Valeria Sofía Mendoza

noviembre 16, 2025

246 Vistas

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Corte con mi novio

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Ayer corté con mi novio, ese man que creía que me podía tener encerrada en una jaula de cristal. Subió una historia a Instagram contando que ya éramos historia, como si a alguien le importara. Y yo, en vez de llorar como una boba, me puse esa tanga roja que tanto le gustaba a él, pero pa’ que la disfrutaran otros.

No habían pasado ni veinte minutos cuando me llegó el mensaje. Era el mejor amigo de mi ex, ese man que siempre me miraba con ojos de perro hambriento. «Oye, sé que no es el momento, pero… ¿querés desahogarnos un rato?». Yo ni lo pensé. «Pasame a buscar», le escribí, y me puse un vestidito negro que sabía que se me veía todo.

Cuando subí a su carro, el aire se puso espeso. Se notaba que ya se había jalado una paja pensando en mí, porque olía a pija y a nervios. Ni bien cerré la puerta, me agarró la nuca y me empujó hacia su entrepierna. «Chupamela, puta», me dijo, y yo, que soy una perra obediente cuando me tratan como tal, le bajé el cierre y me encontré con una verga ya media dura, gruesa, con las venas marcadas.

Me la metí toda en la boca, ahogándome con su tamaño, sintiendo cómo palpitaba en mi lengua. Él gemía y me agarraba el pelo, follándome la cara sin piedad. «Así, zorra, así me gusta», jadeaba, y yo sentía cómo se me salían las lágrimas, pero de la excitación, no de la tristeza. No duró mucho, el muy caliente. Con un gruñido, me llenó la cara de leche, caliente y espesa, que me chorreaba por la barbilla. Me limpié con el dorso de la mano y me la tragué, sonriéndole. «Qué rico», le dije, y él me miró como si fuera un sueño.

Pero eso era solo el aperitivo. Me llevó a su apartamento, un lugar desordenado de soltero, y me tiró sobre la cama. Se bajó y me empezó a chupar la concha como si no hubiera un mañana. Yo gritaba, enarcaba la espalda, le metía los dedos en su pelo corto. Hacía tiempo que un hombre no me hacía venir solo con la lengua, pero él lo logró, no una, sino dos veces. Cuando me sentí temblorosa y vacía, se subió sobre mí y me metió su verga otra vez, esta vez en mi chocha, que ya estaba hecha un desastre.

Esta vez fue más lento, más profundo. Me miraba a los ojos mientras me daba, y yo le gemía en su oído cosas sucias, que era su puta, que me encantaba su verga. Cuando sintió que se venía, le dije «adentro, papi, quiero tu leche». Y así fue, me llenó por completo, y yo sentí cómo ese calor se expandía dentro de mí.

Pero mi noche no podía terminar ahí. Apenas se durmió, agarré mi teléfono y le escribí a un amigo que siempre me había dicho que me tenía ganas. «¿Estás en casa?», le puse, y en segundos me respondió: «Sí, vení ya».

Llegué a su casa y ni bien abrí la puerta, me empujó contra la pared del pasillo. «Hace años que sueño con esto», me susurró al oído, mientras me corría la tanga y me metía sus dedos. Estaba tan mojada que resbalaba. Se puso un condón rápido y me la clavó por detrás, agarrándome de las caderas. Fue brutal, desesperado, como si llevara años guardando esas ganas. Cada embestida era un golpe seco contra mis nalgas, y yo gemía como una loca, pidiéndole más. «Sos mi puta, ¿sí?», me preguntó, y yo le dije que sí, que siempre lo había sido. Se vino con un grito, y nos desmoronamos en el piso, jadeando.

Hoy me desperté con el cuerpo adolorido, pero con ganas de más. Así que le mandé un mensaje al novio de mi hermana, ese man que siempre me mira con una sonrisa pícara. «¿Vamos al cine?», le propuse, y aceptó al toque.

En el cine, apenas apagaron las luces, su mano empezó a recorrer mi muslo. Me abrí de piernas disimuladamente y sentí sus dedos metiéndose bajo mi vestido. Empezó a tocarme por encima de la tela, y yo me derretía. Luego, sin importarle quién pudiera ver, metió su mano dentro de mi panty y empezó a frotarme el clítoris. Yo mordía mi labio para no gemir, pero era imposible. Me vine en su mano, temblando, y luego, como agradecimiento, me agaché y se la chupé ahí mismo, en la semioscuridad, con el sonido de la película de fondo.

Después de la función, fuimos a su camioneta. Él es mecánico, así que el auto olía a aceite y a gasolina, y eso me prendió aún más. Me puso sobre el capó, que estaba frío contra mi piel, y me la metió por detrás. Sus manos, sucias de grasa, me marcaron el culo y las tetas, dejando huellas oscuras sobre mi piel. Y entonces, me lo pidió. «Quiero tu culo», dijo, y yo, que nunca lo había dejado, esta vez dije que sí. Fue doloroso al principio, pero luego, cuando se movió, sentí un placer tan intenso que grité. Fue el primero de todos en darme por ahí, y ahora entiendo por qué a algunas mujeres les vuelve locas.

Pero mi día no podía terminar sin un broche de oro. Hace dos horas, quedé con el novio de mi mejor amiga. Él me ofreció un poco de perico para animar la cosa, y además invitó a un amigo. Obvio, acepté.

Llegué a su departamento y los dos estaban ahí, con unas miradas que me devoraban. El polvo me subió rápido, haciéndome sentir invencible, hiper sensible. Empezaron despacio, besándome, tocándome por todos lados. Me desvistieron entre los dos y me pusieron en el centro de la cama. Uno se metió en mi boca y el otro en mi chocha, moviéndose en un ritmo que me volvía loca. Cambiaban de lugares, a veces los dos en mi chocha, a veces uno en mi culo. Yo era su juguete, su puta personal, y me encantaba.

Cuando les dije que se vinieran adentro, los dos gruñeron como animales y me llenaron, caliente y espeso. Quedé ahí, hecha un desastre, con su leche chorreándome por las piernas, pero con una sonrisa de oreja a oreja.

Ahora estoy en mi casa, escribiendo esto, con el cuerpo marcado, adolorido, pero feliz. Extrañaba esta libertad, esto de ser solo mía, de poder coger con quien me diera la gana, sin tener que dar explicaciones. Soy una puta, lo sé, pero es lo que soy, y por fin me siento viva de nuevo.

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