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enero 5, 2026

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La primera vez que abrí la puerta en tanga

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Ok, vale, les cuento. Esto pasó cuando tenía como 17, recién cumplidos, porque ahora ya tengo 19, ¿ven? Era un sábado, mis papás se habían ido a una fiesta de bodas de un primo lejano, algo así. Se iban a quedar a dormir en otro lado, así que yo tenía la casa para mí sola toda la noche. Lo típico.

Estaba en mi cuarto, viendo unas series en Netflix, y de repente me dio un hambre de esos que te doblan. Como a las once de la noche. No había hecho nada de comer, así que agarré el celular y abrí la app de pedidos. Pedí unas alitas picantes y unas papas, lo normal. Me dijeron que en 40 minutos llegaba.

Los primeros veinte minutos, me puse a ver más serie. Pero después, no sé, me empecé a aburrir. Y como estaba sola, con esa libertad, me entró la calentura. A mí me pasa, a veces solo me dan ganas. Y ese día fue uno de esos.

Me fui a mi cuarto, cerré la puerta, y me empecé a tocar por encima del pijama. Eran unos shorts cortos y una camiseta vieja. Pero no era suficiente. Me paré, me quité todo, y me puse una tanga naranja que me encanta, porque me hace ver el culo redondo. Y ya. Solo la tanga. Ni sostén, porque no lo necesito mucho, la verdad.

Me recosté en la cama otra vez y seguí tocándome, pero ahora con la mano directo en la tanguita, sintiendo la tela mojarse poco a poco. Me mojo muy rápido, es algo que no puedo evitar. Cerraba los ojos y me imaginaba cosas, con actores de series, con compañeros de la prepa. Ya estaba en eso, con los dedos moviéndose, cuando sonó el teléfono.

Era la notificación de la app. «Tu repartidor está cerca. Prepárate para recibir tu pedido.»

¡Ay, por Dios! Me asusté. Porque estaba ahí, casi encima, con la mano metida en la tanga y súper caliente. Me quedé quieta un segundo, escuchando. No se oía nada. Pensé: «Bueno, todavía le faltan unos minutos, me da tiempo de terminar rápido y vestirme.»

Pero no. En ese momento, justo cuando iba a empezar a moverme otra vez, sonó el timbre. ¡TAN TAN! Fuerte. Mi corazón se paró. ¿Ya? ¡Pero si decía que estaba cerca, no que estaba aquí!

Salté de la cama, toda asustada. «¡Un momento!» grité, aunque sabía que no me iba a escuchar desde mi cuarto.

Mi primer instinto fue correr a ponerme algo. Agarré la bata que tenía en la silla. Pero cuando ya la tenía en las manos, me detuve. Me miré en el espejo del closet. Estaba solo en tanga naranja, los pezones duros del aire y de la excitación, la piel un poco enrojecida. Y sentí algo. Una cosquilla rara en el estómago. No era miedo. Era otra cosa.

El timbre sonó otra vez. Más insistente.

Y yo, en vez de ponerme la bata, la tiré a la cama. Respiré hondo. «¿Por qué no?» me dije a mí misma. Era una locura, lo sabía. Pero la calentura todavía me nublaba el juicio. Y además, ¿quién me iba a ver? Solo un repartidor cualquiera, un señor o un chavo que se iba a ir en dos minutos y nunca más lo vería.

Caminé hasta la puerta de mi cuarto. Otro timbrazo. «¡Voy!» grité, esta vez más cerca.

Abrí la puerta de mi cuarto y caminé por el pasillo hacia la puerta principal. Cada paso se sentía como en cámara lenta. Sentía el aire en la piel, el latido de mi corazón en los oídos. Llegué a la puerta. Me paré ahí, frente a ella. Podía ver la silueta de alguien a través del vidrio esmerilado de la puerta. Alto.

Traqué saliva. Giré la chapa y abrí.

No fue mucho, solo como medio metro. Me asomé.

Afuera había un chavo. Joven, quizá de unos 22 o 23. Moreno, con gorra de su aplicación y una mochila térmica en la espalda. Tenía la cabeza gacha, mirando su celular. Cuando la puerta se abrió, levantó la vista.

Y se congeló.

Sus ojos se abrieron como platos. No dijo «buenas noches», no dijo «aquí tiene su pedido». Nada. Se le cerró la boca. Se le trabó la lengua. Su mirada fue directa a mis pechos. Los miró, bien abiertos, sin nada encima. Luego bajó, a mi vientre, y después a mi entrepierna, donde la tanguita naranja cubría casi nada. Se le quedó la mirada ahí, clavada, por unos segundos que se me hicieron una eternidad.

Yo me agarraba del borde de la puerta, para esconder un poco mi cuerpo, pero era inútil. Me estaba mostrando casi toda.

«Eh… eh…» fue lo único que pudo sacar él. Tartamudeaba. «Su… su pedido.»

Alargó la bolsa con la comida hacia mí, pero ni siquiera miró la bolsa. Seguía mirándome a mí. A los pechos, otra vez. Yo podía ver cómo se le movía la garganta cuando tragaba.

Agarré la bolsa. «Gracias,» dije, y mi voz sonó rara, un poco ronca.

«De… de nada,» dijo él. Pero no se iba. Se quedó ahí parado, mirándome. Sus ojos eran oscuros, y en la luz del porche, vi que no era desagradable. Tenía una cara simpática.

El silencio se hizo incómodo, pero también… electrizante. Yo sentía sus ojos en mi piel como si fueran manos. Se me erizó el vello de los brazos. Y ahí abajo, en mi pepa, sentí otra vez el calor. La excitación no se había ido. Al contrario, ver su reacción, verlo tan impresionado, la avivó más.

Pensé en decir algo. «¿Quieres… pasar?» Tal vez eso. Pero me dio mucha pena. También miedo. Al fin y al cabo, estaba sola y él era un extraño.

Así que lo que hice fue sonreír. Una sonrisa pequeña, nerviosa. Y di un paso atrás, para cerrar la puerta.

Él reaccionó entonces. «Espere,» dijo, rápido. «¿Está… está bien? Quiero decir, ¿no tiene frío?»

«No,» dije yo. «Hace calor.»

«Se ve,» dijo él, y otra vez sus ojos bajaron a mis pechos. «Se ve que hace calor.»

Eso me dio más valor. «¿Te gusta lo que ves?» le pregunté. No sé de dónde saqué el valor.

Él se rió, un poco incómodo, pero asintió con la cabeza. «Mucho. No esperaba… esto.»

«Yo tampoco,» confesé. «Pero aquí estamos.»

Hubo otro silencio. Él miró hacia su moto, estacionada en la banqueta, y luego otra vez a mí. «Oye, yo… yo termino mi turno en media hora. Si quieres… puedo volver.»

Mis piernas se sintieron débiles. «¿Para qué?» pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

«Para… conocernos mejor,» dijo. «O para lo que tú quieras.»

Mi corazón latía a mil. «No puedo,» mentí. «Tengo… visita.»

«Ah,» dijo él, y se le notó la decepción. «Bueno. Otra vez será.»

«Tal vez,» dije, y empecé a cerrar la puerta de verdad. «Gracias por la comida.»

«Gracias a ti,» dijo él, y por primera vez me sonrió, una sonrisa picara. «Por el… espectáculo.»

Cerré la puerta. Me apoyé contra ella, con la bolsa de comida en la mano, respirando como si acabara de correr. Mi cuerpo entero temblaba. De nervios, de miedo, pero sobre todo de excitación. Estaba mojadísima. La tanga estaba empapada.

Corrí a mi cuarto, tiré la comida en la cama y me metí la mano. Me vine en menos de un minuto, pensando en sus ojos, en su cara de sorpresa, en lo que hubiera pasado si le decía que sí. Fue uno de los orgasmos más intensos que recuerdo.

Después, mientras comía mis alitas frías, no podía dejar de pensar. No me sentía avergonzada. Me sentía… poderosa. Y con mucha curiosidad.

Ese fue el principio. Después de eso, empecé a hacerlo más. No siempre, pero cuando me daba la calentura y tenía que pedir algo, a veces esperaba a estar medio desnuda. Unas veces solo en sostén y pantalones cortos. Otras, como la primera, solo en tanga. Las reacciones eran lo mejor. Algunos se ponían rojos y no sabían dónde mirar. Otros me sonreían abiertamente. Una vez, un señor mayor me dijo «Dios mío, hija» y se fue rápido, pero yo vi cómo me miraba.

Empecé a disfrutar el riesgo. El saber que me estaban viendo, que deseaban lo que veían, pero que no podían tocarme. Es un juego, ¿saben? Yo tengo el control. Decido cuánto muestro, cuándo abro la puerta, y ellos solo pueden mirar.

Ahora, a mis 19, lo sigo haciendo de vez en cuando. Ya no solo con repartidores. A veces, cuando salgo, uso faldas muy cortas sin ropa interior y me siento de cierta manera en el transporte. O en el cine, me abro un poco el abrigo. Siempre buscando esa mirada, esa reacción de sorpresa y deseo.

Es mi vicio secreto. Mis amigas creen que soy solo una chava alegre y sociable. Y lo soy. Pero también soy la chica que te abre la puerta en tanga a medianoche y te deja con la boca abierta. Y la verdad, me encanta ser las dos cosas. ¿Ustedes qué piensan? ¿Está muy mal?

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