Por
El precio de la tentación
El aire en la habitación de mi amiga Claudia olía a perfume barato y a desilusión. Ella, mi “mejor amiga” desde que empezamos la carrera, revolvía entre sus apuntes con esa cara de preocupación que siempre le pone arrugas en la frente. “Nei, ¿crees que este parcial me va a dar?”. Yo me encogí de hombros, mirando mi teléfono. Siempre las mismas preguntas. Siempre la misma Clau.
Entonces sonó el timbre. Y ahí estaba él. Sebastián. El novio. El que Claudia no hacía más que mencionar con esa voz de niña buena que me daba ganas de reír. “Es tan dulce, Nei, tan atento”. Al abrir la puerta, comprendí por qué mi amiga baboseaba. No era un dios griego, no. Era más bien… peligroso. Jeans ajustados, una camiseta negra que se le pegaba a un torso bien definido, y unos ojos oscuros que no me saludaron, me escanearon. Recorrieron mis piernas, mi cintura, mis pechos, y se clavaron en mi boca por una fracción de segundo demasiado larga. Un cosquilleo sucio me recorrió la espina dorsal.
“Amor, vine a traerte la chaqueta que se te olvidó y unos libros”, dijo, con una voz ronca, como si acabara de fumar. Claudia se lanzó a sus brazos y él le dio un beso rápido, casi mecánico, pero sus ojos no se despegaban de mí. Yo me ajusté la blusa, fingiendo incomodidad, pero por dentro ya estaba prendida. Otro error. Otro hombre prohibido. Mi especialidad.
“Nei se va para su casa, Sebastián. ¿No la podrías dejar cerca de la estación del Transmi? Te queda de paso”, suplicó Claudia, con esos ojos de cachorrita. Él se encogió de hombros, una sonrisa casi imperceptible en sus labios.
“Claro. No hay problema”.
El viaje en su carro empezó en silencio. Yo miraba por la ventana, sintiendo la tensión crecer como una enredadera venenosa. El tráfico era un infierno, un río de metal detenido bajo el sol bochornoso de la tarde. El aire acondicionado zumbaba, pero yo sentía calor. Demasiado calor.
“Claudia habla mucho de ti”, soltó él de pronto, cambiando de marcha con una mano firme.
“¿Ah, sí? ¿Y qué dice?”, pregunté, mirándolo de reojo. Su perfil era duro, decidido.
“Que eres… divertida. Que te gusta salir de fiesta”. Hizo una pausa. “Que tienes problemas para elegir hombres”.
La sangre me golpeó la cara. ¿Se lo había contado Claudia? Esa bruja. “Clau exagera”, murmuré, sintiendo cómo la indignación y la excitación se mezclaban en un cóctel peligroso.
“No lo sé”, dijo, y su tono bajó, se volvió íntimo, conspirativo. “Mirándote, no me parece una exageración”. Su mano dejó la palanca de cambios y se posó, casual, sobre mi muslo. No era un roce accidental. Era una posesión. La tela de mi falda era nada bajo su palma caliente. “Me parece que te gusta lo que duele. Lo que está mal”.
No lo aparté. Al contrario, separé las piernas un milímetro, un permiso tácito. “¿Y tú qué sabes de lo que está mal?”
Se rió, un sonido bajo y cargado de malas intenciones. “Más de lo que crees”. Su dedo empezó a trazar círculos lentos en mi piel, subiendo, subiendo… hasta que el claxon del carro de atrás nos hizo separarnos de un salto. El tráfico había avanzado. Mi corazón latía como un tambor loco. Estaba húmeda, prendida, y él lo sabía.
“No voy a la estación”, dije, la voz ronca. “Gira a la izquierda. Yo te digo”.
Él no preguntó. Solo asintió y siguió mis instrucciones hasta llegar al edificio de apartamentos de mis padres. Estaban fuera de la ciudad, como casi todos los fines de semana. Tenía la casa solo. El nido vacío perfecto para hacer porquerías.
Al entrar, la penumbra del living nos envolvió. Tiré mi bolso al sofá y me di la vuelta para enfrentarlo. Ya no había necesidad de palabras. Su mirada era un animal hambriento. En dos zancadas estaba sobre mí, sus manos agarrando mi cintura con una fuerza que me hizo gemar. Su boca encontró la mía, pero no fue un beso, fue un ataque. Lengua, dientes, urgencia. Sabía a cigarrillo y a menta, a hombre y a pecado.
“¿Y tu amiga?”, logré jadear entre sus labios, mientras sus manos me levantaban la falda, buscando.
“Callada”, gruñó él, mordiendo mi cuello. “Como te gusta a ti”.
Me arrodillé ahí mismo, en la alfombra del living, y desabroché su cinturón con dedos temblorosos. Su verga saltó hacia mí, gruesa, palpitante, una bestieja imponente que me hizo tragar saliva. No era el culicagado del motorizado, ni el viejo marchito de la oficina. Esto era un hombre en su plenitud. Me la llevé a la boca sin ceremonia, sabiendo que él esperaba sumisión. Y se la di. Se la chupé como una maluca, ahogándome con su longitud, saboreando el sabor salado de su piel, escuchando sus gruñidos de animal herido. Sus manos se enredaron en mi pelo, guiándome, empujándome, usando mi boca para su placer.
“Así, perra… así”, mascullaba, y cada insulto era una caricia que me encendía más.
Pero no iba a ser tan fácil. Lo empujé, dejándolo con la verga brillando bajo la luz tenue. “Mi turno”, jadeé, y me puse de pie, dándole la espalda. “Desnúdame”.
Lo hizo. Con manos impacientes, me arrancó la blusa, el sostén, la falda, la tanga. En segundos estaba desnuda y temblando ante él. Me empujó contra la pared, fría contra mis pechos desnudos. Su cuerpo, caliente y duro, se pegó a mi espalda. Un brazo me rodeó la cintura, levantándome, mientras su otra mano me abría, encontrando mi clítoris hinchado y empapado.
“Mira lo mojada que estás por el novio de tu amiga”, susurró en mi oído, y sus dedos juguetearon conmigo, dibujando círculos rápidos y expertos que me hicieron arquearme y gemir. “Se lo voy a contar todo, ¿sabes? Le voy a decir cómo gimes por mí”.
“No…”, supliqué, pero era mentira. Quería que lo hiciera. Que ella supiera.
“Sí”, afirmó, y con un movimiento brutal, me penetró. Un grito desgarrado salió de mi garganta. Me llenó de una sola embestida, estirándome, llenando cada espacio vacío. Era enorme, dolorosamente grande, y perfecto. Empezó a moverse, a follarme contra la pared con una furia que hacía temblar los cuadros. Cada embestida era un castigo, una reivindicación. Yo era su puta, la amiga fácil, la zorra de la universidad, y en ese momento, no quería ser nada más.
“Dime que es mía”, rugió, agarrándome del pelo para tirar de mi cabeza hacia atrás.
“¡Es tuya!”, grité, los ojos llenos de lágrimas de placer. “¡Toda tuya, Sebastián!”
Me llevó al suelo, a la alfombra áspera. Me puso a cuatro patas y volvió a entrar en mí por detrás, poseyéndome con una intensidad aún mayor. Las palmadas de sus caderas contra mis nalgas retumbaban en la habitación silenciosa. Yo me empujaba contra él, buscando más, siempre más, deseando que este momento no terminara nunca, sabiendo que después vendría la culpa, el remordimiento, la mirada decepcionada de Claudia… pero ahora solo existía su verga dentro de mí, martilleando mi punto más sensible hasta que vi estrellas.
“Voy a acabar”, anunció con voz ronca, y sus dedos se clavaron en mis caderas. “¿Dónde quieres mi leche, perra?”
“Dentro”, supliqué, perdida en la sensación. “¡Échamela adentro!”
Un gruñido gutural fue su respuesta. Una última embestida profunda, y sentí el chorro caliente de su semen llenándome, una oleada tras otra, marcándome por dentro como su propiedad. Su cuerpo se desplomó sobre el mío, ambos jadeando, cubiertos de sudor, en el piso del living de mis padres.
La realidad volvió a golpearme como un balde de agua fría. Él se separó, sin una palabra, y empezó a vestirse. Yo me quedé ahí, tirada, sintiendo su semen escurrir entre mis piernas, mirando el techo blanco. Otro error. Otro hombre comprometido. Otro recuerdo que me dolería y que, al mismo tiempo, me haría sonreír en la soledad de mi cama.
Sebastián se ajustó la camiseta y me miró desde la altura. No había cariño en sus ojos. Solo satisfacción animal. “Estuvo bueno”, dijo, y fue un hecho, no un cumplido.
“Sí”, susurré, incorporándome. “Estuvo bueno”.
Se fue sin un beso de despedida, sin una promesa. La puerta se cerró y el silencio lo devoró todo. Me levanté, tambaleante, y me miré en el espejo del pasillo. El pelo revuelto, los labios hinchados, las marcas de sus dedos en mis caderas. Una sonrisa tonta, culpable y excitada, se dibujó en mi rostro.
Claudia me llamaría más tarde, preguntando si había llegado bien. Y yo le contestaría con la voz más dulce que pudiera fingir, mientras aún sentía el peso de su novio en mi interior. Soy una maluca. Una perra maluca. Y lo peor es que sé que, si él vuelve a llamar, voy a correr.


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