La Cena con mi Tío (es la continuación de lo del mirador)
Ok, pues sigo con lo que pasó esa noche después del restaurante. Ya les conté lo del mirador, pero lo de antes también fue una locura.
Cuando me mojé tanto en la mesa porque sentí su mano en mi nalga, no pude más. Me tenía empapada. Le dije a mi tía que iba al baño. Me levanté y sentí cómo su mirada me seguía todo el trayecto.
En el baño, me metí a un cubículo. Me senté en el inodoro con el vestido levantado. Me toqué. Estaba chorreando. La tanga naranja estaba oscura de lo mojada. Me saqué unas fotos con el celular. Primero un selfie con la cara de caliente, los labios entreabiertos. Luego le bajé a mi espalda, al culo, a la tanga marcada. Hasta una de frente, con la tanguita a un lado, mostrando todo. Se veía bien, la verdad.
Las mandé a mi novio. Pensé que le iba a gustar, que me iba a decir algo caliente. Pero nada. Al rato me contestó: «Andrea, eso no está bien. No mandes eso. ¿Estás tomada?».
Me dolió. Me regañó como si fuera su hija, no su novia. Me sentí pendeja. Borré las fotos de su chat y me sequé con un poco de papel. Me arreglé y salí.
Pero en cuanto vi a mi tío otra vez, ahí sentado, mirándome como si yo fuera el postre, se me olvidó todo. Mi novio, su regaño, todo. Solo existía esa tensión entre él y yo.
Me senté. Mi vestido blanco era corto, y yo me acomodé de manera que se me subiera un poco más. Sabía que si miraba, podía ver el hilo naranja de mi tanga. Y él miraba. Lo sentía.
Tenía miedo de que mi tía se diera cuenta, pero el morbo era más fuerte. Jugaba con los cubiertos, me reía de cualquier cosa, y dejaba que mi pierna se rozara con la de él bajo la mesa.
Entonces se me ocurrió algo. Tenía una servilleta en la mano. La tiré. No fue un accidente. La tiré justo a la mitad de la mesa, más cerca de él que de mí.
«Uy, se me cayó,» dije, con una voz que sonó hasta tonta.
Mi tío se agachó a recogerla. Y desde mi lugar, abrí las piernas. Solo un poco, pero suficiente. Él quedó justo en la línea de visión. Por un segundo, dos, se quedó ahí, agachado, mirando. Vi sus ojos subir por mis piernas, detenerse en mi entrepierna, donde la tela blanca del vestido se transparentaba contra la tanga naranja brillante. Se le quedó viendo.
Luego recogió la servilleta y se enderezó. Me la pasó. Sus dedos tocaron los míos. «Ten más cuidado,» dijo, pero su sonrisa era otra. Era cómplice.
«Gracias, tío,» dije, y me limpié los labios que no tenían nada.
Mi tía pidió otro trago. Mi tío dijo: «Yo también. Y trae una ronda de tequila. Para celebrar.»
Yo no tomo casi nada, menos tequila. Pero asentí como si me encantara la idea.
Llegaron los tequilas. Brindamos. Mi tía se tomó el suyo de un golpe. Mi tío también. Yo solo mojé los labios. Empecé a sentirme mareada, pero no del alcohol, del calor, de la adrenalina.
Mi tía se levantó. «Voy al baño, no aguanto,» dijo, riéndose un poco. Se tambaleó un poco y se fue.
En cuanto desapareció, la atmósfera cambió. Mi tío se levantó de su silla. Se acercó a mí por detrás. Puso sus manos en mis hombros. Podía sentir su aliento en mi nuca.
«Vamos a tomarnos una foto, tú y yo,» dijo. «Sin tu tía, que siempre sale mal en las fotos.»
«Bueno,» dije, y mi voz tembló.
Él sacó su teléfono. Se inclinó sobre mí, su pecho contra mi espalda. Con una mano sujetaba el teléfono frente a nosotros. Con la otra… con la otra empezó a arreglarme el vestido en el hombro. «Se te ve un poquito desarreglado,» dijo, pero sus dedos bajaron. Rozaron mi clavícula, luego el borde del escote.
Yo no usaba brasier. Mis pezones estaban duros y se marcaban mucho contra la tela del vestido. Él lo sabía. Sus dedos pasaron por encima de uno, luego del otro, presionando ligeramente. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
Y ahí, contra mi brazo, sentí algo duro. Su verga. Palpitando a través del pantalón. Estaba dura como una piedra. La sentí presionar contra mi bíceps. Eso fue todo. Un gemido se me escapó. Callado, ahogado, pero él lo escuchó. Sentí como un pequeño temblor dentro de mí, un orgasmo rápido, silencioso, provocado solo por ese roce y por saber lo que estaba pasando.
Bajé mi mirada a mi propio celular, que estaba en la mesa. Lo prendí. «Con mi cámara ahora,» dije, sin pensar.
Él se enderezó un poco. «¿Qué?»
«Tómalas con mi celular. Para que las tenga yo.»
Sin decir nada, tomó mi teléfono. Me acerqué más a él, pegando mi cuerpo al suyo. Sonreí para la cámara, una sonrisa falsa de niña buena. Él tomó la foto.
Luego, bajó el brazo que tenía alrededor de mí. La mano con el teléfono apuntó hacia abajo. Tomó otra foto. De mi escote, de mis pezones marcados. Otra. De mi cintura. Otra. Del dobladillo de mi vestido, que estaba muy arriba en el muslo.
«Quiero ver,» le dije, y tomé el teléfono.
Deslicé las fotos. Las primeras eran normales. Luego, las que él había tomado. Y de repente, salieron las otras. Las que me había tomado en el baño. Las de mi culo, mi tanga, todo. Se me había olvidado que las tenía ahí, en la galería abierta.
Me congelé. Él miró por encima de mi hombro. Las vio.
Hubo un silencio pesado. Luego, él dijo, muy cerca de mi oído: «Estás buenísima, Andrea.»
No me regañó. No me dijo que estaba mal. Me dijo que estaba buenísima. La sangre me golpeó la cara.
«Esas me las tomé antes,» murmuré, sintiéndome expuesta pero excitada.
«Lo sé,» dijo él. «Y se ven mucho mejor en persona.»
En ese momento, oímos los pasos de mi tía que volvía. Él se separó rápidamente y volvió a su silla, como si nada. Yo guardé mi teléfono con manos temblorosas.
El resto de la cena fue una tortura. Mi tía estaba cada vez más dormida, más borracha. Yo, por debajo de la mesa, estiré mi pie. Busqué la pierna de mi tío. La encontré. Pegué mi pie a su pantalón, y lo restregué lentamente, de la rodilla hacia arriba. Él no se movió. No me miró. Pero no apartó la pierna.
Terminamos de comer. Mi tía apenas podía pararse. Mi tío la ayudó. «Vamos a casa,» dijo.
Salimos. Él abrió la puerta trasera del carro para mi tía, que se desplomó en el asiento y cerró los ojos casi al instante. Luego vino a mi lado y abrió la puerta del copiloto para mí.
«Gracias, tío,» dije, y al entrar, me incliné exageradamente hacia el asiento trasero. «Voy a tomar el saco de tu esposa, hace frío.»
Ese movimiento le dio a él, que estaba parado en la puerta, una vista perfecta. Mi vestido se subió casi hasta la cintura. Mi culo, envuelto en la tanguita naranja, quedó a la vista por un buen segundo. Sentí su mirada quemándome la piel. Tomé el saco y me senté, arreglándome el vestido como si nada.
Durante el viaje, yo estaba en llamas. Mi tía roncaba suavemente atrás. Yo me acomodaba, cambiaba de posición. A veces abría las piernas un poco, dejando que el vestido se abriera. Otras las apretaba fuerte, frotando los muslos para sentir algo de alivio.
Luego, hice lo más atrevido. El saco de mi tía estaba en mi regazo. Con el pretexto de acomodarlo, me bajé discretamente la parte de arriba de mi vestido. Los hombros quedaron al descubierto, y luego, con un movimiento, dejé mis pechos al aire. Fue rápido. Me cubrí inmediatamente con el saco, como si tuviera frío. Pero él lo vio. Lo vi en el espejo retrovisor. Sus ojos se clavaron en mí, y no los apartó por varios segundos.
Llegamos a su casa. Mi tía estaba completamente dormida. Mi tío la despertó a medias. «Andrea, ayúdame,» me dijo.
Salí y tomé un brazo de mi tía. Juntos la llevamos escaleras arriba. Ella iba murmurando tonterías. Yo miraba cómo mi tío la sostenía, y en una de las escaleras, su mano, la que no la agarraba, se deslizó y le apretó una nalga, fuerte. Mi tía ni se dio cuenta.
Pero yo sí. Lo vi. Y pensé: ahora se la va a coger a ella. Va a llevar a mi tía borracha a la cama y le va a dar como si nada, con esa verga que yo quería para mí.
Entraron a su cuarto y cerraron la puerta.
Yo me quedé parada en el pasillo, escuchando. No se escuchaba nada. Bajé a mi cuarto, cerré la puerta y me apoyé contra ella. Me desesperaba. Estaba tan caliente que me dolía.
No pude evitarlo. Me quité el vestido, la tanga destrozada, y me tiré en la cama. Me metí los dedos, imaginando que era él. Que era su boca la que me lamía, su verga la que me llenaba. Me vine rápido, en silencio, mordiendo una almohada para no gritar.
Después, me quedé tirada, escuchando los sonidos de la casa. Esperando, tal vez, que su puerta se abriera y que sus pasos vinieran hacia la mía.
Pero no pasó. Esa noche, me tuve que conformar con mis dedos y con la promesa de que esto, definitivamente, no iba a quedar así.


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