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enero 17, 2026

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Mi Fiebre por los Mayores

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Miren, voy a ser sincera con ustedes. Yo tengo 25 años y la verdad es que ya los chavalos de mi edad, o incluso más jóvenes, a veces me dan como pereza. No es que no sepan coger, algunos sí le dan duro, pero es que… no sé, les falta algo. Algo que solo un hombre mayor te puede dar. Yo llevo como un año con esta idea metida en la cabeza, dándole vueltas. Hombres de 35 para arriba. De 40, de 50 incluso. A mí eso me prende una vela que no venían prendiendo los demás. Será la experiencia, será esa seguridad que tienen, será que saben lo que quieren y no andan con jueguitos de chavalitos. Pero la idea de que un señor, con canas, con ese cuerpito que ya no es de gimnasio pero que tiene fuerza de la vida, me coja… ay, Dios mío, solo pensarlo se me moja la cosa.

Total, que la semana pasada se me dio la oportunidad. Yo trabajo en un call center aquí en Tegus, y a veces salgo con las muchachas a un bar que queda cerca, un lugar medio tranquilo donde va gente de todas las edades. Ese día iba con mi amiga Paola, hablando puras pendejadas, cuando lo vi. Estaba sentado solo en la barra, tomándose un whisky. Tendría como sus 50 años, quizás un poquito más. No era un viejo, no. Era un señor. Con el pelo entrecano cortito, bien arreglado, una camisa de botones que se le veía que tenía los brazos fuertes, y unos ojos oscuros que parecían verlo todo. Tenía una mirada… intensa. De esas que te atraviesan.

Nos miramos. Fue solo un segundo, pero fue como si el aire a mi alrededor se pusiera pesado. Yo me puse nerviosa de repente, cosa que no me pasa nunca. Me bajé la mirada, me tomé mi cerveza de un trago, y le dije a Paola que iba al baño. Caminando, sentía su mirada en mi espalda, en mi culo que iba apretado en este jean que uso para esas ocasiones. Cuando salí del baño, él ya no estaba en la barra. Estaba parado justo a la salida del corredor.

“Perdoná que te pare,” dijo, y su voz… uy, qué voz. Grave, calmada, como con arena. “Soy Carlos. ¿Te puedo invitar a una copa?”

Yo me quedé ahí, como boba, mirándolo. Podía oler su colonia, algo caro, con un toque a tabaco. “Karen,” le dije al fin. “Y sí, una copa está bien.”

Paola me vio desde la mesa y me hizo una seña con las cejas, como preguntando ‘¿qué estás haciendo?’. Yo le hice una seña de ‘tranquila’ y me senté con él en una mesa más retirada. Hablamos. Él tenía 54 años, era ingeniero, divorciado, sin hijos. Yo le dije que trabajaba en servicio al cliente, nada más. La conversación fluía fácil, él tenía un humor seco que me hacía reír, y cuando me miraba, no me miraba a los ojos, me miraba a la boca, al escote. Era una mirada que decía ‘te quiero comer viva’, pero con una elegancia que ningún chavalo de 25 sabe tener.

Después de la segunda copa, me preguntó directo, sin rodeos. “¿Y vos qué hacés con un viejo como yo en un bar, Karen?”

Yo me atreví. Le sostuve la mirada. “Quizás no estoy buscando un chavalo.”

Él sonrió, una sonrisa lenta que le hacía arrugas en los ojos. Arrugas que a mí me parecieron de lo más sexys. “Entiendo,” dijo. “¿Querés ir a otro lugar?”

Asentí. Ni siquiera le avisé a Paola. Solo agarré mi bolso y salí con él. Tenía un carro, un sedán viejo pero limpio. Me abrió la puerta, y cuando me subí, puso su mano en mi muslo, justo arriba de la rodilla. Su mano era grande, caliente, con venas marcadas. Apenas la sentí, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo y se me encendió la pepa al instante.

No fuimos a un motel barato. Fue a un apartamento, en una colonia nice. Era ordenado, olía a libros y a café. “Este es mi lugar,” dijo, y cerró la puerta. En el silencio del apartamento, el aire se puso otra vez eléctrico.

Sin decir nada más, se acercó. Me tomó de la cara con las dos manos y me besó. No fue un beso de adolescente, apurado y baboso. Fue un beso profundo, lento, experto. Con la lengua sabía exactamente qué hacer, dónde parar, cómo chuparme el labio para que me dieran ganas de más. Mis manos se le enredaron en el pelo, corto y áspero, mientras la suya bajó por mi cuello, mi hombro, y se posó en una de mis tetas. Me la apretó a través de la blusa y yo gemí en su boca.

“Quiero verte,” murmuró contra mis labios. Me llevó al cuarto, que tenía una cama grande, bien hecha. Con una calma que me volvía loca, me desabrochó la blusa botón por botón. Cuando me la quitó, se quedó mirando mi sostén. “Muy linda,” dijo, y con un dedo me siguió la línea del escote. Yo estaba temblando. Después, me desabrochó el jean y me lo bajó, junto con la tanga. En segundos, estaba completamente desnuda frente a él, y él todavía vestido.

Me miró. Me miró de pies a cabeza, lentamente, como si estuviera memorizando cada parte. “Qué joven y qué preciosa sos,” dijo, y había algo en su voz, como asombro y posesión al mismo tiempo.

“Ahora vos,” le dije, tratando de sonar segura, pero mi voz temblaba.

Él se desvistió sin apuro. Y ahí estaba. Su cuerpo no era el de un joven. Tenía pelo en el pecho, entrecano también. Un poco de panza, pero no mucha. Y sus brazos, como sospeché, eran fuentes. Pero lo que me dejó sin aire fue su verga. Ya estaba dura, semi-erecta, y era… impresionante. Gruesa, con las venas muy marcadas, y larga. No era la verga perfecta y depilada de un chavalo. Era una verga de hombre, de verdad, y se me hizo la boca agua.

“¿Te gusta?” preguntó, viendo dónde tenía puestos los ojos.

“Sí,” jadeé. “Mucho.”

Me hizo acostarme en la cama y se puso entre mis piernas. Pero no se lanzó directo. Se inclinó y empezó a besarme el cuello, los hombros, después bajó a mis tetas. Se tomó su tiempo. Me chupó los pezones hasta que estuvieron duros y sensibles, me los mordisqueó suavemente, y luego siguió bajando. Sus besos eran una caravana lenta de fuego por mi panza, hasta llegar a mi pepa.

Y ahí… uy, señor. Cuando me puso la boca, supe que ningún chavalo iba a chuparme así nunca. No era rápido y desesperado. Era lento, metódico, experto. Usaba la lengua como un instrumento, encontrando mi clítoris y haciendo círculos precisos, luego metiéndose adentro, luego volviendo. Me tenía agarrada de los muslos, y yo ya estaba arqueando la espalda, gimiendo, perdida. “Carlos… ahí… por favor…” suplicaba.

Me hizo venir así, con la boca, y el orgasmo fue tan fuerte que vi lucecitas. Gemí y me retorcí, y él no se detuvo, siguió lamiéndome suave mientras yo me recuperaba, alargando el placer hasta el borde del dolor.

Cuando por fin se subió sobre mí, me miró a los ojos. “¿Lista?” preguntó. Yo solo pude asentir. Entonces, con esa calma devastadora, me abrió las piernas más, se posicionó, y me metió la punta. Era tan grande que al principio ardía. Pero él no empujó. Esperó. “Relajate, mi niña,” susurró. “Te voy a llenar toda.”

Y lentamente, muy lentamente, empezó a entrar. Me llenó por completo, cada centímetro, hasta que sentí sus pelotas contra mi culo. No me estaba cogiendo. Me estaba poseyendo. Empezó a moverse, con un ritmo pausado pero profundo, cada embestida me llegaba al alma. Me agarraba de las caderas con fuerza, con esa fuerza de hombre mayor que sabe lo que hace.

“¿Te gusta que te coja un viejo, Karen?” me preguntó, sin dejar de moverse.

“Sí… sí, papi, me encanta,” gemí, y era la verdad más pura que había dicho en mi vida.

“Decime otra vez.”

“Me encanta que me cojas, papi. Sos el mejor.”

Eso lo prendió. El ritmo se volvió más rápido, más intenso. Me dio vuelta y me puso a cuatro patas. Ahí, por detrás, me dio con una fuerza que hacía que la cama golpeara contra la pared. Yo gritaba, con la cara enterrada en la almohada, sintiendo como esa verga enorme me abría y me llenaba. Podía sentir el sudor de su panza contra mi espalda, sus manos agarrando mi culo con fuerza, separándomelo para entrar más profundo.

“Voy a venirme,” gruñó, y su voz sonaba animal, perdida. “¿Dónde querés que te eche mi leche, mi niña?”

“¡Adentro! ¡Adentro, papi, por favor!” grité yo, y no era acting. Lo quería todo.

Con un gemido ronco, se vino. Sentí el chorro caliente dentro de mí, bombeando, llenándome. Fue tan intenso que me hizo venir a mí también, otro orgasmo que me dejó temblando y sin fuerzas.

Nos derrumbamos juntos en la cama, jadeando. Él se quedó dentro de mí un rato, acariciándome el pelo. “Tenés el coño más apretado que he sentido en años,” murmuró.

Yo me reí, exhausta pero feliz. Después, en la ducha, me lavó él. Con cuidado, como si fuera de porcelana. Luego nos quedamos tomando vino en la sala, hablando de cualquier cosa, y yo sentada en su regazo, sintiéndome más mujer que nunca.

Esa noche confirmé todo lo que pensaba. Un hombre mayor no te coje. Te hace el amor, incluso cuando es salvaje. Sabe cómo tocar, cómo besar, cómo hacerte sentir que sos la única mujer en el mundo. Y cuando se viene, no es un “ya acabé”. Es una entrega.

Carlos ya me dijo que quiere verme otra vez. Y yo, por supuesto, voy a ir. Porque ahora que probé esto, no sé si voy a poder volver con los chavalos. Esto… esto es lo que yo quería. Que un señor me coja como si mañana no hubiera mundo. Y vaya si lo logró.

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