Lucia Cucci

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noviembre 21, 2025

434 Vistas

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El secreto de mi prima

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Esa noche quedó grabada a fuego en mi memoria, como una película que repito una y otra vez en mi mente cuando necesito evadirme de la monotonía de mi vida actual. Éramos tres primas, todas en la adolescencia, compartiendo una cama king size después de una fiesta familiar agotadora. El aire olía a champú dulce y a la colonia barata que usábamos entonces. Yo, en el medio, con Roxy a mi izquierda y Carla, su hermana menor, roncando suavemente a mi derecha.

Al principio, todo era normal. Susurros, risas ahogadas, comentarios sobre los chicos de la fiesta. Pero luego, el silencio se adueñó de la habitación, roto solo por la respiración profunda de Carla. Yo fingía dormir, agotada, pero mi mente divagaba. Fue entonces cuando lo sentí. Un peso leve, casi imperceptible, sobre mi cadera. La mano de Roxy.

Al principio, fueron solo caricias suaves, circulares, sobre la tela de mi pijama corto. Un roce que podía pasar por casual, por un movimiento dormido. Pero luego, la presión se hizo más deliberada. Su palma se deslizó, lenta, hipnótica, hacia la curva de mis pompis. Yo contuve la respiración, paralizada entre la sorpresa y una curiosidad que me electrizaba toda. ¿Estaría despierta? ¿Sabría lo que hacía?

Su audacia creció con mi silencio cómplice. Sus dedos, largos y hábiles, encontraron el borde de mi bombacha de algodón. Con un movimiento sigiloso, la apartó a un lado, exponiendo mi piel al aire fresco de la habitación. El contraste me erizó la piel. Y entonces, sintió el surco entre mis nalgas. Sus yemas de los dedos trazaron un camino desde la base de mi columna hasta el comienzo de mi vulva, una y otra vez, con una presión que era a la vez una pregunta y una afirmación.

Un sonido escapó de sus labios, un suspiro ahogado, y comprendí que no solo me tocaba a mí. El leve movimiento rítmico de su cadera contra el colchón delataba que, con su otra mano, se estaba tocando ella misma. La idea, en vez de repelerme, vertió gasolina sobre el fuego que empezaba a arder en mi vientre. Me mojé al instante, sintiendo cómo la humedad empapaba mi bombacha. Me mantuve quieta, interpretando mi papel de durmiente a la perfección, mientras por dentro vibraba como una cuerda tensa.

Así continuó, noche tras noche, en cada visita, en cada pijamada. Era nuestro ritual secreto, un juego peligroso jugado a centímetros de su hermana, que nunca sospechó nada. Sus exploraciones se volvieron más atrevidas. Aprendió a desabrochar mi corpiño con destreza silenciosa, y sus manos acariciaban, pesaban y pellizcaban mis senos con una familiaridad que me volvía loca. Yo mordía mi labio inferior, ahogando los gemidos que amenazaban con delatarme, mientras mi cuerpo se arqueaba buscando inconscientemente más de su contacto.

La noche que todo cambió, el aire estaba cargado de una tensión diferente. Lo supe desde el momento en que nos acostamos. Sus caricias fueron más urgentes, más demandantes. Y entonces, en un movimiento que me dejó sin aliento, usó sus muslos para abrir mis piernas. Ya no había pretexto, ni tela de por medio. La oscuridad de la habitación era absoluta, pero todos mis otros sentidos se agudizaron hasta lo doloroso.

Sentí su aliento caliente en mi interior un instante antes de que su lengua me encontrara. Fue una sacudida eléctrica, un estallido de sensaciones tan intenso que un gemido escapó de mi garganta. En un segundo, su mano selló mi boca. No fue una acción violenta, sino un gesto de complicidad, un “silencio, esto es solo nuestro”. Y entonces, siguió.

Dios, cómo lo hizo. Su lengua era un instrumento de pura perversión. Lamió, succionó, exploró cada pliegue con una dedicación que me hizo perder la noción de todo. Del tiempo, del espacio, de que su hermana dormía a menos de un metro. Yo me aferré a las sábanas, mis caderas se movían contra su boca por voluntad propia, buscando un alivio para la presión insoportable que crecía en mi bajo vientre. El sonido húmedo, obsceno, era la banda sonora de mi rendición.

Cuando creí que no podía soportar más, me dio la vuelta. Sin una palabra, me colocó a cuatro patas. La posición era tan vulnerable, tan expuesta, que una oleada de vergüenza me recorrió, seguida inmediatamente por una oleada aún más fuerte de deseo. Y volvió a bajar. Esta vez, su foco fue el otro lado, ese lugar del que nunca había hablado con nadie. Su lengua pintó círculos concéntricos alrededor de mi ano, lamiendo, presionando, hasta que la resistencia cedió y sentí la punta húmeda penetrando levemente. Grité into su palma, mi cuerpo convulsionado por un placer que no sabía que existía.

El orgasmo fue cataclísmico. Una serie de espasmos violentos que me dejaron temblando, sin fuerzas, derretida sobre el colchón. Pero Roxy no había terminado. Con una fuerza que no le conocía, me subió a horcajadas sobre su rostro. “Ahora tú,” ordenó, y su voz era un ronquido cargado de lujuria. Me guió, mis manos en su cabeza, forzándome suavemente a frotar mi sexo sensibles contra su boca. No fue una caricia, fue una toma de posesión. Ella me usó para venirse, y yo, aturdida y en éxtasis, obedecí hasta sentir cómo su cuerpo también se estremecía bajo el mío.

Quedamos ahí, jadeantes, en la oscuridad, el olor a sexo y sudor llenando la habitación. Carla, milagrosamente, seguía dormida. Roxy se acomodó a mi lado y, en minutos, su respiración se hizo profunda y regular. Yo me quedé despierta, mirando el techo, sabiendo que algo en mí había cambiado para siempre.

Nunca más lo hablamos. A la mañana siguiente, actuamos con una normalidad que ahora me parece surrealista. La vida nos llevó por caminos separados. Ella emigró, nos casamos, tenemos hijos, vidas respetables. Pero a veces, en la quietud de la noche, cuando mi marido ronca a mi lado, tomo mi teléfono y busco esos videos. No cualquiera. Busco aquellos donde hay dos mujeres, en la intimidad de un dormitorio, donde los tocamientos son furtivos y la complicidad es tan palpable que casi puedes olerla.

Necesito ver esa dinámica, esa entrega, ese poder que se intercambia en silencio. Porque cada vez que lo veo, no veo a dos actrices. Veo aquella habitación oscura, siento su mano en mi boca, y el sabor salado de su piel en mis labios. Esa adicción, Roxy, me la regalaste tú. Y aunque nuestras vidas sean un océano de distancia, en esos momentos, te tengo aquí, conmigo, despertando a la mujer que enterré bajo capas de responsabilidad y rutina. Te extraño. Te extraño con una intensidad que duele, y que, al mismo tiempo, me mantiene viva.

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