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diciembre 29, 2025

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El delivery llegó a tiempo y justo con lo que necesitaba

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Aquella tarde de sábado, la soledad en mi apartamento pesaba más de lo normal. Un zumbido de aburrimiento y algo más, una picazón familiar entre las piernas, me llevó a pedir comida por una app. Mientras esperaba, la calentura fue subiendo de tono, jugueteando conmigo. Sin pensarlo mucho, me despojé de la ropa hasta quedarme solo con una tanga negra diminuta. Me acosté en el sofá y dejé que mis dedos comenzaran su recorrido, trazando círculos lentos sobre el elástico de la prenda, imaginando que eran manos ajenas las que me tocaban.

El sonido del timbre me hizo saltar. Un sobresalto de nervios, seguido de una oleada de puro calor. Estaba así, casi desnuda, con el coño empapado y los pezones como piedras. La parte cuerda de mí gritaba que me pusiera algo. La parte puta que había despertado ese día susurró algo mucho más interesante. ¿Y si…?

Sin darle más vueltas, me levanté y abrí la puerta. No del todo, solo lo necesario. Ahí estaba él, un chico joven, con su uniforme de repartidor, sosteniendo mi pedido. Sus ojos, que en un primer momento buscaron los míos, hicieron un viaje rápido pero devastador: de mi rostro a mis tetas, que se movían con cada respiración agitada, bajaron hasta mi vientre, se detuvieron en la delgada tira de tela negra que apenas cubría mi pubis, y luego a mis piernas desnudas. Se quedó mudo. Tartamudeó algo que sonó a “s-s-su pedido”, sin poder apartar la mirada.

Yo también me congelé. La vergüenza quería aparecer, pero fue aplastada por un torrente de excitación al ver su reacción. Noté cómo se le marcaba un bulto considerable en el pantalón del uniforme. “Gracias”, logré decir con una voz que no reconocí, ronca y baja. Tomé la bolsa y, en un acto de cobardía o de sensatez tardía, cerré la puerta rápido, apoyando la espalda contra la madera. Mi corazón martillaba contra las costillas. El aire olía a mi propia excitación y a la comida rápida.

Dentro de la bolsa, junto a la comida, había una servilleta con un número escrito a mano y una frase: “Para cuando quieras repetir el pedido… o lo que sea.”

La sonrisa que se me dibujó en la cara era pura lujuria. Esperé unos minutos, los suficientes para que se fuera, y luego envié un mensaje al número. No dije mucho. Solo mi dirección y un: “Ahora. Olvídate del uniforme.”

Media hora después, tocaba de nuevo. Esta vez, lo abrí de par en par. Ya no llevaba el uniforme, solo un jean y una camiseta ajustada que dejaba ver un cuerpo esbelto y atlético. No debía tener más de 25 años, unos diez menos que yo. Entró sin decir palabra, su mirada era un fuego directo. Lo empujé contra la misma puerta que había cerrado antes y le di un beso profundo, hambriento. Sus manos me agarraron de las nalgas, apretando con fuerza.

“En la sala,” ordené, jadeando, y lo llevé tirando de su camiseta.

Él no necesitó más instrucciones. Me tumbó sobre el sofá donde minutos antes me masturbaba, se arrodilló entre mis piernas y, sin preámbulos, apartó la tanga a un lado con los dientes. Su boca encontró mi clítoris con una precisión que me hizo arquear el espalda de inmediato. Dios mío. No era un lamido tímido. Era un asedio experto, dedicado. Usaba la lengua plana, la punta, succionaba con una presión perfecta, mientras sus dedos se metían dentro de mí, encontrando un ritmo que sincronizaba con su boca. Era como si leyera mi cuerpo, como si supiera exactamente qué botones presionar y en qué orden. Gemí, me retorcí, agarrándole el pelo. Llevaba años, años, intentando llegar al orgasmo solo con sexo oral. Algunos lo intentaban, pero al final terminaba yo guiándolos o pidiendo que pasaran a otra cosa. Pero él… él no.

No me apuraba. Se tomaba su tiempo, lamiendo, besando, mordisqueando suavemente mis labios internos, volviendo siempre al centro de mi universo. La tensión se construyó de una manera distinta, más profunda, más inevitable. Un calor se expandió desde mi vientre hasta las puntas de los dedos. “Ahí, no pares, por favor, no pares,” supliqué, ya sin control. Y él no paró. Con un gemido ronco contra mi piel, sentí la ola romper. Un orgasmo intenso, largo, que me sacudió entera, haciendo que mis piernas temblaran a los costados de su cabeza. Grité, sin importarme quién pudiera oírme. Él siguió lamiéndome suavemente mientras yo me estremecía, bebiendo cada espasmo.

Cuando pude respirar de nuevo, lo miré. Tenía la barbilla brillante. “Nunca… nadie había hecho eso,” le confesé, aún aturdida.

Él sonrió, orgulloso, y se subió sobre mí. Su verga, que ahora liberó, era tan impresionante como prometía el bulto: larga, gruesa, con una curvación perfecta. Le puse un condón y luego, en un movimiento fluido, me senté sobre él, montándolo como una amazona. Desde arriba, podía controlar la profundidad, el ángulo. Se la metí toda, sintiendo cómo me abría. Él me miraba, embobado, las manos en mis caderas, guiando mi ritmo. “Así, cabalgame, puta,” murmuró, y a mí me encantó que me hablara así. Subí y bajé, más rápido, más despacio, girando las caderas, disfrutando de cada centímetro que llenaba un vacío que ni sabía que tenía. Su resistencia era envidiable, aguantaba sin correrse, dejándome explorar.

Luego, me dio la vuelta. Me puso a cuatro patas sobre las almohadas del sofá, y entró por detrás. Esta vez fue más animal, más posesivo. Cada embestida resonaba en la habitación, sus manos agarraban mis nalgas para abrirlas más. “Voy a acabar,” gruñó al cabo de un rato. “¿Dónde?”

“En mí,” jadeé. “Márcame.”

Con unos empujones finales, salvajes, sacó su verga y un chorro caliente de semen me golpeó la espalda baja y las nalgas, escurriendo sobre mi piel. El sonido de su gemido, mezclado con la sensación de su leche sobre mí, me hizo estremecer de nuevo.

Se derrumbó a mi lado, jadeando. Nos quedamos un rato en silencio. Después, se fue tan rápido como llegó. No intercambiamos nombres. Solo quedó el olor a sexo, el recuerdo de su lengua milagrosa, y la certeza de que esa puerta, una vez abierta, ya no se cerraría jamás. Fue el bautizo completo de mi exhibicionismo, y la mejor comida a domicilio que he recibido en mi vida.

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