Mi sábado loco
Hoy fue… intenso. Y ahora estoy aquí, tirada en mi cama llena de peluches de Hello Kitty, sintiendo que la conchita me late como si tuviera su propio corazón. Me duele. Pero del bueno, ¿saben? Ese dolor que te recuerda todo lo que hiciste y te hace sonreír como una tonta.
Todo empezó porque estaba aburrida. Un sábado cualquiera, mis papás creyendo que estaba en mi cuarto viendo anime o estudiando. Y yo sí, estaba viendo anime, pero también estaba viendo mis mensajes. Y tenía tres. Tres tipos diferentes, los tres con hambre, y yo con una calentura que no me dejaba pensar.
El primero fue Santiago. Él es de la universidad, de esos que parece un niño bien, con lentes y suéteres de lana. Pero cuando estamos solos es otro cuento. Quedamos en vernos en la biblioteca a “estudiar”. Fuimos a una de esas salas de estudio privadas, las que tienen una puerta que se cierra. Apenas entramos, me empujó contra la estantería y me besó. Yo le gemí en la boca y le bajé el cierre del pantalón. Ya lo tenía duro, listo. Me dio la vuelta, me bajó los leggings negros (mi uniforme gótico de siempre) y me la metió por detrás, ahí mismo, entre los libros de economía y derecho. Tapó mi boca con su mano para que no gritara. Fue rápido, sucio, y me llenó el condón con su leche antes de que alguien tocara la puerta. Me limpié con una toallita y salí como si nada, con las piernas temblorosas.
Pero eso solo avivó el fuego. Llegué a casa y todavía sentía el cosquilleo. Entonces me escribió Miguel. El delivery de la pizzeria que siempre me mira demasiado rico. Le dije que sí, que me trajera una personal. Cuando llegó, lo invité a pasar. “Hace calor”, le dije. “Sí, señorita”, me contestó, pero no se iba. Lo miré directo a los ojos y me bajé un lado del top negro, dejando un pezón al aire. No hizo preguntas. Me tiró sobre la mesa del comedor, apartó los platos del desayuno y se me puso encima. Este no usó condón. Se la metió así no más, y yo sentí cada centímetro. Era más gruesa que la de Santiago. Me golpeaba el punto exacto y yo le arañé la espalda, gritándole que no parara. Se vino dentro de mí, caliente, y me dejó ahí, chorreando sobre la mesa de formica. Se fue con su propina y una sonrisa de lobo.
Pensé que con eso se me iba a quitar. Error. Me metí a bañar y el agua en la concha, toda sensible, me puso peor. Ahí fue cuando Daniel, mi ex, el tóxico que nunca superé del todo, me mandó un mensaje. “¿Qué haces?”. “Nada”, le contesté. “Vení”, me dijo.
Fui. Su apartamento huele a él, a incienso barato y a sexo. Estaba en bóxer, viendo una película. Ni me saludó bien. Me jaló hacia él en el sofá, me bajó la ropa y se puso a mamarme la concha como si fuera la última cena. Yo me vine en su boca, gritando, y cuando terminé, él se subió encima mío y me la metió. Esta vez sí dolía, porque ya estaba inflamada, pero el dolor se mezclaba con el placer y era una cosa rara, adictiva. Daniel me cogió en el sofá, luego en el piso, luego contra la ventana. Era posesivo, me daba nalgadas, me jalaba el pelo, me decía cosas sucias. “Esta conchita es mía, ¿oíste? Aunque te cojas a medio mundo”. Y yo solo gemía, porque tenía razón. Después de como una hora, se corrió también dentro de mí, marcándome otra vez.
Ahora estoy aquí. Son como las once de la noche. Mis papás duermen. Yo me metí a la ducha otra vez y al salirme, cuando me sequé, vi que todavía me salía un hilito blanco, una mezcla de los tres. Fue asqueroso y excitante al mismo tiempo.
Me meto a redes y veo la noticia. ¿Atraparon a quién? ¿A Maduro? No sé si es cierto o es fake news, pero la gente en los grupos está que arde. Algunos celebran, otros dicen que es mentira. A mí qué. Pero se me ocurrió una idea. Si es verdad… esto merece celebración. Y si es mentira, igual, porque qué más da.
Entonces abro mi teléfono otra vez. Tengo más contactos. Escribo un mensaje en un grupo que es medio secreto, donde sabemos todos lo que queremos. Pongo: “Noticia grande. Necesito tres voluntarios para una celebración privada. Requisitos: buena verga y ganas de dejar a alguien sin caminar.”
No pasaron dos minutos. Ya tengo las respuestas.
Uno es Juan Pablo, el del gym, que siempre me mira cuando hago sentadillas. Tiene una espalda que no es de este mundo.
Otro es Carlos, un amigo de Daniel que una vez me besó en una fiesta y nunca pasó nada más. Es callado, pero sus manos dicen otra cosa.
Y el tercero es un tipo random del internet, que me ha mandado fotos de una verga que parece de caballo. Le digo que se llama “Anónimo”.
Quedamos para mañana en la tarde. Dicen que van a traer amigos por si acaso, pero yo les dije que solo tres. Uno a la vez, o a la vez, ya veremos. No sé cómo voy a hacer. Mi concha está roja, me duele cuando me siento, siento que me van a tener que ecar crema después de esto. Pero también siento ese calor otra vez, ese cosquilleo que empieza en la panza y baja.
Me levanto y voy al espejo. Me miro. Tengo el pelo teñido de negro azabache, los ojos delineados como una gótica de verdad, y un camisón de Hello Kitty rosado que es mi debilidad secreta. La combinación perfecta de inocencia y perversión. Me sonrío. Mañana voy a estar peor. Voy a caminar como vaquero, voy a tener que inventar una excusa para no salir.
Pero esta noche, mientras escribo esto, me meto la mano entre las piernas. Con mucho cuidado, porque duele. Pero el solo roce me hace contener la respiración. Todavía estoy sensible, inflamada, llena de ellos. Y eso me prende más.
Cierro los ojos y me imagino mañana. A Juan Pablo primero, usándome en el piso del gimnasio vacío. Luego a Carlos, en el asiento trasero de su carro, haciéndolo callado pero intenso. Luego al anónimo, en un hotel barato, sin saber su nombre, solo sintiendo esa verga enorme que me parte en dos.
Voy a terminar hecha pedazos. Pero feliz. Esa es mi maldición, supongo. Parecer la niña triste y oscura, pero por dentro ser un torbellino de sexo y morbo.
El teléfono vibra otra vez. Es Juan Pablo. “¿En serio mañana?”.
Le respondo: “En serio. Trae condones. Y energía.”
Él manda un emoji de fuego. Yo apago el teléfono y me acurruco con mi peluche de Hello Kitty gigante. Me duele, sí. Pero mañana, por una noticia política o por puro vicio, voy a hacerlo otra vez. Porque soy Luisa Fernanda, la otaku gótica pervertida, y esta conchita no se va a enfriar sola. Aunque tenga que cojerme a medio mundo para lograrlo.
Una respuesta
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Es buena tu historia nada más de imaginarme como te cogieron me masturbé a tu salud, espero el siguiente relato donde estés con los otros tres que citaste para festejar la caída de maduro
Saludos Luisa Fernanda


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