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La oferta de mi paciente
Soy Ainara, tengo 27, y trabajo como auxiliar de enfermería. No es el trabajo más glamuroso, pero me gusta. Conoces a mucha gente. Y a veces, esa gente te dice o te pide cosas que no te esperas.
Resulta que me asignaron a un paciente nuevo. Un tipo de 32 años, Álvaro, que se había caído de una escalera en una obra. Tenía el brazo izquierdo escayolado y una pierna rota, también enyesada. Estaba bastante jodido, la verdad. Mi trabajo era estar a cargo de él durante el turno de día, ayudarlo a comer, a lavarse un poco, esas cosas.
Desde el primer día, noté sus ojos. No era la mirada normal de un paciente. Era otra cosa. Me seguía con la vista por toda la habitación. Cuando me agachaba para ajustar algo de la cama, sentía su mirada clavada en mi escote. Yo suelo llevar el uniforme bien puesto, pero a veces, cuando te agachas, se abre un poco. Y él no perdía detalle.
Yo intentaba ignorarlo. Pensé: «Es un hombre joven, está en cama, es normal que tenga la mente en otras cosas». Pero la cosa se puso más intensa.
El segundo día, me pidió que lo ayudara a lavarse. Con una esponja, le pasé por el pecho, los brazos. Tuve que bajar más, hacia el vientre. Él no llevaba nada debajo de la sábana, solo la bata del hospital, que estaba abierta. Cuando llegué cerca de la cintura, vi el bulto. No era pequeño. Y estaba medio erecto, aunque trataba de esconderlo con la tela.
Me puse nerviosa y me apuré. Él no dijo nada, solo sonrió un poco.
Pero fue el tercer día cuando pasó lo gordo. Era por la tarde, después de la comida. Yo estaba arreglando las cosas en la mesita de noche, y él me empezó a hablar.
«¿Ainara, tienes novio?»
La pregunta me pilló por sorpresa. Me di la vuelta.
«No, no tengo. ¿Por?»
«Por nada. Es que me pareces una chica muy guapa. Con ese pelo oscuro y esos ojos…»
«Gracias,» dije, incómoda, y seguí con lo mío.
«Oye,» dijo él, con un tono más bajo. «¿Te gustaría ganar un dinero extra? Un buen dinero.»
Yo me quedé quieta. Sabía lo que venía. O al menos, me lo imaginaba.
«¿Qué tipo de dinero?» pregunté, aunque no debería haberlo hecho.
«Un favorcito. Nada del otro mundo. Tú me haces un favor, y yo te doy doscientos euros. En efectivo, ahora mismo.»
Mi corazón empezó a latir fuerte. Doscientos euros no es ninguna tontería. Pero…
«¿Qué favor?» dije, aunque ya lo sabía.
Él no contestó con palabras. Con su mano buena, la derecha, agarró el borde de la sábana y la bata, y se las echó para atrás, de una. Ahí estaba. Completamente desnudo de cintura para abajo. Y su verga… joder. Estaba completamente erecta. Grande, gruesa, con la cabeza bien rosada y brillante. Tenía un color moreno, como el resto de su piel, y se le veían las venas marcadas. Apuntaba hacia el techo, tiesa como un palo.
«Tú me tienes así desde que llegaste,» dijo. «Pero con el brazo roto, no me la puedo jalar. Y la necesito sacar. Me duele de lo tiesa que está.»
Yo me quedé paralizada. La miraba. No podía apartar la vista. Era una verga hermosa, la verdad. De esas que ves en películas y piensas que no existen en la vida real.
«Yo te doy los doscientos. Y tú solo tienes que chupármela. Hasta que me corra. Nada más. No tienes que hacer nada que no quieras.»
La oferta estaba ahí. El dinero, en efectivo, en su mesita. Y su verga, ofreciéndose. Podía olerla desde donde estaba. Un olor a hombre, a limpieza del hospital mezclado con algo más salvaje.
Sentí un calor en el vientre. Un cosquilleo que me bajó directo a la entrepierna. Llevaba unas medias debajo del uniforme, y noté cómo se me empezaban a humedecer.
Pero mi cabeza dijo que no. Podía perder el trabajo. Podía meterme en un lío enorme.
«No,» dije, y la voz me salió más débil de lo que quería. «No puedo.»
Él me miró. No parecía enfadado. Solo decepcionado.
«Vale,» dijo. «No pasa nada.»
Se tapó otra vez con la sábana, escondiendo esa verga que a mí ya se me había quedado grabada en la retina. Yo terminé de arreglar las cosas y me fui de la habitación lo más rápido que pude.
Pero desde ese momento, no he podido pensar en otra cosa.
Me fui a casa ese día, con el cuerpo hecho un nudo de nervios y de calentura. Me metí en la ducha y el agua caliente me recorrió la piel. Me puse las manos en los pechos, y de repente, no eran mis manos. Eran las suyas. Imaginé que él estaba ahí, sano, fuerte, empinándome contra la pared de la ducha y metiéndome esa verga por la boca.
Bajé la mano y me toqué. Estaba empapada. Más que nunca. Me metí dos dedos y gemí. Pensé en su cara, en cómo me miraba. Pensé en agacharme, en esa habitación de hospital, y tomarle la verga con la boca. En sentir su peso en mi lengua, su calor. En chuparla lentamente, de la base a la punta, saboreando el precum que le había visto brillar.
Me imaginé que él me agarraba del pelo, no muy fuerte, pero firme, y me guiaba. Que empezaba a empujar, metiéndosela más adentro de mi garganta. Que yo me ahogaba un poco, con los ojos llenos de lágrimas, pero no quería que parara.
Pensé en su respiración, que se pondría más rápida. En sus gemidos bajos. En cómo sus caderas empezarían a moverse, bombeando hacia mi cara. Y yo, ahí, de rodillas, siendo usada para sacarle la leche que llevaba días acumulando.
Me corrí en la ducha pensando en eso. Fue un orgasmo bestia, que me dejó temblando y apoyada contra la pared.
Desde entonces, cada vez que paso por la habitación 304, aunque ya no es mi paciente, me acuerdo. Y se me viene la imagen. Y el calor.
A veces pienso en qué habría pasado si decía que sí. Si cerraba la puerta con llave, si bajaba la cabeza y hacía lo que me pedía. Si escuchaba sus gemidos de verdad, si sentía su leche caliente en mi garganta.
Luego pienso en el dinero. Doscientos euros en la mano. Por algo que, la verdad, me hubiera gustado hacer gratis.
Le conté algo muy suavizado a mi amiga Paula. Ella me dijo que estaba loca, que menos mal que no lo hice. Pero por la noche, me mandó un mensaje. «¿Y era realmente tan grande como dices?».
Le contesté. «Más.»
Ella puso. «Joder. Yo no hubiera aguantado.»
Y esa es la verdad. No sé si hice bien o mal. Solo sé que ahora, cuando veo a un paciente hombre, joven, no puedo evitar mirarle las manos. Y pensar. Pensar en lo que podría ofrecerme. Y en lo que yo podría aceptar.
Ayer tuve que llevar una muestra de sangre al laboratorio. En el ascensor, iba un médico que conozco de vista. Alto, con las manos grandes. Me miró y sonrió. Yo miré sus manos otra vez. Y luego, sin querer, bajé la vista a su bata blanca, a la altura de la entrepierna.
Me ruboricé y miré hacia otro lado. Pero el daño ya está hecho. Mi mente ya ha cruzado una línea. Y ahora, cada verga que veo, es la suya. Cada oferta que imagino, es la de esos doscientos euros y esa boca esperando.
No sé si volverá a pasar. No sé si quiero que pase. Pero si algún día, en una habitación tranquila, un paciente me vuelve a hacer esa oferta… no sé si mi «no» va a ser tan rápido. O si voy a mirar ese dinero, y esa verga, y voy a pensar: «Joder, por una vez en la vida…».
Porque la calentura a veces es más fuerte que el sentido común. Y esa verga, en mi memoria, no para de crecer.


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