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Se repitió con la peruanita
La cosa con la peruanita empezó como un juego, un morbo que se me metió en la cabeza desde el primer día que mi hijo, el boludo de Facundo, la trajo a casa. Se llama Rosa, tiene 19 años, es ilegal y tiene un cuerpito que te vuelve loco. Esa mezcla de inocencia y ganas de prosperar que tienen las inmigrantes, pero con una mirada que te dice que no es ninguna santa. Mi hijo, con sus 22 años y su pija de adolescente, no sabe lo que tiene entre manos.
Todo pasó hace tres semanas. Un martes a la tarde, Facundo había salido a trabajar y mi mujer, Estela, se había ido de compras con su hermana, mi cuñada, la otra loca con la que me enredo cuando puedo. Yo estaba en el living, tomando un fernet, cuando la veo a Rosa salir de la habitación de mi hijo, en short y remera, con esa cola redonda que se le marca hasta con una frazada puesta.
«Freddy, ¿tenés un destornillador?», me preguntó, con ese acento cantadito que me calienta la sangre. «Se le salió un tornillo a la cama». Sonreí. «Sí, nena, en el cajón de las herramientas, en el patio». Ella asintió y se fue para allá. Yo la seguí, como un perro detrás de un hueso.
Cuando llegué al patio, ella estaba agachada, buscando en el cajón, y ese short se le había subido lo justo para que yo le viera la tanga celeste a través de la tela. Se me paró al toque. «¿Lo encontraste?», le pregunté, acercándome. «No, está todo revuelto», dijo, sin darse vuelta.
Me agaché al lado de ella, rozándole el brazo con el mío. «Dejame a mí», dije, y mientras fingía buscar, mi mano «accidentalmente» le rozó el culo. Ella no se movió. No dijo nada. Solo respiró más fuerte. Eso fue toda la invitación que necesité.
La agarré de la cintura y la giré para que me quedara de frente. Sus ojos, grandes y negros, me miraron con sorpresa, pero no con miedo. «Freddy, ¿qué hacés?», dijo, pero su voz era débil, sin convicción. «Callate, nena», le dije, y la besé. Fue un beso salvaje, con lengua, con hambre. Ella puso las manos en mi pecho, como para empujarme, pero no lo hizo. Al contrario, después de un segundo, sus brazos se enredaron en mi cuello y me respondió con la misma intensidad.
La levanté en brazos—pesa nada, la muy puta—y la llevé a mi taller, que está al fondo del patio. Cerré la puerta con la llave y la apoyé contra la mesa de trabajo, llena de herramientas y porquerías. «Acá no va a molestar nadie», le dije, mientras le bajaba el short y la tanga de un tirón.
Ahí estaba, su concha. La misma que le chupé la primera vez, gorda, jugosa, con unos labios oscuros y carnosos que piden a gritos que se los coma. Pero esta vez no me puse a chupar. Esta vez, me saqué la pija, que ya estaba dura como una piedra, y se la puse en la entrada. «¿Tu novio te da así?», le pregunté, rozándole el clítoris con la punta. Ella, con los ojos cerrados, negó con la cabeza. «No… no es lo mismo».
Eso me prendió como nada. La penetré de una, hasta el fondo. Ella gritó, un grito que era mitad dolor, mitad alivio. «Sí, papi, así», gemía, mientras yo empezaba a moverme. Agarraba el borde de la mesa con las manos, y sus tetitas pequeñas pero firmes se sacudían con cada embestida. El sonido de nuestras pieles chocando llenaba el taller, mezclado con sus gemidos y mis gruñidos.
«Decime, ¿quién te coge mejor?», le exigí, dándole más fuerte. «Vos, Freddy, vos… tu pija es más grande, me llena toda». Esas palabras me enloquecieron. La di vuelta y la puse a cuatro patas sobre la mesa. Desde atrás, la vista era aún mejor. Su culo, redondo y blanco, con esa concha oscura y mojada, abriéndose y cerrándose con cada embestida. Le agarraba las caderas y le daba sin piedad, mientras con una mano le tiraba del pelo.
«¿Y tu novio te hace esto?», le dije, y me agaché para pasarle la lengua por el culo. Ella gritó, sorprendida. «No… nunca». «Porque es un boludo», gruñí, y me puse a chuparle el ano como si mi vida dependiera de ello. Metía la lengua lo más profundo que podía, saboreando su sabor salado, a limpio pero con ese toque a mujer que me vuelve loco. Rosa gemía, temblaba, y su concha goteaba sobre la mesa.
Después de un rato, me paré y volví a metérsela. «Este culo también va a ser mío, ¿sabés?», le dije, mientras le frotaba la punta de la pija en su ano. Ella asintió, desesperada. «Lo que quieras, papi, todo tuyo». Pero esa vez no se lo hice. Quería guardarme algo para la próxima.
En vez de eso, la acosté boca arriba en la mesa y le puse las piernas sobre mis hombros. Ahí, me la cogí mirándola a los ojos, viendo cómo se mordía los labios para no gritar muy fuerte. «Gritá, puta, que a tu novio le gusta oír», le dije, y ella soltó un gemido largo, agudo, que me llegó al alma. Aceleré, sintiendo que me venía. «¿Dónde querés que me corra?», le pregunté, jadeando. «Adentro, papi, por favor, llename».
Eso fue todo. Con unos embestidas finales, me vacié dentro de ella, sintiendo cómo mi pija palpitaba y cómo su concha se apretaba alrededor, sacándome hasta la última gota. Caí sobre ella, sudando, sin aliento.
Nos quedamos así un rato, hasta que escuché el portón. Era Estela, que volvía. «Mierda», susurré, y me separé de un salto. Rosa se vistió a los apurones, limpiándose con un trapo sucio del taller. «Andate a tu cuarto y duchate», le ordené, y ella obedeció, saliendo calladita por la puerta trasera.
Desde ese día, es nuestra rutina. Cada vez que podemos, nos encontramos. A veces en el taller, a veces en el baño cuando todos duermen, una vez incluso en el auto, estacionado a dos cuadras de casa. Y cada vez, ella me pide más. «Tu hijo no me hace venir nunca», me confesó la última vez, mientras le chupaba las tetas en el asiento de atrás. «Es rápido, y no sabe usar los dedos».
Yo, por mi parte, me siento como un rey. A mis 52 años, tener una piba de 19 pidiéndome que se la coja, que le coma el culo, que la llene de leche… es un golpe de ego bestial. Y cada vez que veo a mi hijo, el muy boludo, todo enamorado, sin saber que su novia prefiere la pija de su viejo, me dan ganas de reírme en su cara.
Pero lo mejor es ver cómo Rosa cambia. Antes era tímida, callada. Ahora me mira con una confianza que me calienta más. Me manda mensajes cuando él no ve, diciéndome lo que quiere que le haga la próxima vez. Anoche me escribió: «Papi, la próxima quiero que me des por el culo de verdad. Él nunca quiso».
Y yo, obvio, se lo voy a dar. Con gusto. Mientras mi hijo siga siendo un boludo que no sabe coger, su novia va a seguir siendo mi puta personal. Y cuando se dejen, como yo sé que va a pasar, quizás hasta me la quede yo. Estela se va a poner loca, pero qué le voy a hacer. A mi edad, una concha así no se encuentra todos los días. Y menos una que te prefiere a vos por sobre un pendejo de 22. Así que sí, che, me la estoy garchando en secreto, le chupo el culo y me la cojo como si no hubiera un mañana. Y la verdad, no pienso parar.


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