Por
Anónimo
La tentación vive abajo. 2 parte
Era tarde. Había salido del gimnasio, aún con el sudor tibio en la piel y los músculos tensos tras la rutina. Llevaba una camiseta ajustada que se pegaba a mi cuerpo y una toalla colgando del cuello. Solo pensaba en una ducha fría… hasta que vi que la puerta del ascensor se abría, y allí estaba ella.
Paula.
Top deportivo negro, pegado a esos pechos que había saboreado días atrás. Leggings grises que delineaban cada curva de sus caderas, sus muslos, ese trasero que ya conocía de memoria. Llevaba el cabello recogido en una coleta, gotas de sudor bajándole por el cuello. Sexy sin siquiera intentarlo.
—Vaya, parece que tú también has estado sudando por buenas razones —dijo, sonriendo con picardía.
—Algunas menos intensas que las tuyas —respondí, tragando saliva.
El ascensor cerró sus puertas. Solo nosotros dos. El silencio era denso, cargado de electricidad. Cada segundo que pasaba, la tensión crecía. El espejo frente a nosotros nos reflejaba juntos, tan cerca… y Paula dio el primer paso. Se acercó, sin prisa, hasta quedar a unos centímetros de mi pecho.
—¿Sabes qué me pasa después de entrenar? —susurró— Que mi cuerpo necesita… desahogarse.
Sus dedos subieron por mi abdomen, mojado de sudor. Me empujó suavemente contra la pared del ascensor, y me besó. No hubo saludo ni advertencia, solo deseo crudo. Le devolví el beso con hambre, sintiendo sus labios calientes y su lengua buscar la mía como si ya no pudiera esperar más.
Mis manos bajaron a su cintura, luego a su trasero firme. Ella jadeó contra mi boca. Se subió encima de uno de mis muslos y empezó a frotarse con descaro, sin pudor.
—No podemos… —murmuré, con la voz rota.
—Ya estamos haciéndolo —respondió sin detenerse.
Me bajé la parte del pantalón deportivo con una mano temblorosa, mientras ella se apartaba el legging, lo justo para liberarse. Se subió sobre mí, con una agilidad que me encendió aún más. Su sexo estaba empapado. Se deslizó sobre mí de una sola vez, profunda, mojada, apretada. Ambos contuvimos un gemido al unísono.
El ascensor siguió subiendo, piso tras piso, y nosotros, allí dentro, conectados como animales, respirando fuerte, moviéndonos al ritmo de los latidos acelerados de nuestros cuerpos. Paula gemía en mi oído, sus piernas me apretaban, sus uñas se clavaban en mis hombros.
—No pares… no pares, Jaime…
Yo bombeaba con fuerza, sujetándola por las caderas, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí, húmeda, rendida, completamente mía. El ascensor vibraba con nuestros movimientos, el espejo empañado por la intensidad.
Cuando finalmente explotamos juntos, con un jadeo tembloroso que se quedó atrapado en nuestras bocas, el ascensor se detuvo.
Tercer piso.
Paula me besó una vez más, se bajó de encima, y con total descaro se acomodó la ropa.
—Qué coincidencia… justo mi piso. —Me guiñó un ojo y salió como si nada.
La puerta se cerró, y yo quedé allí, jadeando, con el cuerpo aún ardiendo.
La tentación vivía abajo… y ahora se subía al ascensor.
La puerta del ascensor apenas se cerró cuando la decisión ya estaba tomada. No podía irme así. No después de sentir su cuerpo temblando sobre el mío, de verla alejarse con esa sonrisa que decía «esto no ha terminado».
Toqué su puerta segundos después.
Paula abrió sin sorpresa, como si ya supiera que vendría. No dijo nada. Solo se hizo a un lado para dejarme pasar.
Su apartamento olía a vainilla, igual que su piel. Había una luz cálida, música suave de fondo, y una sensación de intimidad que contrastaba con lo salvaje del ascensor.
Me miró con ojos encendidos.
—Cierra la puerta… y quítate todo. No quiero interrupciones esta vez.
Obedecí sin palabras. Mis prendas cayeron una a una mientras la observaba quitarse el top deportivo y luego los leggings, lentamente, como si desnudarse fuera un arte que dominaba a la perfección. Su cuerpo era una provocación hecha carne: firme, caliente, irresistible.
Se tumbó en el sofá, abierta de piernas, con una mirada que me dejó sin aliento.
—Ven. Aquí. Quiero sentirte de verdad… ahora sin prisas.
Me acerqué, desnudo, duro, deseándola más que nunca. Me arrodillé frente a ella, separando más sus muslos. Paula jadeó apenas sentí su humedad. Mi lengua comenzó a recorrerla con lentitud, concentrado en cada gemido que arrancaba de su garganta, en cada estremecimiento de sus caderas al ritmo de mi boca.
—Dios, Jaime… no pares…
La llevé al borde con la lengua, la hice rogar por más. Y cuando estuvo temblando, justo en el límite, me incorporé y la penetré de nuevo, esta vez con calma, con profundidad, con ese deseo que se mezcla con adoración carnal. Cada empujón era lento, firme, haciéndola sentir cada centímetro. Ella me miraba con los ojos entrecerrados, con la boca abierta, completamente entregada.
—Así… así, por favor…
La giré, la tomé de espaldas sobre el sofá. Sus gemidos se volvieron más graves, más sucios. La sujeté por el pelo y le mordí el hombro mientras la embestía con fuerza. Su piel sudaba deseo, y su cuerpo vibraba contra el mío.
Volvimos a explotar juntos, salvajes, intensos, hasta que el sudor corría por nuestras espaldas y nuestras piernas temblaban.
Caímos sobre el sofá, entrelazados, sin aliento.
Y entonces Paula rió, esa risa suave, peligrosa.
—Podrías entrenar menos y venir más seguido a casa… esto también quema calorías.
Me incliné para besarla, aún jadeando.
—Y tú… eres el cardio más adictivo que he probado.
Estimado/a lector/a, le manifiesto mi agradecimiento por la lectura de este relato, le invito a que lea otros de los relatos que tengo publicado, y le agradeciera si lo estima oportuno, me remitiera su opinión sobre los relatos que de mi creación pueda usted leer.


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