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Anónimo

enero 1, 2026

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MAMÁ Y MI PRIMO CHUS ... OTRA VEZ

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Mi querido primo Chus (un mocetón rústico pero muy atractivo) llegó a nuestra casa a pasar unos días con una soberbia lamprea como obsequio, recién pescada en el río del pueblo; tan fresca que aún permanecía viva dentro del recipiente con agua que la contenía. De casi medio metro de largo y gran grosor, el pescado había de ser preparado con una receta especial en salsa verde, a base de perejil, ajo, aceite de oliva y vino blanco, acompañado con arroz o patatas. Una auténtica delicia.
– Gracias, Chus, por este magnífico ejemplar – dijo sonriente mamá a su sobrino político -. La cocinaré gustosamente cuando tu tío vuelva de su corto viaje de trabajo, que inicia mañana temprano.

Efectivamente, mi padre habría de ausentarse de casa durante un par de días. La noche previa antes de partir, le echó un gran polvo a su mujer. Los gemidos y el orgasmo final no se le escapó a mi primo, que dormía conmigo en mi habitación. Sólo con los calzoncillos, donde ya se mostraba enhiesta su soberbia poronga, había abandonado a hurtadillas nuestro cuarto y había puesto la oreja en la puerta del dormitorio matrimonial. Estaba como controlando la calentura de su tía y, sobre todo, las veces que se corría. Tenía la impresión que ella no gozaba lo suficiente con mi padre, ya que este era poco innovador en las posturas y juegos de estimulación, además de no poder competir con su verga de casi treinta centímetros. Aquella hembra gordibuena, de soberbias tetas, culo prieto y respingón, labios sensuales, concha abultada y entreabierta por dos partos, rezumando lujuria por cada poro de su cuerpo blanco, seguro que necesitaba una poronga de más envergadura que la de su pobre tío.

Cuando papá abandonó el domicilio hacia las seis de la madrugada, Chus entró en acción. Sin preocuparse de que yo estuviera dormido o no, salió de nuestra habitación a oscuras y se dirigió a la de mi madre. No tardé en seguirlo y apostarme en el quicio de la puerta entreabierta, desde donde veía todo a la perfección. Llevaba consigo una pequeña bolsa. Cuando entró, ya se encontró con su tía despatarrada sobre la cama, con el camisón subido hasta la cintura y sin bragas. Anhelaba tanto la visita de su sobrino que ni se había aseado el coño, del que aún salían gotas de semen de la anterior jodienda con mi padre. Encendió la lamparita de la mesilla de noche para no perderse detalle de todo lo que se avecinaba. Ante aquella visión, Chus dejó caer la bolsa que portaba y se lanzó a lamer la concha que se mostraba abierta y sonrosada. Sorbió con deleite los restos de leche de mi padre y metió bien adentro su afilada lengua, que hizo estremecer a mi madre. Esta se apuró a quedar totalmente desnuda. y se mostró desafiante ante el muchacho. Sus afiladas uñas rojas retaron a este como una tigresa dispuesta a dejar seco a aquel joven semental.

– Aguarda, tía – dijo Chus -. Hoy voy a llevar yo la iniciativa. Vamos a jugar de manera que te voy a dar tanto placer que no vas a olvidar este día en toda tu vida.
Mamá asintió. Y vio como Chus sacaba unos artilugios de la bolsa que había llevado.
– Lo primero te voy a depilar la concha, querida tía – dijo mi primo -. Me gustan los coños lampiños, como el de las muñecas Nancy. ¡Cuánto daría por una chuchita así!
– ¡A Vanessita ni te acerques, sátiro! – protestó medio en broma mi madre, por si le excitaba mi hermana.
– Tu coño va a quedar mejor que el de Vanessita, querida tía. Déjame hacer.
Y comenzó a depilar con sumo cuidado aquella vagina golosa que me parió. Después ante el asombro de mi madre, sacó de la bolsa varios juguetes sexuales comprados en un sex-shop: un succionador del clit, un vibrador, un consolador…
– Excusaste comprar todo eso: ya tengo de todo – dijo mi madre.
– ¿Y esto también, tiíta? – respondió mi primo. Y le mostró un dildo reproduciendo fielmente la verga del actor porno Nacho Vidal.
– Prefiero la tuya, sobrinito – añadió la muy puta -. La de Nacho Vidal no llega a tus 27 centímetros.
– Algo haremos con ella, amor – remató Chus -. Lo que está claro es que hoy vas a gozar como una perra.
Y dicho esto, ante el asombro de mi madre, sacó una venda de la bolsa y se la puso fuertemente sobre los ojos. Sin dar tiempo de reacción a la mujer, la sujetó con sendas esposas a los barrotes de la cama.
– ¿Qué juego es este, sobrino? – medio protesto mi madre.
Chus no respondió. Impregno con vaselina el dildo XXL de Nacho Vidad y se lo metió en el coño. Empezó a bombear; primero, suavemente, luego sin piedad. Aquello empezaba a complacer a la dama. Mi primo dirigió su descomunal polla a la boca de mi madre, que la tragó de una tacada hasta la campanilla. Lamentaba ella no poder acariciar los huevos de su sobrino, pero este de vez en cuando se los metía en la boca para que los lamiese. Un olor a sexo impregnaba la atmósfera del dormitorio de mis padres.
– Chus, esto está muy bien, pero prefiero tu verga dentro de mí, y no una de silicona.
– ¿Vas a ofender al gran Nacho? ¿Acaso preferías los 26 centímetros de John Holmes, con su pene venoso y grueso? ¿No sabes que el pobre ya está muerto, no querrás follar con un difunto? Aguarda a mis 27, no seas impaciente.
Y dicho esto, cesó en la felación y en el mete-saca del dildo Nacho Vidal, saltó de la cama y, aun así desnudo y erecto como estaba, se dirigió a la cocina. Fue cuando me descubrió en mi escondite, yo también más empalmado que un burro.
– ¿Te gusta lo que le estoy haciendo a tu mami, Monchito? – me susurró al oído.
– Eres un hijo de puta. Verás cuando se lo diga a mi padre.
– El verdadero hijo de puta eres tú, primito. ¿No ves lo zorra que es tu madre, lo mucho que goza conmigo y vete a saber con cuántos más? Mejor compadece al cornudo de tu padre, que no sabe lo que tiene en casa. Así que cierra esa boca y no lo hagas un desgraciado.
Comenzamos un forcejeo – ambos con la polla erecta al máximo -, llamándonos de todo, pero cesamos al ver que mamá (esposada y con la venda en los ojos) reclamaba en voz baja la vuelta de Chus para continuar con los excitantes juegos.
– Primito, ¿quieres participar en este juego?
Callé. Tal era mi grado de desconcierto y excitación que no atiné a decir palabra. Al rato regresó Chus de la cocina con una olla repleta de agua. Y dentro de la olla, la lamprea viva y coleando.

Me situé a los pies de la cama. Mamá reclamaba acción, su concha chorreaba jugos con la excitación, querría tocarse, pero la sujeción a los barrotes de la cama lo impedían.
– ¡Por piedad, quiero polla. Quiero tu polla, sobrino! ¡Quiero sentir esos 27 centímetros dentro de mí, hasta reventarme las entrañas!
Chus sacó del agua la lamprea, un hermoso ejemplar de piel viscosa, lomo negruzco y vientre plateado. Y empezó a introducir su cabeza por la vagina excitada de mi madre. Su casi medio metro de largo por seis centímetros de diámetro fue entrando poco a poco por aquella cueva oscura y resbaladiza. Poco a poco la mujer iba disfrutando cada vez más con la penetración. ¡Por fin la poronga de su querido sobrino, pensó! Pero el placer era distinto. ¿Qué era aquello que succionaba al fondo de todo? Como una ventosa le producía un disfrute infinito… Y tuvo un orgasmo, y luego otro. Llegó a mearse de placer incontrolado pero la lamprea seguía haciendo su trabajo. Además se removía dentro de la vagina, las paredes experimentaban una sensación novedosa y tan placentera que volvió a correrse.
– ¡Más, más, más! – suplicaba la infiel – ¿Cómo consigues eso con la polla?
Para luego añadir:
– ¿Te has puesto condón, Chus? Mira que estoy ovulando. A ver si voy a quedar preñada…
Mi primo calló. Seguía amarrando a la lamprea por la cola y de vez en cuando empujaba más o la retraía para que la sensación fuese todavía más explosiva para su tía. Yo asistía atónito y superexcitado a todo aquel espectáculo. Fue entonces cuando con el dedo me indicó que me dirigiera a la cabecera y le introdujera mi polla en la boca de mi mamá. Para que el juego no se fuera al garete, Chus sacó la lamprea del coño de mi madre y volvió a meterle el dildo de Nacho Vidal. De manera que mi madre estaba convencida de que le estaba haciendo una felación a su sobrino, no a su hijo.

El placer que experimenté al introducir mi verga en la boca de mi madre fue indescriptible. Aquello era un tabú en estado puro, la realización de una de mis fantasías pajeriles. Tan recaliente estaba la puta que no deparó en que el tamaño de la polla que tenía ahora en la boca no correspondía a la de Chus. Me sorbió con deleite verga y testículos, hasta que yo descargué todo la lefada acumulada en su garganta, que ella sorbió golosa hasta la última gota. Mientras, mi primo seguía masturbándola con el «Nacho».

– ¡Más en el coño, Chus, más en el coño! – imploró mi madre -. Ahora que ya te has corrido en mi boca, puedes hacerlo sin condón.
Y Chus le metió por fin su anaconda de 27 centímetros. El muchacho estaba a punto de reventar, sus cojones repletos del líquido del placer, un cuarto de litro contenido tras aquella sesión sado-maso-zoo-incestuosa. El mete-saca fue brutal. Para congraciarse conmigo tras la disputa que tuvimos en la puerta, me invitó a chuparle los pezones a mi madre y a reclinarme sobre la penetración y poder lamer el clítoris, erecto como una pequeña pijita, y así lo hice. Al cabo de un rato mi madre y mi primo alcanzaron el clímax. Toda la leche acumulada en los huevos de Chus se estrellaron contra el endometrio, más allá del útero. Ella notó aquel líquido abundante y espeso y orgasmó como nunca, retorciéndose y convulsionando todo lo que le permitían sus ataduras, a sabiendas de que podía quedar embarazada de su joven sobrino político. Pero no le importó.

Volví a mi cuarto. Ya amanecía, pero caí exhausto sobre la cama. Al poco rato se unió Chus, también hecho un pingajo. Nos pajeamos hasta el mediodía. En la cocina, mi madre, con cierto dolor en sus partes íntimas pero satisfecha, preparaba la salsa verde para cocinar la lamprea tan pronto llegase mi padre de su viaje de trabajo: perejil, ajo, aceite de oliva y vino blanco.

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