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Anónimo

noviembre 18, 2025

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UNA FAMILIA AMANTE DE LOS ANIMALES

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Últimamente las relaciones entre mis padres estaban algo tensas, por lo que mis abuelos paternos nos invitaron a pasar unos días en su casa de campo, alejados del bullicio de la ciudad y el trabajo rutinario. Un tiempo ideal en contacto con la naturaleza para respirar aire puro, descansar y a ser posible solucionar los problemas de la pareja. De manera que nos fuimos a la granja mamá, papa, mi hermanita Vanessa y yo. Pronto comprobé la tirantez que había entre mis padres pues, aunque dormían en la misma cama, llevaban un tiempo sin follar. Yo todas las noches ponía la oreja en la puerta para pajearme esperando escuchar los gemidos de mami con cada embestida y la estruendosa corrida de mi padre. Pero, como queda dicho, últimamente, nada de nada. Yo me preguntaba cómo papá podía aguantar tanto tiempo sin descargar sus cojones, hasta que una noche descubrí cómo se aliviaba el hijoputa.

A oscuras y en silencio seguí a papá, que se guiaba con una linternita, a lo largo del pasillo hasta bajar a la planta baja de la casa, salir al exterior de la finca y entrar en la cuadra donde dormían los animales: un par de cerdos, gallinas y patos, una vaca lechera y una burra, entre otros. El perro, vigilando en la puerta, apenas abrió un ojo al vernos pasar uno tras otro. Papá iba en pijama y con unas chanclas; yo en calzoncillos y descalzo. La noche era templada y se respiraba el aire fresco del relente. Mi padre se encaminó hacia la burra iluminándole la chucha con la linterna. Pronto la bestia levantó la cola y mostró un coño abultado y carnoso. Papá comenzó a masturbarla hasta que aquella raja colorada empezó a abrirse y cerrarse rítmicamente. El hombre introdujo un dedo, luego dos y hasta tres… La burra estaba superexcitada y empezaba a mearse de puro gusto. Fue cuando mi padre se subió a un cajón que había por allí, se bajó el pijama y el bóxer y le introdujo toda su poronga hasta los mismísimos cojones. Empezó un bombeo furibundo, sin piedad. El animal parecía estar gozando y mi padre, suponiéndose solo en el establo, le decía todo tipo de improperios y piropos. Yo, desde mi escondite, pude oír expresiones como «¡Chingas mejor que mi puta esposa, te voy a llenar de leche hasta que te salga por la boca!» Y más: «¡Rica, rica, rica, qué bien me aprietas la polla, bonita! ¡No me extraña que los costeños colombianos prefieran las burras a las mujeres!» Y así un buen rato hasta correrse dentro de ella. Al rato, exhausto, cayó sobre el lomo de la burra, colmándola de besos y agradecimiento, mientras el animal relinchaba de placer. Pues aquella noche ya supe de cómo mi padre satisfacía sus bajos instintos y al meterme de nuevo en mi cama me pajeé hasta el amanecer reviviendo aquella escena inimaginable.

– ¿Te has follado alguna vez a una gallina, Moncho? – me preguntó después del desayuno el sátiro de Chus, mi primo que vivía en casa de mis abuelos. Yo me encogí de hombros.
– Pues ya va siendo hora – añadió -. Vamos al corral.
Y los dos nos fuimos al gallinero. Mi hermana Vanessita se entretenía en el patio jugando con el perro, un soberbio pastor alemán llamado Toby.
– ¿Ves aquella gallina rebolluda y cantarina? – me dijo mi primo -. Pues te la vas a coger tú.
– ¿Y tú, qué vas a hacer? – pregunté.
– Yo me voy a follar al gallo. Estoy harto de que me despierte con su quiquiriquí todas las mañanas, no haga más que cubrir a las pobres gallinas y a él no le hagan nada.
Y así fue como Chus persiguió al gallardo y altanero gallo, lo sujetó por las alas, le desplumó el ano y, sacando sus veintitantos centímetros de verga, se la introdujo de golpe. El gallo se revolvía y estos movimientos excitaban todavía más al libidinoso de Chus.
– ¿Qué pasa con tu gallina? – me gritó.
– Algo tropieza aquí dentro, no me deja meter la polla del todo…
– Ya sé lo que es – respondió mi primo -. Está a punto de poner un huevo. Déjamela a mí, que eso es lo que más me gusta: ¡romperle el huevo dentro con la punta de mi polla!
Y arrebatándome la gallina, procedió a introducirle en la cloaca su descomunal miembro, mientras el gallo huía despavorido.
– Despacito, despacito … – decía susurrando Chus – Despacito, ahora ya tropiezo con el huevo. ¡Toma verga, hija de la gran puta! ¿No te dicen polla…? ¡Pues allá va polla! ¡Crrack, ya estaño el huevo! Me corro, me corro, me corro…
Y ante mis atónitos ojos vi como mi primo sacaba su poronga pringada de cáscara y yema de huevo, mientras del pobre animal salían de su ano borbotones de clara y lefada. Para consolarme, ya que yo estaba más parado que un animal, mi querido primo Chus me hizo una mamada espectacular, tumbados los dos sobre la montaña de heno seco que ocupaba parte de la cuadra.

Vanessa seguía jugando fuera con Toby. Papá contemplaba la escena satisfecho desde la ventana con una taza de café en la mano. Solo al ver que la rapaza había caído y permanecía llorosa sobre la hierba, bajó a ayudarla. Su sorpresa fue cuando vio que el can que , al verla despatarrada, le estaba lamiendo la entrepierna. Mi padre quedó paralizado ante tal escena. Toby pasaba su lengua rugosa con destreza y ágilmente sobre las pantaletas de Vanessa justo en la rajita y el llanto de esta e había transformado en un inquietante regusto. En verdad, mi hermana estaba disfrutando y aun facilitaba más las cosas al perro. Mi padre espantado, la cogió en brazos y la metió en la casa. ¿Había orgasmado su hijita del alma?
– ¿Te hizo daño el perro? – le preguntó al rato mi padre.
– Para nada, papi, Toby es muy cariñoso – respondió ella -. Lo pasé muy bien.

Aquella noche mi padre era incapaz de conciliar el sueño. Ardía en ganas de bajar una vez más al establo y follarse de nuevo a aquella maravillosa burra. Su esposa se había atiborrado de somníferos, que es lo que hacía cuando tenía una depresión o alguna crisis matrimonial, como era el caso. Mi padre alumbró con su linterna el rostro de mamá. Nunca la había visto con más cara de zorra: boca abierta, labios carnosos. despeinada y respirando como si estuviese gimiendo de placer. Quizás estuviese soñando con alguno de aquellos bañistas con speedo ceñido y marcando paquete. Deseó vengarse de ella por todas las maldades que sabía que le había hecho. Y de repente pensó en Toby, el pastor alemán, sin duda un perro degenerado, porque lo que le había hecho a Vanessita era algo que le habían enseñado. Y fue en busca del can.

Subió con sigilo el perro hasta el dormitorio, que no ladró en ningún momento, cubrió con un pañuelo la lamparita de la mesilla de noche para atenuar la luz y empezó a masajear la polla del animal. Pronto el miembro canino alcanzó su plenitud; ya unas gotitas caían por su capullo debido a la excitación. Y dejó al animal actuar solo. Se dirigió este a la mujer que dormía sobre la cama, le dio unas lenguaradas sobre la cara y la boca, y sacando toda su fuerza bruta, logró darle la vuelta, ponerla de culo. Mi padre colaboró poniendo a su esposa a cuatro patas, con la cara hundida en la almohada y le levantó el camisón y le quitó las bragas. El perro no tardó en penetrarla . En su duermevela ella sintió las primeras embestidas y aquella verga descomunal e hinchada dentro de su útero. Los jadeos del can se confundían con los de la mujer. Estaba gozando como la perra que era. Mi padre asistía complacido al espectáculo. Más de una vez, cuando Toby se corría dentro de ella y se desmontaba, él le acariciaba los huevos y lo forzaba a penetrarla de nuevo y bombearla hasta quedar seco. En los abotonamientos mi madre orgasmaba entre convulsiones. Cuando el perro llegó al límite, ya a punto de infartar, abandonó raudo la habitación. Fue cuando mi padre, recalentado al máximo, aprovecho para introducir su polla en aquella vagina dilatada, en carne viva, y mezclar su leche con la que Toby había depositado dentro a raudales.

– Estáis hoy muy sonrientes todos – dijo mi abuela durante el desayuno-. ¿Ya habéis hecho las paces, parejita?
– Claro que sí, mamá – respondió mi padre.
– ¡Si hasta hicimos el amor, querida suegra! – respondió mi madre -. ¡Bien lo noté mientras dormía, jajaja!
– Pues para celebrarlo, hoy os prepararé para almorzar gallina a la pepitoria – dijo feliz mi abuela.
– ¡Qué espléndida, abuelita! – dijo Chus sorprendido -. Tú que nunca quieres sacrificar una de nuestras aves.
– Esta que vamos a comer ha dejado de poner huevos, entonces ya no me vale. Además tiene el ano muy dilatado, señal que ya va vieja.
– ¿Quieres que te ayudemos a limpiarla? – dije yo pensando en toda la lefada que le había dejado dentro mi primo y que iba a tocar comérnosla.
– Para nada, Monchito – respondió ella -. Y además voy a preparar una buena sopa con todos los menudillos. Que ya dice el refrán que «Gallina vieja hace buen caldo».

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