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enero 16, 2026

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La esquina de los borrachos

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Ay, les juro que esto me acaba de pasar, como hace una hora. Aún me tiemblan las piernas. Mira, yo vivo en un segundo piso, y mi hermanito menor empezó con fiebre en la noche. Mi mamá estaba trabajando y no tenía suero ni nada. Tuve que salir.

El problema es que estaba en pijama. Y no una pijama normal, no. Era el shorts de boxer de mi hermano que yo me robé en la secu, ya como hace cinco años. Está todo aguado, la tela súper fina, casi transparente, y el elástico ya no sirve para nada. Y una camiseta vieja, sin brasier. Ni me peiné.

Pero bueno, qué iba a hacer. Me puse unas chancletas y salí volando. La tienda de la esquina estaba cerrada. Tuve que ir a la que está como a cuatro cuadras, pasando por esa esquina donde siempre se ponen los borrachos.

De día, hasta te saludan. Pero de noche… da miedo. Yo siempre paso rápido, mirando al piso. Hoy también. De ida, cuando pasé, uno me gritó algo. No entendí, no le paré bola. Compré el suero, unas galletas por si acaso, y volví.

Iba pensando en mi hermanito, apurada. Cuando pasé otra vez por la esquina de ellos, me puse a correr. No sé cómo, pero se me cayó un billete de veinte que llevaba en la mano. Se fue volando.

Paré en seco. Maldije. El billete cayó justo a unos metros de donde estaban ellos. Eran como cuatro, sentados en la vereda, con sus botellas.

Pensé en dejarlo. ¿Vale la pena? Pero veinte soles son veinte soles, además, no iba a regalárselos a ellos.

Volví, toda tensa. Uno de ellos, el más alto, se paró. Agarró el billete y se acercó a mí.

«Se te cayó, princesa.»

Me lo alcanzó. Tenía las manos grandes, sucias.

«Gracias,» dije, y quise irme.

«Oye, tranquila. No te vamos a hacer nada.»

Me quedé mirándolo. No parecía tan malo. Tenía una cara de dormido, pero los ojos le brillaban.

«Es que siempre pasas volando,» dijo otro, más gordito. «Como si tuviéramos rabies.»

Me reí, no pude evitarlo. «Es que da miedo.»

«¿Miedo de nosotros?» dijo el primero, el alto. Sonrió. Le faltaban un par de dientes. «Si somos unos cagados.»

Los otros se rieron. Me relajé un poco.

«Es que hoy ni me pude cambiar,» dije, señalando mi ropa. «Fue de emergencia.»

El alto me miró de arriba abajo. Su mirada se paró en mis piernas, en el shorts.

«Ese shorts está brutal,» dijo. «Se te ve todo.»

Sentí un calor en la cara. Pero por dentro, otra cosa. Un cosquilleo.

«¿Todo qué?» pregunté, jugando con el borde del shorts.

«Todo todo. Las nalgas. Se te marcan perfecto.»

El gordito asintió. «Sí, man. Cada vez que pasas, rebotan. Es un espectáculo.»

Yo ahí me puse colorada de verdad. Pero no era incomodidad. Era otra cosa. Empecé a sentirme… excitada. Qué locura, ¿no? Con estos tipos, borrachos, en la calle.

«¿Les gusta ver cómo rebotan?» dije, y mi voz sonó diferente.

Los cuatro se quedaron callados. Se miraron entre ellos. El alto se acercó un poco más. Podía olerlo. A alcohol, a cigarro, a sudor. No olía mal.

«Nos vuelve locos,» dijo bajito. «Todos hablamos de ti. De la chica del shorts.»

«¿De qué más hablan?»

«De que tienes un culo perfecto. De que te debe gustar que te den duro, con esa carita de inocente que pones.»

Me mordí el labio. Se me estaba mojando la tanga. En serio. Ahí, en la calle.

«¿Y ustedes? ¿Qué harían si me tuvieran enfrente?»

El gordito tosió. Otro, más callado, se ajustó el pantalón. Se le notaba un bulto.

«Yo te pondría contra esa pared,» dijo el alto, señalando la pared de la bodega. «Te bajaría este shorts de una vez y te comería ese culo hasta que me pidieras más.»

Las palabras me dieron como una descarga. Podía sentirlo. Podía imaginarlo.

«¿Solo comer?» pregunté, retándolo.

«Después te lo metería todo. Hasta el fondo. Hasta que gritaras.»

«Suena fuerte.»

«Yo tengo algo fuerte para ti,» dijo el gordito, y se tocó la entrepierna.

Todos se rieron, pero era una risa nerviosa. Yo también me reí. Estaba jugando con fuego y lo sabía. Pero me encantaba.

«¿Cuántos años tienes?» preguntó el callado.

«Veinte.»

«Coño, estás para comerte entera,» dijo el alto.

Miré hacia la calle. No pasaba nadie. Mi casa estaba a dos cuadras. Mi hermanito esperando.

Pero mi cuerpo no quería irse.

«¿Alguna vez se la han jalado pensando en mí?» solté.

Los cuatro se quedaron tiesos. El alto se rió, una risa seca.

«Claro que sí. El gordo hasta te gritó tu nombre la otra vez.»

«¡Calláte, huevón!» dijo el gordito, avergonzado.

Yo sentí un poder enorme en ese momento. Estos hombres, mayores que yo, rudos, estaban rogando por una mirada.

«Quiero ver,» dije.

«¿Ver qué?»

«Lo que tienen. Lo que se pondría duro por mí.»

Ellos se miraron de nuevo. El callado asintió, casi imperceptiblemente.

El alto fue el primero. Se desabrochó el pantalón. No llevaba calzoncillos. Sacó su verga. Era grande, gruesa, morena. Medio tiesa ya.

«¿Te gusta?»

Asentí, sin poder hablar. Mi boca estaba seca.

El gordito hizo lo mismo. La suya era más corta, pero gruesa. El callado también sacó la suya. La cuarta persona, un tipo más viejo, solo miró y se quedó sentado.

Tres vergas. Duras o poniéndose duras, bajo la luz amarilla de la farola. Para mí.

«Ahora ustedes quieren ver algo,» dije.

Me di la vuelta. Agarré el borde de mi shorts y me lo bajé lentamente, hasta la mitad de los muslos. No llevaba tanga. Solo el shorts.

Sentí el aire de la noche en mi piel. Oí sus respiraciones cortarse.

«Mierda,» dijo alguien.

Miré por encima del hombro. Los tres me estaban mirando el culo, completamente expuesto. Sus vergas en las manos, listas.

«¿Es tan perfecto como pensaban?» pregunté.

«Mejor,» jadeó el alto. «Quiero tocarlo.»

«Toca.»

Se acercó. Su mano, grande y áspera, se cerró sobre mi nalga. La apretó. Fue como una quemadura, pero rica. Me dejé ir hacia adelante, apoyando las manos en la pared.

«Quiero que uno me lo meta,» dije, y no podía creer que esas palabras salían de mi boca. «Rápido. Ahora.»

El alto no lo pensó dos veces. Escupió en su mano, se la untó a su verga que ya estaba completamente dura, y se acercó por detrás. Sentí la punta caliente en mi entrada.

«Estás segura,» dijo, pero era solo una formalidad.

«Sí. Dámelo todo.»

Y me lo dio. De una. Me llenó por completo. Era enorme. Grité, pero él puso una mano sobre mi boca.

«Shh, princesa. Quieta.»

Empezó a mover. Adentro y afuera. Fuerte, rápido, como había prometido. Yo gemía contra su mano. Podía ver al gordito y al otro mirando, jalándose la verga mientras su amigo me cogía contra la pared de una bodega.

No duró mucho. En unos minutos, él gruñó. «Me voy a venir.»

«Adentro,» gemí.

Y lo hizo. Sentí el chorro caliente dentro de mí. Se quedó quieto un momento, luego salió.

Antes de que pudiera reaccionar, el gordito estaba ahí. «Yo también.»

Y me la metió. Era diferente. Más llenadora, si eso es posible. Él fue más lento, pero más profundo. Me agarró de las caderas y me empujó contra él. Yo ya estaba viendo estrellas.

El tercero no quiso. Solo miró. Cuando el gordito terminó, también adentro de mí, me solté de la pared.

Me subí el shorts. Mis piernas temblaban. Por dentro, sentía sus leches chorreando.

Los tres se estaban abrochando los pantalones, sin mirarme a los ojos.

«Gracias, princesa,» dijo el alto.

Yo solo asentí. Tomé el suero y las galletas del suelo.

Caminé hacia mi casa, sin mirar atrás. Sentía el líquido caliente escurriéndome por los muslos, dentro del shorts aguado.

Cuando llegué, mi hermanito estaba dormido. Le puse el suero, me metí a la ducha y me lavé por dentro, tratando de sacar todo.

Ahora estoy acostada, escribiendo esto. Todavía siento el dolorcito rico. Y sé que la próxima vez que pase por esa esquina, voy a caminar lento. Y voy a sonreír. Porque esta carita de inocente esconde a una perra que acaba de descubrir que le gusta mucho, pero mucho, el peligro.

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