Mi amiga con derecho y su cuñada
La cosa con mi mejor amiga es la mejor idea que nunca tuvimos. Llevamos cinco años de conocernos, de esos que sabes todo del otro, y hace dos años, una noche de demasiadas cervezas y verdad o reto, cruzamos una línea. Y fue tan putamente bueno que decidimos no dar marcha atrás. Desde entonces, cogemos como conejos, pero con la confianza de poder contarnos cualquier mierda después. Ella me manda fotos de los tipos que se levanta y yo le paso videos de cuando me como a alguna chavala que conocimos en el bar. Es el acuerdo perfecto: sexo sin celos, amistad con ventajas extremas.
El plan maestro ahora es mudarnos juntos. Un depto solo para nosotros. Imagínate, despertar y que lo primero que hagamos sea follar en la cocina mientras se hace el café. O llegar del trabajo y tirarnos al sofá sin preocuparnos porque alguien pueda abrir la puerta. Ahora, en su casa, con la familia siempre rondando, tenemos que ser ninjas. Pero eso, la verdad, le pone un extra de morbo a todo.
Este fin de semana fue uno de esos días de familia. Su mamá cocinando, el hermano viendo la tele en la sala, y su cuñada, Carmen, que había venido de visita. Carmen es… bueno, está para comérsela de un bocado. Tiene unos ojos verdes que te clavan, un cuerpo de gimnasio que se marca hasta con el suéter más holgado, y una sonrisa que te hace pensar en cosas sucias al instante. Mi amiga y yo estábamos ya al límite de la calentura. No habíamos cogido en tres días, y la tensión se podía cortar con un cuchillo.
Buscamos el momento. Después de comer, todos se dispersaron. Su mamá se fue a dormir la siesta, el hermano salió a hacer un mandado. Carmen dijo que iba a leer un rato en la terraza. Mi amiga me lanzó esa mirada, y yo supe que era la hora. Subimos a su cuarto, que está al fondo del pasillo. Cerré la puerta sin hacer ruido, pero no con llave, por si acaso.
No hubo preámbulos. Nos quitamos la ropa en segundos, y la empujé contra la pared junto a la puerta. Empezamos a besarnos como si no hubiera un mañana, con las manos por todos lados. Yo ya tenía la verga tan dura que me dolía. Ella, la muy zorra, ya estaba empapada. “Te necesito ya”, me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo.
La giré y la puse a cuatro patas en el borde de la cama. Así le encanta, y a mí me vuelve loco verle ese culo en el aire. Le pasé la punta de mi verga por su concha, que ya goteaba, y sin más, se la metí entera de una. Ella ahogó un grito en la almohada. Empecé a darle, a un ritmo constante pero potente, agarrándola de las caderas, sintiendo cómo sus nalgas chocaban contra mis muslos.
Estaba en mi mundo, completamente concentrado en el placer, en el sonido de nuestros cuerpos, en los gemidos bajitos que ella soltaba. Hasta que, en un movimiento, levanté la vista hacia la puerta. Y ahí estaba. La puerta, que no había cerrado del todo, tenía una rendija de unos tres centímetros. Y en esa rendija, un ojo. Un ojo verde, brillante, clavado en nosotros.
Era Carmen. Su cuñada nos estaba espiando.
La sangre me corrió de una manera distinta. No paré. Al contrario. Saber que ella estaba ahí, viendo cómo le daba a mi amiga por detrás, viendo mi verga entrar y salir, viendo cómo ella se retorcía de placer… eso puso mi excitación a un nivel nuclear. Empecé a darle más fuerte, más profundo, sin dejar de mirar ese ojo en la puerta. Podía ver parte de su perfil, su boca entreabierta. Se estaba mordiendo el labio.
Mi amiga, que no se había dado cuenta de nada, gritó: “¡Sí, dame más duro, que me encanta!”. Y eso fue como gasolina al fuego. Vi cómo el ojo de Carmen se abría aún más. Su mano, la que se alcanzaba a ver, estaba apoyada en el marco de la puerta, y los nudillos estaban blancos, de la fuerza con la que se agarraba.
“Eres mi puta”, le gruñí a mi amiga, deliberadamente más alto, para que Carmen lo oyera. “Te voy a llenar toda”.
“¡Hazlo! ¡Correte dentro de mí!”, gritó ella, completamente perdida.
Esa fue mi perdición. Ya no pude más. Con un último empujón brutal, me vine. Fue una corrida larga, intensa, mientras yo seguía mirando fijamente a Carmen por la rendija. Ella sostuvo mi mirada por un segundo más, luego, rápido como un rayo, desapareció.
Me desplomé sobre mi amiga, jadeando. Ella seguía gimiendo, disfrutando de los últimos espasmos. Mi mente, sin embargo, ya estaba en otra parte. En la imagen de Carmen observando. En lo mojada que debía estar ella también. En lo inevitable que se sentía ahora.
Al rato, cuando salimos del cuarto, arreglados y tratando de parecer normales, Carmen estaba en la sala, viendo la tele. Nos miró, y fue una mirada rápida, pero cargada. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, se dibujó en sus labios antes de que volviera a la pantalla.
Desde entonces, cada vez que la veo, siento la electricidad en el aire. Ella se pasa cerca de mí más de lo necesario, su ropa es un poco más ajustada cuando yo estoy por ahí. Mi amiga sigue contándome sus aventuras, planeando nuestra mudanza, y yo asiento, pero por dentro solo pienso en cuándo y cómo voy a conseguir que Carmen y yo repitamos aquel espectáculo, pero con ella como protagonista. Es cuestión de tiempo, y la espera me está volviendo loco.


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