enero 17, 2026

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Trío en el Carro

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Bueno, mira, esto pasó el Halloween pasado. Yo andaba con una calentura de esas que no se aguantan, ¿me entiendes? Y había hablado con dos amigos, Carlos y Javier, de una fantasía que tenía desde hace rato. Quería que me cogieran en un carro, en la parte de atrás, pero bien, de verdad. Un trío pero en movimiento, ¿viste?

Les tiré la idea por un grupo de WhatsApp. «Oigan, ¿y si hacemos un viaje? Un viaje especial». Al principio se hicieron los locos, pero después, cuando les solté el plan completo, se prendieron como fósforos.

El plan era así: ellos manejarían dos horas hacia la playa, de noche. En el viaje de ida, Carlos me cogía. En el viaje de vuelta, Javier. Una hora cada uno. Incluía todo, sexo oral, que me manosearan, penetración, lo que saliera. Yo solo puse una condición: que me dieran duro, que no se guardaran nada.

Llegó el día. Me vestí con una falda negra corta, un top que me dejaba los riñones al aire y unas sandalias. Lo más importante: nada por debajo. Ni bra, ni panty. Iba libre, lista. Los recogí a las diez de la noche. Carlos manejaba, Javier iba al lado. Yo me metí atrás.

Los primeros minutos fueron de puro nervio. Hablamahamos de cualquier cosa, de la fiesta de Halloween, del trabajo. Pero se notaba la tensión en el aire. Yo me recosté en el asiento y abrí las piernas un poco, solo para que vieran por el retrovisor. A los cinco minutos, Javier no aguantó.

«Coño, Laura, pero si ya se te ve todo», dijo, mirando para atrás.

«¿Y qué? Esa es la idea», le contesté, y me acomodé más, abriéndome bien.

Carlos apretó el acelerador. «Me está poniendo la verga dura sólo de ver eso», dijo.

«Pues esperate a sentir», le tiré yo.

A los quince minutos, ya estábamos en la autopista, oscura, sola. «¿Y? ¿Empezamos o qué?», preguntó Carlos.

«Empecemos», dije.

Carlos estacionó el carro en un área de descanso vacía. Apagó las luces. Javier se bajó y se metió atrás conmigo. Carlos se quedó manejando, pero vi que se estaba tocando la verga por encima del pantalón.

Javier no perdió tiempo. Se me vino encima y me dio un beso que me dejó sin aire. Sus manos me agarraron las tetas por encima del top y las apretó fuerte. «Estás bien dura», le dije, sintiendo su verga contra mi muslo.

«Por ti, nena. Por esta puta rica», me dijo, y me bajó el top. Mis tetas salieron libres, y él se puso a chuparlas como si no hubiera comido en días. Me las mordía, me las apretaba, y a mí me encantaba. «Así, papi, duro», gemí.

Después bajó, me levantó la falda y se quedó mirando. «Mierda, no tienes nada puesto», dijo, y se rió. Puso su cara entre mis piernas y me lamio toda la cuca. Ay, Dios, ese tipo sabe chupar. La lengua me la metía y sacaba, se enfocaba en mi clítoris, y yo ya estaba gimiendo y agarrada de su pelo. «¡Más, Javier, no pares!»

Me hizo venir así, con su boca. Fue un orgasmo que me sacudió todo el cuerpo. Grité, y él siguió lamiendo, tomándose mis jugos. Cuando paré de temblar, se subió encima de mí. «Ahora te toca a ti», dijo, y me bajó los pantalones. Tenía la verga enorme, gruesa, y ya con condón puesto. «Montate».

Yo me monté, de frente, mirándolo a los ojos, y me la fui sentando poco a poco. Me llenó por completo. «Coño, qué grande eres», gemí, y empecé a moverme arriba y abajo. Él me agarraba de las caderas, ayudándome, y yo iba a mi ritmo, sintiendo como cada embestida me llegaba al alma. El carro se meció, los vidrios se empañaron.

«Gira», me dijo, y yo me di la vuelta, dándole mi espalda. Me la metió por detrás, agarrándome del pelo con una mano y del cuello con la otra. «Te gusta que te den así, puta», me preguntó, dándome duro.

«Sí, papi, así, dame más fuerte», le gritaba, y él me daba nalgadas con la mano libre. El sonido de sus golpes en mis nalgas se mezclaba con el de nuestros jadeos. El asiento de atrás crujía, y yo sentía que en cualquier momento alguien podía pasar y vernos, pero eso me prendía más.

Después de un rato, me puse a cuatro patas, sobre el asiento. Él se arrodilló detrás de mí y me la metió otra vez. Desde atrás me llenaba aún más. Yo apoyaba la cara en el asiento delantero, y Carlos, que seguía manejando, me miraba por el retrovisor. «Te ves bien cogida», me dijo Carlos, y yo solo pude gemir en respuesta.

Javier aceleró, sus golpes eran más rápidos, más salvajes. «Me voy a correr», dijo, con la voz ronca.

«Adentro, papi, correte adentro», le pedí, y él obedeció. Lo sentí temblar, gruñir, y luego el calor de su corrida dentro de mí. Se quedó quieto unos segundos, respirando fuerte, antes de salir.

Nos separamos, jadeando. El carro estaba lleno del olor a sexo. Yo chorreaba por las piernas. Javier se subió al frente y Carlos paró el carro. «Cambio», dijo Carlos, y se bajó.

Carlos se metió atrás conmigo. Yo estaba sudada, deshecha, pero todavía con ganas. «Mi turno», dijo, y me dio un beso profundo. Podía sentir el sabor de mi propia cuca en su boca. «Te vi toda, como te cogió Javier», me dijo, mientras me bajaba los pantalones que todavía tenía medio puestos.

«Ahora te toca a ti», le dije, y me tumbé en el asiento.

Carlos es diferente. Más lento, pero más intenso. Primero se puso a chuparme también. Se tomó su tiempo, lamiéndome toda, metiendo dedos, hasta que me hizo venir otra vez. Temblé, grité, le apreté la cabeza con mis muslos. «Así me gusta, que te vengas en mi boca», dijo, y se subió encima de mí.

Su verga también era grande, pero más delgada. Me la metió y empezó a moverse con un ritmo constante, profundo. Me miraba fijo a los ojos. «Eres una puta increíble», me dijo.

«Tu puta», le contesté, y eso le gustó. Empezó a darme más fuerte. Yo le arañaba la espalda, le mordía el hombro. El carro se movía con nosotros. En un momento, me pidió que me sentara en él. Yo lo hice, de espaldas esta vez, y me movía arriba y abajo, mirando por la ventana la carretera oscura. Era una locura, sentir su verga dentro de mí mientras veía pasar los postes de luz.

«Voy a venirme también», dijo al final, después de cambiarnos de posición dos veces más. Me puso de rodillas en el asiento, frente a la ventana, y me la metió por última vez. Esta vez fue rápido, desesperado. «Te lleno toda», gruñó, y lo hizo. Sentí otra corrida caliente dentro de mí, mezclada con lo que ya tenía de Javier.

Cuando terminó, los tres quedamos hechos un desastre. Yo no podía ni caminar bien. El asiento de atrás estaba empapado, una mezcla de mis jugos y el semen de los dos. Olía a sexo, a sudor, a noche loca.

Nos arreglamos lo mejor que pudimos. Carlos manejó de vuelta las dos horas. Yo iba en el asiento de atrás, sin ropa interior, con la falda manchada, sintiendo cómo su leche se me escurría por los muslos. No dije nada. Solo sonreía, mirando por la ventana.

Llegamos a la ciudad ya de madrugada. Me dejaron en mi casa. «Fue increíble», me dijo Javier antes de irse.

«Cuando quieran, repiten», les contesté, y entré.

Me metí a la ducha y todavía sentía el ardor, la sensación de estar llena. Me toqué un poco, recordando, y me vine rápido, otra vez. Fue una de las mejores noches de mi vida. Pura adrenalina, puro morbo, puro placer. Y el asiento del carro de Carlos… pobrecito, ese sí que no se va a olvidar de mí nunca.

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