Mí marido tuvo la culpa!
El sábado pasado mí marido estuvo tomando desde temprano, no fue a trabajar. Yo traté de hacer mís cosas normales durante el día, pero eran las once de la noche y me dijo: «Vé a traerme una caguama».
Me levanté y abrí el refrigerador y no quedaba ninguna de las que había en la tarde, por lo que le dije: «Ya no tienes, vamos a dormir, mañana comprás otra». Pero él empezó de necio: «Tráeme una de la tienda, todavía está abierta». Pero yo le dije: «No, cómo creés, ya es tarde y yo ya estoy encuerada!». «¡Vé a traerme una te dije!!».
Entonces, para no discutir con él porque lo conozco y sé cómo se pone, me puse un abrigo (pues hacía algo de frío) y así, sin brasier y con sólo mis braguitas y unas chanclas, tomé una bolsa y el envase y salí rumbo a la tienda, que no está muy lejos.
Pero en el camino me encontré con el joven vecino que siempre anda de vago. Me saludó y como queriendo hacerme plática, yo respondí sin hacerle mucho caso y me seguí. Pero pensé: ‘Ah, lo voy a mandar a él y lo espero en la casa’. «Oye, ¿me haces un favor? ¿Podrías ir a la tienda y comprarme una caguama?». «Sí, claro. ¿Nada más una?», dijo. «Sí», le dije. «¿Y yo?». «Ah, ok, ¿qué quieres?». «Si me invita una a mí, se la acepto». «Bueno, pues entonces cómprate una. Te espero en la casa».
Así regresé a la casa y lo esperé en la puerta, asomándome. Llegó casi en seguida y le recibí la bolsa, pero me dijo: «Oiga, señora, ¿sería posible que me dejara pasar a su baño?». «No, mejor vé a tu casa, ya es algo tarde y vives allá enfrente». «Por favor déjeme, porque ya me orino». «Bueno, pásate, pero no hables porque ahí está mi marido».
Abrí la puerta del interior, le señalé hacia el baño y me dirigí a la recámara. Mi marido se había quedado dormido, hasta roncaba demasiado fuerte. Así que salió y también escuchó sus ronquidos. «Uh, señora, su marido ya se quedó bien dormido. ¿Será posible que usted me preste un vaso para tomarme mi cerveza?». «No, yo creo que te la tomas en tu casa, porque mi marido puede despertar en cualquier momento». «No creo, no sea mala. Discutí con mi mamá y por ahora no puedo regresar. ¡Ándale, déjeme tomarme aunque sea un vaso aquí con usted!». «Bueno, mira, pero te lo tomas rápido porque yo ya quiero descansar».
Así serví el vaso con cerveza y él me pidió: «Tómese uno conmigo, por favor». «Nooo, cómo creés, yo ya quiero descansar y además hace mucho frío, ¿qué voy a tomar cerveza fría!». «Pues así se le quita el frío». «No creo», le dije, pero pensé: ‘Ah, me lo voy a tomar, sirve de que así se va más rápido’. Entonces me serví un vaso también, dijimos salud y tomamos cerveza.
Estuvimos platicando de algunas cosas sin importancia, pero como el botón de arriba de mi abrigo se sale muy fácil del ojal, se había salido y se me veían las bubis, y yo no me había dado cuenta. Pero noté su mirada y me di cuenta, así que lo abroché nuevamente. Pero me hizo el comentario: «Oye, ¿tienes frío o estás excitada?». «¿Por qué me lo preguntas?». «Pues porque tienes los pezones bien levantaditos». «Hace frío. Yo creo que te vas, ya quiero descansar». «No sea mala, déjeme tomarme la cerveza», pero me lo dice poniendo su mano en mis rodillas desnudas. Su cálida y suave mano me provocó una sensación de placer muy intensa. «No, mira, no creo que sea el momento, tal vez en otra ocasión». «Ándale, por favor, me voy a portar bien contigo». «No, por favor, en otra ocasión», insistí.
Pero él fue más allá y deslizó su mano de la rodilla y por debajo del abrigo hasta llegar a mi panochita. «¡Wouw, la tienes calientita y estás mojadita!!». «¡Espérate!», le dije. «¿Qué haces?». «Déjame quedar contigo, por favor, ahorita me voy». «No, otro día, va a despertar mi marido».
Me levanté de la silla, pues sus hábiles dedos ya tocaban mi clítoris y me había excitado sin querer. Caminé a la puerta de la recámara y me asomé; mi marido seguía roncando. Cuando siento por atrás a mi vecino que me tomó por los hombros y me recargó su pene completamente duro. «Ya ves, él sigue dormido y por ahora no va a despertar. Además, nadie va a saber nada, estamos tú y yo solos».
Creo que ganó con esas palabras. No sé qué me ocurrió, pero dirigí mi mano a su pene y estaba durísimo. Sentí temblor en mis piernas. Me puse de rodillas y desabroché su pantalón y se lo bajé hasta las rodillas. ¡Qué delicioso! Tenía el pene completamente parado, duro, y ¡wouw! estaba grueso como me gusta. Además ya escurría líquido, así que lamí ése rico néctar tratando de succionar, y al mismo tiempo recorría con mi lengua toda la cabeza y bajando por el tronco hasta sus testículos. Era una sensación verdaderamente deliciosa, para después meterla hasta dónde entrara en mi boca. No se podía toda, estaba enorme.
Me tomó del brazo para ponerme de pie y me dirigió a la sala. Me desabotonó el abrigo y me lo quitó. Ahí me encontraba frente a mi joven vecino, completamente desnuda, únicamente con unas pequeñas braguitas que ya estaban empapadas de la excitación y mi panochita que ya escurría. Me bajó las bragas y también se puso de rodillas para meterme su lengua y lamer mis jugos. «¡Aahhhh, qué riiiccooo!!!». No soporté más y le imploré: «Ya, métemela por favor».
Me puse en cuatro frente al sofá y él se acercó, me acomodó la verga en mi panochita y la hundió deliciosamente. Y así, de a perrito, me estuvo dando hasta que conseguí intensos orgasmos. «¡Ahhhh, qué rico!!». Y con los abundantes fluidos, me los untó en mí culito. Yo lo iba a detener, sabía sus intenciones, pero pudo más mi deseo de ser poseída por ése joven que en algún tiempo me caía mal y que en ése momento me estaba dando un exquisito placer, que por un momento olvidé que mi marido estaba ahí mismo.
En ésos momentos me sentí inundada y hasta la fuerza de los chorros de semen caliente, que quedaron escurriendo por chorros de mi culito agrandado por tremendo pene. Pero en ése momento tomé conciencia de que mi marido se podía levantar en cualquier momento para ir al baño o por sed de la cruda.
Así que me recobré rápidamente. Me puse el abrigo, le dije: «Vístete bien y ya vete». «Esperé tantito, señora, no se ha acabado la cerveza». Tomé la cerveza, se la di en la mano y, empujándolo a la puerta, le dije: «Te la tomas en otro lado, ya vete por favor, no me quiero enojar contigo». «Está bien, mamacita, pero habrá otra vez, ¿verdad?». «Eso te lo diré después, pero ya vete».
Salió, cerré la puerta y ¡ufff! Descansé. Me sentía plena, relajada y feliz de haber gozado de un rico sexo, cuando hacía rato ni siquiera lo hubiera imaginado. También me sentí tranquila, pues por ésa vez yo no busqué nada; mí marido tuvo la culpa, pues mandarme a la tienda a las once de la noche no es algo que se deba de hacer.


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