TRIO EN EL TAXI
Esa noche en el antro estaba de la verga, la neta. La mĂşsica a todo volumen, el humo del vape por todos lados, y yo ahĂ, con una chela en la mano, buscando con quiĂ©n desquitarme el estrĂ©s de la semana. Y entonces la vi. Una morrita vestida con un short tan corto que casi le salĂan las nalgas, y un top que dejaba ver su abdomen marcado. Morena, con el pelo teñido de rojo, y una mirada que decĂa «hazme tu perra». No lo pensĂ© dos veces, me acerquĂ© y le ofrecĂ una bebida.
Ella, que se llamaba Frida, aceptĂł con una sonrisa pĂcara. Empezamos a platicar, pero en el antro no se oye ni madres, asĂ que terminamos en la pista de baile. SonĂł una bachata y la agarrĂ© de la cintura, pegándola a mĂ. SentĂ sus tetas contra mi pecho, y su aliento caliente en mi cuello. No tardĂ© en bajar la mano a sus nalgas, redondas y firmes, y apretarlas con fuerza. Ella no se hizo para atrás, al contrario, se restregĂł más contra mĂ, y luego me agarrĂł la nuca y me comiĂł la boca. Un beso con lengua, hĂşmedo y caliente, que me dejĂł la verga dura al instante.
ÂżQuieres ir a mi depa? le dije al oĂdo, y ella, sin soltarme de la boca, asintiĂł. PaguĂ© la cuenta rápido y salimos a la calle. HacĂa frĂo, pero nosotros estábamos ardiendo. ParĂ© un taxi, uno de esos viejos, con el asiento de atrás gastado y un olor a cigarro rancio. Nos subimos, y yo le di mi direcciĂłn al chofer, un tipo de unos cuarenta y tantos, con una gorra puesta y unas manos callosas.
Apenas arrancĂł el carro, Frida se lanzĂł sobre mĂ. Me desabrochĂł el pantalĂłn y se sacĂł mi verga, que ya estaba palpitando y goteando. «Quiero saborearte,» susurrĂł, y se la metiĂł toda a la boca. El taxista nos mirĂł por el espejo retrovisor, pero no dijo nada, solo ajustĂł su gorra y siguiĂł manejando. Yo gemĂa, con la cabeza recostada en el asiento, sintiendo cĂłmo su lengua jugueteaba con la cabeza de mi miembro, cĂłmo se ahogaba con Ă©l, cĂłmo sus manos me acariciaban los huevos. Era una mamada experta, de esas que te hacen ver las estrellas.
En un semáforo, el taxista no pudo evitarlo. «Oigan, ¿y si me uno a la fiesta?» dijo, con una voz ronca. Yo esperé que Frida se ofendiera, pero para mi sorpresa, se separó de mi verga, con la boca brillante de saliva, y dijo: «Claro, papi, entre más, mejor».
No lo podĂa creer. El tipo estacionĂł en un callejĂłn oscuro, apagĂł las luces, y se bajĂł para subir atrás con nosotros. El taxi era pequeño, asĂ que estábamos apretados, pero eso solo lo hacĂa más excitante. El chofer, que dijo llamarse Rogelio, se sacĂł su verga. Era gruesa, morena, con venas marcadas, y se veĂa que estaba acostumbrado a esto. Frida, como la zorra que era, se lanzĂł sobre Ă©l tambiĂ©n, metiĂ©ndosela en la boca mientras con una mano me seguĂa jalando a mĂ.
Rogelio le bajó el short y la puso a cuatro patas en el asiento. «Te voy a dar por el culo, putita,» le dijo, y ella solo gimió de aprobación. Él escupió en su mano y lubricó su agujero, luego, sin más, se lo metió. Frida gritó, un grito de dolor y placer mezclados, y yo, desde atrás, le metà mi verga en la boca para que no hiciera tanto ruido. El sonido de sus nalgas chocando contra las caderas de Rogelio llenaba el taxi, un ritmo húmedo y obsceno.
Cambiamos de posiciones como si fuĂ©ramos expertos. Yo me puse detrás de ella y se la metĂ en su chocha, que ya estaba empapada, mientras Rogelio se la seguĂa dando por el culo. Frida estaba en el medio, siendo follada por ambos lados, gimiendo como una loca, con baba saliĂ©ndole de la boca. «Más duro, papis, no se detengan,» suplicaba, y nosotros obedecĂamos, dándole con toda nuestra fuerza, sintiendo cĂłmo sus mĂşsculos nos apretaban.
En un momento, Rogelio se saliĂł y me dijo: «Cambiemos, quiero probar ese culo apretado». Yo, sin dudarlo, le di su lugar. Él le metiĂł su verga en el culo otra vez, y yo me puse frente a Frida, metiĂ©ndole mi miembro en la boca. Ella me miraba con los ojos vidriosos, llenos de lujuria, y se tragaba cada centĂmetro, ahogándose una y otra vez. Rogelio le daba tan fuerte que el taxi se mecĂa, y los vidrios se empañaban con nuestro calor.
«Me voy a venir,» rugiĂł Rogelio, y Frida, en vez de pedirle que se corriera fuera, abriĂł más la boca. «Adentro, los dos, quiero su leche,» gimiĂł. Esas palabras fueron nuestra sentencia. Yo, que ya no aguantaba más, empecĂ© a bombear mi semen en su garganta, caliente y espeso, mientras Rogelio, con un gruñido animal, llenaba su culo con su propia leche. Frida tragĂł cada gota de la mĂa, y cuando Rogelio se saliĂł, un chorro blanco saliĂł de su ano, manchando el asiento.
Quedamos los tres jadeando, sudados, en el silencio del callejĂłn. Frida, con la cara llena de mi saliva y su maquillaje corrido, sonreĂa. «QuĂ© rico,» dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Rogelio se subiĂł al frente, se arreglĂł, y prendiĂł el carro como si nada. «¿A dĂłnde los llevo?» preguntĂł, y yo, todavĂa temblando, le dije que a mi depa.
En el camino, Frida se recostĂł en mĂ, y su mano volviĂł a mi entrepierna. «¿Round dos en tu cama?» susurrĂł, y yo supe que esa noche no iba a dormir. Al llegar, paguĂ© a Rogelio, quien me guiñó un ojo. «Cuando quieran, aquĂ andamos,» dijo, y se fue.
En mi departamento, Frida y yo repetimos, esta vez sin compañĂa, pero con la misma intensidad. La amanecĂ follándola en cada rincĂłn, y cuando por fin se fue, al mediodĂa, mi cama estaba destruida y yo, exhausto pero satisfecho.
La juventud de hoy está bien loca, sĂ, pero quĂ© puto gusto ser parte de ella. Esas morras que no tienen lĂmites, que se avientan lo que sea, son lo mejor que nos ha pasado. Y Frida, esa perrita insaciable, ya me mandĂł mensaje para repetir el prĂłximo fin de semana. Y esta vez, quiere que invite a Rogelio otra vez. ÂżQuiĂ©n soy yo para decir que no?


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