maría

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enero 5, 2026

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Mi Desastre en el Gym

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Ay, no, no, no… ¡yo no me lo creo todavía! Tengo que contarlo o me va a dar algo, es que exploto, ¡la calor que tengo todavia! Y lo peor es que tengo que limpiar todo porque soy la recepcionista del gym, imagínate, yo misma manché mi lugar de trabajo, ¡que desastre! Pero dios mío, valió cada maldito segundo, ¡lo juro!

Es que es así, mi novio, Renzo, tiene 26, yo 37, y el pata es un encanto pero anda de viaje por trabajo toda la semana. Yo aquí sola, manejando el gym de la tarde a la noche, aburridísima. Y hoy, cerramos a las dieve. A esa hora ya no viene casi nadie. Solo los muy obsesionados o los que quieren hacer sus cosas a escondidas, ya tu sabes.

Para las nueve y media, ya se habían ido todos. O eso pensé. Estaba en recepción, viendo unos videos en el teléfono, bostezando. Y de repente, escucho un ruido en la zona de peso libre. Como un golpe. Pensé que era un gato o algo, porque a veces entran. Fui a ver, con mi linterna del celular.

Y ahí estaba él. Sebastián. Uno de los clientes nuevos, un chibolo de 22, 23 años, pero dios mío… el cuerpo que tiene ese muchacho. Como trabajado, pero natural, no ese músculo inflado. Unos brazos que se le marcan bajo la camiseta sin mangas, y un trasero… ¡ay, señor! Un trasero que pide a gritos que le den nalgadas.

«¿Sebastián? Ya cerramos, ¿qué haces aquí?» le dije, tratando de sonar seria, de recepcionista responsable.

El tipo se dio la vuelta. Estaba sudado, como si acabara de hacer su rutina. «Ah, señora María… perdón. Se me pasó la hora. Estaba terminando y se me fue la noción del tiempo.»

Se me acercó. Olía a sudor de hombre joven, a ese olor que a mi me vuelve loca. Yo tengo un novio joven, pero este chibolo… tenía algo. Una mirada más atrevida.

«No hay problema,» dije, pero me quedé ahí parada. «Pero tienes que irte ya, voy a cerrar.»

«Claro, claro,» dijo, pero no se movió. Me miraba. Me miró el escote. Yo tenía puesta la polera del gym, que es un poquito ajustada. Y yo, sin sostén, porque total ya era tarde. Se me notaban los pezones, duros por el aire acondicionado.

«Se te ven,» dijo él, de repente. Sin más.

«¿Qué cosa?» pregunté, haciéndome la tonta, pero me latió todo.

«Tus pezones. Se te marcan mucho.»

¡Ay, por Dios! La cara que habré puesto. Me ardieron las mejillas, pero otra cosa también. «Eso no se dice,» le contesté, pero sonreí. No pude evitarlo.

«¿Por qué no? Si es verdad. Y se ven ricos.»

Ahí, ahí fue cuando se rompió algo. El aire se puso espeso. Yo podía escuchar mi propio corazón.

«Tú eres muy atrevido para tu edad,» le dije, y me acerqué un paso. No sé por qué lo hice.

«Y usted es muy atractiva para la suya,» me contestó, sin pestañear.

Eso me llegó. ¡Que un chibolo me diga eso! Me encendió como un cerillo.

«¿Y qué más piensas?» le pregunté, ya casi susurrando.

«Pienso que esa boca debe chupar muy bien.»

¡Ayyyy! ¡No me lo dijo! Me dio un vuelco en la pepa. Se me mojó al instante, sentí el calor ahí.

Sin pensarlo, agarré su mano y se la puse en mi pecho. Sobre mi pezón, a través de la tela. «¿Así de ricos?» le dije.

El respiró hondo. Apretó. «Más.»

Y ahí, en medio del gym, con las luces medio apagadas, nos lanzamos. Fue él primero. Me agarró la cara y me besó. Un beso con hambre, con lengua, profundo. Yo gemí en su boca. Sus manos me bajaron el short del gym y los calzones de una. Yo le bajé su pantaloneta de deporte y su boxer. Y ahí estaba. Su verga. ¡Dios santo! No era muy larga, pero gruesa. Muy gruesa. Morena, ya parada, palpitando. Se veía fuerte.

«Quiero sentirla,» jadeé, y me arrodillé ahí mismo, en el piso de goma.

No le di tiempo. Me la llevé a la boca entera. La llené. Sabía a sudor, a sal, a hombre joven. Empecé a chuparla, con ganas, como si no hubiera comido en días. Él gimió y me agarró del pelo. «Así, señora María, así… chupe esa porquería.»

Me excitaba que me hablara así. Que me dijera señora, pero con esa voz sucia. Chupé y chupé, hasta que sentí que se ponía más dura, que le salía precum. Sabía dulce.

«Para, para, que me vengo,» dijo él, y me levantó.

Me puso contra la máquina de press de pecho. De espaldas. Me levantó una pierna y sin avisar, me la metió. ¡Uff! Me llenó toda. Era tan gruesa que sentía que me abría. Grité, pero el grito se perdió en el gym vacío.

Empezó a coger. Fuerte, rápido. Cada embestida me movía contra la máquina, que hacía un ruido metálico. Yo solo podía gemir y decir su nombre. «Sebastián… más duro… ahí…»

El sudor le corría por el pecho y me caía a mí. El sonido de nuestros cuerpos mojados chocando era lo único que se escuchaba. Yo estaba en otro mundo. Pensé en mi novio, por un segundo, y me sentí mal, pero el placer era más grande. ¡Qué rico cojía este chibolo!

«Gira,» me ordenó, y yo giré. Me puso a cuatro patas en el banco plano. Ahí, con mi culo en el aire, me la volvió a meter. Por detrás. Me agarró de las caderas y me dio como un animal. Nalgada tras nalgada, sonaban en el silencio.

«¿Le gusta que se la den así, señora? ¿Con su novio tan joven y viene a que se la dé un chibolo?» me decía al oído.

«¡Sí! ¡Sí! ¡Eres un maldito! ¡Dámela toda!» le gritaba yo.

Cambiamos otra vez. Me sentó en el mismo banco y se puso de rodillas. «Ahora, chúpemela otra vez, que quiero venirme en esa boquita.»

Obedeci. Me la llevé a la boca otra vez, chupándola con furia. Él cerraba los ojos y jadeaba. Con una mano, se tocaba mis tetas, me apretaba los pezones.

«Me voy… me voy…» avisó.

Yo no me separé. Quería todo. Y vino. Un chorro caliente, espeso, que me llenó la boca. Tragué, tosí, pero seguí. Vino mucho, mucho. Se corrió como si no lo hubiera hecho en semanas. Cuando terminó, yo tenía leche en la comisura de los labios, en la barbilla.

Nos quedamos ahí, él arrodillado, yo en el banco, los dos sin aire. De repente, él miró hacia abajo y se rió. «Mire el desastre.»

Yo miré. Había manchas de sudor por todos lados. En el banco, en la máquina. Y en el piso, un charquito de sus jugos y mis jugos mezclados. ¡Un asco! Pero a la vez, excitante.

«Tengo que limpiar esto,» dije, y me levanté, con las piernas temblando.

«Yo le ayudo,» dijo él, y fue a la cocineta a traer toallas de papel y limpión.

Mientras limpiábamos, él se me acercó por detrás y me abrazó. Todavía estaba desnudo de la cintura para abajo. «Qué rico fue, señora.»

«Fue increíble,» admití. «Pero esto no puede pasar otra vez.»

«¿Por qué no?» preguntó, mordisqueándome la oreja.

«Porque tengo novio. Y porque yo trabajo aquí.»

«Y a mí qué. Su novio no está. Y usted, cuando se pone esa polera sin sostén, lo está pidiendo.»

Me reí. Tenía razón. Yo era una hipócrita.

Terminamos de limpiar lo más que pudimos. Nos vestimos en silencio. Antes de irse, en la puerta, me dio otro beso. «Si alguna noche se queda tarde otra vez… ya sabe donde encontrarme. Yo soy el de la rutina de piernas.»

Se fue. Yo me quedé ahí, en recepción, con el olor a sexo y a limpión. Mi teléfono sonó. Era un mensaje de mi novio. «Hola mi amor, ¿cómo estás? Te extraño.»

Le contesté: «Yo también te extraño, mi vida. Aquí todo tranquilo, cerrando el gym.»

Mentira. Nada tranquilo. Mi corazón todavía latía a mil. Mi pepa todavía palpitaba, adolorida pero feliz. Y la polera, manchada un poco con su leche, tenía que lavarla antes de mañana.

Así que sí, fui una puta total. Me cogí a un cliente dieciseis años menor que yo en el gym donde trabajo. Y lo peor es que no me arrepiento. Ni un poquito. Mañana, cuando lo vea pasar, voy a sonreír y voy a recordar su verga gruesa dentro de mí. Y si se queda tarde otra vez… ay, Dios, no sé si voy a poder decir que no. ¡Qué vida la mía! ¡Deliciosooo y complicada!

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