enero 16, 2026

455 Vistas

enero 16, 2026

455 Vistas

El roce con mi suegra en el metro

0
(0)

Hola, les cuento cómo terminé rozándome accidentalmente con mi suegra… y todavía estoy procesándolo jajaja. Pero primero, para que entiendan bien la escena, les doy contexto sobre ella.

Mi suegra tiene 56 años y es de esas mujeres que imponen respeto con solo entrar a un lugar. Siempre seria, de mirada directa y pocas palabras; no es de las que sonríen por todo ni se ríe fácil. Tiene esa vibra reservada, casi distante, como si midiera cada gesto y cada frase antes de soltarla. Habla poco, pero cuando lo hace, es con seguridad y sin rodeos. No es fría, pero tampoco cálida de entrada… y esa combinación de seriedad con seguridad la hace todavía más intrigante, casi magnética.

Mide alrededor de 1.67 y, aunque no hace nada de ejercicio ni pisa un gimnasio, la verdad es que se ve impresionante. No es que ande yo pendiente de ella (claro que no… o eso me digo), pero hay detalles que te atrapan la mirada sin pedir permiso y te hacen tragar saliva. Tiene ese cuerpo tipo pera que quita el aliento: cadera ancha y muy bien marcada, cintura estrecha que acentúa aún más las curvas, hombros delicados… y luego esas piernas gruesas, torneadas, que se mueven con una cadencia que hipnotiza. Y las nalgas… redondas, firmes, prominentes, de esas que se sienten perfectas incluso a través de la tela, llenando cualquier pantalón o falda como si estuviera hecho a medida. Es una figura que, aunque ella la lleve con total naturalidad y sin presumir, grita “MILF” por todos lados, y lo sabe perfectamente aunque nunca lo diga en voz alta.

Eso ya pasó hace unos días (exactamente 5). Mi novia me invitó a ir a la Villa/Basílica de Guadalupe con toda su familia. Nos fuimos desde temprano, pero nos tocó ir en transporte público porque el carro no servía —lo acababan de mandar al taller—. El viaje de ida en metro salió perfecto, sin contratiempos ni nada raro.

El problema vino de regreso. Para serles honestos, mi novia y yo somos de esos que no se aguantan: en cualquier oportunidad nos agarramos, nos besamos, nos tocamos… y sí, a veces hasta cogemos si se da la chance. En el camino de vuelta empezamos con nuestro jueguito de siempre: coqueteo, toqueteo, todo. Cada que podíamos nos agarrábamos: ella me sobaba la entrepierna con disimulo, yo le agarraba el trasero y lo apretaba un poco, me gemía bajito al oído con esa voz que me vuelve loco… y así. Obvio me empecé a calentar rapidísimo, ya se me hizo un bulto duro y notorio en el pantalón. Por suerte llevaba unos jeans algo holgados, así que no se veía tanto… solo si alguien te tocaba o le ponías mucha atención.

Ya íbamos bien prendidos cuando nos tocó subir al metro de regreso. Y justo era hora pico: la gente saliendo del trabajo, oficinas, todo mundo queriendo llegar a casa. Los vagones iban repletos, apretados como sardinas, imposible moverse sin rozarte con alguien. Ahí fue donde todo se complicó de verdad.

Al momento de entrar al vagón, mi novia y mi suegra quedaron justo enfrente de mí, como media pierna con media pierna. Yo en ese instante solo quería que me tragara la tierra: ya traía la excitación al tope desde el toqueteo en el andén. Al subir, puse a mi novia al frente y ella me arrimó todo su trasero de una vez, restregándose un poquito más de lo necesario… eso me llevó al 100% en segundos, con la verga palpitando contra la tela.

Ya adentro, las dos quedaron pegadísimas delante de mí. Cualquier movimiento mínimo y terminaba rozándome con mi suegra. Nos tocaban mínimo 6 estaciones así, y yo con la excitación a mil. Cada vez que el vagón se movía o frenaba, mi erección terminaba presionando contra su culo sin remedio… o al menos eso me repetía a mí mismo para no sentirme tan culpable. Sentía su trasero firme, redondo y suave contra mí, moldeándose perfectamente a mi bulto a través de la ropa, y en vez de bajárseme la cosa, se ponía más dura, más caliente.

Después, mi novia se movió un poco para sentarse en un asiento que se liberó al lado de su hermana y su abuela. Eso provocó más movimiento en el vagón: la gente se acomodó, empujones suaves, y mi suegra terminó pegándose completamente a mí, sin escapatoria posible. Su culo ahora estaba totalmente apoyado contra mi entrepierna, sintiendo cada centímetro de mi erección. Ella solo volteó la cabeza, hicimos contacto visual por un segundo… abrió un poco los ojos con cara de sorpresa genuina, como si acabara de confirmar exactamente qué era lo que presionaba tan duro contra ella. Pero no dijo nada, no se apartó ni hizo el menor intento de moverse. Solo se quedó ahí, mirándome un instante más con esa mirada seria pero ahora con un brillo diferente, y luego volteando de nuevo hacia adelante, como si nada… aunque los dos sabíamos que sí había pasado, y que no era tan accidental como parecía.

Y así seguimos las estaciones que faltaban, con ese roce constante, lento y deliberado. Yo tratando de controlar la respiración y no gemir, ella sin apartarse ni un centímetro… incluso diría que en algún frenazo se acomodó un poco más atrás, como probando hasta dónde llegaba la cosa.

La verdad es que me sentía bastante mal en esa posición con mi suegra. La respeto muchísimo, siempre la he visto como una mujer seria, reservada y de familia. Nunca la había mirado de forma sexual ni provocante; sí, notaba que tenía el cuerpo muy bien conservado para su edad, pero hasta ahí llegaba. Nunca sentí atracción ni nada por el estilo. Pero en ese vagón estábamos en una situación demasiado intensa: yo con la excitación al máximo (provocada por todo el jueguito con mi novia), arrimándosela sin poder evitarlo, y ella notándolo todo… y dejándolo pasar. Hasta me atrevo a decir que, en algún momento, se pegaba un poco más de lo necesario… como a propósito, como si le intrigara sentirlo.

Nadie de la familia se dio cuenta: mi novia ya estaba sentada con su hermana, la abuela en otro asiento de espaldas con la otra hermana, y mi suegro enfrente de nosotros pero también de espaldas. Éramos solo ella y yo, con esa erección que empezó por su hija pero que terminó palpitando contra el culo de ella, pegado, firme, sin escapatoria.

Cuando por fin llegamos a nuestra estación, ella se bajó primero, me miró de reojo y bajó la vista directo a mi entrepierna. Hizo el recorrido de abajo hacia arriba con la mirada, se notaba levemente sonrojada, los cachetes con un rojo sutil que la hacía ver todavía más atractiva. Pero no dijo nada. Solo siguió caminando.

Mi novia se acercó en ese momento y nos tocó subir las escaleras hacia la salida. Para mi “suerte” (o no sé si llamarlo así), mi suegra subió primero y quedó justo delante de nosotros dos. Yo intentaba voltear hacia cualquier otro lado, pero mis ojos traicioneros no podían evitar seguir el movimiento de sus caderas y nalgas mientras subía los escalones. Cada paso hacía que se marcaran más, que rebotaran ligeramente… era imposible no mirar, imposible no imaginar cómo se sentirían sin ropa. Al llegar arriba, para rematar, me regaló una pequeña sonrisa, casi imperceptible, pero con un toque juguetón que me dejó helado y todavía más caliente.

Y como si no bastara, al subir mi novia aprovechó el momento, me tocó la entrepierna por encima del pantalón y me susurró al oído: “Alguien está bien caliente, ¿eh? Se te nota todo”. Seguimos caminando hacia donde salen las combis que van hacia donde vivimos.

Ya en la fila de espera, no aguanté más y le conté todo a mi novia. No podía quedarme callado. Le expliqué que venía ya al tope por todo el coqueteo que llevábamos en el metro, pero que al moverse ella terminé arrimándosela a su mamá sin querer… y que duró varias estaciones. Hizo una cara de asombro mezclado con confusión, pero luego se rio y dijo: “Jaja, o sea te calentaste conmigo, pero por toda la gente que había mi mamá terminó enfrente de ti… jaja. Tranquilo, fue un accidente, no es como que le quisieras arrimar a mi mamá a propósito”. Eso me calmó un poco; no estaba enojada ni molesta, solo le pareció chistoso el malentendido… aunque noté que me miró con un brillo curioso, como si la idea le diera vueltas también a ella.

Ahí esperamos para subir a la combi. Dejé que pasaran primero mi novia, sus hermanas, su abuela… y cuando le tocó a mi suegra, ella me miró directo a los ojos y me dijo con voz baja y calmada: “Pasa tú primero”. No supe qué hacer, solo pasé y me senté. Así terminó esta aventura… aunque todavía me da vueltas en la cabeza, y cada vez que la veo en familia, esa sonrisa sutil y esa mirada me regresan el calor al cuerpo.

Si quieren saber más, darme su opinión o contarme si les ha pasado algo parecido, déjenlo en los comentarios. Los estaré leyendo. Y si pasa algo más con esto, les actualizaré sin falta.

¿Que te ha parecido este relato?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este relato.

Deja un comentario

También te puede interesar

El novio de mi hermana

anonimo

23/06/2018

El novio de mi hermana

No fue premeditado, pero pasó.

anonimo

25/11/2019

No fue premeditado, pero pasó.

Cumpliendo un sueño con mi excompañera de oficina

anonimo

24/05/2019

Cumpliendo un sueño con mi excompañera de oficina
Scroll al inicio