Fui tremenda puta infiel en Navidad
Todavía estoy procesando todo ayer pasó algo y sigo sin poderlo creer…
Mi marido, como siempre, me dejó plantada. Se suponía que íbamos a ir juntos al asilo de ancianos por lo del servicio social de Navidad, pero a última hora, como es costumbre, dijo que tenía un asunto urgente en el trabajo. Ya ni me molesto en discutir. Me puse mi vestido rojo, el que le gusta tanto, y me fui sola.
El asilo estaba decorado con luces y todo, los abuelitos muy contentos. Yo repartí las cestas de comida, canté villancicos, ayudé a servir la cena. La verdad es que me dio un poco de pena ver a tanta gente sola en esas fechas, y yo, también estando sola aunque tengo marido. Después de la cena, el director del centro, un tipo como de cincuenta y tantos, bien parecido y con un aire de autoridad, nos invitó a un pequeño grupo a su oficina para brindar.
«Vamos a tomar una copa de vino, por el esfuerzo de hoy», dijo con una sonrisa que me pareció un poco más de lo profesional. Éramos como ocho al principio. Yo acepté, claro, ¿por qué no? Total, a mi casa solo me esperaba el silencio y la tele.
La primera botella de vino tinto desapareció rápido. Luego llegó la segunda, y la tercera. La conversación se fue relajando, las risas eran más fuertes. Empecé a sentir ese calorcito rico del alcohol. Noté que algunos se fueron retirando, diciendo que tenían que ir a sus familias. Cuando me quise dar cuenta, solo estábamos cinco: el director (Roberto, me enteré después), otro hombre más joven, moreno y con una mirada intensa que no me quitaba ojo (ni idea de su nombre), y dos mujeres que también hacían el servicio social, unas chicas más jóvenes que yo, ya bastante alegres.
No sé cómo pasó exactamente. El vino nubla los detalles. Recuerdo que Roberto puso música baja, algo de jazz. El moreno se sentó a mi lado en el sofá grande de cuero y me sirvió otra copa. «A la mujer más guapa de la noche», dijo, y su rodilla rozó la mía. Yo me reí, nerviosa, pero no me moví. Me gustaba la atención.
Una de las chicas, una rubia diminuta, se levantó bailando de forma un poco torpe. «¡Esto está aburrido! ¿No vamos a hacer algo más divertido?», dijo, y se sentó en las piernas de Roberto, que estaba en un sillón frente a mí. Él no la rechazó. Al contrario, le pasó una mano por la cintura. La otra chica, una morena, se rió y se acercó al tipo que estaba a mi lado.
Yo me quedé ahí, observando, con la copa en la mano, sintiendo cómo el morbo empezaba a picarme. Vi cómo Roberto le bajaba el hombro del vestido a la rubia y le besaba el cuello. Ella gimió y se giró para besarlo en la boca. La morena y el desconocido ya se estaban comiendo a besos también. Y yo… yo solo miraba.
Hasta que el moreno, el de al lado mío, me tocó la pierna. «¿Y tú qué miras, preciosa? ¿No quieres jugar?», me susurró al oído. Su aliento olía a vino y a menta. Antes de que pudiera responder, su mano ya estaba en mi muslo, subiendo, subiendo por debajo de mi vestido.
Yo debería haber dicho que no. Debería haberme levantado y haberme ido. Pero no lo hice. La combinación del alcohol, la calentura que me empezaba a quemar, y la rabia hacia mi marido por dejarme sola, hizo que en vez de eso, inclinara la cabeza y le diera un beso. Fue un beso voraz, lleno de dientes y lengua, que me dejó sin aire.
De pronto, la rubia se separó de Roberto y vino hacia mí. Sus ojos vidriosos me miraron con deseo. «Quiero probarte», dijo, y sin más, me empujó contra los cojines del sofá y me levantó el vestido. Yo llevaba una tanga roja, la de la suerte. Ella la apartó a un lado con los dedos y hundió su cara entre mis piernas.
«¡Oh, Dios!», grité. No lo esperaba. Su lengua era hábil, rápida, y me encontró mojadísima. Apenas había comenzado a chuparme cuando Roberto se acercó. Se había bajado el pantalón y la ropa interior. Tenía una verga grande, gruesa, ya completamente erecta. Le dijo a la rubia: «Muévete, perrita, que yo también quiero entrar». La rubia se apartó, con la barbilla brillante de mis jugos, y Roberto me la metió de un solo golpe, poniéndome a cuatro patas ahí mismo en el sofá.
Fue brutal. El contraste de la lengua suave de ella y la verga dura y ancha de él me volvieron loca. Yo gemía como una animal, agarrada a los cojines. Mientras Roberto me follaba con fuerza, la rubia se puso debajo de mí y siguió chupándome el clítoris. Yo no sabía a dónde ir, el placer era tan intenso que creí que me desmayaba.
En el otro sillón, la otra pareja ya estaba en plena acción. La morena estaba encima del desconocido, cabalgándolo con furia, sus tetas saltando fuera del sujetador. El tipo la miraba con los ojos casi en blanco.
Roberto se corrió dentro de mí con un gruñido, llenándome con su leche caliente. Se separó jadeando, y en ese instante, el moreno, que había estado mirando todo, me agarró del brazo. «Ahora te toca a mí, putita», dijo, y me tiró boca arriba en el sofá. Se puso entre mis piernas y me metió su verga, que era más delgada pero más larga, hasta el fondo. Al mismo tiempo, agarró mi cabeza y me metió su miembro en la boca. «Chúpala, perra, que quiero verte ahogarte con ella», ordenó.
Y yo lo hice. Me la tragué entera, sintiendo cómo me daba arcadas, mientras él me follaba por debajo con una rabia que me encantó. Podía oír a la rubia gimiendo otra vez, Roberto debía estar dándole por otro lado. El sonido de los gemidos, los golpes de carne contra carne, el olor a sexo y a vino… era una orgía completa.
Cuando el moreno se corrió en mi boca, me obligó a tragármelo todo. Luego, Roberto, que ya se había recuperado, me agarró y me puso de pie, doblando mi cuerpo sobre una cómoda que había contra la pared. «Te voy a dar por ese culo que no me has ofrecido», gruñó, y escupió en su mano para lubricar mi agujero. Empezó a empujar, y el dolor inicial se transformó en un placer retorcido y profundo.
Mientras él me penetraba por detrás, el moreno se acercó. Vi por el reflejo en la ventana cómo se bajaba los pantalones otra vez. Pero no se dirigió a mí. Se acercó a Roberto. Le puso las manos en las caderas y, con la misma determinación, le introdujo su propia verga en el culo a Roberto.
El director gimió con un sonido que jamás olvidaré. Era un gemido de puro, absoluto, éxtasis. Sus ojos se cerraron y su cuerpo se estremeció. «¡Sí, dame más duro!», le gritó al moreno, mientras él seguía metiéndomela a mí. Yo estaba atrapada entre ellos, sintiendo cómo Roberto se movía dentro de mí, estimulado por la verga del otro hombre en su propio trasero. Era una imagen tan prohibida, tan obscena, que me hizo llegar al orgasmo más intenso de mi vida, gritando y sacudiéndome entre los dos.
Después de eso, todo es más borroso. Recuerdo a las dos chicas tiradas en el sofá, exhaustas. Recuerdo a Roberto y al moreno arreglándose la ropa, hablando en voz baja como si nada hubiera pasado. Recuerdo limpiarme como pude con unos pañuelos, sintiendo cómo me chorreaba su leche mezclada por las piernas.
Salí del asilo cuando ya amanecía. El aire frío de la mañana me golpeó la cara. En el taxi de regreso a casa, me temblaban las piernas. Mi marido todavía dormía cuando llegué. Se despertó un rato después, me preguntó cómo me había ido. «Bien, tranquilo», le dije, mientras me metía a la ducha a lavar el olor a sexo ajeno, a vino y a pecado.
Ahora, sentada aquí, todavía lo siento. El dolorcito rico entre las piernas, el sabor a semen en el fondo de mi garganta, y el recuerdo de los gemidos de Roberto mientras le daban por detrás. Mi marido ni se imagina que su esposa fiel pasó la Nochebuena siendo la puta más voraz en un asilo de ancianos. Y lo peor, o lo mejor, es que volvería a hacerlo. Sin pensarlo.
Una respuesta
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Muy rico ojalá se repita


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