Por
Soy un guardia de seguridad marico
Coño, mira, esto es algo que no le puedo contar a nadie, pero aquí entre nosotros… soy un marico de tomo y lomo. Claro, nadie lo sabe. Para el mundo soy Jorge, el guardia de seguridad serio, el que tiene 45 años y una familia. Pero por dentro… marico, es que me hierve la sangre cuando veo a un tipo bueno.
Trabajo en un edificio de oficinas, de esos llenos de ejecutivos jóvenes, vestidos con sus trajes que les marcan el culo y sus camisas bien planchadas. Yo estoy ahí, en la recepción, con mi uniforme que a veces siento que me aprieta demasiado, sobre todo cuando pasa uno que me pone la verga dura al instante.
Mi turno es de noche, que es cuando menos gente hay y se puede… bueno, se puede hacer más cosas. La cosa empezó hace como un mes. Había un chamo nuevo, Gabriel, que trabaja en contabilidad. Un muchacho de unos 25 años, moreno, con unos ojos verdes que te partían el alma y un cuerpo que no podía esconder el gimnasio. Tenía un culo… coño, un culo que parecía hecho a mano por Dios. Redondo, firme, que se le marcaba perfecto con esos pantalones de vestir.
Siempre era el último en salir. Yo ya lo sabía. Me quedaba esperándolo, con el corazón latiendo fuerte, mientras fingía revisar papeles. Él siempre me saludaba con un «Buenas noches, Jorge» que me sonaba a música. Y yo, serio, le respondía, pero por dentro me estaba derritiendo.
Una noche, se le cayó la credencial al pasar por el torniquete. Él se agachó a recogerla y, Dios mío, ese pantalón se le estiró y me mostró todo el contorno de su culo. Fue tan rápido, pero para mí fue en cámara lenta. Se me puso la verga dura al instante, tan dura que me dolía contra el pantalón del uniforme.
Al día siguiente, no aguanté más. Cuando se fue, me fui directo al baño de hombres, al último cubículo, y me saqué la verga. Estaba palpitando, llena de venas, y ya tenía una gotita de precum en la punta. Me la jalé pensando en él, en su culo, en su espalda ancha. Cerré los ojos y me imaginé que él estaba ahí, de rodillas, con esos labios suyos alrededor de mi verga, chupándomela como si fuera su trabajo. Me vine en menos de cinco minutos, con un gemido que ahogué contra mi brazo, llenando el toilet de mi leche. Pero no era suficiente.
La semana pasada, se me ocurrió la idea más arrecha. Como soy el guardia, tengo llave de todas las oficinas. Una noche, después de asegurarme de que Gabriel se había ido, entré a la suya. Olía a su colonia, a él. Me senté en su silla, que todavía estaba caliente, y me puse a husmear. Toqué su computadora, sus papeles… y luego, no sé qué me pasó, abrí el cajón de abajo. Y ahí estaban. Un par de leggings negros que debe usar para el gym, y encima, una tanga roja. Coño, me quedé tieso. ¿Este muchacho usaba tanga? La agarré y me la llevé a la nariz. Olía a su sudor, a su esencia… marico, se me puso la verga dura otra vez, pero esta vez con una fuerza bestial.
Me guardé la tanga en el bolsillo y me fui a mi puesto. Toda la noche estuve con ese trozo de tela en la mano, rozándome la cara, oliéndola, mientras me jalaba la verga con la otra mano. Fue una de las pajas más intensas de mi vida.
Pero anoche, anoche pasó lo bueno.
Gabriel se quedó hasta más tarde, como siempre. Pero esta vez, cuando pasó por el torniquete, hizo un comentario. «Jorge, siempre tan serio. ¿Nunca te dan ganas de… soltarte un poco?»
Yo me quedé helado. ¿Estaba coqueteando conmigo? No pude evitar que se me escapara una sonrisa. «A veces,» le dije, con la voz un poco más ronca de lo normal.
Él se rió y siguió caminando hacia los baños. Yo me quedé ahí, con el corazón a mil. ¿Era mi oportunidad? Esperé un minuto, luego me armé de valor y lo seguí.
El baño estaba silencioso, solo se oía el sonido de un grifo goteando. Gabriel estaba en los mingitorios, de espaldas a mí. Me acerqué, lentamente, y me paré en el mingitorio de al lado. Podía verlo de reojo. Tenía la verga en la mano, era grande, gruesa, morena como él. Se me hizo la boca agua.
De repente, giró la cabeza y me miró. No pareció sorprendido. Al contrario, me sonrió. «¿Todo bien, Jorge?»
No dije nada. No podía. En vez de eso, bajé la mirada hacia su verga, que todavía estaba en su mano, semi-erecta. Él siguió mi mirada y luego volvió a mirarme a los ojos. «Parece que te gusta lo que ves,» dijo, con una voz baja, seductora.
Asentí, sin poder hablar. Mi propia verga estaba a punto de reventar el pantalón.
«La oficina está vacía,» susurró él. «¿Quieres…?»
No terminó la frase. No hacía falta. Cerré la distancia entre nosotros en dos pasos. Lo empujé contra la pared, junto a los mingitorios, y le di un beso. Fue un beso salvaje, lleno de toda la desesperación que llevaba años guardando. Él respondió con la misma intensidad, metiéndome la lengua en la boca, mientras sus manos me agarraban del culo y me apretaban contra él.
Podía sentir su verga dura contra mi muslo. Era aún más grande de lo que pensé. «Quiero sentirla,» gemí entre besos, y bajé mi mano para agarrársela. Era caliente, palpitante, perfecta. Empecé a jalársela, con movimientos firmes, y él gimió en mi boca.
«Espera,» jadeó él, y se bajó los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos. Ahí estaba, completamente expuesto, con ese culo que tanto había admirado, ahora a solo centímetros de mí. «¿Vas a ser tu primero en cogerme, Jorge?»
Esas palabras me enloquecieron. Escupí en mi mano y me la froté en la verga, luego acerqué la punta a su agujerito. Estaba apretado, muy apretado. «Relájate,» le gruñí al oído, y empecé a empujar.
Él gimió de dolor al principio, pero luego, cuando logré entrar completamente, su gemido se transformó en uno de placer. «Coño, Jorge, que verga tan grande,» dijo, y empezó a moverse contra mí.
Yo lo tenía agarrado de las caderas, metiéndosela a fondo, sintiendo como su culo me apretaba cada centímetro de mi verga. El sonido de nuestros cuerpos chocando contra los azulejos del baño era lo único que se escuchaba. Era más caliente y más apretado que cualquier mujer con la que hubiera estado.
«¿Te gusta que te folle el culo, Gabriel?» le pregunté, mientras le daba más fuerte.
«¡Sí, papi, dame más duro!» gritó él, y eso me prendió aún más.
Cambié de ángulo, buscando ese punto que lo hiciera enloquecer. Cuando lo encontré, él empezó a gemir como un loco. «¡Ahí, ahí mismo, no pares!»
Yo ya no podía aguantar. El calor, la tensión, los años de esconderlo todo… iba a explotar. «Me voy a correr,» avisé, con la voz quebrada.
«Adentro, papi, lléname,» suplicó él.
Eso fue el final. Con un gruñido, me vine como un toro, bombeando mi leche caliente dentro de su culo, mientras él también se corría, manchando la pared del baño con su propia leche.
Nos quedamos ahí, jadeando, apoyados contra la pared, sin hablar. Cuando por fin me separé, él se giró y me miró. Tenía una sonrisa de satisfacción en la cara.
«Sabía que eras como yo,» dijo. «Te he visto mirándome.»
Yo solo pude sonreír, sintiendo una libertad que no había sentido en años. «Y tú, ¿por qué usas tanga?» le pregunté, recordando el trofeo que tenía escondido en mi bolsillo.
Él se rió. «Para sentirme sexy. Y para ver si algún día un hombre como tú se daba cuenta.»
Desde entonces, las noches en el trabajo son muy diferentes. Ahora, cuando Gabriel se queda tarde, nuestro ritual es otro. A veces me lo follo en su oficina, sobre su escritorio, con su tanga puesta. Otras veces, él se arrodilla en mi puesto de seguridad y me la chupa hasta que me corro en su boca. Y siempre, siempre, termino llenándole el culo con mi leche.
Sigo siendo Jorge, el guardia serio de 45 años. Pero ahora, por las noches, soy un marico feliz, con un amante secreto y un culo perfecto que es solo mío para usar. Y coño, no sé qué será del futuro, pero por ahora, esta vida doble es la cosa más excitante que he vivido. Quién iba a pensar que este uniforme escondería a un marico tan arrecho como yo.


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