Deseos culposos por mi nuera
Hola a todos. Soy un hombre viudo. Hace aproximadamente dos meses, acogà en mi casa a mi hijo y a su esposa. La situación es simple: él nunca fue muy estudioso o trabajador, se casaron hace dos años pero la cosa no pintaba bien para que se independizaran. Ofrecà mi hogar para echarles una mano. Todo, en apariencia, marcha bien. Mi hijo consiguió un empleo, sÃ, pero uno que le demanda mucho tiempo y traslados largos, a veces hasta de un dÃa para otro. Asà que, la mayor parte del tiempo, quien me acompaña entre estas paredes que antes resonaban vacÃas es ella. Mi nuera.
Desde que la vi, me pareció una mujer muy linda. Dulce, de sonrisa fácil, con una energÃa que ilumina el comedor a la hora de la cena. Nada fuera de lo común, me repetÃa, respetando a fin de cuentas que es la esposa de mi hijo. Pero la rutancia es un campo fértil para la mirada, y la mirada, a su vez, para la imaginación.
Todo comenzó con pequeños detalles, fragmentos de una intimidad ajena que se cuela en la mÃa. Un martes por la tarde, por ejemplo. Ella habÃa lavado a mano algunas de sus prendas más delicadas y las tendió en el tendedero del patio trasero. Yo, desde la ventana de la cocina donde preparaba un café, la vi estirarse para colgar un sostén. Llevaba sólo unos shorts cortos y una camiseta holgada, de esas que usan para dormir. Al alzar los brazos, la tela se le levantó, revelando por un instante la suave curva de su cintura, la piel pálida de su vientre. Se dio la vuelta, buscando otra pinza, y no llevaba nada debajo de aquel top. El contorno de sus pechos, libres y naturales, se dibujó con una claridad que me dejó sin aliento. Bajé la vista al instante, con un nudo de vergüenza y excitación en la garganta, pero la imagen ya estaba grabada a fuego. El agua del fregadero seguÃa corriendo y yo allÃ, paralizado, sintiendo el latido acelerado en mis sienes.
Las noches son otro capÃtulo. Su dormitorio está al lado del mÃo. Las paredes no son tan gruesas como uno desearÃa. Al principio, los sonidos eran sutiles, apenas un susurro de risas ahogadas. Pero últimamente, cuando mi hijo está en casa, la dinámica ha cambiado. Hay noches en las que me despierta el sonido de la cama chirriando con un ritmo constante, lento al principio, luego más urgente. Oigo sus gemidos, bajos pero perceptibles, un quejido ahogado que ella trata de contener. Y los de él, un gruñido ronco, animal. Me quedo inmóvil en la oscuridad, conteniendo la respiración, obligándome a no hacer ruido. La oscuridad se vuelve entonces una pantalla donde mi mente proyecta la escena: sus cuerpos entrelazados, la piel brillando de sudor, las manos de él agarrando esas curvas que yo solo me atrevo a imaginar.
En esas noches, la culpa y el deseo libran una batalla feroz dentro de mÃ. Y a veces, demasiadas veces, el deseo gana. Me deslizo la mano bajo el elástico de mi pijama, sintiéndome un viejo miserable, pero incapaz de detenerme. Me masturbo en la penumbra, con los dientes apretados para no emitir ningún sonido, mientras al otro lado de la pared el ritmo de los crujidos y los jadeos alcanza su clÃmax y luego se apaga en un silencio pesado, cargado. Después, queda un vacÃo enorme, una mezcla de alivio fÃsico y un asco profundo hacia mà mismo.
Durante el dÃa, la convivencia es un ejercicio de actuación. La ayudo con las compras, la llevo a hacer mandados. Dentro del carro, su perfume suave llena el espacio. A veces, cuando toma algo del asiento trasero, se inclina y el escote de su blusa cede, ofreciendo una visión fugaz pero devastadora. Cambio de tema de conversación rápidamente, hablo del clima, del tráfico, de cualquier tonterÃa. Ella sonrÃe, agradecida, ajena por completo al torbellino que suscita en mÃ.
Lo peor es la naturalidad con la que se mueve por la casa. Descalza, con sus leggings que se adhieren a cada curva, o arrodillada frente a la lavadora, recogiendo la ropa. Cada gesto cotidiano, inocente, se ha vuelto para mà una tortura deliciosa. Fantaseo con escenarios imposibles: que una tarde, sola con ella, ocurra algo. Que un roce casual no sea casual. Que la tensión silenciosa que sólo yo percibo estalle de alguna manera. Pero son sólo eso, fantasÃas. PelÃculas que mi mente reproduce para aliviar una soledad que no es sólo fÃsica.
Me siento fatal por tener estos pensamientos. Soy su suegro. Soy el padre de su esposo. Este deseo es una traición a los dos. Pero confesarlo aquÃ, aunque sea anónimamente, es un alivio. Es admitir que, a pesar de los años y de las canas, el cuerpo sigue pidiendo, anhelando. Y que a veces, el corazón o lo que lo sustituye en estas circunstancias elige los caminos más prohibidos, los más complicados, para no sentirse del todo muerto. Todo se ha quedado en la mente, sÃ. Pero qué hogar tan incómodo se ha vuelto esta mente, y esta casa, desde que ella llegó.


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