadeando, con los pechos subiendo y bajando violentamente. Álvaro retiró los dedos despacio, brillantes de fluidos, y se los llevó a la boca. Los lamió sin prisa, mirándola. —Preciosa… estás preciosa cuando te corres así. Carmen lo miró, exhausta, con la cara todavía marcada por restos de semen seco y lágrimas. —Ahora… fóllame —susurró—.
Cuando puedas. Quiero sentirte dentro. Despacio al principio. Pero no pares hasta que los dos nos corramos. Álvaro sonrió, besándole la frente. Su polla ya empezaba a endurecerse de nuevo, rozando el muslo de ella. —Dame solo unos minutos más, tita. Bebe otro sorbo. Descansa. Luego te abro las piernas y te penetro hasta el fondo. Con cuidado. Pero profundo. Como siempre has querido.
Álvaro se detuvo un instante dentro de ella, con la polla enterrada hasta el fondo, el glande presionando firme contra el cérvix hinchado y sensible. Carmen jadeaba con la boca abierta, los labios todavía hinchados y brillantes de saliva y restos de semen seco. Sus pechos pesados subían y bajaban con respiraciones rápidas y entrecortadas, los pezones grandes y oscuros apuntando al techo, rodeados de areolas arrugadas y enrojecidas por los pellizcos y succiones anteriores. El sudor le perlaba la frente, el cuello, el canalillo profundo entre los senos; mechones de pelo moreno se le pegaban a las sienes y a la nuca. Él se inclinó sobre ella, apoyando los antebrazos a ambos lados de su cabeza, y le rozó la oreja con los labios mientras hablaba en voz baja, ronca, casi un gruñido.
—Tita… ¿quieres cambiar de postura? ¿O quieres que te siga follando así, de frente, con las piernas abiertas sobre mis hombros? Me encanta escucharte gemir… esos gemiditos cortos y ahogados que se te escapan cada vez que te golpeo el fondo. Tu marido debió disfrutar mucho contigo… una mujer como tú, con este coño tan caliente y apretado, con estas tetas que se mueven solas cuando te embisto… Joder, tita, voy a llenarte el coño de leche. Quiero que sientas cómo me corro dentro, cómo te lleno hasta que chorree. Carmen soltó un sollozo corto, mitad placer, mitad vergüenza. Cerró los ojos con fuerza, las pestañas pegadas por el sudor y las lágrimas. Sus manos agarraban los hombros de él con uñas que se clavaban en la piel, dejando medias lunas rojas.
La vagina se contrajo involuntariamente alrededor de la polla gruesa que la llenaba por completo; las paredes internas rugosas lo apretaban en espasmos débiles, como si su cuerpo respondiera antes de que su mente pudiera procesarlo. —No… no sé… —susurró, con voz temblorosa y ronca por los gemidos acumulados—. Duele un poco… cuando me golpeas tan profundo… pero… no pares. Me gusta… me gusta oírte decir esas cosas. Aunque me dé vergüenza. Mi marido… nunca me habló así. Nunca me dijo que iba a llenarme… nunca me folló tan fuerte. Solo… entraba y salía. Rápido. Y se corría dentro sin más. Pero tú… tú me haces sentir… sucia. Y deseada. Al mismo tiempo. Álvaro sonrió contra su cuello, besándolo despacio mientras volvía a moverse: una salida lenta casi hasta fuera, sintiendo cómo los labios mayores gruesos y oscuros se abrían alrededor de su tronco venoso, dejando un reguero brillante de fluidos mezclados que le chorreaban por los huevos. Luego empujó de nuevo, profundo, controlado, martilleando el cérvix con un golpe seco que hizo que Carmen arqueara la espalda y soltara un gemido largo, gutural. —Ahí… justo ahí… —jadeó ella, con los ojos entreabiertos y vidriosos—. Me… me llegas al útero… lo noto… como un pinchazo caliente… y luego… placer. Mucho placer.
Él aceleró un poco el ritmo: tres embestidas profundas seguidas, cada una terminando con un golpe firme contra el fondo. El sonido era obsceno en el salón silencioso: chap-chap-chap húmedo, el choque de pelvis contra pelvis, los pechos de Carmen balanceándose pesados con cada impacto, golpeando contra su propio esternón con un sonido suave y carnoso.
—¿Quieres que te ponga a cuatro patas? —preguntó él, sin dejar de moverse—. Así te follo por detrás, agarrándote las caderas anchas, viendo cómo se te mueve el culo grande mientras te abro. O quieres seguir así… mirándome a los ojos mientras te lleno. Dime, tita. Dime qué quieres. Carmen negó con la cabeza despacio, mordiéndose el labio inferior hasta que se puso blanco. —No… así… así está bien. Quiero verte la cara… cuando te corras. Quiero sentir cómo palpitas dentro… cómo me llenas. Pero… despacio ahora. Por favor. Déjame… déjame correrme otra vez antes. Estoy… estoy cerca otra vez. Solo con esto… con tus palabras… con cómo me miras.
Álvaro obedeció. Redujo el ritmo a movimientos lentos y profundos: entraba hasta el fondo, mantenía la presión contra el cérvix unos segundos, luego salía casi del todo y volvía a entrar. Con una mano bajó al clítoris hinchado y rojo, frotándolo en círculos suaves pero firmes con el pulgar. Con la otra pellizcó un pezón, tirando despacio hasta que Carmen gimió y se contrajo alrededor de él.
—Así… córrete para mí, tita. Córrete con mi polla dentro. Quiero sentir cómo me aprietas cuando te vienes… cómo me ordeñas. Carmen tembló entera. Los muslos se tensaron alrededor de sus caderas; los pies descalzos se arquearon en el aire, los dedos curvados. Un gemido largo y roto salió de su garganta mientras se corría de nuevo: las paredes vaginales se contrajeron en espasmos fuertes alrededor de la polla, apretándola rítmicamente. Un chorro caliente le mojó la base y los huevos; los fluidos le chorrearon por el culo y mancharon el sofá debajo. —Álvaro… me corro… otra vez… Dios… no pares… Él gruñó, sintiendo cómo lo ordeñaba. Aceleró un poco más, tres embestidas rápidas y profundas, martilleando el útero hasta que su propio orgasmo subió imparable. —Voy a correrme… tita… te voy a llenar… toma…
Empujó una última vez hasta el fondo, manteniendo la presión contra el cérvix. La polla palpitó fuerte dentro de ella: chorro tras chorro caliente y espeso salió directo al fondo, llenándole la vagina con semen abundante. Carmen sintió cada latido: el calor expansivo, la presión contra las paredes internas, el reguero que empezaba a escaparse por los lados cuando él se quedó quieto, jadeando contra su cuello. Se quedó dentro unos segundos más, dejando que los últimos espasmos de ella lo apretaran.
Luego se retiró despacio: la polla salió brillante de fluidos mezclados, semen blanco y espeso goteando de la punta y resbalando por los labios mayores abiertos de Carmen. Un hilillo blanco salió de su vagina, espeso y pegajoso, bajando por el perineo hasta el ano y manchando la moqueta debajo. Carmen se quedó tumbada, exhausta, con las piernas abiertas y temblando. Los pechos subían y bajaban con respiraciones pesadas; el semen empezaba a salir más despacio, formando un charquito caliente entre sus nalgas. Se llevó una mano al coño, rozando los labios hinchados con dedos temblorosos, sintiendo la humedad espesa.
—Está… está saliendo… mucho… —susurró, con voz ronca y avergonzada—. Me has llenado de verdad… lo noto dentro… caliente… pegajoso. Álvaro se inclinó y la besó despacio en la boca, saboreando el sudor y el vino en sus labios. —Preciosa… has sido perfecta. ¿Quieres que te limpie? ¿O quieres quedarte así un rato… con mi leche dentro… sintiéndola gotear? Carmen cerró los ojos, sonriendo apenas por primera vez esa noche, una sonrisa tímida y cansada. —Déjame… déjame sentirla un rato más. Me gusta… me gusta saber que me has marcado por dentro.
Aunque me dé vergüenza admitirlo. Álvaro se apartó un poco para mirarla de cuerpo entero, sentada en el sofá con las piernas abiertas, los pies descalzos apoyados en la moqueta, los muslos gruesos temblando todavía por el último orgasmo. El liguero negro colgaba flojo alrededor de su cintura como un adorno olvidado, las copas del sujetador burdeos tiradas en el suelo junto a las medias enrolladas y los stilettos rojos de charol volcados. Estaba completamente desnuda por primera vez esa noche: los pechos pesados y ligeramente caídos por su propio peso —105J reales, con estrías finas plateadas en los laterales y venitas azules sutiles bajo la piel pálida—, el vientre suave con esa curva maternal que se arrugaba un poco al sentarse, las caderas anchas y redondas, el culo grande y blando que se extendía sobre el sofá.
El vello púbico negro y espeso cubría el monte de Venus en una mata densa; los labios mayores gruesos y oscuros seguían hinchados, abiertos por la excitación, dejando ver el interior rosado brillante de fluidos y el clítoris rojo e inflamado que asomaba como un botón sensible. Él sonrió despacio, con una mezcla de sorpresa y ternura perversa. —No me imaginaba que fueras capaz de decir “fóllame”, tita —dijo en voz baja, mientras se acercaba de nuevo y le acariciaba el muslo interno con el dorso de la mano—. Pensaba que me pedirías que te hiciera el amor, que fuera romántico, con luces bajas y besitos suaves. Pero mírate… estás soltándote bastante. Me encanta.
Carmen bajó la mirada, avergonzada. Las mejillas le ardían; los restos de semen seco en la barbilla y el cuello le picaban un poco al secarse. Se mordió el labio inferior, todavía hinchado por la felación. —Es que… no sé qué me pasa —susurró, con voz ronca—. Nunca hablo así. Con mi marido era… “hazme el amor” o nada. Pero contigo… contigo me sale solo. Me da vergüenza, pero… lo deseo. Quiero que me folles. Quiero sentirte dentro de verdad. No solo dedos. Álvaro se arrodilló entre sus piernas abiertas. Su polla ya estaba dura otra vez, gruesa y venosa, el glande brillante de precum y restos de saliva de ella. Se inclinó y la besó despacio en la boca, saboreando el vino y el regusto salado que aún quedaba. Luego bajó a los pechos: besó uno entero, lamió el pezón grande y oscuro hasta que ella gimió, luego el otro. Con las manos le abrió más las piernas, colocándolas sobre sus hombros. Los pies descalzos de Carmen quedaron colgando a su espalda; los talones rozaban la moqueta cada vez que se movía.
—Estás preciosa totalmente desnuda —murmuró contra su vientre, besándolo—. Tienes un cuerpo maduro… muy bonito. Estas tetas pesadas que se mueven solas, este culo grande que se abre cuando te sientas, estos muslos gruesos que tiemblan cuando te corres… Eres una fantasía, tita. Madura, suave, con curvas de verdad. No como las chicas flacas de veintitantos. Tú eres mujer de pies a cabeza. Carmen soltó un sollozo corto, mitad vergüenza, mitad placer. Intentó cerrar las piernas por instinto, pero él las mantuvo abiertas con firmeza suave. —No te tapes… déjame verte toda. Se colocó la polla en la entrada: el glande grueso rozó los labios mayores hinchados, separándolos despacio. Empujó solo la punta, sintiendo cómo la vagina caliente y húmeda lo envolvía al instante. Carmen jadeó, agarrándole los hombros con uñas que se clavaban en la piel.
—Despacio… por favor… hace tanto tiempo… —Despacio, tita. Te lo prometo. Entró centímetro a centímetro. La polla se abrió paso entre las paredes internas rugosas y contrayentes; el calor era intenso, la humedad facilitaba el deslizamiento pero la estrechez la hacía apretar alrededor de él como un puño caliente. Cuando estuvo a mitad, se detuvo. Carmen respiraba entrecortada, los pechos subiendo y bajando con fuerza, los pezones duros rozando el pecho de él. —¿Bien? —preguntó él, besándole el cuello. —S-sí… duele un poco… pero… bien. Sigue. Empujó más profundo. Llegó al fondo: el glande rozó el cérvix, ese puntito duro y sensible al fondo. Carmen soltó un gemido largo, arqueando la espalda. —Ahí… justo ahí…


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