Por
Anónimo
SOLO EN CASA... CON MI PAPÁ (I))
Me llamo Ramón, pero cuando ocurrió lo que paso a narrar (todo real como la vida misma) mi familia y mis conocidos aún me llamaban Monchito.
Resultó que mi madre hubo de ausentarse de casa por dos semanas para atender a mi abuela convaleciente en el pueblo de una operación de cadera, y se llevó con ella a mi hermana pequeña. Quedamos solos en nuestro domicilio de la ciudad mi padre y yo en aquellas jornadas de verano, en que nos repartíamos las tareas domésticas. Yo cocinaba y mi papá hacía el resto de las faenas cuando le apetecía, pues regresaba de su trabajo bastante agotado y después del almuerzo se echaba una buena siesta en su cuarto. Para no utilizar más de una cama, yo también me tumbaba en la suya, pues el calor apretaba y hasta bien llegado el atardecer no apetecía salir a jugar o a pasear. Así que ambos compartíamos la cama matrimonial semidesnudos, solo con la camiseta de verano y el calzón, tal era la alta temperatura. Aún en la penumbra, y cuando mi padre empezaba a roncar, yo podía comprobar cómo debajo de su bóxer abultaba una poronga que intuía era de considerable tamaño.
Fue en una de esas siestas cuando, con mi padre espatarrado y roncando como una morsa, noté que su bulto estaba a punto de hacer saltar por el aire los botones de la abertura de su calzón. La curiosidad se apoderó de mí. Pese a que la habitación estaba casi a oscuras, yo veía lo suficiente para maniobrar en aquel calzoncillo. Con sumo cuidado desabotoné un botón, luego el otro… Y lo que asomó allí me dejó perplejo: una soberbia polla dura como una piedra con una cabeza babeante. Nada de extrañar tal excitación, ya que papi llevaba más de una semana sin follar y, posiblemente, sin pajearse. Acaricié aquel glande y este aún se hinchó más. «Seguro que si lo toco un poco más se corre», pensé. Pero empecé a calentarme de tal manera que, cegado por la lujuria, saqué también los huevos fuera del calzón y empecé a acariciarlos. Estaban grandes como limones, a reventar de leche. Medio me incorporé con sumo cuidado y, sin dudarlo dos veces, comencé a lamerlos. Aquello sabía a gloria. Más de un pelito fue a parar a mi lengua pero no cejé en mi intento. ¿Y si ahora le lamiera el cipote, esa seta gigante que lo corona? Dicho y hecho: empecé a masturbar con delicadeza el pene erecto de mi papá; el morbo que sentía era indescriptible: ¡aquella polla me había engendrado! Mi padre dejó de roncar de repente, ahora respiraba más suave, pero seguía dormido. Así que introduje todo aquel miembro en mi boca, hasta tropezar con la campanilla. Empecé a bombear. Papá se estremeció y me detuve en seco, volví a tumbarme al otro lado de la cama, dándole la espalda, como si nada hubiese pasado. Temía que se despertase y allí se armase la de Dios es Cristo. Esperé un par de minutos. Papá comenzó a respirar fuerte; estaba claro que seguía dormido, así que yo volví a las andadas. Su polla tiesa y grande y sus cojones continuaban fuera de su calzoncillo. Metí de nuevo su verga en la boca y comencé de nuevo el ritmo, cada vez más fuerte. Su precum era abundante, me gustaba saborearlo. Con mi mano derecha lo pajeaba al tiempo que la polla se la tragaba toda hasta las amígdalas. De repente, noté como los huevos ascendían en el escroto y el glande se hacía una pelota de tenis: ¡Iba a estallar! Arqueó el cuerpo, convulsionó y me agarró por la cabeza hasta hacerme tragar hasta la última gota de su leche, mientras berreaba de gusto como un animal. Bebí toda aquella lefada abundante y caliente y caí extenuado sobre su vientre. Quedé así unos segundos que me parecieron una eternidad… Al poco, papá recuperó su respiración normal y no tardó en empezar a roncar. ¿Se habría enterado de lo ocurrido o lo atribuiría a un sueño erótico? Me recompuse como pude a toda velocidad, le metí poronga y huevos dentro de su bóxer y escapé de la habitación en medio de la oscuridad. Me encerré en mi cuarto y me eché exhausto sobre mi cama. Me pajeé no sé cuántas veces. Al cabo de dos horas me dirigí al dormitorio de mi padre y me acerqué a la cabecera de su cama: seguía durmiendo y su rostro mostraba una placidez inmensa, hasta se diría que estaba sonriendo. La cena – tortilla de patata, ensalada y flan, que preparé yo mismo -transcurrió con normalidad mientras mirábamos en la tele un concurso de «Saber y ganar».
Los días que siguieron, con aquel calor insoportable, papá y yo seguimos haciendo juntos la siesta. Y yo seguí con mis incursiones a su entrepierna, al tiempo que me pajeaba compulsivamente allí mismo. Las sábanas matrimoniales acabaron pringadas de lefada a más no poder; más trabajo para mamá para cuando regresara de pueblo. Todo resultaba más fácil ahora: sorpresivamente, papá había cambiado sus calzones con botones en la abertura por otros sin estos. Las corridas de mi padre, casi todas en mi boca, eran espectaculares. Yo sorbía con deleite hasta la última gota de su eyaculación y me la tragaba convencido que aquello era un elixir divino, rico en proteínas, sales minerales y fructosa. De eso sabía mucho mi madre, sin duda. Así transcurría aquella quincena de agosto hasta que …
Una tarde, después de merendar, papá me dijo que iba a dar una vuelta. Un hombre joven y en plenitud de vigor sexual – pensé – necesita más que un buen pajote diario. «Este cabronazo se va de putas, le va a poner los cuernos a mi pobre madre», dije para mis adentros. Y me dispuse a seguirlo. Mi sorpresa fue cuando vi que entraba en el cine de nuestro barrio, donde exhibían películas de reestreno en sesión continua. En la cartelera anunciaban «El imperio de los sentidos», de un director japonés. Fue al darme cuenta que el filme era para mayores de 18 años cuando se me ocurrió una idea para poder entrar en la sala. Volví raudo a casa y rebusqué en el cuarto de mis padres una falda, una blusa y unos zapatos de mi madre. Y también una peluca rubia que ella se puso por un tiempo. Luego fui al cuarto de baño, busqué entre los potingues de mamá y me maquillé como una zorrra. Me vi al espejo y no me reconocí: parecía más mayor, megasexy, divina de la muerte, como para desfilar en la alfombra roja de los Oscars. Y me dirigí al Cine Avenida a vigilar a mi papi.
(CONTINUARÁ…)


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