noviembre 12, 2025

376 Vistas

noviembre 12, 2025

376 Vistas

Pijamada caliente

0
(0)

Ay, mi amor, que con esta historia me vuelven los calores de cuando tenía 18 años recién cumplidos. Te juro que cada vez que la recuerdo se me moja la pepa, porque fue una de esas cosas que pasan sin planearlas y que quedan marcadas a fuego en la memoria.

Esa noche era un sábado cualquiera, de esos que uno disfruta a lo bestia porque no hay que madrugar. Mi amiga Daniela, una chama más tímida que yo pero con una mirada que delataba sus mismos deseos, había llegado a casa para nuestra pijamada mensual. Mis papás ya se habían ido a dormir, dejándonos el reinado de la casa, con todas las chucherías que habíamos comprado: papitas, chocolates, refrescos, el combo completo para una noche de chisme y películas.

Nos metimos a mi cuarto, que en ese entonces era mi santuario, con posters de cantantes en las paredes y un desorden que a mis ojos era perfecto. Después de devorar media tienda de comida, nos pusimos a buscar qué ver. Y ahí, marica, fue cuando me acordé de esa película que había visto unos días antes. Una vaina medio rara, donde el tipo tenía que mantener la adrenalina alta para no morirse, lo que obviamente incluía cogerse a la novia en un tren lleno de gente.

La escena en sí no mostraba mucho, ni siquiera se le veían las tetas a la actriz, pero a mí me había dejado con la pepa hirviendo. No sé si era lo prohibido, lo público, o la intensidad con la que el tipo se la comía, pero esa vaina me tenía obsesionada.

«Oye, Dani», le dije, tratando de sonar casual, «¿quieres ver algo medio chistoso pero también excitante? Algo bien escandaloso».

Ella se rió, con esa risita nerviosa que siempre tenía cuando algo le picaba la curiosidad. «Bueno, vamos a ver», me contestó, y ahí mismo busqué la escena.

La pantalla se iluminó con la imagen del tren, la gente alrededor, y los dos protagonistas en su mundo, con esa desesperación que solo el sexo puede tener. Yo, por dentro, ya estaba empezando a arder. Sentía el calor subiéndome por las piernas, ese cosquilleo rico que te dice que la pepa se está poniendo feliz. Pero, claro, ahí estaba Dani a mi lado, y yo no podía hacer nada. Me arrepentí un poco de haber puesto esa vaina, porque sabía que me iba a dejar con las ganas.

Cuando terminó la escena, Dani quedó boquiabierta. «Guau», dijo al final, «qué locura… pero excitante, ¿no?».

Su reacción me dio valor. «¿La vemos de nuevo?», le propuse, y ella asintió rápido, como si también necesitara recordar cada detalle. La segunda vez fue peor, o mejor, dependiendo de cómo lo veas. Ya no solo era la escena, era saber que los dos estábamos mirando lo mismo, sintiendo lo mismo. El aire en la habitación se puso espeso, cargado de algo que no éramos capaces de nombrar.

Después de un silencio incómodo pero delicioso, Dani admitió lo que yo ya sabía. «Marica, me tiene mojada esta vaina».

Yo solté una risa nerviosa. «Y a mí, chica. De hecho, me arrepiento de haberla puesto porque ahora no me puedo tocar con tú aquí».

Fue entonces cuando ella me miró, con esos ojos claros que parecían verlo todo, y soltó la bomba. «Podríamos… tocarnos. Sin vernos, obvio».

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que creí que se me salía del pecho. La idea era tan prohibida, tan excitante, que ni siquiera lo pensé dos veces. «Sí, vamos a hacerlo», dije, y en segundos establecimos las reglas: nos tocaríamos bajo la cobija, pondríamos una almohada entre nosotras para no distraernos, y cada una en su mundo.

Volví a poner la escena, me recosté en la cama, y metí la mano bajo mis shorts. Al fin, mis dedos encontraron mi pepita, que ya estaba hinchadita y empapada. Uff, el alivio fue instantáneo. Pero no era solo el alivio físico, era la locura de la situación: yo, ahí, tocándome con mi amiga a un lado, las dos mirando la misma escena que nos tenía al borde.

Cada vez que la escena terminaba, yo la regresaba, y cada vez que lo hacía, me mojaba más. No podía creer lo caliente que estaba. Y lo mejor, o peor, era que podía oír a Dani. Sus gemidos bajitos, ese jadeo suave que se colaba por encima del sonido de la película. Saber que ella también estaba en las mismas, que su mano estaba en su pepa, que se estaba tocando al mismo tiempo que yo… eso me prendía más que la propia escena.

Quería sacarme la camiseta sin mangas que llevaba puesta, quería sentir mis tetas al aire, que mis pezones se pararan con el roce de mis dedos. Pero no me atreví, por no incomodarla. En vez de eso, me toqué por encima de la tela, apretándome los senos, imaginando que era una mano ajena la que me los manoseaba.

Mi mente volaba. Yo era la actriz de la película, yo era la que me cogían en público, con la gente mirando, con ese riesgo del que se habla tanto. Sentía una verga imaginaria metiéndose en mi pepa, grande y dura, llenándome por completo. Y en ese momento, no pude más. El orgasmo me llegó como una ola, un tsunami de placer que me hizo gemir y arquear la espalda. Cerré los ojos, dejando que la sensación me invadiera por completo, mis dedos siguieron moviéndose hasta sacarme hasta la última gota de placer.

Cuando abrí los ojos, volteé a ver a Dani. Ella estaba en su mundo, con los ojos fijos en la pantalla, la boca entreabierta, y su mano moviéndose frenéticamente bajo la cobija. La vi venir, marica, fue espectacular. Un gemido salió de su garganta, un sonido tan rico y tan sincero que me volvió a prender. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos, y su cuerpo se estremeció.

Al abrir los ojos, me sonrió, con esa sonrisa cómplice que solo nace después de compartir un secreto. «Marica, tal vez tenga que ver esta escena en mi casa para volverme a tocar», dijo, y las dos nos reímos, rompiendo la tensión sexual que nos envolvía. «Gracias por mostrarme esto», añadió, y su agradecimiento era genuino.

Pusimos una película de verdad, una comedia romántica que no requería mucho cerebro, pero yo no podía concentrarme. Mi mente seguía en lo que acababa de pasar. Nos habíamos masturbado juntas, lado a lado, compartiendo el mismo aire, el mismo deseo. Y lo más increíble era que no fue incómodo, fue… natural.

Esa noche marcó el inicio de una tradición. Cada pijamada, después de que mis papás se dormían, buscábamos escenas hot en películas, nos masturbábamos juntas, y luego veíamos una película normal, como si nada hubiera pasado. Era nuestro pequeño ritual, nuestro secreto sucio y delicioso.

Y aunque mucha gente podría esperar que termináramos follando como conejas, la verdad es que nunca pasó. Nuestra amistad era más fuerte que la calentura, y eso, en el fondo, lo hacía aún más especial. Cada vez que recuerdo esas noches, sonrío, porque sé que fue una de las etapas más ricas y divertidas de mi vida. Y quién iba a pensar que una simple escena de una película nos iba a unir de una manera tan íntima y tan chévere.

¿Que te ha parecido este relato?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este relato.

Deja un comentario

También te puede interesar

mi sirvienta Luna

anonimo

23/11/2014

mi sirvienta Luna

Mi increible profesora lesbiana

anonimo

20/09/2016

Mi increible profesora lesbiana

Enamorada de mi prima

alessandro

15/09/2020

Enamorada de mi prima
Scroll al inicio