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diciembre 5, 2025

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La noche con mi primo

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La tensión llevaba semanas sonando como un bajo sordo en el fondo d todo, una nota persistente que crecía con cada mirada furtiva, cada risa que se alargaba un segundo más d lo normal. Miguel, mi primo. No éramos niños, teníamos 28 él y yo 29, pero la historia familiar, los recuerdos d infancia, colgaban como un velo entre nosotros. Un velo que, de a poco, se estaba volviendo transparente.

Esa noche la cosa cambió d tempo. Salimos, solo nosotros, con la excusa d tomar algo y hablar d un negocio. Pero el negocio era otra cosa. Yo me puse una falda negra, corta, y un top que sabía que me hacía ver esas tetas que siempre parecían llamar su atención. Él llegó con su carro, un hatchback pequeño que de pronto se sintió como la cabina más íntima d el mundo.

La conversación fluía, risas, anécdotas d la familia. Pero sus ojos no mentían. Bajaban a mis piernas, se posaban en mi escote, y un fuego lento empezaba a arder en mi vientre. Él encendió la radio y empezó a buscar música. No puso reggaetón cualquiera, no. Puso un downtempo sensual, un groove profundo y sexoso que llenó el espacio entre nosotros como una niebla espesa. El ritmo era un latido compartido.

Fue entonces cuando, en un semáforo, su mano abandonó la palanca d cambios y se posó en mi muslo. No fue un roze casual. Fue una posesión. La palma d su mano, caliente, presionó contra mi piel, y sus dedos dibujaron círculos lentos, subiendo, subiendo, hasta que la tela d mi falda fue el único límite. Contuve la respiración. El semáforo cambió a verde, pero su mano no se movió. Siguió conduciendo con una sola mano, mientras la otra me quemaba a través d la tela.

“Te queda bien esa falda, Valen”, dijo, su voz un poco más ronca d lo normal. No respondí. Solo apoyé la cabeza en el vidrio y cerré los ojos, dejando que la sensación me inundara. Su dedo medio encontró el borde d mi tanga, un hilo delgado que separaba su piel d la mía. Un gemido se me escapó, bajito, ahogado por el sonido d la música.

Eso fue todo lo que él necesitó. Su respiración se agitó. “¿Te gusta?”, preguntó, y esta vez su dedo presionó más, hundiéndose un milímetro bajo la tela d mi tanga. “Sí”, jadeé, y era la verdad más pura d la noche. La prohibición, el riesgo, la sangre compartida… todo eso solo echaba más leña al fuego.

Sin pensarlo, sin planearlo, solo siguiendo el ritmo animal que la música y sus dedos habían empezado, me desabroché el cinturón. Él miró de reojo, sus ojos oscuros brillando con una lujuria que no disimulaba. “¿Qué vas a hacer, prima?”, desafió, mientras su mano apretaba mi muslo con más fuerza.

No le respondí con palabras. Me incliné sobre la consola, un movimiento torpe pero determinado, y bajé la cabeza hacia su entrepierna. Con una mano, desabroché su botón y bajé el cierre. Su erección salió al encuentro, dura, caliente, imponente. Olía a él, a testosterona pura, a deseo acumulado. Lo miré a los ojos un segundo, viendo cómo se mordía el labio inferior, y luego me la llevé a la boca.

El sonido que salió d su garganta fue un gruñido d puro placer. “Coño, Valen…”, gemía, mientras su mano se enredaba en mi pelo, guiándome, pero sin fuerza. Yo la chupaba con hambre, sintiendo cómo palpitaba contra mi lengua, cómo crecía aún más dentro d mi boca. Era larga, gruesa, con la cabeza bien definida. Sabía a sal y a futuro pecado. Con la otra mano, me metí los dedos bajo mi tanga y me toqué, al ritmo que mamaba su verga. Estaba empapada, un charco d deseo que goteaba en el asiento d su carro.

Él conducía como un autómata, acelerando, frenando, doblando, mientras yo le hacía un oral que lo tenía al borde d la locura. “Me vas a hacer chocar, maldita”, jadeó, pero no me detuvo. Al contrario, empujó mi cabeza hacia abajo, follando mi boca con movimientos cortos y profundos.

No podíamos seguir así. Él tomó un desvío brusco, saliéndose d la avenida principal, y se metió por unas calles oscuras, cerca d un parque industrial desolado a esa hora. Estacionó en un callejón sin salida, detrás d unos contenedores, y apagó el motor. La oscuridad nos envolvió, solo rota por las luces tenues d un farol lejano.

El silencio fue abrupto, solo nuestros jadeos. Sin una palabra, me agarró y me giró hacia él. Sus labios encontraron los míos en un beso feroz, hambriento, lleno d lengua y d dientes. Sabía a mí, a mi propio jugo, y eso me excitó hasta niveles dementes. “Te quiero coger, prima”, gruñó contra mi boca. “Te quiero coger ahora.”

Asentí, sin poder hablar. Me subió la falda hasta la cintura y, con manos temblorosas, me corrió la tanga a un lado. No se la quitó. Solo la apartó, exponiendo mi coño completamente empapado, brillante bajo la tenue luz. Él se bajó su pantalón y boxers solo lo necesario, liberando su verga, que golpeó mi muslo con fuerza.

Y entonces, sin más preámbulos, me la metió. De una. Entera.

Un grito se me escapó, ahogado por su boca. Me llenó por completo, uniendo nuestros cuerpos de una manera que nunca antes había sentido. Era como si encajáramos a la perfección, como si esta fuera la conexión que habíamos estado buscando sin saberlo. Empezó a moverse, y el carro se meció con nosotros. Cada embestida era profunda, precisa, buscando ese punto dentro d mí que me hacía ver estrellas.

“¿Te gusta, prima? ¿Te gusta la verga d tu primo?”, me preguntaba, mientras me agarraba d las caderas para darme más fuerte. “Sí, papi, sí… es la mejor…”, gemía yo, perdida en la sensación, en el morbo, en el placer brutal d estar siendo cogida por alguien con mi misma sangre.

Cambiamos d posición. Me puso a cuatro patas sobre el asiento del pasajero, con mi cara contra el vidrio. Desde ahí, me agarró d la cintura y me la volvió a meter, esta vez por detrás. La vista era surrealista: yo, viendo el callejón vacío a través del cristal empañado, mientras mi primo me follaba como un animal detrás d mí. El sonido d nuestros cuerpos chocando, d sus pelotas golpeando mi coño, llenaba el carro. Él me jalaba d la tanga, usándola como rienda, y me nalgueaba con su mano libre. Cada palmada resonaba como un disparo, y a mí me encantaba.

No sé cuánto tiempo pasamos así. El primer round fue rápido, intenso, una explosión d tensiones acumuladas. Él se corrió dentro d mí, caliente y profundo, y yo me vine al mismo tiempo, convulsionando alrededor d su verga.

Pero no fue suficiente. Después d unos minutos d jadear abrazados, su verga volvió a despertar, aún dentro d mí. Esta vez fue más lento, más sensual. Me dio vuelta y me sentó sobre él, y yo cabalgué, controlándolo todo, viendo cómo sus ojos se perdían en mis tetas que saltaban con cada movimiento. Él las chupaba, las mordisqueaba, y yo me dejaba llevar, montándolo hasta que los dos gemimos otra vez.

Para el tercer round, ya estábamos sudados, agotados, pero con la llama aún encendida. Él se recostó en el asiento y yo, con una sonrisa pícara, me coloqué sobre su pecho. “Ahora te toca a ti, primo”, dije, y me bajé hasta colocar mis tetas alrededor d su verga, que otra vez estaba dura y orgullosa. Empecé la rusa, apretando mis senos contra su miembro, moviéndome arriba y abajo, usando mi saliva y su propio precum como lubricante.

La expresión en su cara era d éxtasis puro. “Así, Valen, así… no pares…”. Yo aceleré el ritmo, mirándolo fijo, sabiendo que esto era lo que ambos habíamos querido desde hacía tanto tiempo. Con unos gemidos guturales, explotó. Su leche salió a chorros, blanca y espesa, empapando mis pechos, mi cuello, mi barbilla. Fue tan intenso que hasta me salpicó la cara. Yo seguí moviéndome, extrayéndole hasta la última gota, y luego me limpié con los dedos y me los llevé a la boca, saboreándolo frente a él.

Nos quedamos ahí, destruidos, en el silencio…

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