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enero 17, 2026

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Se lo mandé a mi maestro

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Ay, no mames. Esto me da una vergüenza, pero también como un calor, no sé ni cómo explicarlo. Total, hace como un año, yo estaba en tercero de prepa. Tenía 18, recién cumplidos. Y andaba quedando con este chavo, le digo X porque ahora ni quiero acordarme de su nombre. La cosa es que nos llevábamos bien, hablábamos todo el día, y ya nos estábamos calentando por teléfono, ¿sabes? Esas llamadas en la noche donde se oyen cosas.

Un día, en la tarde, me empezó a pedir fotos. «Mándame unas fotos, Wendy», «quiero ver ese culo que tanto presumes». Yo, la neta, me encanta que me digan cosas así. Y ese día andaba con ganas, entonces dije: ‘va, ¿por qué no?’. Me metí al baño, me puse contra el espejo, y me saqué unas fotos bien subidas de tono. De las que enseño todo, todo. Mis tetas, que las tengo buenas, grandes y firmes. Mi culo, que es mi orgullo. Hasta unas de abajo de cerca, bien abierta. Y hasta unos videos cortos, tocándome y eso. Todo bien explícito.

El problema empezó cuando las iba a mandar. Yo tengo un álbum oculto en el teléfono, pa’ que no ande viendo mi mamá cuando agarra mi cel. Para mandarlas, tengo que seleccionar las fotos y después escoger el contacto. En ese entonces, tenía a mi quedante guardado como «X 😏», y a mi maestro de geografía, que se llama igual que él, por pura casualidad. Lo tenía como «Profe Alejandro», pero como no tenía foto de perfil y lo tenía ARCHIVADO (porque siempre mandaba tareas por ahí y no quería que me llenara el chat), no se veía su foto ni nada.

Entonces, bien pendeja yo, selecciono las fotos y los videos, como 10 fotos y 4 videos. En el buscador pongo «Ale» porque mi quedante se llama Alejandro también. Sale el contacto del profe primero, porque el otro lo tenía con emoji. Le doy clic SIN FIJARME BIEN. Presiono enviar. Y se empiezan a subir las fotos.

Regreso al chat con mi quedante y no veo nada. «¿Ya las mandaste?», me escribe él. «Sí, hace rato», le digo. «Pues no me llegó nada». Yo me saqué de onda. Pensé: ‘chale, a lo mejor se tardan porque son muchas’. Le dije: «espérate, a lo mejor se trabó».

Y aquí viene lo peor. En vez de revisar, dije: ‘voy a mandarlas otra vez’. Esta vez sí me fijé, y se las mandé a mi quedante de verdad. Ahí sí llegaron al instante. Él me empezó a escribir todo caliente, que estaba buenísima, que qué culo, que se le paró al instante. Yo me reí, feliz, y seguimos hablando.

Total, que esa noche me dormí bien tranquila.

Al día siguiente, en la escuela, todo normal. Hasta la clase de geografía. El profe Alejandro es un señor, como de unos 35 años, no está mal, pero ni lo había visto así, ¿me entiendes? Es callado, serio, siempre con su suéter aunque haga calor.

Ese día, cuando entró al salón, me miró. Y no fue la mirada de siempre. Fue una mirada rápida, pero me clavó los ojos. Luego se fue al escritorio y empezó la clase como si nada. Yo, la verdad, ni me acordaba del asunto.

Fue hasta el recreo. Me senté con mis amigas y saqué mi teléfono para checar memes. De pura casualidad, abrí WhatsApp y me acordé de los chats archivados. ‘A ver qué mamadas tengo ahí archivadas’, pensé. Le di clic. Y ahí estaba. El chat del «Profe Alejandro».

Tenía una notificación. No era un mensaje de texto. Eran mis fotos. Mis videos. Todo. Enviado. Y el tick azul de leído al lado.

Se me hizo un hoyo en la panza. Se me subió el calor a la cara en dos segundos. «No mames, no mames, no mames», dije en voz baja. Mis amigas me preguntaron qué me pasaba, y yo solo les dije que me sentía mal y me levanté.

Me metí al baño de las mujeres y me encerré en un cubículo. Con las manos temblando, abrí el chat.

Ahí estaban. Mi foto de tetas contra el espejo, con los pezones duros. La de mi culo en el espejo, con la tanga a un lado. El video corto donde me abro las piernas y se me ve todo. Todo. Y no había respuesta. Solo estaban ahí, enviadas, y vistas.

Le había mandado todo mi pack al maestro. Al maestro más estricto y serio de la prepa.

Me quería morir. Pero también, en medio del pánico, sentí un cosquilleo. Raro. Como de morbo. ¿Él las había visto? Claro que sí, estaban leídas. ¿Qué habría pensado? ¿Le habría gustado?

Apagué el teléfono y salí del baño. No podía verlo a la cara el resto del día. Cada que pasaba cerca de mí, yo bajaba la vista, sintiendo que se me quemaba la piel.

La semana fue una tortuga. Pasó lento. En clase, yo no lo veía a los ojos. Pero él, de repente, sí me miraba. Notaba que su mirada se quedaba en mí un segundo más de lo normal. En mi escote. En mis piernas. Eso me ponía nerviosa, pero también me mojaba. Qué pendeja, ¿no?

El viernes, después de clases, tenía que entregar un trabajo atrasado en su cubículo. Me dio miedo ir, pero tenía que hacerlo. Toqué la puerta.

«Adelante», dijo su voz.

Abrí. Él estaba sentado, con lentes, viendo la computadora. Me miró y señaló la silla frente a él. «Siéntate, Wendy.»

Me senté, con el trabajo en las manos. Se lo di. Él lo tomó y empezó a hojearlo, sin decir nada. El silencio era horrible.

De repente, habló sin levantar la vista del papel. «Wendy.»

«¿Sí, profe?»

«Tus trabajos suelen ser buenos. Pero a veces te distraes.» Luego levantó la vista y me miró a través de los lentes. «Como la semana pasada. Parecías muy distraída en clase.»

Yo me tragué la saliva. «Es que… no me sentía bien.»

«¿Ah, sí?» dijo. Y luego, bajito, casi como para él mismo, pero yo lo escuché claro. «Pensé que quizás andabas pensando en otras cosas.»

Nos quedamos viendo. El aire se puso pesado. Mi corazón latía tan fuerte que creí que él lo iba a escuchar.

Él cerró la carpeta de mi trabajo y la puso a un lado. Luego se quitó los lentes lentamente. «Sabes, Wendy, recibí unas… fotografías la semana pasada. En mi WhatsApp.»

Yo no dije nada. No podía.

«Fotografías muy… explícitas. De una alumna.»

«Profe, yo…» traté de hablar, pero no salió nada.

«No necesitas explicar,» dijo él. Se recostó en la silla. «Fue un error, ¿verdad? Iban para alguien más.»

Asentí con la cabeza, avergonzada.

«Entiendo.» Se quedó callado un momento, mirándome. «Son fotos muy… profesionales. Te ves bien.»

Eso me partió en dos. «¿En serio?» salió de mi boca sin pensarlo.

Él sonrió. Un poco. «Sí. Tienes un cuerpo muy desarrollado para tu edad.»

Yo sentí que se me encogía la ropa interior. Estaba chorreando. En serio.

Él se levantó. Fue a la puerta y le dio vuelta a la llave. El click sonó fuerte en el silencio.

Se acercó a mí. Yo me quedé sentada, tiesa. Él se paró frente a mí, tan cerca que sus piernas casi tocaban mis rodillas.

«El problema es que eso es muy inapropiado, Wendy. Yo podría meterme en un lío muy grande.»

«Lo sé, profe. Lo siento mucho.»

«Pero,» dijo, bajando un poco la voz, «hay maneras de… arreglar esto. De que yo olvide que recibí esas fotos.»

«¿Cómo?» pregunté, y mi voz sonó ronca.

Él puso una mano en mi hombro. Era grande, caliente. «Podrías mostrarme en persona lo que ya vi en las fotos. Para confirmar que… eres tú. Y después, borramos todo. Y nunca hablamos de esto.»

Yo lo miré. Sus ojos eran oscuros, intensos. No parecía el profe serio de siempre. Parecía otro.

Sin decir nada, me levanté. Él dio un paso atrás.

Empecé a desabrocharme la blusa del uniforme. Mis dedos temblaban, pero lo hice. Me la quité. Debajo traía un sostén negro, de encaje, que se me marcaba bajo la blusa. Él no decía nada, solo miraba.

Me desabroché la falda también y la dejé caer al piso. Ahí estaba, en medio de su cubículo, en sostén y en mi falda escolar corta, que ya ni siquiera cubría mucho.

«Continúa,» dijo él.

Me quité el sostén. Mis tetas cayeron, pesadas. Él respiró hondo. Luego me bajé la tanga y la dejé en el piso, encima de la falda. Ahí estaba, completamente desnuda, en frente de mi maestro.

Él se acercó. Su mano tocó mi seno izquierdo. Apretó suavemente. «Son reales.»

«Claro que sí,» dije, y fue lo único que pude decir.

Bajó la otra mano y me tocó entre las piernas. Sus dedos encontraron mi humedad al instante. «Y aquí también eres real.»

Yo gemí. No pude evitarlo. Metió un dedo, luego dos. Yo me apoyé en el escritorio, con las manos, mientras él me manoseaba.

«¿Te gusta que te vean, Wendy?» preguntó, moviendo los dedos dentro de mí.

«Sí,» jadeé.

«¿Y que tu maestro te toque?»

«Sí, más.»

Se sacó los dedos y se los llevó a la boca. Los lamió, sin dejar de mirarme. «Sabes a qué.»

Luego se desabrochó el pantalón. Se lo bajó, con los boxers. Y ahí estaba. Su verga. Ya dura, grande, más grande de lo que imaginaba. Morena, como él.

«No va a caber,» dije, casi sin aire.

«Claro que sí,» dijo, y me empujó suavemente contra el escritorio. Me dobló hacia adelante, apoyándome en los papeles y los libros. Sentí la punta de su verga en mi entrada, mojada gracias a mí y a sus dedos.

Empujó. Lentamente. Se me abrió, me llenó de una manera que nunca. Yo grité, pero él puso una mano sobre mi boca.

«Calladita,» dijo. «Aquí nadie nos debe escuchar.»

Y empezó a moverse. A darme. A cogerme. Allí, en su escritorio, con mis fotos todavía en su teléfono, con mi uniforme en el piso.

Yo solo podía gemir contra su mano, sentir cómo cada embestida me hacía ver estrellas. Era más rico de lo que había imaginado. Más sucio. Más prohibido.

Después, cuando terminamos, me dio mis cosas y me dijo que me fuera. Borró las fotos de su teléfono frente a mí.

Salí de su cubículo, caminando raro, sintiendo su leche chorreando por mis piernas bajo la falda.

Y esa no fue la última vez. Fue solo la primera. Pero esa, esa es otra historia.

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