noviembre 10, 2025

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Mi primer amor virtual

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Ay dios, es que me pongo a recordar esas épocas y me da como una cosa, hahaha. Osea, era re chimba, tenía como 17 años y era una niña toda boba. En esa época estaba re enganchada con el Dragon Oath, que era un jueguito online, todo cursi, con unos paisajes bien bonitos y uno podía ser como una guerrera o una maga. Yo siempre escogía ser maga, con unos vestiditos cortitos, obvio, pa’ que se me miraran las piernas, hahaha.

Ahí fue donde lo conocí a él. Se llamaba Luis, pero en el juego era como “SangreNocturna” o una vaina así, bien edgy, hahaha. Él era de Venezuela, de Caracas creo, y yo aquí en Medellín. Al principio era pura hablada del juego, “ayúdame con esta misión”, “cuidado con ese monstruo”, bobadas así. Pero después empezamos a hablar por el chat privado del juego, y luego nos pasamos al Skype. Uy, el Skype, eso sí es de viejitos, hahaha.

La voz de él me volvía looooca. Tenía una voz así como grave, pero no muy ronca, sino como dulce, y se reía mucho. Yo a veces solo lo escuchaba reír y ya se me estaba mojando la panty, en serio, qué gonorrea, hahaha. Hablábamos de todo, de la vida, de la música, de lo malos que eran los jefes del juego. Y la tensión iba subiendo, como que uno sentía el aire pesado, sabes?

Un día, no sé cómo, la conversación se puso caliente. Él dijo algo como “debe ser chimba verte jugar en tu compu, toda concentradita” y yo, bien atrevida, le solté: “Y a vos cómo te gustaría verme?”. Ay, se hizo un silencio y yo creo que los dos nos pusimos colorados a través de la pantalla, hahaha.

Él me dijo que sí, que quería verme. Y yo, la muy loca, prendí la cámara. Estaba en mi cuarto, con una camiseta vieja y unos shorts, toda desarreglada. Él también prendió la suya. Dios mío. Cuando lo vi… uff. Era más papacito de lo que me imaginaba. Tenía el pelo negro así un poco largo, unos ojos verdes que hasta por la cámara se le veían intensos, y una sonrisa que me partió en dos. Y ahí estaba yo, riéndome como tonta, toda nerviosa.

La conversación se fue poniendo más y más picante. Él me decía cosas como “qué bonitos labios tenés” y yo le respondía con un “y vos qué harías con ellos?”. Hasta que un día, no aguantamos más. Fue él quien lo dijo primero, con la voz un poco más grave de lo normal: “Nei… te pellizcás?”. Yo me congelé. Osea, sí lo hacía, obvio, pero decírselo… “Sí”, le contesté, casi en un susurro.

“Yo también”, me dijo. “Querés… que lo hagamos juntos?”

Ay, señor, yo creo que en ese momento me ardían las mejillas y la entrepierna al mismo tiempo, hahaha. Asentí con la cabeza, sin poder hablar. Y ahí empezó todo. Él se recostó en su silla y yo me acosté en mi cama, cada uno en nuestro país, pero conectados por esa pantallita que era como una ventana a otro mundo.

Yo me bajé los shorts y la panty con una mano, bien lento, mirándolo fijo a los ojos por la cámara. Él ya se había sacado la verga. Y DIOS MÍO, qué verga. Era hermosa, en serio. No era como gigante ni nada, era perfecta. Bien derechita, con la cabecita así como rosadita y un poquito mojada. Se la veía tan suave, tan rica. Yo con la otra mano me empecé a tocar, mirándolo a él, viendo cómo se masajeaba la verga con esa mano que yo quería que me tocara a mí.

“Quiero que me des más fuerte”, le dije, y él apretó el ritmo. Se oían sus respiraciones, cada vez más fuertes. “Y vos, mi vida? Estás mojadita para mí?”, me preguntó con esa voz que me derretía. Le mostré mis dedos, brillosos con mi propio jugo. “Todo para vos, papi”, le dije, y él gimió. Fue un gemido bajito, pero me llegó al alma y me corrió hasta los dedos de los pies.

Yo me imaginaba que era su mano la que me tocaba, no la mía. Me imaginaba que era su boca en mis tetas, que eran sus dedos los que se metían y salían de mi chocha. Y se lo decía, se lo decía todo. “Ay, papi, quiero tu lengua aquí… Quiero que me comas enterita… Tu verga debe saber tan rico”. Él cerraba los ojos y apretaba los dientes. “Quiero venirme en tu boquita, nena. Quiero bañarte la carita con mi leche”.

Fue una de las mejores pajas de mi vida, hahaha, no les miento. Verlo a él retorcerse, ver cómo le salía la leche, blanca y espesa, mientras yo también me corría, gritando su nombre en mi almohada para que mi mamá no me escuchara… Uff. Fue brutal. Después nos quedamos ahí, los dos jadeando, mirándonos con una mezcla de vergüenza y de “quiero más”.

Eso se volvió nuestra rutina. Casi todos los días, después del colegio o en las noches, nos encontrábamos en el Skype. A veces era rápido, a veces lento y con mucha hablada sucia. Yo aprendí lo que a él le gustaba, y él aprendió a decirme las cosas que a mí me volvían loca. Era mi novio virtual, mi papi a distancia. Me enviaba mensajes tiernos, pero también fotos de su verga dura en las mañanas. Yo estaba re enculada, la verdad.

Soñaba con que un día nos conociéramos de verdad. Que yo pudiera viajar a Venezuela o él a Colombia. Que por fin pudiera tocarlo, olerlo, sentir su peso encima de mí, que me llenara con esa leche que siempre veía por la cámara. Pero nunca pasó. La vida se puso heavy, él consiguió un trabajo, yo empecé la U, y poco a poco nos fuimos dejando de hablar.

Hace unos años, por pura curiosidad, lo busqué en Facebook. Y ahí estaba. Casado. Con dos niños chiquitos. En una foto familiar, con una sonrisa que se veía genuina. Me dio como un poquito de cosa, como una punzada. No de celos, sino como de… nostalgia. De una cosa que pudo ser y nunca fue. Por un segundo, miré la foto y recordé su voz en mis oídos, sus gemidos, y la imagen de su verga hermosa, perfecta, en mi pantalla. Esa verga que nunca, nunca me pude coger. Qué gonorrea, hahaha. Pero bueno, al menos los recuerdos están ahí, y uy, qué recuerdos tan ricos.

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