enero 3, 2026

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Mi tío y yo en el mirador

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Ok, esto es algo que nunca le contaría a mi novio, ni a mis amigas, por Dios. Ellas me ven como la Andrea fresa, la que usa ropa de diseñador, la que no dice una grosería. Pero hay un lado mío que solo yo conozco.

Mi tío Jorge no es mi tío de sangre, es el esposo de mi tía Lety. El es bastante mayor que yo, como de 50, pero está… bueno. Se cuida, hace ejercicio, y tiene esa mirada de hombre que sabe lo que quiere. Siempre fue el tío cool, el que me traía regalos de Estados Unidos. Playeras, vestidos, todo de marca.

Una vez, hace años, me dio una bolsa con cosas. Adentro había unos jeans, unos tops… y dos tangas. De encaje negro. Muy bonitas, pero obvio no eran para mí en ese entonces. Yo tendría como 16. Mi tía se dio cuenta y le regañó. Él se disculpó, dijo que fue un error, que la bolsa estaba mezclada. Pero al final, mi tía me dijo “quédate con ellas, ya crecerás”. Me las quedé, y esa fue mi primera tanga. Mi novio casi se muere cuando me la puse para él.

Bueno, el año pasado, fui de vacaciones a visitarlos a su casa en San Diego. Todo iba normal. Me encanta su casa, la piscina, el clima. Mi tía Lety trabajaba todo el día, así que yo pasaba mucho tiempo sola con mi tío, viendo películas o paseando.

Una mañana, lavé mi ropa. Yo siempre cuido mi ropa interior, la lavo a mano. Colgué mis tangas en la regadera para que se secaran. Había una nueva, roja, de encaje. Muy linda.

Al día siguiente, esa tanga roja no estaba. Busqué por todos lados. Pensé que se me había caído al patio o algo. Le pregunté a mi tío sin dar muchos detalles. “¿No viste una prenda mía, tipo… roja?” Él dijo que no, pero me miró raro.

Tres días después, la tanga apareció. Dobladita, en mi cajón. Pero no la había puesto ahí. Y olía diferente. Olía a su colonia, la que usa él. A Boss.

Ahí fue cuando empecé a notar otras cosas.

Él me miraba. Pero no como un tío. Cuando yo me ponía mi bikini para la piscina, sentía sus ojos en mí. En la espalda, en las piernas. Yo al principio me sentía incómoda, pero luego… me empezó a gustar. Era un juego secreto. Empecé a ponerme los bikinis más pequeños, los que mi novio me dice que son muy atrevidos. Me recostaba en la tumbona y le hablaba, y notaba que su mirada se iba a mis pechos, a mis muslos.

Una vez, salí de la ducha con solo una toalla envuelta. Pasé por la sala donde él estaba viendo el beisbol. “¿Pasas?” le pregunté, como si nada. Él dijo que sí, y cuando pasé, sentí su mirada clavada en mis piernas desnudas, en la espalda. La toalla era corta. No me apuré.

Yo me metía a mi cuarto y me tocaba pensando en eso. En que mi tío me deseaba. Estaba mal, lo sabía. Pero me prendía demasiado. Me imaginaba que entraba a mi cuarto y me encontraba tocándome, que se acercaba y me besaba. Me mojaba solo pensarlo.

La cosa subió de nivel una noche que salimos a cenar. Mi tía no pudo ir, le dio migraña. Mi tío me dijo “vamos tú y yo, no vamos a desperdiciar la reservación”. Yo me emocioné, no sé por qué.

Me puse un vestido negro, corto, apretado. De los que te marcan todo. Tacones altos. Y claro, mi tanga negra, la que se me marca mucho. Me arreglé como para una cita. Mi tío, cuando me vio, se quedó callado un segundo. “Te ves… muy bien, Andrea.”

En el restaurante, todo era normal. Hablábamos de la familia, de mis estudios. Pero sus ojos no se iban de mí. Yo jugaba con mi copa de vino, me inclinaba un poco para que el escote enseñara. Él se ponía nervioso, ajustaba su corbata.

Después de cenar, dijo que había un mirador muy bonito cerca. Fuimos. Era un lugar oscuro, con vista a la ciudad. No había nadie más. Él sacó su teléfono. “Tomémonos una foto para tu tía”, dijo.

Me acerqué a él. Él puso su brazo alrededor de mi cintura. La cámara se enfocaba. Sentí su mano. Al principio en la cintura, como era normal. Pero luego, lentamente, se movió. Bajó un poco. Sus dedos rozaron la tela de mi vestido, justo donde empezaba mi nalga. La tanga se marcaba mucho, y él lo sabía.

En la siguiente foto, su mano ya estaba más abajo. No sobre el vestido, sino metiéndose un poco debajo. Sentí sus dedos rozando la tira de mi tanga, el encaje. Me latió todo. Me mojé al instante. Fue como un shock eléctrico.

No me moví. Dejé que su mano se quedara ahí, en mi nalga, tocando mi tanga a través del vestido. Él no sacó la foto. Solo tenía el teléfono levantado, pero no apretaba el botón.

Su respiración se escuchaba más fuerte. El olor a su colonia me envolvía.

“Andrea…” dijo, y su voz estaba ronca.

“¿Sí, tío?” le contesté, mirando hacia la ciudad, sin voltear.

Su mano se movió otra vez. Esta vez, no rozó. Apretó. Agarró mi nalga con fuerza, su dedo pulgar se metió en el hueco entre mi tanga y mi piel. Sentí el calor de su mano a través de la tela.

“Esto está muy mal,” dijo él, pero no quitó la mano.

“Lo sé,” dije yo.

Y entonces, yo me giré. Lentamente. Su mano se deslizó por mi cintura, por mi cadera, hasta quedar en mi trasero otra vez, pero ahora de frente. Nos miramos. Sus ojos estaban oscuros, serios. Ya no parecía mi tío. Parecía un hombre cualquiera, un hombre que me quería coger ahí mismo.

Nos acercamos al mismo tiempo. Nuestras bocas se encontraron. Fue un beso duro, apresurado, con hambre. Su lengua entró en mi boca y yo gemí. Sus manos me agarraron las nalgas con más fuerza, apretándome contra él. Yo sentí su erección, grande y dura, presionando contra mi vientre.

“Quiero que me des todo,” le dije entre besos, sin pensar.

Él me empujó contra el coche, un SUV grande y negro. El metal estaba frío en mi espalda. Con una mano me levantó el vestido, hasta la cintura. La otra mano buscó entre mis piernas. Encontró mi tanga empapada.

“Mierda, Andrea, estás mojadísima,” dijo, y metió dos dedos a través de la tela, frotando mi clítoris.

Yo grité. Agarré su cabeza y se la apreté contra mi cuello. “Sí, así, por favor.”

Él se bajó. Ahí, en el estacionamiento casi vacío, se arrodilló frente a mí. Me abrió las piernas y puso su boca sobre mi tanga. Empezó a chuparme a través de la tela. Sentía su lengua caliente, presionando, moviéndose. La tela de encaje se empapó más, se volvió una segunda piel.

“Rómpe la tanga,” le pedí, ya sin control. “Quiero sentir tu boca.”

No lo pensó dos veces. Agarró la tela con sus manos y la rasgó. Un sonido seco, de tela rompiéndose. Mi tanga negra, la que él me había regalado años antes, quedó hecha pedazos. La apartó y su boca encontró mi piel directamente.

Cuando su lengua me tocó, sin barreras, vi estrellas. Me agarré del techo del coche para no caerme. Él me comió como si no hubiera comido en días, metiendo la lengua adentro, chupando, mordisqueando mis labios. Yo no podía parar de gemir, de decir su nombre.

“Tío… Jorge… así…”

Él me hizo venirme en su boca. Fue un orgasmo brutal, que me hizo temblar de los pies a la cabeza. Grité tan fuerte que estoy segura de que alguien nos escuchó.

Cuando terminé, él se levantó. Tenía la boca brillosa, mojada de mí. Se desabrochó el cinturón, el pantalón. Su verga salió. Era grande, más grande que la de mi novio. Morena, con las venas marcadas. Impresionante.

Me dio la vuelta otra vez, contra el coche. “Prepárate,” me dijo, y puso la punta en mi entrada.

No usó condón. No dijo nada. Solo me la metió. De una. Me llenó completamente. Grité otra vez, de dolor y de placer. Él no esperó. Empezó a cogerme duro, agarrándome de las caderas, chocando contra mí. El coche se mecía con cada embestida.

“Eres una putita, ¿verdad?” me dijo al oído, mientras me daba. “Vienes a casa de tu tío y te pones así para que te coja.”

“Sí,” gemí yo. “Soy tu putita.”

Eso lo enloqueció. Me dio más rápido, más fuerte. Yo sentía que me partía en dos, pero no quería que parara. Nunca había sentido algo así. Era prohibido, era peligroso, y por eso era mil veces mejor.

“Me voy a correr,” anunció él, después de un rato.

“Adentro,” le dije. “Quiero tu leche.”

Asintió, y con un gruñido profundo, se vino. Sentí el chorro caliente dentro de mí, llenándome. Siguió moviéndose, bombeando hasta la última gota.

Cuando acabó, los dos quedamos jadeando, pegados al coche. Tardó un rato en salir. Sentí cómo su leche me escurría por los muslos, por dentro de mis piernas.

Nos arreglamos en silencio. Mi vestido estaba arrugado, mis piernas temblorosas. Mi tanga, hecha jirones, quedó en el pavimento. Él la recogió y la guardó en su bolsillo.

En el camino de regreso a casa, no hablamos mucho. Solo la radio sonaba bajo. Pero cuando llegamos, antes de bajar, él me tomó de la mano.

“Esto no puede volver a pasar,” dijo.

Yo lo miré. “¿Por qué no?”

Él no contestó. Solo apretó mi mano.

Subí a mi cuarto, me metí a la ducha, y me lavé con su olor todavía en mi piel. Me acosté en la cama y me toqué pensando en todo. En su boca, en su verga, en su leche dentro de mí.

Mi novio me mandó un mensaje. “¿Qué tal tu noche?”

Le contesté: “Tranquila. Nada especial.”

Mentira. Fue la noche más especial de mi vida. Y sé que no va a ser la última. Porque mi tío me tiene loca, y ahora él lo sabe.

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2 respuestas

  1. Alfonso Hernández

    Excelente relato me encantó como te cogió tu tío, espero leer la segunda parte
    Saludos Andrea

  2. Arturo Rosas

    Mi tio se cojio ami esposa

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