Por
La Verga del Amigo de mi Ex
Terminé con mi ex hace como un mes. Siete años a la basura, pero bueno, el pata se volvió un aburrido de mierda. Lo bueno es que en todo ese tiempo conocí a su grupo de amigos, y entre ellos está Leo. Ese huevón siempre me miraba raro, sabes? Como con hambre, pero disimulando. Yo le seguía el juego, una sonrisa ahí, un roce de manos cuando pasaba la cerveza.
Total, que desde que terminé, Leo me empezó a escribir. Primero para “ver cómo estaba”, después para “salir a tomar algo y despejarme”. Y yo, claro, le seguí la corriente. Por qué? Porque tengo memoria fotográfica para las vergas, huevón. Una vez, hace como dos años, estábamos en una piscinada. El muy pendejo se cambió delante de todos, solo con una toalla. La soltó para ponerse el short de baño y por un segundo, solo un segundo, yo vi TODO. Una sombra, un bulto que colgaba bien pesado. No era normal. Era de esos que te hacen pensar: con eso se debe morir la gente.
Así que ahora, con el WhatsApp ardiente, solo tengo una idea en la cabeza: confirmar. Ver si ese tronco funciona tan bien como se ve.
Quedamos en un bar de moda. Yo me puse un jean tan apretado que sentía que la tela me hacía el efecto tanga, y un top que dejaba la espalda y el vientre al aire. Pa’ que vaya calentando el ambiente. Llegó él, con su estilo de huevón que se cree sencillo pero se viste bien. Nos sentamos, pedimos unos tragos.
La conversación fue directa al grano. “Y tu ex, te sigue jodiendo?” me preguntó.
“No, para nada. Ya superado,” le dije, y le puse la mano en su brazo. Se puso tieso.
“Qué bueno,” dijo, y me miró a los labios.
“Y vos? Por qué nunca te vi con alguna chica? Tan feo no estás,” le solté, con una sonrisa que decía ‘atrevete’.
Se rió, incómodo. “No sé, no he tenido suerte.”
“Mentira. Un huevón como vos debe tenerlas locas.”
“¿Como yo cómo?” preguntó, tomando un trago.
“Alto, buena pinta… y por lo que alcancé a ver una vez, bien dotado.” Le lancé la bomba así, sin anestesia.
Se atragantó con el trago. Tosió. “Qué… qué viste?”
“En la piscinada de Javier. Te cambiaste con la toalla. Se te vio el paquete, Leo. No es algo que una olvide.”
Se quedó callado, mirando su vaso. Después me miró a mí. Sus ojos estaban oscuros. “Y eso te gustó?”
“Me dio curiosidad,” dije, y me pasé la lengua por el labio inferior. Fue acto reflejo.
“Curiosidad de qué?”
“De si es tan grande como parece. Y de si sabes usarlo.”
Ahí mismo, bajo la mesa, sentí su pie tocando el mío. No lo aparté. Al contrario, le enredé mi pie alrededor de su tobillo.
“Podemos ir a otro lugar a… conversar más tranquilos,” propuso él, la voz un poco más grave.
“Tu depa queda cerca, ¿no?” le pregunté. Sabía que sí. Mi ex me lo había señalado mil veces.
Asintió. Pagó la cuenta rápido, casi tirando los billetes. Salimos y caminamos dos cuadras. Nadie habló. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Yo sentía la pepa latiendo, ya mojada solo de pensar.
Su departamento era limpio, ordenado, de soltero con plata. Apenas cerró la puerta, lo encaré. Lo empujé contra la pared y le di un beso. Fue brusco, con dientes, con lengua. Él respondió al toque, agarrándome de las nalgas con las dos manos y apretando fuerte.
“Quiero verla,” le dije entre besos, bajando mis manos a su cinturón.
“Espera,” dijo, pero yo ya tenía el cinturón desabrochado y el cierre bajado.
Metí la mano dentro de su bóxer. Y huevón… no exagero. Mis dedos no le dieron la vuelta. Era gruesa, caliente, y ya bien dura. La saqué a la luz. La tenía en mi mano y todavía sobraba. Morena, con la cabeza bien formada, y las venas marcadas como caminos. Impresionante. Se me hizo agua la boca.
“Dios mío, Leo… es hermosa,” dije, y me arrodillé ahí mismo, en la entrada.
No le di tiempo de reaccionar. Me la llevé a la boca entera. Apenas cabía. La sentí golpear el fondo de mi garganta. Él gimió, un sonido ronco, y me agarró del pelo. Empecé a chuparla, arriba y abajo, usando la lengua en la cabeza, chupando como si fuera un helado. Sabía a limpio, a hombre. Él empezó a mover las caderas, metiéndomela más profundo.
“Así, así… tu boca es una locura,” decía, jadeando.
Después de un rato, me levantó. “Mi turno,” dijo, y me llevó al sofá. Me tumbó boca arriba y me arrancó el jean y la tanga de un tirón. Se quedó mirando mi pepa, que ya estaba abierta y brillante.
“Estás mojadísima,” dijo, y no esperó. Bajó la cabeza y me la puso. Con la boca. Me lamía toda, metiendo la lengua adentro, chupando mi clítoris como si fuera su trabajo. Yo grité, no podía evitarlo. Era demasiado bueno. Movía las caderas contra su cara, enloquecida.
“No pares, por favor, no pares,” le rogaba, y él no paraba. Me hizo venirme en su boca, un orgasmo rápido y violento que me dejó viendo estrellas.
Pero cuando iba por el segundo, lo detuve. “Ahora quiero esa verga adentro,” le dije.
Me puse a cuatro patas en el sofá, ofreciéndole el culo. Él se puso detrás. Sentí la punta, enorme, rozando mi entrada. “Dámela toda,” le pedí.
Y me la dio. De una. Me llenó de golpe. Grité. Dolió, pero un dolor rico, de estirar algo que necesitaba estirarse. Empezó a mover, sacar y meter, y huevón, el tipo SABÍA. No era solo tamaño. Tenía ritmo. Metía profundo, luego rápido, luego lento, buscando el punto. Yo gemía como una perra, empujando mi culo contra él.
“Te gusta esta verga? La verga de tu ex amigo?” me preguntó, dándome una nalgada que sonó en todo el depa.
“Sí! Me encanta! Rompeme, Leo!”
Eso lo prendió más. Me agarró de las caderas y me dio más duro. El sonido de nuestras pieles chocando era lo único que se escuchaba. Yo ya estaba por venirme otra vez.
“Cambio,” jadeé. Quería estar encima.
Nos tiramos en la alfombra, él de espaldas. Yo me monté, guiando su verga a mi pepa. Me senté de una, tomándomela toda. Uff, se sentía aún más grande así. Empecé a moverme, arriba y abajo, girando las caderas. Él me miraba, con los ojos llenos de deseo, agarrando mis tetas por encima del top.
“Eres una diosa,” dijo, y era verdad. Me sentía poderosa, con esa verga dentro de mí, controlándola.
El ritmo se volvió frenético. Los dos estábamos sudando, jadeando. Yo me venía, otra vez, y sentía sus músculos tensarse debajo de mí.
“Me voy a correr,” anunció él.
“Dónde?” pregunté, sin dejar de moverme.
“Donde vos quieras.”
“En mi cara,” le dije. Fue lo primero que se me ocurrió. Quería verlo.
Salí de encima de él y me arrodillé a su lado. Él se sentó, se agarró la verga y empezó a jalársela rápido, mirándome a los ojos. Yo me acerqué, con la boca abierta.
No duró mucho. Con un gruñido, empezó a chorrear. Leche blanca y espesa. La primera me dio en la lengua. La segunda en el labio. La tercera en la mejilla. Sigo sin saber cómo tenía tanta. Me la tragué y me limpié con los dedos, chupándomelos después.
Nos quedamos tirados en la alfombra, sin aire. Después de un rato, él dijo: “Y? Funciona bien?”
Me reí, una risa cansada y satisfecha. “Funciona perfecto, huevón. Tu ex amigo es un imbécil por dejarte cerca de mí.”
Se rió también. “Fue su pérdida.”
Ahora, escribo esto y todavía siento el hueco que me dejó. Mi pepa está adolorida, pero feliz. Leo ya me escribió para mañana. Y mi ex, el muy pendejo, me mandó un mensaje preguntando si había salido con alguien. Le respondí: “Sí, con un amigo. Un amigo MUY cercano.”
La vida a veces es justa, huevón. Y las vergas grandes no solo son para mirar, son para usar. Y yo, Bianka, soy la usuaria oficial.


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