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Mi fantasía porno de anónima
Ay, huevón, esta idea me tiene la pepa palpitando desde hace semanas. Es una locura, lo sé, pero no puedo sacármela de la cabeza. La idea de hacer una peli porno, pero anónima, cubriéndome la cara con una máscara o una peluca, para que nadie me reconozca. Mi novio cree que soy la novia perfecta, mi familia me ve como la niña bien, y mi trabajo de modelo en redes depende de mi imagen de chica «nice». Pero por dentro, soy una zorra que quiere gritar que le encanta la verga y que quiere que medio internet se follee viéndome.
Imagínate, huevón. Estar en un set, con luces calientes, cámaras apuntándome, y yo ahí, con una máscara de latex que me cubra toda la cara, o una peluca color fuego que nadie asociaría conmigo. Usar un nombre falso, algo como «Luna» o «Zafiro», una vaina bien cliché. Y tener a un tipo, o quizás varios, listos para follarme de todas las maneras posibles.
Me pongo a pensar en los detalles y se me moja la tanga al instante. El sonido de la cámara haciendo zoom en mi culo cuando me pongan a cuatro patas. El calor de las luces en mi espalda desnuda. El olor a sudor y a sexo en el aire. Y lo mejor, el morbo de saber que miles, quizás millones de hombres, se van a estar jalando la pija viéndome, sin saber que soy yo. Que mi propio novio podría toparse con el video un día y ni enterarse de que es su querida Bianka la que está ahí, gimiendo como una puta mientras le llenan el culo de leche.
Pero el miedo, huevón, el miedo es real. Si me descubren, se acaba todo. Mi relación, mi trabajo, el respeto de mi familia. Mi mamá me mataría. Literal. Y sin embargo, esa posibilidad, ese riesgo, me prende aún más. Es como jugar a la ruleta rusa con mi vida, pero con la pepa empapada.
He estado investigando, como la zorra obsesiva que soy. Hay sitios que se especializan en eso, en videos anónimos. Actrices con máscaras, pelucas, tatuajes falsos. He visto unos cuantos, y cada vez que veo a una enmascarada siendo follada, me imagino que soy yo. Cierro los ojos y siento las ataduras en mis muñecas, la verga de un desconocido entrando en mi boca, el sabor a latex de la máscara mezclado con el sabor a pija.
Anoche, no pude dormir. Me puse mi consolador y me lo metí mientras veía uno de esos videos. La actriz llevaba una máscara de gato, negra, que le cubría toda la cara excepto la boca y los ojos. Tenía un cuerpo parecido al mío, tetas grandes, culo redondo. La follaban entre dos tipos, uno en la boca y otro en el culo. Ella gimía, y yo gemía con ella, imaginando que eran sus manos las que me agarraban, sus vergas las que me llenaban. Cuando me vine, fue una de las corridas más intensas de mi vida, gritando en la almohada para que mi novio no me escuchara.
Hoy, en el trabajo, no podía concentrarme. Cada vez que un cliente me hablaba, yo imaginaba que era un director de cine porno preguntándome si estaba lista para mi escena. «Sí, papi, estoy lista para que me des duro,» le respondía mentalmente, con una sonrisa inocente en la cara.
He pensado en todo, huevón. En la peluca, por ejemplo. Tendría que ser de un color que nunca me pondría en la vida real. Quizás rojo fuego, o azul eléctrico. Algo que desvíe cualquier sospecha. Y la ropa, lencería barata, de esas que venden en paquetes de tres por diez dólares, nada que se parezca a mi estilo usual. Quizás un corset negro apretado, con medias de red rotas. Y tacones altos, pero de plataforma, para que no se me note la estatura.
El tipo, o los tipos, tendrían que ser completos desconocidos. Nada de actores porno famosos que puedan filtrar algo. Gentes normales, quizás encontrados en foros oscuros de internet, que estén tan desesperados por coger como yo por ser cogida en cámara. Me imagino sus manos, ásperas, agarrando mis nalgas mientras me ponen en posición. Sus voces, gruñendo órdenes. «Abre más ese culo, puta». «Gime más fuerte para la cámara».
Y las posiciones, huevón. Tendría que ser una película bien hardcore. Que me den por todos lados. Que me usen como un juguete. Escenas de doble penetración, de squirt, de facesitting. Que me escupan en la cara, que me azoten, que me traten como la zorra anónima que sería. El guión sería básico: yo, la chica enmascarada, siendo sometida por hombres que no conocen mi nombre, y que no quieren conocerlo.
El momento del orgasmo sería épico. Saber que estoy viniéndome, con una verga en mi culo y otra en mi boca, y que esa imagen va a quedar grabada para siempre en internet. Que mi gemido, editado y amplificado, va a ser el sonido que haga venir a miles de hombres. Eso, huevón, es poder. Un poder secreto, peligroso, pero poder al fin.
He llegado a buscar precios. Hay estudios que ofrecen paquetes «discretos» por unos miles de dólares. Incluyen el set, el equipo, los actores, y la garantía de anonimato. Pero, ¿y si es una estafa? ¿Y si graban todo y luego me chantajean? Ese riesgo me hace mojarme más, la verdad. La posibilidad de que todo salga mal y mi vida se vaya a la mierda es tan excitante como la idea de que salga bien.
A veces, cuando estoy con mi novio, me quedo mirándolo y pienso: «Si supieras que tu novia perfecta quiere que un extraño le dé por el culo frente a una cámara». Él me coge bien, no me quejo, pero es tan… normal. Tan predecible. Nada que ver con la adrenalina de saber que estoy siendo observada, juzgada, deseada por desconocidos.
He pensado hasta en los detalles más pequeños. En no usar mis aretes característicos, en pintarme las uñas de un color que nunca uso, en ponerme un tatuaje temporal en el muslo. Cualquier cosa para despistar. Y la voz, tendría que modificarla un poco, hablar más grave, o más agudo, no sé. O quizás no hablar nada, solo gemir. Eso sería más seguro.
Pero luego pienso en el after. En volver a mi vida normal, sabiendo que ahí fuera, en algún rincón oscuro de internet, existe un video de mí, «Luna la Enmascarada», siendo la puta más salvaje que nadie haya visto. Y que yo, Bianka Trebejo, modelo de redes sociales, soy la misma persona. Esa dualidad me vuelve loca. Ser la santa y la pecadora al mismo tiempo.
No sé, huevón. Cada día que pasa, la idea me come más la cabeza. Hoy, en la ducha, me puse a practicar posiciones frente al espejo, imaginando las cámaras. Me puse a cuatro patas y me imaginé a un tipo follándome por detrás mientras otro graba mi cara de placer. Gemí tan fuerte que casi se cae la ducha.
Quizás lo haga. Quizás un día, le diga a mi novio que me voy de viaje de trabajo, y en vez de eso, me vaya a un estudio de grabación en otra ciudad. O quizás lo grabe yo misma, en un motel, con una cámara buena y una máscara comprada por internet. Subirlo a un foro anónimo y ver los comentarios. «Qué rica está esta zorra», «me vine tres veces viéndola». Eso, huevón, eso valdría la pena el riesgo.
O quizás no. Quizás me quede con las ganas, y solo sea otra fantasía más que me ayude a venirme cuando estoy aburrida. Pero algo me dice que no. Que esta zorra necesita más. Que necesita que la vean, que la deseen, que la usen, sin saber quién es. Porque al final del día, ser una puta anónima es el mayor poder que una mujer como yo puede tener. Y esta perra está lista para empoderarse, aunque sea con la cara cubierta.


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