Masturbándose al lado de mamá
Ay, esta vaina me tiene más caliente que moto en verano, y es que mi cuarto está pegado al de mi mamá, con unas paredes tan delgadas que hasta se escucha cuando la muy zorra respira fuerte mientras su «tío» cualquiera se la coge. Y yo, aquí, con mi pepa que no para de gotear, tratando de darme mi propio gusto sin que se enteren.
Anoche fue una de esas. Mi mamá llegó con su «amigo», un tipo que parece que se cree don juan pero tiene pinta de vendedor de seguros. Ni bien cerraron la puerta, yo ya sabía lo que se venía. Me metí a mi cuarto y me puse mi pijama más corta, esa que se me sube hasta la cintura cuando me muevo. Me recosté en la cama y apoyé la mano en la pared. Podía sentir las vibraciones, maricón. Literal, sentía cómo la cama de al lado golpeaba contra la pared, un ritmo lento al principio, luego más rápido.
Eso me prendió al instante. Mi mano bajó directo a mi pepa, que ya estaba palpitando. Me saqué la tanga y empecé a acariciarme, despacio, escuchando los gemidos bajitos de mi mamá. El tipo ese le decía cosas: «así, mamacita, apriétame la verga». Yo, con los ojos cerrados, me imaginaba que era a mí a la que se la estaban metiendo. Que ese tipo, con su pija seguramente normalita, me la estaba clavando a mí.
Pero los dedos no eran suficiente. Necesitaba más. Agarré mi consolador, ese rosadito que compré por internet y que es mi mejor amigo. Le puse un poco de lubricante y apoyé la punta en mi entrada. Ahí viene el problema, huevón. Cuando lo empujo para adentro, hace un sonido… un schlip así de húmedo que se tiene que escuchar al otro lado. Y cuando lo saco, otro schlap. Es imposible evitarlo.
Anoche lo intenté. Lo metí lento, muuuuy lento, conteniendo la respiración. Pero mi pepa estaba tan mojada que igual hizo ruido. Y para colmo, en ese momento, al otro lado, mi mamá gritó: «¡sí, ahí, dame más duro!». Eso me hizo gemir a mí también, un ay bajito que se me escapó. Apuré el ritmo, sintiendo cómo el consolador me llenaba, rozando ese punto que me hace ver estrellas. Schlip, schlap, schlip, schlap… el sonido se mezclaba con los golpes de la cama de al lado y los jadeos de los dos.
Me tapé la boca con la almohada, pero el placer era demasiado. Otro gemido se me escapó, un poco más fuerte esta vez. Y en ese momento, los ruidos del otro cuarto pararon. Se hicieron un silencio de mierda. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que se iba a salir del pecho. ¿Me habrán escuchado? ¿Estarán ahí, callados, escuchando cómo me folleo con mi juguete?
La idea, en vez de bajarme la calentura, me prendió más. Me imaginé que sí, que estaban escuchando. Que mi mamá, con la pija de ese tipo todavía adentro, estaba prestando atención a cómo su hija se daba placer. Y el tipo, con la verga dura, imaginando cómo sería metérmela a mí. Eso hizo que me moviera más rápido, más desesperada. Schlip schlap schlip schlap, los ruidos se hicieron más fuertes, ya ni me importaba. Quería que me oyeran. Quería que supieran lo zorra que soy.
Me puse a cuatro patas, como una perra en celo, y me seguí dando con el consolador, ahora por atrás. Ese sonido es peor, más húmedo, más obsceno. Y yo, en vez de gemir bajito, ahora dejaba salir mis quejidos, ahogados en la almohada pero lo suficientemente audibles. «Sí… así… dame…» susurraba, como si le estuviera hablando a alguien. Quería que pensaran que tenía a un tipo en mi cuarto. Que me estaba cogiendo bien rico.
Del otro lado, el silencio continuaba. Ya no se oían gemidos, ni golpes. Solo mi respiración agitada y el sonido de mi juguete entrando y saliendo de mi culo. Eso me excitaba hasta niveles enfermos. ¿Estarán mirándose? ¿Estará mi mamá tocándose mientras me escucha? ¿Estará el tipo jalándose la pija pensando en mi culo?
No pude aguantar más. El orgasmo me llegó como un tren, un tsunami de placer que me hizo gritar en la almohada, mordiéndola para no hacer tanto ruido. Mi cuerpo tembló, mis piernas se sacudieron, y el consolador se me salió de las manos, cayendo al piso con un golpe sordo. Jadeé, tratando de recuperar el aliento, el sudor pegándome la pijama a la espalda.
Y entonces, del otro cuarto, oí un gemido. Un gemido de mi mamá, claro y fuerte, seguido del gruñido del tipo. Habían vuelto a empezar. Y esta vez, sonaban más fuerte, más intensos, como si ellos también se hubieran excitado con el espectáculo sonoro que les di.
Me quedé ahí, tirada en la cama, con mi pepa todavía palpitando y el consolador en el suelo. Sonreí. Quizás no era un problema que las paredes fueran delgadas. Quizás era una oportunidad. Una oportunidad para que mi mamá supiera que su hija no se queda atrás. Que también sé cómo gritar cuando me dan bien duro.
Desde entonces, ya no me esfuerzo tanto en ser silenciosa. A veces, incluso, pongo música bajito, pero me aseguro de que los sonidos húmedos de mi pepa y mis gemidos suaves se cuelen por la pared. Y algunas mañanas, cuando veo a mi mamá, me mira con una sonrisa rara, como si supiera algo. Y yo le devuelvo la mirada, con mis ojos de zorra bien abiertos, desafiándola.
Porque al final del día, somos dos mujeres bajo el mismo techo, con las mismas necesidades. Y si ella puede traerse a sus amantes, yo puedo darme mis propias cogidas, con el soundtrack de sus folladas de fondo. Y la verdad, huevón, eso lo hace mucho más rico. Saber que quizás, solo quizás, mi mamá está al otro lado de la pared, con la mano en su propia pepa, escuchando cómo su hija se viene tan fuerte como ella. Qué gonorrea, pero qué rico, ¿no?



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