Feliz Año Nuevo con el amigo de mi marido
Anoche, primero de enero, estaba hecha un desastre. La fiesta en casa de los Gutiérrez, los amigos de mi marido, Roberto. Roberto, mi esposo, el tipo más aburrido del mundo. Anda siempre hablando de la bolsa, de los precios del café, del partido de golf del sábado. Un clavo, te juro.
Yo ya estaba harta. Año nuevo, mismas caras, misma música, misma conversación de mierda. Me puse un vestido negro, cortito, sin corpiño. Algo para sentirme viva, ¿sabés? Total, Roberto ni se daría cuenta. Estaba ahí, en la barra, tomando un fernet con coca que ya era mi quinto, cuando lo vi.
Era uno de los amigos de Roberto. No sé el nombre, nunca me lo dijo. Un tipo alto, ancho de espalda, con una remera blanca que se le pegaba al cuerpo. Tenía los brazos marcados, de esos que se ven de levantar cosas pesadas, no de gimnasio. Y una mirada… una mirada que no te soltaba. Me clavó los ojos desde el otro lado del living y yo sentí un flashazo en la concha. En serio. Se me mojó al toque.
Roberto estaba en el jardín, discutiendo de política con otro viejo aburrido. Ni se acordaba que yo existía.
El tipo ese, el desconocido, se acercó a la barra. Se paró a mi lado.
“Necesitás otro trago,” dijo. No era una pregunta.
“Sí,” le contesté. “Pero algo fuerte.”
Sonrió. Tenía una sonrisa media torcida, pero linda. “Yo tengo algo fuerte para vos.”
Che, yo sabía a lo que jugaba. Pero con el fernet en la cabeza y la calentura en el cuerpo, me dio igual.
“¿Ah, sí? ¿Y qué es?”
No contestó. Agarró su vaso, tomó un trago, y me miró de arriba abajo. “Salgamos un segundo. Al jardín de atrás. Hay menos gente.”
Mi corazón empezó a latir como loco. Esto era una locura. Era amigo de mi marido. Pero… ¿y qué? Roberto ni se iba a dar cuenta.
“Bueno,” dije, y dejé mi vaso.
Caminamos por el costado de la casa, lejos de la música y las luces. El jardín de atrás estaba oscuro, solo con una luz tenue de la casa de al lado. Había un banco de madera, viejo, y unos árboles que nos tapaban.
Nos paramos ahí, en la oscuridad. Yo podía escuchar mi propia respiración.
“¿Y?” pregunté, tratando de sonar segura.
Él se acercó. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. Olía a cigarrillo y a algo dulce, como a whisky.
“Te vi toda la noche,” dijo. “Movés el culo cada vez que te das vuelta. Es para volverse loco.”
“¿Ah, sí?” dije, y sonreí. “Y vos, ¿qué hacés al respecto?”
En vez de contestar, me agarró de la cintura y me tiró contra él. Su boca encontró la mía de una. Fue un beso duro, con hambre, con la lengua metiéndose hasta la garganta. Yo le respondí igual, enredando las manos en su pelo corto. Era un beso de esos que te queman por dentro.
Sus manos bajaron a mi culo y me apretaron fuerte. Yo gemí en su boca.
“Quiero ver lo que tenés bajo ese vestido,” dijo, y sin esperar, me levantó el vestido. La noche me dio en la piel, un aire fresco que me erizó todo. Yo no tenía nada abajo. Solo las medias.
“Che, qué hija de puta,” dijo él, mirándome la concha ahí, expuesta. “Así andabas en la fiesta.”
“Para vos,” le tiré, y agarré su mano. La puse entre mis piernas. “Sentí.”
Metió los dedos. Yo estaba chorreando. Se me salió un gemido.
“Roberto es un boludo,” dijo él, moviendo los dedos adentro mío. “Tener esto en casa y andar hablando de la bolsa.”
“Cállate y cogeme,” le pedí. Era lo único que quería.
Pero él no me cogió. Se bajó. Se arrodilló frente a mí, ahí en la tierra del jardín. Me abrió las piernas con sus manos y acercó la cara.
“Primero te la chupo,” dijo. “Te la voy a chupar hasta que te olvidés de tu nombre.”
Y lo hizo. Puso la boca en mi concha y empezó a mamármela. Che, te juro, nunca sentí una lengua así. Era ancha, caliente, y se movía por todos lados. Me lamía los labios, me metía la lengua adentro, después se concentraba en el clítoris y lo chupaba como si fuera un caramelo. Yo me tuve que agarrar de sus hombros para no caerme.
“Ay, dios, qué bien chupas,” gemí, y le enterré los dedos en el pelo.
Él no paraba. Chupaba y lamía, a veces más suave, a veces más fuerte. Yo empecé a mover las caderas, a empujar mi concha contra su cara. Sentía que me iba a venir en cualquier segundo.
“Así, no pares, por favor,” le rogué.
Y justo cuando estaba al borde, cuando el orgasmo empezaba a subir como una ola, él se paró. Me dejó ahí, temblando, con las ganas.
“Ahora vos,” dijo, y se bajó el cierre del pantalón.
Su poronga salió de una. Era enorme, che. En serio. Morena, gruesa, con las venas marcadas. La cabeza bien rosada y grande. Se la veía dura como una piedra.
“¿Te gusta?” preguntó, agarrandosela con la mano.
“Sí,” fue lo único que pude decir.
“Entonces vení. Hacelo vos.”
Yo sabía lo que quería. Me arrodillé frente a él, en la tierra fría. Mis rodallas se mancharon, pero me chupó un huevo. Agarré su poronga con las dos manos. Estaba caliente, palpitando. La olí. Olía a hombre, a sexo. Me dio más calentura.
Abri la boca y me la metí. No entraba toda, era demasiado grande. Pero me esforcé. La chupé como si mi vida dependiera de eso. Le lamí la cabeza, después bajé por el tronco, metiéndomela lo más profundo que podía. Con una mano le acaricié los huevos, que eran peludos y pesados.
Él gimió. “Así, nena, así. Chupame toda esta poronga.”
Yo seguí, moviendo la cabeza arriba y abajo, usando la lengua, las manos. Escuchaba sus jadeos, sus gruñidos, y eso me ponía más loca. Quería que se viniera, quería sentir su leche en mi boca.
“Me estoy por venir,” avisó, y me agarró de la nuca.
Yo no me separé. Al contrario, me la metí más hondo, hasta que sentí la cabeza golpear mi garganta.
Con un gemido largo, se vino. Sentí el chorro caliente y espeso en mi lengua. Era salado, fuerte. Me lo tragué todo, sin desperdiciar nada. Él siguió gimiendo, sacudiéndose, mientras yo seguía chupando, sacándole hasta la última gota.
Cuando terminó, nos quedamos ahí un rato, los dos jadeando. Yo todavía de rodillas, con el sabor a su leche en la boca.
Él se subió el pantalón. Yo me paré, tratando de limpiarme la tierra de las rodillas.
“Bueno,” dijo él. “Eso fue un feliz año nuevo.”
“Sí,” dije yo. “Para vos también.”
Me dio un beso rápido, en los labios. Después se dio la vuelta y se fue, volviendo a la fiesta como si nada.
Yo me quedé un minuto más, tratando de calmarme. Me bajé el vestido, me acomodé el pelo. Mis labios estaban hinchados de chuparlo, y la concha todavía me latía.
Volví a la fiesta. Roberto seguía en el jardín, hablando con el mismo tipo. Ni se había dado cuenta de que me falté como veinte minutos.
Me senté en un sillón, con una sonrisa que no podía borrar. El tipo, el amigo, estaba al otro lado del living, tomando una cerveza. Me miró, y me guiñó un ojo.
Yo levanté mi vaso, como brindando con él.
Después, cuando volvimos a casa, Roberto se durmió al toque, roncando como un chancho. Yo me metí a la ducha y me toqué pensando en lo que pasó, y me vine otra vez, rápido y fuerte.
Así que, che, esa fue mi noche. Le hice un trompete a la poronga del amigo de mi marido. Y la verdad, no me arrepiento de nada. Si Roberto va a ser un boludo que me ignora, yo voy a buscar mi diversión donde sea. Y anoche, la diversión tenía nombre, apellido, y una poronga gigante.


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