Por
Anónimo
EL GITANO DE LA FERIA... Y TODA MI FAMILIA (I)
Aquella familia – modélica, feliz y unida – recorrió un domingo de verano, pausada y alegremente, el recinto ferial instalado en las afueras de la ciudad, repleto de público de todas las edades, pero sobre todo de gente menuda. Se detuvieron ante los puestos de helados, algodón y palomitas, donde compraron algunas golosinas para saborear sobre la marcha, pero sus paradas más entretenidas fueron ante el carrusel, los autos de choque, la montaña rusa, el gusano loco, los castillos inflables… Hasta llegar a «Neverland», el país de Nunca Jamás, donde habitaban Peter Pan, Campanilla, Wendy y el Capitán Garfio, entre otros personajes de fantasía de Disney. La familia modélica, feliz y unida estaba compuesta por el padre y la madre (una pareja maravillosa de cuarenta y tantos años de edad cada uno) y dos hermosos y espabilados hijos: Monchito y Vanessita (esta dos años menor que él).
– ¡El País de Nunca Jamás! – exclamó la chica -. Yo quiero ir a esta atracción.
– No te detengas – le dijo su hermano -, que con tanta gente nos vamos a extraviar. A propósito, ¿dónde están mamá y papá?
Efectivamente, en aquella vorágine de cientos de personas, gritos y música atronadora, perdieron de vista a sus padres. Estos pronto se alarmaron: acordaron ir cada uno por un lado del recinto ferial para ver si localizaban a sus hijos. Ambos progenitores se pusieron muy nerviosos, la mamá estuvo a punto de echarse a llorar.
– ¡Nos hemos perdido! – protestó Moncho – ¡Tú y tu manía de pararte delante de todas las atracciones!
– ¡Es que esta me encanta, Monchito! ¿Por qué no le decimos al encargado de «Neverland» que anuncie por altavoz que aquí se encuentran dos hermanos extraviados?
– Me parece buena idea – respondió el chaval -. Aquel hombre corpulento que vigila el espectáculo parece el jefe.
– ¿Así que os habéis extraviado? – dijo aquel hombre fuerte y tosco, contemplando con mirada turbadora a los dos hermanos de pies a cabeza -. Y decís que os llamáis Vanessa y Moncho… Vamos a mi caravana, que allí tengo el equipo de megafonía, y trataremos de localizar a vuestros papás.
El feriante era un gitano de unos cincuenta años, alto, musculoso, tez morena y cabellos negros rizados, con las características propias de su etnia. Una profunda cicatriz atravesaba su mejilla izquierda, tenía una barba recortada y un pendiente de argolla en ambas orejas; el aspecto no era muy agradable que digamos, pero era lo único que tenían a mano los rapaces para salir de aquello situación.
– ¿Os gusta mi palacio, chicos? – dijo riéndose al tiempo que los introducía dentro de su caravana y cerraba la puerta tras de sí. Las paredes estaban decoradas con llamativos carteles, había un gran desorden y la limpieza brillaba por su ausencia. Bajo la almohada de la litera a Monchito le pareció ver un revólver. El feriante simuló manipular un aparato de megafonía y ante un micrófono anunció: «Si unos papás buscan a sus hijitos, que pasen por la atracción de Neverland».
– Mientras no llegan vuestros padres, ¿queréis jugar a algo? ¿Cuál es el personaje que más os gusta del País de Nunca Jamás?
– A mí, Campanilla – manifestó Vanessita entusiasmada. Moncho no dijo nada.
– Os voy a disfrazar de Campanilla y a ti de Peter Pan, Monchito – dijo el gitano -. Y yo me vestiré del Capitán Garfio. Ya veréis qué bien lo vamos a pasar hasta que lleguen vuestros padres a recogeros.
Dicho y hecho. Ayudó a Vanessa a desvestirse: le sacó la blusa, la faldita y la dejó apenas con la ropa interior. Lo mismo hizo con el chico.
– El leggins de Peter Pan te va a venir algo ajustado, Monchito… Porque ya tienes un buen bulto aquí en la entrepierna, jajaja – rio el hombre -. Yo te ayudaré.
– No es preciso que me ayude – respondió algo confundido el chaval -. Yo me apañaré solo.
– La que sí va a necesitar ayuda es Vanessita – continuó el gitano -. Yo te coloco la faldita verde y las alas de Campanilla, guapa. Y la acercó a su asiento y con mucho cuidado sujetó la falda a su cintura. Las braguitas de esta asomaban ligeramente debajo del disfraz y el hombre las empujó hacia arriba por el elástico, haciendo que se le marcase completamente la rajita. Ante esta visión el gitano empezaba a calentarse.
– Hace aquí una arruga – dijo al poco -. Y con el pretexto de hacérsela desaparecer empezó a tocarle la chuchita por encima de la prenda . Mientras, Moncho se afanaba en colocarse su vestimenta de Peter Pan, ajeno a las mañas del feriante hacia su hermana. Este no tardó en susurrarle a la chiquilla: «¿Te gusta lo que te estoy haciendo?». Ella no contestó. Él gitano seguía rozando con su dedo índice la rajita de aquel coñito abultado y lampiño. Sin saber por qué, esta separó ligeramente los muslos.
– ¿Te gusta? – insistió al oído el hombre – ¿Qué sientes?
– Cosquillas – respondió ella.
– ¿Nunca las habías sentido antes?
– Solo cuando juego al caballito con mi papá.
– ¿Al caballito?
– Sí – contestó al fin -. Cuando salto sobre sus rodillas…
– Enséñame ese jueguecito, princesa, por si lo hago yo también con mi hija.
Y así fue como Vanessa se situó encima de la pierna del gitano. Este procuró que la chucha, con las bragas puestas, quedase justo sobre la rodilla, en la parte más dura, la del menisco. Y él comenzó el trote entre risas y canciones:
«Arre, arre, caballito, sácame de aquí, llévame al pueblo donde yo nací». Así una y otra vez. Los dos se divertían ante la mirada indiferente de Moncho, que se miraba una y otra vez al espejo para colocarse bien el gorro de Peter Pan. Cuando el feriante comprobó que las braguitas se humedecían dedujo que su amiguita ya había orgasmado y cesó en los movimientos rítmicos.
– Moncho – dijo al rato -, ven a ver como un hombre se pone un pantalón ajustado sin que se le note demasiado el paquete.
– ¿Qué paquete? – preguntó ingenuo el chaval.
– ¡La poronga, coño! Que hay que explicártelo todo.
Y se dirigió detrás de un biombo llevando al chaval consigo. Empezó a desnudarse hasta quedarse solo con el calzón. Al poco también se quitó el slip. Moncho abrió los ojos como platos: jamás había visto una verga semejante en su vida. Y de su capullo se deslizaban unas gotitas de precum, seguramente debido al buen rato que había pasado en el juego del caballito con Vanessa.
– ¿Te sorprende el tamaño de mi polla? – dijo el hombre riéndose -. Todos los gitanos la tenemos así, no como la mierda de los payos, que la tenéis como la de un conejo, que no sois capaces de dar placer a una hembra. ¡Y mira qué huevos, más grandes que unos limones de Ponderosa! ¿Y tú cómo la tienes?
Moncho estaba en shock, paralizado como una estatua. El hombre se acercó y le palpó la poronga por encima del leggins. El chaval se excitó y aquel bulto comenzó a crecer.
– ¡Vaya, pues parece que no está tan mal para tu edad! Tus buenas pajas te harás ya Monchito – Y se empezó a carcajear a lo bestia mientras trataba de recolocar todo su instrumental bajo el pantalón de Capitán Garfio.
– ¡Gracias a Dios! – exclamó la mamá de los chicos perdidos -. Por fin he dado con vosotros.
Irrumpía en la caravana la pobre mujer, feliz de haber localizado a sus hijitos del alma.
– ¿Y cómo voy yo a agradecerle esto, señor feriante? – dijo mientras abrazaba y besaba apasionadamente a Vanessita y Monchito.
(CONTINUARÁ …)


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